Maferis, el repudiado

Bordearon la última parte del precipicio hasta que alcanzaron de nuevo el bosque y se sumergieron en las sombras protectoras de los árboles. Nill sentía punzadas en los costados, pero no hicieron ninguna pausa; al contrario: el miedo les obligaba a correr cada vez más deprisa.

Pronto sólo los rodeó el bosque susurrante. Iban pendiente arriba. Para superar las cuestas más empinadas se ayudaban de arbustos, raíces y matojos, y aprovechaban los valles oscuros para coger velocidad. En la distancia se oían relinchos de caballos.

En su precipitación ni siquiera se dieron cuenta de que estaba oscureciendo. Sólo cuando la noche se adueñó del lugar, extendió su capa negra sobre ellos y fue imposible continuar, buscaron refugio junto a unas peñas. Los elfos repartieron sus raciones con Nill, que ya no tenía nada que comer. No conversaron entre ellos, no se atrevieron ni a murmurar unas palabras, y cuando todos acabaron de comer, se acomodaron en el suelo y se echaron a dormir. De vez en cuando, la tierra vibraba bajo ellos movida por los cascos de los caballos.

Así transcurrieron dos días más. Los siete compañeros salían al amanecer y cuando el sol comenzaba a ponerse, iban en pos de sus propias sombras. No hacían descansos, corrían agazapados y se tiraban pegados al suelo cuando descubrían guerreros grises en las cercanías. Debían de ser varias formaciones de jinetes las que batían las montañas.

Pero ¿por qué? ¿Tanto ajetreo únicamente por haber resultado sospechosos para los vigilantes de las puertas de Kaldera?

No había tiempo de darle vueltas al asunto y, aunque hubieran encontrado la razón, contra los guerreros grises no habría servido de nada. No había nada que pudiera ayudarles más que la niebla de la mañana, el fino olfato de Bruno y los árboles silenciosos y protectores.

Hacía más frío. Cuando Nill despertó el tercer día, su capa estaba cubierta de una centelleante helada nocturna. Sentía que la humedad se extendía desde los dedos de sus pies a sus orejas, como si el gélido sudor que provoca una pesadilla hubiera empapado todo su cuerpo.

Y, en efecto, ante ellos se presentó una verdadera pesadilla que adoptó la forma de copos blancos. Primero llovió, y todas las ramas y todas las hojas vertieron frías gotas sobre ellos. Pero, una vez que llegaron más arriba, la lluvia se hizo más fuerte y acabó transformándose en aguanieve.

Hacía un frío terrible y a Nill ya ni siquiera le quedaba el consuelo de una manta. Por las noches se despertaba tiritando, porque pasaba frío o porque confundía el sonido de las gotas de lluvia sobre el bosque con el ruido de los cascos de los caballos.

Pero sólo vieron a los guerreros grises una vez más, al atardecer: una fila de siluetas blancas que, tras los árboles húmedos y brillantes, se asemejaban más a sombras que a seres reales. Después, no volvieron a aparecer. Tal vez no se atrevían a seguirlos hasta las cumbres de las montañas. Además, los guerreros grises tenían que saber lo inútil que era esconderse allá arriba. Por eso, harían mejor aguardándolos abajo, hasta que el frío y el hambre los obligaran a recular.

Pero Kaveh no parecía pensar en retroceder. Que los vencieran justamente las montañas y no las flechas de los guerreros grises era demasiado absurdo.

Los bosques se transformaron cuando la nieve cayó sobre ellos como ligeros plumones. Daba la sensación de que los pinos y los abetos estaban más apretados entre sí y se doblegaban bajo los montones de nieve. Los copos revoloteaban entre los rayos de sol y, bajo la ventisca, las cordilleras se hundieron en una oscuridad plomiza. Los viajeros se percataban de que era de día, de noche, primera hora de la mañana o tarde ya únicamente por el hambre y el agotamiento que sentían.

Se quedaron sin agua. Se ponían nieve en la boca y dejaban que se derritiera en su lengua hasta que el frío amorataba sus labios. El pan se les congeló, las raíces se pusieron duras como si las hubieran arrancado en invierno de un suelo helado.

Scapa y Fesco sufrieron más que los demás. Ambos comenzaron a toser pronto, carraspeaban y por las noches respiraban con dificultad. Scapa tenía la punta de la nariz colorada, no paraba de moquear y unas profundas ojeras subrayaban su mirada. Fesco avanzaba por la nieve que le llegaba a las rodillas como un anciano impedido. La propia Nill, que sé pasaba el día tiritando, soportaba mejor el frío que los dos ladrones. Tal vez fuera la sangre humana la que hacía a Scapa y Fesco tan vulnerables; tal vez, el hecho de que hubieran pasado los últimos tres años prácticamente encerrados en cómodas habitaciones y salas acondicionadas con chimeneas. ¿Y Scapa había pretendido llegar él solo a las Tierras de Aluvión? Aunque hubiera logrado escapar de los guerreros grises, allá arriba, en el torbellino de los copos de nieve, ya haría tiempo que hubiera perdido la orientación.

Y Nill… También a ella la habían enviado sola los hykados con la pretensión de llegar a Korr, sin ni siquiera proporcionarle un mapa que le alumbrara en su camino. Ese grado alcanzaba la sabiduría de los hykados… Ese grado alcanzaba el entendimiento de Celdwyn la vidente. Nill casi se ponía enferma cuando pensaba en las consecuencias que podrían haberse derivado de la estupidez de los pueblos humanos, pues si ella no se hubiera decidido a creer en Kaveh y no le hubiera otorgado al cuchillo su sentido real, el pueblo elfo —todo el Reino de los Bosques Oscuros— ¡se habría perdido irremediablemente!


* * *


A Scapa le subió la fiebre. Le ardían la frente y las mejillas, pero no dijo nada hasta que se desplomó en la nieve ya al atardecer. Los demás lo rodearon y decidieron pasar allí la noche.

Cuando ésta todavía no había alcanzado su cénit, Nill puso una mano sobre la frente del joven. La nieve se derritió sobre ella como si fuera una losa caliente. Aunque el chico tenía los labios cerrados, Nill oyó el castañeteo de sus dientes; débilmente, como si se tratara de un engranaje que trabajara a puerta cerrada.

¿Estaría próximo a la muerte? Nill no sabía cuánto podía llegar a aguantar un humano, no sabía el tiempo que puede permanecer enfermo un cuerpo antes de agotar sus últimos chispazos de vida. Pero viendo a Scapa allí tendido, junto a ella, pálido, febril y tan vulnerable hundido en su ropa húmeda, le daba la impresión de que el menor soplo de viento podría robarle el poco calor que le restaba.

Ninguno de los integrantes del grupo, ni siquiera Bruno, notó en medio de la silenciosa caída de la nieve cómo él se aproximaba. Y de pronto estaba ante ellos: su luz…

Nill miró asustada hacia arriba. Allí, entre los abetos, había una figura inclinada. En la mano derecha llevaba un farol, tan luminoso que la chica tuvo que cerrar los ojos.

—¿Quién anda ahí? —susurró Kaveh agarrando la empuñadura de su espada.

La figura se acercó. A unos metros de distancia, el desconocido se quedó parado de nuevo. Llevaba una gruesa capa de piel de lobo y una capucha que tapaba su rostro.

—¿Quién eres? —preguntó Kaveh desconcertado.

El desconocido levantó el farol e iluminó a Scapa.

—Vuestro compañero está enfermo —dijo con una voz tan ronca que Nill instintivamente tuvo que pensar en un árbol que de pronto pudiera hablar—. Aquí va a ponerse peor. Voy a ayudarle —el hombre se dio la vuelta como si hubiera dicho todo lo que tenía que decir.

Kaveh se puso en pie, también sus caballeros y Nill lo hicieron de inmediato.

—Pero ¿quién eres tú? —dijo el príncipe.

El desconocido se quedó quieto. Por un momento pareció ponerse derecho y mirar con la cabeza levantada hacia la oscuridad.

—Maferis —respondió.

Los otros le miraron algo perplejos. El semblante de Kaveh reflejó el cúmulo de pensamientos que pasaba por su mente. Luego se dio la vuelta y cogió por debajo de los brazos el cuerpo dormido o inconsciente de Scapa.

—Vamos, ayudadme.

Erijel se acercó a su primo.

—¿De verdad vas a ir tras él? —le preguntó entre susurros.

Kaveh le miró a los ojos.

—No puede ser un espía. Es demasiado antipático.

Erijel maldijo en lengua élfica.

—¡Eres más confiado que un niño pequeño, Kaveh! ¡No puedes arriesgarlo todo por el ladrón!

Entonces Kaveh se detuvo. Entretanto, Nill había agarrado ya a Scapa por las piernas y observaba a los elfos con mirada expectante. Por fin, el príncipe hizo un gesto con las cejas y optó por asir a Scapa más fuertemente, aunque no tuvo excesivo cuidado ni se preocupó de que su cabeza dejara de oscilar arriba y abajo.

—Pues sí, me arriesgo por… el ladrón. Es nuestro compañero, así que lo trataré como tal. Vamos, ayudadme.

El hombre de la piel de lobo no se volvió ni una sola vez para ver si le seguían. Pronto aparecieron ante ellos unas luces difusas. Al acercarse, descubrieron que se trataba de una cabaña de madera: a través de la ventana y de los resquicios de la puerta una cálida luz amarilla se colaba en la noche. Nill se sentía dichosa. Aunque el desconocido no mostrara su cara, aunque tuviera pinta de fantasma, la luz de un hogar no engañaba a nadie.

—Pronto te encontrarás mejor, Señor de los Zorros —musitó la chica, echando una agotada mirada a la cabaña mientras se aproximaban a ella.


* * *


Siglos llevaban las montañas durmiendo en paz. Desde el principio de los tiempos sus rocosas cumbres se cubrían de mantas blancas, frías, que sólo se derretían en el escaso verano y nunca eran profanadas por nadie. Sólo el lento crecimiento de pinos y abetos, únicamente un zorro que errase su camino, proporcionaba de vez en cuando un soplo de vida a aquel mundo de nieve inmóvil.

Pero hacía catorce veranos e inviernos que algo había atenuado la soledad de las montañas: unas pisadas se hundieron en la nieve virgen.

Catorce años antes se produjo un delito no muy habitual entre los elfos de los pantanos. Sus pueblos en las Tierras de Aluvión no solían repudiar a un miembro disidente, pero nunca había ocurrido nada parecido a lo sucedido entonces. ¿Qué elfo de los pantanos habría sido capaz de llegar tan lejos como para cometer el peor de los crímenes? ¿Hacer prevalecer la propia conveniencia por encima de la voluntad de todo el pueblo, por encima del mismo rey? Sólo uno lo hizo y fue repudiado para que su vida transcurriera lejos de las Tierras de Aluvión, no en vano ése era el destino de todos los traidores.

Pero, en contra de lo esperado, ese elfo de los pantanos no se dirigió a Kaldera para convertirse allí en un bandido, un borracho o un perista. No, él se había decidido por buscar la soledad y dejar morir sus sueños de grandeza como un pez asfixiado. Había optado por trasladarse a las cumbres vírgenes. Rompió el silencio ancestral, quebró la límpida manta de nieve con sus huellas y las de los árboles caídos que dejó a su paso. Luego levantó una casa en medio de la soledad, construyó, martilleó y horadó la tierra intacta, y finalmente encendió el fuego que nunca había profanado aquellas noches profundas. Después cerró la puerta de su construcción y permaneció bajo su luz hasta que el hambre lo empujó a salir y a cazar. Y una vez hecho, se resguardó de nuevo en su pequeña mancha de luz, y vivió siempre así, hasta que transcurrieron catorce años y de nuevo las huellas de unos extranjeros mancillaron la paz de las montañas. El viento y la nieve casi respiraron aliviados cuando el hombre llevó a los viajeros a su cabaña y cerró la puerta tras ellos, de tal modo que por un breve espacio de tiempo volvió a reinar en las montañas aquella silenciosa calma.