A través de la oscuridad
Ya era bien entrada la noche cuando Scapa se acostó en la cama que los sirvientes le habían preparado. Unas cortinas de terciopelo azul rodeaban el lecho y las colchas bordadas. Scapa permanecía quieto en la oscuridad, los brazos cruzados bajo la cabeza, mirando al dosel, cuando las hojas de la puerta se entreabrieron. Una figura blanca se deslizó por la alfombra. Se quedó parada ante la cama y descorrió las cortinas hacia un lado. Scapa se apoyó sobre el codo.
Era Arane. Llevaba un camisón largo hasta los pies. Y la corona.
Se sentó junto a él sin decir una palabra.
—Ese maldito cuchillo sigue brillando —dijo finalmente, pero en voz tan baja que él apenas lo oyó—. Y cuando me acerco a él, también empieza a brillar la corona.
Los ojos del chico se posaron en la diadema de piedra, pero estaba tan negra como siempre.
—Pues quítatela —propuso Scapa.
Sin entrar en ello, Arane tomó su mano y le dijo:
—He sacado el cuchillo de mi cuarto.
—¿Dónde lo has llevado? —preguntó perplejo el chico.
—Está en un joyero debajo del diván, en el salón del trono —susurró—. Allí estará a salvo de mis criados y vigilantes. Me vigilan, ¿sabes? No confío en ellos. Podrían venir y coger el cuchillo… Ya sabes el peligro que significa. Pero ahora… ¡Creo que la corona está cada vez más caliente! Si alguien ha cogido el cuchillo y se acerca a mí… —sus dedos se tensaron en torno a la mano de él—. Scapa, ¡tienes que ir a ver si el cuchillo está todavía en el joyero!
Él la miró durante un rato.
—¿Por qué no vas tú misma?
Su camisón crujió cuando se inclinó sobre él y le rodeó con sus brazos. Su frente descansó sobre el hombro del muchacho. Él sintió la corona en su cuello, pero el roce no le quemó; al contrario, le provocó piel de gallina.
—Tengo miedo de ir otra vez. Si hay alguien allí, con el cuchillo, y yo voy al salón del trono… Ya me daba miedo quedarme sola en mi dormitorio.
—Entonces, tira el cuchillo. Destrúyelo.
Arane rió levemente. Sonó muy parecido a un suspiro.
—Tú no lo entiendes, Scapa. Tengo que explicarte muchas cosas. Muchas. Pero ve a ver el cuchillo. ¡Me… duele tanto! Mi cabeza… está ardiendo… —se puso una mano en la sien y Scapa tragó saliva cuando vio que sus dedos temblaban.
—De acuerdo —murmuró deprisa—. Espera aquí.
Saltó de la cama. Cogió la camisa nueva que los criados le habían dejado sobre el arcón y se la puso.
—Hasta ahora —musitó Arane.
Él abrió la puerta y salió al oscuro corredor.
Sin hacer ruido, como un delincuente, corrió por el pasillo. Había guardianes elfos aquí y allá, delante de las puertas, pero ninguno de ellos le cortó el paso al joven humano. El resplandor de las antorchas se proyectaba sobre él. Se sentía vigilado y, al mismo tiempo, tan solo como si no hubiera, además de él, más almas en la torre. El silencio lo impregnaba todo. Cubría pesadamente los muebles, las estatuas; se adhería a las puertas y las ventanas oscuras, se colaba por los resquicios del suelo y circulaba a través de las paredes. Era el silencio el que vigilaba a Scapa y quien le hacía sentirse tan desamparado.
Alcanzó la alta puerta por la que antes Arane le había conducido y dos vigilantes la abrieron para que pasase.
Ante él, apareció el salón del trono, grande y sombrío. Las antorchas que colgaban de las paredes apenas daban luz para iluminar los escalones que subían a la tribuna.
Las puertas se cerraron tras Scapa con un chirrido y, de pronto, el joven se encontró solo en la estancia.
Sintiendo que se le doblaban las piernas, subió hacia la tribuna. Unas horas antes todavía creía que tras las cortinas se ocultaba el rey de Korr, el asesino de Arane. Y, sin embargo, ahora…
Las cortinas se mecían como movidas por un fantasma invisible mientras Scapa superaba los peldaños. Tal vez se tratase únicamente del reflejo de la antorcha que bailaba sobre la tela. Atravesó las cortinas. Ante él apareció un diván de terciopelo rojo, rodeado de distintas mesillas de madera y escabeles, sobre los que reposaban fuentes de plata cargadas de uvas, melocotones y otras delicias. Alguien había diseminado pepitas y huesos descuidadamente sobre el suelo.
«Todo esto que veo aquí es el mundo de Arane», pensó Scapa. Y le resultó tan irreal como un sueño.
Se arrodilló ante el diván, palpó bajó la tela y sacó una caja grande de madera. Era preciso darle la vuelta a un cierre dorado para abrirla. A pesar de la oscuridad, salía un fulgor de dentro de la caja: largos collares de perlas y nácar, una pulsera de bronce grabado y varios anillos de rubíes se alineaban sobre el terciopelo. Scapa apartó con cuidado las joyas y descubrió el cuchillo mágico. Era extraño ver el punzón junto a tantas alhajas. Un tenue brillo rojo perfilaba su punta y Scapa pensó que su aspecto era bello y peligroso a la vez.
Le costó un poco cerrar la caja de nuevo y colocarla bajo el diván. Se preguntó por qué Arane habría elegido justamente ese escondite para el cuchillo. Pero seguro que lo descubriría.
A la débil luz de la antorcha vio de pronto una pequeña ballesta entre los cojines del diván. La cogió. No estaba tensada, pero habían cargado una flecha. Por lo que parecía, Arane estaba acostumbraba a protegerse del peligro.
Durante un rato mantuvo el arma en sus manos. Y eso le llevó a pensar en la conquista de La Zorrera, en el arco que decidió no disparar estando en el sombrío calabozo donde había muerto Torron. Un sinfín de sensaciones se apoderaron de él, pero fue incapaz de racionalizarlas en su cabeza. Se sentía más desconcertado que nunca. Y quizá ese desconcierto ya no iba a acabar jamás.
* * *
En la oscuridad no existía el tiempo. Nill seguía a Kaveh, los gemelos y Bruno por el dédalo de galerías del calabozo y ninguno de ellos sabía ya cuánto llevaban allí. A veces las paredes invisibles se levantaban a tan poco espacio una de la otra que el pánico se apoderaba de la muchacha. En otros lugares sus pasos retumbaban en el techo y, algo más allá, tenían que correr agachados para que sus cabezas no chocaran contra la roca tosca.
Para Nill era un enigma cómo lograrían salir de aquella oscuridad. Por descontado que el hocico del jabalí ya había supuesto para ellos toda una bendición en numerosas ocasiones… pero ¿cómo iba a poder Bruno oler una salida allí, en aquel submundo de piedra y roca que tenía leguas y leguas de extensión?
—¡Agachaos! —avisó una voz desde la oscuridad.
Nill bajó la cabeza y levantó la mano ligeramente. A pocos centímetros, sus dedos chocaron contra unas rocas afiladas. No era la primera vez desde su salida que Kaveh se daba cuenta de que estaban a punto de chocar contra algo. Corrió agazapada tras él mientras seguía palpando el techo de la galería. ¿Quién habría construido aquellos caminos? ¿Habrían sido creados por la mano del hombre o se encontraban Nill y los elfos en un maremágnum de pozos naturales? La chica no perdió mucho tiempo pensando en ello, el temor la alejaba de cualquier reflexión. Y era mejor así. Por lo menos, había olvidado por un rato el motivo por el que había vertido un montón de lágrimas en las últimas horas.
—¡Esperad! —susurró Kaveh.
Bruno husmeó. Sus pezuñas arañaron el suelo, las piedras crujieron cuando Kaveh se movió.
—¿Qué pasa? —preguntó Mareju tras Nill.
También ella aguardaba una respuesta, pero Kaveh permaneció callado. Tampoco él sabía a qué atenerse: el camino se había interrumpido bruscamente. El príncipe palpó la roca que tenía enfrente, Bruno estaba en lo cierto. No había más pasadizo. Se hallaban ante un muro que no tenía ni un solo resquicio.
Bruno pataleó con las pezuñas, impaciente.
—Bueno —Kaveh apretó los dientes. Luego comenzó a golpear y tirar de la roca, y a apartar afanosamente los terrones hacia un lado. Se le rompieron las uñas, maldijo una y otra vez, se ayudó con los codos.
Se desmoronaron algunas piedras. Dio un paso atrás cuando consiguió sacar una mayor. La roca estuvo a punto de caer sobre sus pies. Un fino hilo de luz se abrió paso entre la oscuridad. Kaveh se agarró con ambas manos a la pared y pegó patadas con el pie. Era menos doloroso y más efectivo.
Se levantó un montón de polvo, que casi les impedía respirar. Kaveh golpeó con la bota unas cuantas veces más y de pronto cayeron más rocas. Un centelleo de luces inundó la negrura. Con cada nueva patada el muro se resquebrajaba más, hasta que al fin el príncipe logró quitar las últimas piedras con las manos y abrir un paso por el agujero.
Nill penetró tosiendo en el foco de luz, seguida de cerca por Mareju y Arjas. Agotado, Kaveh se limpió el polvo del pelo y se volvió a los demás. Ahora que ya había luz, Nill podía ver su cara por fin. Se asustó.
Bajo su ojo izquierdo se apreciaba la muestra azul verdosa de un puñetazo. Una costra de sangre seca recorría su nariz. En su cuello, la suciedad dejaba, sin embargo, varios cardenales al descubierto.
Nill iba a decir algo, pero no le salió la voz. Mareju y Arjas, que estaban a su lado con los ojos muy abiertos, no tenían mejor aspecto: arañazos en las mejillas, costras de sangre en las cejas y los labios.
—¿Dónde estamos? —murmuró Arjas.
Se hallaban en un corredor abovedado. La luz de las antorchas teñía las paredes de un rojo oscuro. Diez pasos más allá, una estrecha escalera conectaba con el piso superior. Bruno fue hacia ella y los elfos y Nill se dieron prisa en seguirlo. Subieron despacio hasta llegar a un vestíbulo abombado. Kaveh escudriñó por detrás de la pared. Ante él se extendía un pasillo, jalonado de puertas con barrotes. En el suelo había paja y todo olía a moho y putrefacción. Por la derecha se acercaba un pelotón de guerreros grises.
Eran cinco hombres. El tintineo de sus lanzas llegó mucho antes que ellos a través de los estrechos pasillos, no hablaban ni una palabra entre sí. Unos tortuosos tatuajes marrones cubrían sus rostros.
—¡Son tyrmeos! —susurró Mareju, que, como Nill, se había agazapado tras Kaveh.
Nill recordó que ya una vez Kaveh se había referido a ellos: eran los elfos de los pantanos que habían sido proscritos por sus propios compañeros de raza por abjurar de sus tradiciones. Eso conllevaba que no rendían pleitesía al portador de la corona Elrysjar. .. Así que aquellos guerreros grises de tatuajes en el rostro debían de estar allí por voluntad propia.
Kaveh cerró los puños.
—Que se vayan preparando.
Nill tenía una ligera idea de a qué se refería… pero ¡no podía acabar él solo con cinco soldados armados!
Iba a tratar de sujetarle pero fue demasiado tarde.
Kaveh agarró al primero por las caderas y tiró de él con tanta energía como pudo. El guerrero gris cayó por la escalera lanzando un grito. Pero el príncipe llegó a tiempo de quitarle la lanza de las manos y con ella se abalanzó sobre el segundo guerrero.
Mientras los otros se tiraban sobre los demás tyrmeos, Nill se pegó a la pared para observar cómo un soldado tras otro rodaba por la escalera. De pronto uno de ellos se llevó a Kaveh con él. El príncipe se resbaló y se cayó de espaldas sobre un escalón. El guerrero se tiró sobre él. Las manos del tyrmeo se apretaron como garras de hierro alrededor de su cuello. Luego lo levantó unos centímetros para golpearle la cabeza con el borde del peldaño. Kaveh cerró los párpados.
El cabello le cubrió la cabeza. Lo tenía por todas partes: en la cara, en los ojos… Sonó un grito, pero no era su voz sino la del guerrero: Nill tenía ambos brazos en torno a su garganta.
Le arrastró con todas sus fuerzas para que dejara libre a Kaveh, que continuaba debatiéndose. Finalmente, el tyrmeo cedió y puso todo su ímpetu en controlar a la muchacha. Tiró con tanto afán de sus cabellos que ella comenzó a chillar. Un larguísimo dedo se clavó en su mejilla, pero Nill logró sobreponerse y le pegó un puñetazo en la cara. ¡Con que la nariz le doliera la mitad que su mano, la chica ya habría ganado la pelea!
El cuerpo del tyrmeo se derrumbó por las escaleras. También Nill perdió el equilibrio… De pronto sintió que los escalones estaban por encima de ella, vio sus propios pies en el aire, la nuca golpeó dolorosamente la pared. En el último momento dos manos la agarraron por los hombros y la aguantaron con firmeza.
Kaveh estaba ante ella. Se apoyaba con un pie en la pared para no resbalar por la escalera con Nill encima. Ambos se miraron asustados tratando de recuperar el aire.
—Estoy… estoy… impresionado —logró articular el joven esbozando una sonrisa algo torcida.
—Yo… también —hizo una mueca Nill, casi ensordecida por el veloz redoble de su corazón.