Traición
Maferis no tenía ni la más remota idea del papel que había representado para los elfos de los pantanos… y para el resto del mundo futuro. No lo sabría jamás. Y con toda probabilidad, ni en sueños habría podido imaginar que había cumplido su importante misión justamente en una oscura posada, en medio de un montón de bebedores de cerveza, un día que ya casi ni recordaba.
Él mismo estaba borracho. Había partido de buena mañana para hacer unas compras en el pueblo humano que se hallaba al borde de las montañas: necesitaba papel, plumas, tinta y también pan y cereales. Llevaba varias pieles de lobo y una de oso para el trueque.
Llegó a la aldea al atardecer. Compró lo que necesitaba y decidió acudir a una posada. No quería que la noche le pillara en las montañas porque, aunque su visión élfica le habría ayudado a encontrar el camino en medio de la oscuridad, estaba agotado y deseaba rehacerse de la larga jornada. En el comedor de la posada se apretujaban los clientes. Había bastante griterío de fondo. Maferis se acomodó en una mesa y pidió carne de cordero. Le trajeron un plato de madera con una masa indefinida que rebosaba grasa. Maferis comenzó a comer y casi había vaciado el plato cuando el posadero le puso una jarra de cerveza sobre la mesa.
—Obsequio de ese de ahí —dijo señalando con la cabeza hacia un rincón oscuro.
Se levantó una figura y, algo encorvada, se acercó despacio. La luz tenue de las velas de sebo iluminó una cara de expresión taimada, todavía joven y con barba hirsuta.
—¿Puedo sentarme contigo? —preguntó el extranjero.
Maferis estaba realmente asombrado, pues el hombre hablaba —mal que bien— élfico.
—Sí —murmuró, todavía sorprendido, y el extranjero se dejó caer sobre la silla de enfrente. Brindaron y vaciaron sus jarras en silencio.
El alcohol causa mucho más efecto en los elfos que en los humanos. Además, Maferis no había bebido nunca ni un sorbo de cerveza y, después de haberse trasegado dos jarras, estaba lo suficientemente borracho para decirlo y olvidarlo todo.
—¿Quién eres? —le preguntó balbuceando al desconocido.
Se acercaron más entre ellos.
El hombre se rió.
—Soy un príncipe de Dhrana —anunció.
Dhrana era un reino insignificante entre las Tierras de Aluvión y los Bosques Oscuros, que en realidad no estaba formado más que por un puñado de aldeas. Se podía ser un viajero empedernido sin necesidad, por ello, de haber oído hablar de Dhrana. Pero que un príncipe, fuera del reino que fuera, hubiera ido a parar a un lugar como aquél hizo que ambos hombres se revolcaran de la risa.
—Soy el segundo hijo del rey Ileofres de Dhrana —añadió el desconocido y, a pesar de su sonrisa, adoptó una mirada severa—. ¡Me han repudiado! Quería matar a mi hermano. Y a mi padre. Me llamaron traidor, dijeron que quería matarlos para convertirme en rey. Pero ¿qué es lo que saben ellos? ¡Yo, yo estaba predestinado para reinar! —se rió y bebió un nuevo trago—. ¿Quién eres? ¿Por qué tienes la cara quemada?
Maferis palpó con las puntas de sus dedos su piel deformada. Los recuerdos, el dolor, el odio pasaron por delante de él como brillantes estrellas.
—Yo era el consejero más íntimo del rey de los elfos de los pantanos —dijo—. Y quería matarlo.
Los dos rieron hasta que sus carcajadas se transformaron casi en sollozos.
—¿Es cierto? —preguntó el extranjero, poniéndose serio de pronto. Sus ojos relucieron de odio.
Maferis se calló en medio de la risa.
—Sí. Es cierto —dijo.
El príncipe se inclinó tanto hacia Maferis que éste sintió su aliento a cerveza.
—Cuéntame tu historia —propuso en lengua élfica.
Y Maferis se la explicó. La contó de manera tan precisa que las imágenes parecían reflejarse en las pupilas del de enfrente.
Cuando la noche quedó atrás y Maferis dormía a pierna suelta sobre su silla, el extranjero estaba ya al corriente de todo. Conocía a Maferis. Conocía a Xanye. Conocía al rey de los elfos de los pantanos, sus supersticiones, el amor hacia su hermana… Estaba al tanto de las engañosas profecías y del inmenso poder de la corona. Sabía que la corona podía proporcionarle cualquier cosa a un mortal. Con sus palabras Maferis había transmitido su codicia a otra alma.
Para cuando llegó la mañana, el príncipe de Dhrana ya había abandonado la posada y a Maferis. Había cargado con sus provisiones y se había adentrado en las Tierras de Aluvión de Korr, embriagado por la genialidad de su plan.
A pesar de su agudo entendimiento, Maferis no tenía ni la más remota idea de todo aquello. No sabía nada de lo acaecido en las Tierras de Aluvión, aunque hubiera ocurrido por su causa; nada del rey humano que él mismo había coronado años antes en una sombría posada; nada de la historia de una niña sin nombre, que había habitado en Kaldera y que luego había vencido precisamente a aquel rey con una artimaña. No sospechaba nada en absoluto cuando, tres años después, escuchaba en su cabaña el aullido del viento y sólo pensaba en un chico de cabello oscuro que cambiaría el mundo por él.
* * *
—¿Tú eres la Criatura Blanca? —musitó Nill—. Pero… llevas la corona… ¿Eres el rey? No puedes… —la muchacha se volvió hacia Scapa con desesperación—. Scapa — gritó—. ¡El cuchillo! Tienes que… ¡Nos lo prometimos!
Scapa no se movió. El punzón colgaba de sus dedos laxos.
—¡Tienes que matar al rey! —chilló Nill. Lágrimas de pánico se agolparon en sus ojos.
La mano de él tembló.
—Arane… —logró pronunciar el muchacho.
—¿Qué? —susurró Nill—. ¿Qué estás diciendo?
—¡Scapa! —la reina extendió la mano hacia él.
Por fin él pudo tocarla.
—Creía que eras… ¡un fantasma!
—No. Soy real. Pero tú…
Nill se aproximó a Scapa.
—¿Qué estás diciendo? ¡Es el rey de Korr! ¡Lleva la corona! Todavía está…
Scapa retrocedió cuando Nill fue a su encuentro. Temblaba, pero retrocedió.
—¡Scapa! —susurró la reina. Repitió su nombre como un conjuro.
Él siguió retrocediendo y se alejó de Nill. Luego subió las escaleras.
La reina no se movió cuando él se dirigió hacia ella, todavía con el punzón en la mano. Nill aguardó impaciente los segundos que iban a decidirlo todo, todo. Y cuando Scapa se encontró por fin ante la reina y el punzón cayó de su mano, a Nill le pareció que el cuchillo se clavaba directamente en su corazón.
Sus fuerzas se debilitaron de golpe y se desplomó. Se dobló sobre sí misma y todo se le rompió por dentro, pero Scapa ni siquiera la miró. Su mirada seguía fija en la reina.
Ella sonrió.
—¡Hacedla prisionera! —gritó con autoridad—. Pero no le hagáis nada al otro chico.
Fesco se puso de rodillas al ver que manos y espadas se apartaban de él.
Nill no opuso resistencia cuando los guerreros grises se la llevaron. Como desde muy lejos oyó la voz de Scapa que gritaba:
—¡No la mates! Arane, ¡no la mates!
Le daba lo mismo. Todo se había acabado. Scapa la había traicionado.
* * *
Nill desapareció y las altas hojas de la puerta se cerraron tras ella. Como en un sueño, Scapa sintió que una mano se posaba sobre su hombro. Se dio la vuelta y miró el rostro de Arane. Tendió la mano, tocó sus mejillas y su cabello. Era real. Estaba justo enfrente de él. Pero ¡qué aspecto tenía!
—Eres una reina —murmuró—. Realmente te has convertido en una reina.
Ella cerró los ojos y le pasó los brazos por detrás del cuello. Por fin Scapa pudo abrazarla. La apretó con tanta fuerza que ella se puso de puntillas, y luego cayeron ambos al suelo.
—Creía que estabas muerto —suspiró ella acariciándole la cara—. Creía que los guerreros grises te habían matado en la calle. Estabas ahí tirado, en el suelo, y…
—¡Oh, Arane! —Scapa sacudió la cabeza—. ¡Esto es imposible! ¡¿Cómo ha llegado a suceder todo esto?! —su rostro se contrajo y la abrazó con ímpetu—. ¡Estás viva! ¡Has vivido todo este tiempo! —no pudo decir nada más. No pudo pensar.
Arane estaba allí. La reina de Korr. La Criatura Blanca.
—Cuéntame cómo ha podido suceder —dijo el muchacho.
Arane le observó a través de sus lágrimas. Asintió.
* * *
Durante semanas Arane había vivido en la oscuridad, pues el miedo la había cegado y la había hecho olvidar. Luego la llevaron a las Tierras de Aluvión, más allá de las montañas, a través de los pantanos, hasta el interior de la torre. Cuando la vio por primera vez, el cielo estaba negro, los truenos hacían temblar cada piedra y cada hueso, y unos rayos centelleantes partían la oscuridad en dos.
El interior de la torre era tan espeluznante como el esqueleto de un monstruo. Tres años antes allí no había nada, sólo piedras negras… Las ventanas emplomadas, las alfombras y los muebles elegantes transformarían después el esqueleto vacío en un palacio.
Arane no olvidaría jamás el instante en que lo vio por primera vez: la sombra. La condujeron a una cámara oscura. Ella no tenía nada más que el vestido que llevaba. Los guerreros grises se quedaron fuera. La sombra —y eso fue algo que después le dio que pensar— no los quería en sus proximidades.
Estaba sentado, rodeado de pieles, en un ancho trono. Ante él había una mesa dispuesta, pero sólo una vela de sebo iluminaba la habitación. Su rostro era una mancha negra en medio de la oscuridad.
—¿Tienes un cuchillo? —murmuró él. Su voz sonó peor que los lamentos de los moribundos que Arane había escuchado en Kaldera. Cada una de sus sílabas parecía el quejido de un animal a punto de expirar.
La chica negó con la cabeza. A través de las gruesas paredes de piedra retumbó un trueno.
—Bien —susurró la sombra—. Nadie puede llevar un cuchillo en mi presencia. No puede haber un cuchillo en ninguna parte.
Arane contempló la mesa. Numerosos cubiertos se alineaban al lado de los platos. Cucharas pequeñas, cucharas grandes, cucharas planas, cucharas abombadas; tenedores puntiagudos y largos, tenedores cortos, tenedores de tres púas, tenedores de dos púas; broquetas, una pequeña hacha de carnicero. Ningún cuchillo.
Arane volvió a mirar al trono.
—Tenéis miedo de Elyor, el cuchillo de los elfos libres —dijo en tono bajo.
Tronó una segunda vez y un largo quejido recorrió las estancias y corredores de la torre. La sombra se inclinó hacia delante, infinitamente lenta. La madera del trono crujió. Su rostro se sumergió en el reflejo rojo pálido de la vela y la sombra se transformó así en el rey de Korr: una cara aterradora con los ojos inyectados en sangre, las mejillas chupadas y los labios macilentos. Y su frente ceñía, como una gigantesca zarpa, la corona de los elfos de los pantanos. Mantenía la cabeza torcida como si la corona fuera demasiado pesada para sostenerla erguida. Antes de que Arane se diera cuenta de que era joven, descubrió la demencia en su mirada.
Estaba loco.
Arane sintió que hasta aquel momento no había sabido realmente lo que era el miedo. Torron la había asustado, sí. Pero que incluso el hombre con peores intenciones no era tan peligroso como un loco… lo comprendió en ese preciso instante.
Un siseo como de serpiente salió por su boca antes de que comenzara a hablar.
—¡No vuelvas a decir… jamás… ese nombre! —su mirada echaba chispas. Todavía entre siseos, tal vez era únicamente su respiración, levantó un trozo de carne de su plato y se lo metió en la boca. Masticó despacio—. ¿Cómo te llamas?
—Arane —contestó ella.
Una sonrisa se esbozó en el rostro del rey.
—Un nombre… es el secreto mayor… que se puede tener. Arane. ¡Un nombre puede maldecirse!
Arane no dijo nada. Se calló que Arane era el nombre que un cálido día de verano ella misma había escogido de entre los personajes de una obra de títeres. Prefirió seguir observando aquel titileo en los ojos del rey. De pronto se arrodilló ante la mesa y le miró a la cara.
—¡Dais la impresión de ser muy sabio, mi rey! Os admiro. Quiero aprender de vos —mentía todavía mejor de lo que Scapa creía. Mentía tan bien que perdió el miedo incluso—. ¡Contadme más cosas! Contadme cómo pudisteis haceros con la corona.
Yo tuve una visión —añadió Arane con presteza—. ¡Sé cómo el cuchillo, ese horrible cuchillo, no podrá haceros ya nada, mi rey! Pero tenéis que relatarme cómo pudisteis apoderaros de la corona. Contádmelo… ¡Confiad en mí, mi rey!
Él no podía apartar la mirada de sus grandes y brillantes ojos. Jamás había mentido tan bien.
—¡Confiad en mí!
Un nuevo trueno hizo temblar todas las piedras de los muros.
—Contádmelo…