El hallazgo

Así comienza tu historia…

Nill se hundió en el musgo con un gemido apenas audible. Desde las copas de los árboles cien voces se dirigían a ella.

Ocurrirá algo, será el principio.

Tu historia, tu vida.

NiII…

Abrió los ojos y parpadeó. Pinos y hayas murmuraban por encima de ella. La luz del sol resplandecía al fondo, bailaba creando puntos brillantes sobre su cara. Sonrió porque sentía un inmenso cariño por el verdor y la luz, porque eran hermosos y porque también ella en ese instante podía sentirse hermosa, aunque supiera que no lo era en realidad. Su nariz era demasiado pronunciada; sus ojos demasiado verdes, demasiado curiosos para aceptar las advertencias de los humanos, y su cabello espeso y enmarañado caía desordenadamente sobre sus hombros. Pero lo peor no era que su pelo creciera tan imposible de dominar, sino que tuviera color verde. Ésa era una particularidad que Nill había tratado de ocultar por todos los medios a su alcance: aceites de aroma penetrante, cocciones de hierbas, mixturas de resina de distintos árboles y hasta fricciones de ceniza. No servía de nada.

Ahora ya le daba lo mismo que su cabello brillara bajo el sol tan verde como el musgo sobre el que estaba sentada. Escuchó el crujido de los viejos árboles, el murmullo de sus hojas.

«Algo va a ocurrir», pensó. «Hoy es un día especial».

Por un rato su cerebro jugó con el pensamiento de que su vida pudiera cobrar cierta tensión, pero en aquel momento no tenía mayor deseo que no hacer nada. Se habría podido quedar allí tumbada, en medio del bosque, unida a la luz, ¡por los siglos de los siglos!

Estiró los brazos hacia arriba y contempló cómo la luz recorría su mano. Se entrelazaba con sus dedos como si fuera una cinta de oro. Luego colocó los brazos debajo de la cabeza y respiró profundamente. Olía a musgo y a resina y al calor de una tarde de verano que tocaba a su fin.

—¡Nill! —resonó por el bosque. Y más fuerte—: ¡NILL!

Nill se estremeció. En menos de lo que dura un parpadeo, sus sueños, la luz del sol y todos sus pensamientos de futuro se hicieron añicos. Se levantó de un salto, agarró los dos cubos que había dejado junto a las raíces de un cedro y salió corriendo.

No tendría que haberse demorado tanto. Ya hacía media hora que se había marchado para ir a buscar agua al río cercano y podría estar ya de vuelta sin problemas.

—¡Nill!

El corazón de Nill se contrajo. Corrió deprisa por encima del musgo, las raíces y las piedras, procurando no volcar el agua de los cubos.

—¡NILL!

—¡Ya voy! —jadeó, mientras superaba unas piedras y el tronco de un árbol caído, rodeaba las matas de espinos que se estaban adueñando de dos encinas y pasaba por debajo de las ramas del abeto. De pronto su pie se quedó enganchado bajo una raíz. Pegó un grito y los cubos se le resbalaron de las manos. El agua fría se derramó por su falda y sus rodillas. Antes de que tuviera tiempo de decir nada, oyó una extraña vibración. Se dio la vuelta con un gemido.

La raíz que la había hecho tropezar se había levantado del suelo. En efecto, ¡terrones y piedrecillas se escurrían por sus ramificaciones! Pero aquel sonido peculiar no procedía de ella, sino del abedul.

Asustada y todavía a cuatro patas se volvió hacia el árbol susurrante. Un montón de hojas y ramillas que ondeaban al viento cayeron sobre la cabeza de Nill. La corteza a manchas negras y blancas se resquebrajó con un crujido. La grieta creció y creció como por arte de magia hasta transformarse en una hendidura negra justo en el centro del árbol. Sólo entonces disminuyó el lamento de la madera, limitándose a un mínimo rumor, apenas perceptible, en lo más recóndito del abedul hueco.

Nill se recuperó algo del susto y con el corazón latiéndole con intensidad observó el árbol que se había abierto ante ella.

¿Se había vuelto loca? Se frotó los ojos con el dorso de la mano y miró más atentamente. Pero no había duda: en el abedul había una hendidura que antes no existía.

—¡Es imposible! —susurró la chica, aproximándose al árbol aún a gatas. Mil ideas pasaron al mismo tiempo por su cabeza. Leyendas, cuentos y aventuras comenzaban con un héroe mítico que hallaba algo fuera de lo normal. Pero Nill no era ninguna heroína, y su vida no tenía nada que ver con una leyenda. Todo lo contrario, ¡era asquerosamente aburrida! Sin embargo, en los segundos siguientes pasaron por su cabeza un sinfín de cosas que habría deseado encontrar en la oquedad del árbol… Un tesoro… Un espíritu encerrado… Un nuevo mundo…

Extendió la mano temblorosa. Desde la oscuridad del abedul refulgió algo en su dirección. Sus dedos se introdujeron en la rendija, rozaron la humedad del tronco hueco…

Y nada. Sintió las paredes mohosas y comidas por las orugas. Retiró la mano deprisa y una honda decepción se adueñó de ella. Qué se había imaginado: ¿que un árbol hueco se iba a abrir para que ella viviera una aventura?

—¡NILL!

La llamada, que sonó muy irritada, le hizo volver a la realidad. Se puso en pie con rapidez. Había volcado un cubo y tenía la ropa mojada. Maldijo la condenada raíz.

Iba a levantar los cubos y marcharse de allí cuando dudó de nuevo. Era como si un hilo invisible tirara de ella hacia el árbol… ¡ No te vayas! Date la vuelta… ¿No has visto brillar algo?

Una segunda vez metió la mano en la rendija. Sus dedos rebuscaron en la oscuridad. Y asieron un objeto irregular.

Nill examinó con perplejidad aquello que de pronto aferraba en su mano. Tenía el aspecto de un punzón de piedra negro, alargado. Sus bordes brillaban y Nill se dio cuenta enseguida de que era algo especial. Con un hondo significado.

Sin pensarlo, se metió el punzón en el bolsillo de la falda. Agarró los cubos con presteza, agitó la pierna para que la falda mojada no se pegara a su piel y salió corriendo.

A cada paso sentía que la piedra alargada golpeaba su cadera. Sus pensamientos iban a mil por hora. ¿Cómo se le había ocurrido llevárselo sin más? A medida que avanzaba, iba comprendiendo que aquella sensación de que el punzón la llamaba había sido una premonición. Una premonición ciertamente misteriosa.

Un escalofrío recorrió su espalda. De pronto, hacía más frío, el sol se había puesto. Ráfagas de viento soplaron a través de las copas de los árboles y las hojas revolotearon en el aire. Le pareció oír voces distorsionadas entre el murmullo de la hojarasca: voces cuchicheantes, agitadas, que la llamaban. Voces de aviso.

Pronto los árboles comenzaron a clarear y apareció una casa entre los claroscuros del crepúsculo. En el patio que dividía la casa de los árboles se divisaba la figura magra de una mujer. Miraba hacia el bosque y su mano rodeaba el cuello de una gallina muerta.

—¡Nill! —vociferó cuando la chica surgió de las sombras del bosque—. ¿Dónde te has metido tanto tiempo?

Nill se quedó parada tratando de recuperar el aire y dejó los cubos en el suelo.

—Perdona, Agwin —dijo alisando con la mano la falda húmeda.

Agwin era una mujer huesuda, que a pesar de su espeso pelo rubio parecía mayor. Había acogido a la niña hacía años, pues Nill no vivía con sus padres, ya que ni siquiera sabía quiénes eran. Su padre debía de ser un hombre del pueblo, pero nunca se había dado a conocer. En cuanto a su madre, era una elfa.

Sí, Nill era mestiza. Una criatura de los bosques para los humanos y una criatura de los bárbaros para los elfos. Un día encontraron a un bebé a las puertas de la aldea, arropado a la manera del pueblo élfico. Examinaron su cabello verde acastañado, sus ojos claros y demasiado grandes para ser humanos, aquellos huesos menudos que ninguna cría humana tenía, y las orejas un poco más picudas de lo habitual. Y enseguida comprendieron que se trataba de una bastarda.

Y gracias a la compasión de los humanos que, como en el caso de Agwin, salía a relucir una y otra vez, y de la que evidentemente carecían los elfos, la acogieron en la comunidad y Agwin la educó como a su propia hija. Y eso era cierto, pues de haber tenido hijos propios, Agwin los habría tratado de igual manera.

Ahora Agwin contemplaba a Nill con aquella consabida mirada de desdeñosa compasión que tanto la contrariaba. Los ojos de la mujer la escudriñaban de arriba abajo y ella trató de quitarse con rapidez las hojas y briznas de musgo que habían quedado prendidas de su cabello.

De pronto, Agwin cayó en la cuenta de que sólo uno de los dos cubos estaba lleno.

—¿Qué significa esto? —preguntó con firmeza. Su dedo índice señalaba el cubo vacío y el cadáver de la gallina se tambaleó hacia Nill.

—Me he caído. Voy corriendo otra vez a…

—¡Ya ha oscurecido, boba! —Agwin apretó los labios finos y parpadeó como siempre que estaba enfadada—. ¡No vales para nada! ¡Eres una gandula que pasa las horas muertas en el bosque, como es propio de ti!

Nill levantó los cubos y se fue hacia la casa.

—Pondré el agua al fuego —dijo.

—Es esa maldita sangre élfica —susurró Agwin cambiando nerviosa el peso de su cuerpo de un pie a otro.

Nill no respondió. Sólo lo había hecho una vez, años atrás; Agwin se había enfadado por una nadería y había hecho referencia a «su maldita sangre élfica». Nill no pudo reprimirse. Saltó y dijo: «¡Creo que no fue la sangre élfica sino la humana la que me maleó!». Inmediatamente Agwin le pegó dos sonoras bofetadas. Desde entonces, Nill dejaba que Agwin despotricara todo lo que quisiera. Al fin y al cabo no era la única que la maltrataba.

Nill empujó la pesada puerta y entró en la estancia. La casa tenía una sola planta, si se prescindía de la pequeña buhardilla, y se asentaba sobre sus cimientos de madera como un anciano sobre sus muletas. De todas maneras, su techo de paja y su chimenea algo torcida le otorgaban cierta apacibilidad. Las ventanas eran muy pequeñas, de tal modo que las habitaciones permanecían casi a oscuras.

En la cocina, que era el cuarto mayor de la casa, Nill dejó los cubos y se dispuso a encender el hogar. Mientras amontonaba los leños, oyó crujir la puerta. Era Agwin que se sentó a la mesa y comenzó a desplumar el ave. Nill no se volvió hacia ella, aunque sentía la mirada de la mujer clavada en su espalda. Siempre la observaba durante las tareas para descubrir cualquier error y poder reñirla de forma airada, luego apretaba los labios con obstinación y se compadecía de sí misma.

Aquella amargura era la causa de que pareciera mayor de lo que realmente era. Había aprendido a soportar todas las injusticias de la vida con la seguridad de su absoluta inocencia: que los dioses no le hubieran concedido un hijo, que le hubieran endosado a la bastarda, que se hubiera casado con un hombre sin ninguna reputación… Todo lo aguantaba gracias a la satisfacción que sentía por sí misma. Ser mártir de una injusticia le daba la casi confirmación de que disfrutaba de una dulce y callada inocencia. Y como era la única que parecía conocer el tamaño de su propio sacrificio, todos sus enojos se iban amalgamando en su interior creando un nudo compacto e imposible de desliar.

Nill había encendido el fuego. Las llamas chisporroteaban alegres y pronto alcanzarían la olla en la que había vertido el agua.

—Limpia las zanahorias y ponlas a cocer —ordenó Agwin.

Nill hizo lo que le habían mandado y se sentó a la mesa frente a la mujer. Las plumas volaban alrededor del rostro obstinado de Agwin mientras su mano tiraba y desplumaba como si mantuviera una pelea sorda con el ave. De pronto la chica sintió lástima por la gallina —seguro que aquella misma mañana le había dado de comer— y por cada pluma que Agwin arrancaba sin ninguna contemplación.


* * *


Desde que Nill podía recordar jamás había creído ser hija carnal de Agwin. Durante mucho tiempo no cayó en la cuenta de que debía tener una madre, y después, cuando ese pensamiento anidó en su mente, le explicaron que su madre había sido una salvaje que la había dejado frente a las puertas de la aldea.

Pero que tenía un padre lo había pensado durante años. Naturalmente no tenía ningún sentido que estuviera casado con Agwin, pero a pesar de ello Nill veía en él el rostro de su padre.

Grenjo era un hombre callado, alto, encorvado, con los ojos de un oso abatido que, incluso tras la muerte, conservase la tristeza de toda una vida en la mirada. Si Nill pensaba en Grenjo, eran sus manos lo primero que venía a su mente: cómo las cruzaba sobre su regazo, prudente y pensativo, dos zarpas callosas y llenas de arañazos. No podía dejar de pensar en una cálida tarde de otoño en la que habían permanecido sentados juntos frente a la casa, contemplando el pueblo bajo una lluvia de hojas de arce. Entonces ya sabía que él no podía ser su padre. Pero a pesar de ello se le parecía tanto, le resultaba tan próximo, que el pensamiento le hacía daño.

—Desearía —dijo aquel día Nill con el corazón desbocado—, desearía por lo menos saber cómo era mi madre. ¿De verdad se trataba únicamente de una salvaje que abandonó a su hijo? —observó a Grenjo e intentó descubrir alguna expresión en su cara. Pero el hombre continuó al brillo del sol con el triste aspecto de costumbre.

—Yo creo —comentó él después de un rato— que no se trataba sólo de una salvaje. Creo que era una mujer que estaba enamorada de un hombre de nuestra aldea… a pesar del odio entre nuestros pueblos. Creo que… tenía el cabello verde como tú. Relucía al sol como el follaje de las hayas en primavera, igual que sucede contigo. Seguro que su risa era cálida y hermosa. Creo que era muy guapa.

Las lágrimas acudieron a los ojos de Nill. En ese momento estuvo segura de que Grenjo sí era su padre, el hombre que había amado a su madre… Dijera lo que dijera Agwin, aunque estuviera casado con ella. Pero Nill no se atrevió a preguntárselo. Y si lo hubiera hecho, eso lo sabía, Grenjo sólo la habría mirado, perdido en sus pensamientos como siempre, y habría sacudido la cabeza apenas perceptiblemente.