La hospitalidad de los ladrones

Tres años… habían pasado tres años. Desde hacía tres veranos y sus correspondientes tres inviernos Scapa era el Señor de los Zorros, el ladrón más peligroso de Kaldera. Pero a veces creía ya que toda su vida había transcurrido en La Zorrera.

Scapa se sentía viejo. Si alguna vez se miraba en un espejo, veía a un extraño ante él… ¡Cómo, si no, podía pertenecerle aquel rostro tan joven, cuando dentro de su corazón él se sentía tan consumido como un viejo! Sin embargo, Scapa había olvidado del todo que tres veranos antes era un completo niño. Su cara sí había cambiado mucho.

Sobre todo, era mucho más pálida. Scapa abandonaba rara vez La Zorrera. Sus días transcurrían en aquellas habitaciones y salas oscuras. En sus ojos parecía haber anidado el titileo de las velas que le rodeaban a menudo.

Y se había hecho más duro. Eso lo notaba. Su mirada podía repartir órdenes y exigir sin necesidad de que dijera una palabra. Los que no eran sus adeptos le temían, y tanto unos como otros le admiraban.

Por eso Scapa estaba tan sorprendido ante aquellos cinco compañeros de fatigas y no podía negar que sentía por ellos, sí, algo parecido a la curiosidad. La chica, por encima de todo, tenía algo misterioso que Scapa necesitaba descubrir cuanto antes. No se la podía considerar hermosa, pero su apariencia era… interesante. Sus ojos le miraban de una manera tan intensa que no podía ser humana, pero tampoco tenía aspecto de ser una elfa. Y resultaba todavía más asombroso que fuera la compañera de cuatro elfos libres y un jabalí.

—¡Sentaos! —Scapa abrió los brazos—. Sentaos a mi mesa. Esta noche descubriréis que los ladrones son unos anfitriones exquisitos.

Chicos y chicas se movieron, se apretaron unos contra otros e hicieron sitio para Nill, Kaveh y los caballeros.

El grupo dudó, pero al fin todos tomaron asiento frente a la mesa del ladrón. E hicieron bien en sentarse porque ¡los platos más apetitosos se amontonaban ante ellos! El maravilloso olor del asado atraía a Nill mágicamente. El Señor de los Zorros se dio cuenta enseguida de sus miradas anhelantes.

—¡Servios lo que queráis! —les invitó—. ¡Bebed y comed con nosotros! ¡Vamos, sin timideces!

Comenzó a sonar de nuevo la música de flauta. Los zorros retomaron también sus conversaciones y pronto hubo en la sala el mismo ruido de antes. Pero las miradas de los zorros seguían posándose con algo de curiosidad y también cierta desconfianza de vez en cuando sobre los extranjeros.

Nill fue la primera que echó mano a la comida. Cogió un panecillo caliente relleno de pasas y cubierto de, miel, lo mordió… ¡y se sumergió de lleno en aquel gusto dulce y suave! Si todavía sentía algo de resquemor, el panecillo se lo quitó por completo.

Por fin los elfos también se decidieron. Kaveh estaba fascinado por todas las viandas desconocidas que le rodeaban. Lo olía y lo observaba todo con detenimiento antes de decidirse a dar un bocado. Mareju y Arjas se zamparon tartaletas de manzana suficientes para alimentar a una jauría de perros hambrientos. También Erijel comía a dos carrillos, mientras su mirada escrutadora recorría las filas de los zorros.

De pronto, Kaveh sintió un roce en su mano.

—Gracias —susurró Nill sin mirarle. Una sonrisa esquiva se esbozó en sus labios, hundió la cabeza y le echó una mirada huidiza—. Y… siento tanto haberme ido sin más… Gracias por venir.

Kaveh carraspeó y un rojo subido de tono tiñó sus mejillas.

—Era…, era lo lógico.

Nill y Kaveh miraron de soslayo al Señor de los Zorros. Éste, en cambio, no les quitaba la vista de encima. Cuando Nill no comía, sentía su mirada fría en la espalda. Los ojos de la mayoría de los humanos daban claves sobre sus sentimientos, pero Nill no podía ver nada en la mirada del chico del pelo negro. Nada de nada. Su rostro era una máscara imperturbable y sus ojos penetraban en el interior de las personas como si pudieran llegar al rincón más profundo de cada corazón. La chica se puso muy nerviosa.

Un rato después, el Señor de los Zorros subió el tono de la voz. Inmediatamente se hizo el silencio en la sala.

—Ahora que ya sabéis quién soy yo —echó una mirada a Kaveh mientras agarraba de nuevo su copa— y habéis comido de mi mesa, habladme de vosotros.

¿Quiénes sois?

Kaveh se puso derecho.

—Mi nombre es Kaveh. Soy príncipe y enviado de los elfos libres. Éstos son mis acompañantes: los caballeros Mareju, Arjas y Erijel. A nuestra compañera Nill ya la conoces.

—Un enviado, entonces. ¿Y adonde os envían?

Miradas inseguras recorrieron la fila de los caballeros.

—A Korr —dijo Kaveh finalmente.

Los ojos de Scapa se estrecharon.

—¿Sólo a Korr? Si os referís a las Tierras de Aluvión, son muy extensas.

Kaveh respiró hondo.

—Vamos en busca del rey de Korr.

De pronto algo pareció transformarse en el rostro del Señor de los Zorros. Una oscilación apenas perceptible recorrió sus ojos.

—¿Por qué?

—Somos exploradores —Nill miró a Kaveh con expresión dubitativa—. Somos exploradores y queremos conocer más datos sobre el emplazamiento de Korr.

—Es un emplazamiento grandioso —dijo Scapa y se tragó de un sorbo el líquido que había en la copa. El vino debía de estar tan fuerte que las lágrimas acudieron a sus ojos—. Ningún poder del mundo lograría llevarme nunca hasta el rey.

Nill le contempló con recelo. ¿Por qué se comportaba de pronto de una manera tan odiosa?

—Dicen —dijo Erijel— que el rey es invulnerable. ¿No lleva la corona Elrysjar de los elfos de los pantanos? Cuentan que sólo un cuchillo mágico puede matarlo.

Sus palabras fueron como verdaderos puñetazos para Nill. No se atrevió ni a tragar saliva, tan sólo intentó evitar la mirada de Erijel, que durante un larguísimo espacio de tiempo cayó sobre ella. Su mano derecha buscó el punzón de su bolsillo…

Scapa pareció notarlo. Aunque no podía ver la mano de Nill bajo la mesa, la observó como si supiera algo. Ella percibió que aquel movimiento instintivo había sido un error.

—Puede ser —el Señor de los Zorros se encogió de hombros—. A mí me da lo mismo —cogió una jarra de vino y se sirvió. Luego bebió un nuevo sorbo sin apartar los ojos de Nill.

Durante un rato más, Scapa les estuvo haciendo unas cuantas preguntas: de dónde procedían, quién los había enviado y cuánto tiempo llevaban de viaje. A todo respondieron los elfos con vaguedades y Nill se dio cuenta de que le estaban confiando tan poca información como habían hecho con ella en su momento… ¿Qué era lo que le habían dicho? Tan sólo las mismas evasivas que ella había empleado con ellos.

Luego los elfos le preguntaron al cabecilla de los bandidos si conocía el camino hacia las Tierras de Aluvión. Dijo que no y sus ladrones estuvieron dándole vueltas a la mejor manera de dar con él. Finalmente llegaron a la conclusión de que debía de ser el segundo, aquél que no tenía rótulo, el que llevaría a la zona. Y es que los zorros no conocían ninguna posibilidad más. Por otra parte, Scapa reiteró sin mucho entusiasmo que no tenía ningún mapa.

La conversación se dilató un tiempo más, pero el Señor de los Zorros se mostraba absorto y ausente. Desde que Erijel había nombrado el cuchillo mágico, cierta intranquilidad había nublado sus facciones.

Scapa dejó la copa sobre la mesa y se acomodó en el sillón. Durante unos segundos permaneció en su asiento semejante a un trono, con las manos sobre los brazos, sin moverse y sumido en sus pensamientos como un anciano rey. Luego levantó una rodilla e impulsó el pie sobre el borde de la mesa.

—Me imagino que estaréis cansados si habéis pasado todo el día de marcha. Esta noche os alojaré en La Zorrera.

—Eso es muy generoso por tu parte —dijo Kaveh con cierta vacilación.

—¡Flip! ¡Mola! Llevad a mis invitados al ala este. Que duerman en la habitación de las ventanas de tréboles. Y si tenéis algún otro deseo —añadió educadamente—, no dudéis en hacérmelo saber.

Nill y los elfos se levantaron dando las gracias. También se pusieron en pie un chico, no mayor que Nill pero tan fuerte como un oso, y una chica muy vivaracha con el pelo corto. Ambos los condujeron hacia la salida.

Nill se giró hacia Scapa nuevamente. Y, como esperaba, ¡sus ojos estaban fijos en ella! No en ella, ¡en el bolsillo de su falda! Justo allí donde su mano asía el cuchillo mágico.

Se asustó tanto que tropezó con su propia capa y un gritito aturdido salió de su boca. Luego la puerta de dos hojas se cerró tras ella con un crujido.


* * *


El cuarto al que los condujeron estaba plagado de arcos y pequeñas columnas que decoraban las paredes de piedra color arena. A pesar de que una docena de puertas parecía partir de aquella habitación, sólo una era utilizable y por ésa habían entrado Nill, los elfos y Bruno. Las demás estaban clausuradas por bloques de piedra y muros derruidos.

Las tres ventanas con forma de hojas de trébol les permitieron contemplar la noche. No había chimenea, pero la impresionante cama con dosel que ocupaba el centro del cuarto estaba exageradamente cubierta de pieles y mullidos edredones. Varias capas de cortinas de colores la rodeaban.

Los zorros cogieron una antorcha del corredor y la colgaron en la habitación.

—Felices sueños —murmuraron cerrando la puerta tras de sí.

Durante unos segundos se miraron unos a otros. Luego Kaveh carraspeó. Fue con paso decidido hacia la cama, abrió las cortinas a un lado y cogió una de las pieles y un edredón.

—Erijel, Arjas, Mareju…, nosotros dormiremos en el suelo.

—No es necesario —replicó Nill acercándose hacia él—. Eso es una tontería. ¡Esta cama es muy grande para una persona! Vosotros dormiréis en ella y yo dormiré en el suelo.

Kaveh abrió la boca para protestar, pero Arjas se le acercó, se metió entre Nill y Kaveh, y cogió un edredón mientras decía:

—Las damas duermen en la cama, eso es así. Bueno… y las chicas también.

—Vamos, Nill —se añadió al grupo Mareju, cogiendo un edredón también—. Deja que Kaveh juegue a hacerse el caballero. Además, dormiremos mucho mejor en el suelo, hay más sitio. Y lo necesitaremos, porque Erijel se mueve más que una vaca preñada.

Arjas se rió por lo bajo ante la mirada de enojo de Erijel. Éste masculló algo en lengua élfica, que no sonó nada amable.

—Vale, pues —dijo Nill conteniendo una sonrisa.


* * *


La noche estaba llena de los sonidos de la lluvia. Fuera había una oscuridad total y no podían divisarse las gotas de agua, pero Nill sí las oía como si estuviera directamente tumbada a cielo descubierto.

La muchacha no podía dormir. Permanecía inmóvil en la cama, entre mullidos almohadones y mantas, sin creer en dónde estaba.

Una semana antes imaginaba que toda su vida transcurriría entre los reproches de Agwin y los bancales del huerto. Y ahora se hallaba en una inmensa cama con dosel, que con toda probabilidad habrían construido para un rey; había encontrado unos amigos, que además tenían la misma sangre élfica que ella, y viajaba por reinos desconocidos.

«Sí, ¡soy feliz!», gritó una voz en su interior. Pero Nill sabía que esa voz sólo se atrevía a hablar allí, en la oscuridad. Mañana temprano sus preocupaciones ahogarían cualquier sentimiento de felicidad.

Cerró los ojos. Bajo el calor de los edredones sintió el punzón de piedra junto a su cadera. Consuelo y temor se adueñaron de ella a un tiempo. «Mientras lo tenga conmigo», pensó, «todo irá bien. Y mientras lo tenga conmigo, estoy en peligro…».

Luego se sumergió en un sueño ligero.

Debían de haber pasado horas, o sólo minutos, cuando Nill se despertó. Levantó la cabeza del almohadón como si alguien le hubiera echado agua sobre la cara y logró tragarse en el último segundo un chillido de miedo.

¿Estaba durmiendo todavía?

No. Junto a su cama, medio oculto por las cortinas, había un rostro. El rostro del Señor de los Zorros. Le dio un vuelco el corazón. En menos de un segundo estaba sentada, muy erguida, sobre los edredones.

—¿Qué haces aquí?

El joven descorrió las cortinas hacia un lado con calma. La escasa luz de la antorcha tiñó una parte de su rostro de rojo.

—Estás guapa cuando duermes.

En la cabeza de Nill los pensamientos giraban como en un torbellino. No se hubiera imaginado jamás lo rápidamente que la sangre podía subir a sus orejas.

—¿Qué? —sacudió la cabeza con perplejidad—. ¿Qué…? Tú… ¿Qué haces aquí?

Él inclinó la cabeza y sonrió.

—¿Qué crees tú?

—¡Yo creo que me has dado un susto de muerte!

La sonrisa se borró de su cara.

—¿Me marcho? —lo dijo como si le hubiera ordenado tirarse por la ventana.

—Pues… ¡Sí!

Frunció el ceño. Luego se puso de pie más deprisa de lo que Nill había creído.

—Bueno —se encogió de hombros y fue derecho hacia la puerta. Nill lo miró atónita hasta que salió de la habitación y la puerta se cerró con un chasquido.

El ruido despertó a Kaveh.

—¿Qué pasa? —preguntó muerto de sueño.

Con el corazón encogido, Nill miró hacia la puerta.

—Nada —murmuró—. Sólo un golpe de viento.