Reunión de hykados
No se había celebrado una reunión de dirigentes desde las festividades del último solsticio de verano. Por lo general los doce pueblos hykados de los bosques del Oeste se reunían sólo en las ceremonias tradicionales o para tratar asuntos bélicos. Por eso a los altos mandatarios les había sorprendido tanto la convocatoria.
En aquella ocasión no se trataba de una fiesta ni de ninguna reunión religiosa. Los distintos dirigentes se habían encontrado en la casa del anfitrión y había gran curiosidad en el ambiente. Las voces de todos bullían en la gran sala. Los postigos de juncos trenzados estaban cerrados, pero un fuego en medio de la habitación proyectaba luz suficiente. Alrededor del hogar, en una mesa de madera redonda, se sentaban los príncipes de los doce pueblos. El alto mandatario de Yugg había llegado acompañado de sus dos hijas, que estaban sentadas a derecha e izquierda de él como amazonas alertas. También el príncipe de Hegva, el pueblo situado más al norte, había llevado a su hijo, sobre cuyo robusto brazo reposaba la mano del padre como en un bastón de paseo.
Otros dirigentes, que todavía no necesitaban el apoyo de sus hijos, iban acompañados de druidas y sanadores. Una decisión importante no podía tomarse sin el consejo de los sabios por los que hablaba la voluntad de los dioses.
En la mesa estaba también el anfitrión, un gigante de media edad que era el príncipe de Lhorga. Parecía una estatua en su trono, sentado en su silla tapizada de piel, con los brazos apoyados sobre la mesa y gran solemnidad en su rostro barbudo. A su lado estaba sentado su hijo mayor. Con sus doce años escasos era todavía muy joven, pero asesorado por la vidente, el príncipe de Lhorga le había permitido tomar parte de la sesión.
—Sólo el pajarillo que empieza pronto a observar más allá del borde de su nido — había dicho la anciana— puede un día volar alto.
Pero aquel pajarillo no parecía tan interesado en volar como le habría gustado a su padre: el chico se levantaba una y otra vez nervioso de la silla, exhibiendo una mueca de enfado en su cara de ratón. El príncipe le había prohibido acudir con la lanza roja a la reunión, destinada únicamente a príncipes y herederos reales.
«Podrás mostrarte en público con una lanza roja en cuanto hayas cazado con ella tu primer ciervo», le había dicho.
Pronto se abrió una cortina, que separaba la habitación vecina de la sala de reunión, y apareció la adivina de Lhorga. Se aproximó en silencio y las miradas de los doce dirigentes y sus acompañantes se clavaron en la anciana calva.
—Se os saluda —hizo una ligerísima reverencia hacia delante poniendo una mano sobre su pecho.
—Celdwyn —dijo el alto mandatario de Lhorga, indicándole el asiento a su lado. Con un gesto de agradecimiento, la vidente se sentó junto a él. Entonces, el príncipe apoyó de nuevo las manos sobre la mesa y miró con seriedad a todos los presentes—. Bien, dado que mi adivina ha llegado, podemos abrir la sesión. En pocas palabras: han ocurrido cosas. Cosas sobre las que los pueblos de los hykados deben decidir juntos. Lo mejor será que dé la palabra a la vidente Celdwyn, ella os lo explicará —le dirigió un movimiento con la cabeza.
Durante un breve espacio de tiempo se produjo un silencio expectante. Sólo podía oírse el crepitar del fuego mientras Celdwyn semicerraba los ojos y parecía hundirse en sus pensamientos. Así sucedía con los druidas: antes de informar a la concurrencia, necesitaban que subiera la tensión para crear una atmósfera propicia.
Cuando Celdwyn decidió que había llegado el momento adecuado, con aquella sonrisa calmada que le era característica, miró a los presentes y comenzó a hablar.
—Seguro que os estáis preguntando por qué Lhorga os ha convocado a una reunión inmediata. Por eso quiero, en nombre del poderoso Yennur, Dios Padre de los humanos, informaros del destino que se abre ante los hykados —respiró hondo— . Como todos sabéis, hace tres años que un rey detenta el poder sobre el pueblo de los elfos de los pantanos y las Tierras de Aluvión de Korr. Él, del que sólo se conoce que pertenece a la raza de los humanos, porta la corona mágica de los elfos de los pantanos y, de esta manera, se ha convertido en un rey invulnerable. Ninguna mano mortal puede acabar con su vida; únicamente el tiempo y los dioses pueden otorgarle una muerte pacífica.
»Sí, aproximadamente tres años debe de hacer que ese rey humano tiene sometidos a los elfos de los pantanos. Pero no sólo ellos sufren espanto y horror. Por miedo a padecer el mismo destino, esto es: ser gobernados por un humano, los elfos libres actuaron muy deprisa. Como sabéis, ambos pueblos, el de los Bosques y el de las Tierras de Aluvión, poseen cada uno una parte de la corona de piedra que antaño unía a su pueblo. Cuando el rey se apropió de la mitad de la corona de los elfos de los pantanos, los poderosos hechiceros de los elfos libres transformaron su mitad en un cuchillo mágico que, al estar constituido por la misma piedra de la corona, es capaz de matar al rey invulnerable.
»Ese cuchillo es un arma que puede significar el ocaso del monarca. Se dice que, a causa de ese cuchillo, se ocultó en las Tierras de Aluvión y no se ha atrevido a tocar ni un pelo de un elfo libre. Yo misma creía que los elfos libres llevaban tiempo a la búsqueda del rey para matar a aquel que esclaviza a sus hermanos y hermanas. Pero el cuchillo no se encuentra en manos élficas.
Celdwyn sacó algo de su bolsillo. Con un sonido sordo colocó el objeto sobre la mesa. Los dirigentes alargaron los cuellos para ver mejor y mostraron gran sobresalto. Bajo la mano huesuda de la adivina brillaba un punzón de piedra.
—¡Éste es el cuchillo elaborado con la poderosa magia del pueblo élfico! Por una casualidad ha llegado a nuestras manos… y los dioses nos obligan a decidir qué hacer con él.
—¿Eso es un cuchillo? —preguntó uno de los dirigentes mesándose la barba mientras se ponía derecho para tener mejor visión de aquel objeto—. ¡Parece romo!
—Y lo es —explicó Celdwyn—. Sería imposible clavarlo en ningún pecho. Y, sin embargo, es la única arma que puede matar al portador de la media corona. No puede ser otra cosa… Nunca he visto una piedra similar. Sólo puede tratarse de algo relacionado con la magia élfica.
Estalló un coro de voces.
—Calma… ¡Calma! —gritó el príncipe de Lhorga invitando a los presentes a sentarse de nuevo. Después, se levantó ceremonioso—. Yo digo que el cuchillo ha llegado a nosotros por voluntad de los dioses. Un humano ha alcanzado la corona de los elfos de los pantanos; nosotros, hykados, hemos hallado el cuchillo mágico… ¡Son signos del Padre Cielo y la Madre Tierra! ¡Los dioses nos están diciendo que los humanos debemos conquistar al pueblo de los elfos!
Entonces, otros príncipes se pusieron en pie y comenzaron a conversar entre ellos sin orden ni concierto. ¿Tenía razón el príncipe de Lhorga? ¿Era un signo de los dioses para que los humanos sometieran a los elfos?
—¡No me fío de ese cuchillo! —gritó de pronto un joven príncipe—. Es obra de la magia élfica y no nos traerá más que desgracias. ¡Tirémoslo por un precipicio!
—¿Te has vuelto loco? —el alto mandatario de Hegva se levantó rápidamente, mucho más de lo que se esperaba de sus viejos huesos—. ¡Este cuchillo es un regalo de los dioses!
Una de las hijas de Yugg se puso en pie para decir:
—Los dos tenéis razón, honorables príncipes. Deberíamos deshacernos del cuchillo, pero sin mostrar por ello desagradecimiento a los dioses. Enviad un guerrero valiente para devolver el cuchillo a los bosques de los elfos.
—¿A los elfos? —se rebeló otro de los príncipes—. ¡Prefiero que el cuchillo vaya a parar a las manos de Mughor, el Señor de los Muertos, antes que a esos salvajes!
—¡El cuchillo debe llegar al rey! —gritó una voz.
Se hizo un silencio de desconcierto. Los contrincantes se dieron la vuelta y observaron a un príncipe joven. Ya que la curiosidad de los reunidos caía sobre él, éste se levantó.
—Yo digo que el cuchillo debe llegar a manos del rey —repitió—. Hace dos años que mandé a mi primer batidor para tener más información acerca de él. Así averigüé que corrían rumores de que el rey quería también conquistar el Reino de los Bosques Oscuros y someter a sus pueblos. Pero el rey de Korr es un humano y, por tanto, nuestro hermano de sangre. Nos respetará si le damos muestras de nuestra fraternidad. Pero ¡si devolvemos el cuchillo a los elfos libres, les estaremos proporcionando el arma para que acaben con nuestro hermano! ¡Reflexionemos sobre lo que debemos hacer! Si nosotros conservamos el cuchillo o se lo entregamos a los elfos, tal vez estemos ayudando a los salvajes a abatir a un rey humano. Pero si le entregamos el cuchillo al rey de Korr, le estamos asegurando el poder sobre los salvajes… y a nosotros su perpetua amistad.
Estuvieron un rato callados. Pero sus caras mostraban que aquellas palabras gozaban de su aprobación. Al fin y al cabo, parecía muy sensato auxiliar al rey en contra de los elfos. Porque, fuera quien fuera, se trataba de un humano… y los elfos eran enemigos.
—¿Y quién será lo suficientemente valiente para llevar el cuchillo? —preguntó Celdwyn en voz baja. En los últimos minutos su voz de corneja había enmudecido. Tras sus palabras, el silencio se hizo aún mayor y el fuego pareció crepitar con creciente intensidad.
¿Quién estaba capacitado para una tarea tan arriesgada como aquélla? Nadie sabía quién era aquel rey y las historias de horror de sus guerreros grises habían llegado hasta los Bosques Oscuros. Por lo visto, el rey vivía en una torre sólida en lo más profundo de las Tierras de Aluvión, en el reino de los elfos de los pantanos, y el camino desde los Bosques Oscuros hasta Korr era bastante peligroso aun sin cuchillo mágico.
—Yo sé de alguien —dijo de pronto el chico de poca apariencia que estaba sentado junto al dirigente de Lhorga. El hijo del príncipe miró inquieto a su padre cuando todos se volvieron hacia él—. La Niña de Espinas. La bastarda, ya sabéis… Nadie se preocupará por ella.
Se intercambiaron miradas dubitativas de unos a otros.
—¡Qué bobada! —dijo finalmente el príncipe de Lhorga—. No podemos enviar a una niña sola a ese viaje. Además, tiene sangre élfica, no sabemos si podemos confiar en ella. Y he oído que es retrasada.
—¿No es eso una ventaja? —replicó vacilando una hija de Yugg—. Una chica retrasada no despertará ninguna curiosidad entre las gentes. Logrará llegar hasta el rey sin que nadie se dé cuenta de su presencia, siempre que no sea tan retrasada que no encuentre el camino…
—Oh, se le puede meter miedo —propuso el hijo del príncipe con la conformidad de la joven.
Ésta, estimulada por su acuerdo tácito, añadió:
—Sí, sí, ¡es muy miedosa! Si se la amenaza con que será expulsada de la aldea y la ira de los dioses caerá sobre ella, hará lo que se le diga. La conozco. La he visto a menudo con mis amigos.
El príncipe de Hegva tomó la palabra con presteza:
—El muchacho tiene razón. Nadie desconfiará de una chica sencilla. No debemos decirle lo que ocurre realmente con el cuchillo… Sólo será necesario darle la orden precisa, ¡así no podrá traicionarnos! Y ninguno de nosotros se verá obligado a sufrir por uno de sus hijos, si fuera en vez de ella… —acarició con cariño la mano de su hijo—. Y si la chica falla y no encuentra el camino hasta el rey… bueno, también será voluntad de los dioses, me refiero. No hará falta ni que perdamos más tiempo pensando en el cuchillo. Nuestra conciencia quedará tranquila.
El príncipe de Lhorga estuvo dándole vueltas a la idea en silencio. Luego se volvió a Celdwyn. Por espacio de unos segundos pudo apreciarse cierta perplejidad en su rostro.
—¿Tú qué dices, Celdwyn? —musitó.
Los ojos de la anciana se clavaron en el hijo del príncipe. Qué suerte que se hubiera ocupado a tiempo de lograr su presencia en la asamblea.
—Envía a la bastarda —dijo en voz baja.