Las Tierras de Aluvión

Maferis se había encerrado en su habitación cuando a la mañana siguiente se despertaron los jóvenes. Ante su puerta había un paquete de provisiones. Al único que no le sorprendió aquella muda invitación a marcharse fue a Scapa. Cielo y tierra… ¿Realmente iba a vagabundear aquí y allá, entre el aire y el suelo? Al fin y al cabo, ¿no era lo que llevaba haciendo toda la vida? Provenía de los más bajos y sucios rincones de Kaldera, era un don nadie, no era nada, un niño de la calle que de pronto se había hecho el amo de La Zorrera y el ladrón más poderoso de la ciudad… Y con la desaparición de Arane había perdido de nuevo toda la felicidad.

Pero aquello que Maferis había dicho de su sangre…, un estremecimiento recorrió la espalda de Scapa.

—Debemos irnos —murmuró y se puso la capa por encima—. Fesco y yo estamos ya bien.

—¿No deberíamos dar las gracias a Maferis? —preguntó Nill mirando con desconcierto la puerta cerrada.

Scapa sacudió la cabeza.

—Él no quiere. Es hora de partir —y levantó la bolsa de provisiones—. Tal vez uno de nosotros regrese algún día y pueda visitarle —pero Scapa sabía que no sería él. Para él no había vuelta atrás.

—Adiós —murmuró Nill a la madera de la puerta—. ¡Y gracias!

Abandonaron la cabaña en silencio. En cuanto Nill salió de la casa, un viento helado sopló contra ella. Cerró los ojos y se apretó más fuerte la capa alrededor de los hombros. Tan sólo unos pasos después, los copos titilantes se tragaron la casa de Maferis y a los siete compañeros les dio la impresión de que aquellos últimos cuatro días no habían sido nada más que un sueño.


* * *


A última hora de la tarde la tormenta de nieve fue atenuándose. Buscaron refugio bajo unos tupidos pinos y se durmieron enseguida.

Por la mañana, cuando una luz apagada despuntó sobre la nieve, continuaron el camino. Que Scapa y Fesco estuvieran ya bien no era del todo cierto. Seguían tosiendo, pero sí tenían las fuerzas necesarias para no entorpecer la marcha de los otros.

Al fin, con la llegada de la noche, emprendieron el descenso de la montaña. Por encima de la capa de nieve comenzaron a asomar las rocas, que pronto les permitieron dormir en un sitio seco. Scapa se enrolló en su capa y cerró los ojos. Imaginó el paisaje de dunas que circundaba Kaldera. Imaginó el cálido aire veraniego que ondeaba en la distancia. Recordó días en la ciudad que habían sido tan calurosos que incluso respirar suponía un esfuerzo y cómo el polvo de arena cubría las calles a pesar de que no soplara ni una brizna de aire. Recordó que se despertaba con la nuca empapada de sudor sobre un colchón de un pobre cuartucho, a causa del ruido de las callejas y del cosquilleo que unos rizos rubios provocaban en su hombro. Y mientras Scapa aquella noche dormía en la nieve, se despertó cientos de veces en Kaldera.


* * *


El mundo de nieve con sus cumbres heladas se quedó atrás. Unos días después, se encontraban de nuevo en los altos y susurrantes bosques. Caminaron a través del mosaico de sombras y rayos de luz y escucharon el crujido de las hojas… Era inimaginable que tras cada ladera y cada árbol pudieran acechar los guerreros grises.

Había momentos en los que Nill llegaba a olvidar que no estaba sola, pues apenas hablaban entre ellos. Tenía la sensación de que el bosque la aspiraba, la hacía invisible y ligera, y a veces hasta se sorprendía cuando la mirada de alguno de sus compañeros se quedaba fija en ella y le hacía comprender que todavía estaba allí, bien a la vista, y no era algo así como un rayo de sol translúcido.

La tarde del tercer día el cielo se nubló y el bosque mudó su rostro. Los abetos fueron haciéndose cada vez más raquíticos y, de pronto, Nill volvió a sentirse vigilada y a disgusto… En un lugar así era fácil imaginarse a los guerreros grises.

Al mismo tiempo, la chica se sentía más tranquila porque las montañas habían quedado a sus espaldas y aquellos bosques desnudos que los rodeaban anunciaban las estribaciones de las Tierras de Aluvión. Efectivamente, éstas se extendían justo delante de ellos y eso significaba que Nill se aproximaba a la meta de su viaje.

Aquella noche sus manos agarraron con fuerza el punzón de piedra. A pesar de la oscuridad, creyó verlo: su aura resplandecía tanto que los guerreros grises tenían que percibirla aunque estuvieran a leguas a la redonda. Nill lo apretó contra su pecho. Le producía un hondo consuelo y, al mismo tiempo, suponía para ella una amenaza horrenda.

Con él iba a tener que matar.

De imaginarlo, los dedos comenzaron a temblarle. Ella no podía matar a nadie. Era impensable que le clavara a alguien que estuviera delante de ella un cuchillo en el corazón… ¡Además, a alguien que no había visto nunca! Eso sin contar con que aquel cuchillo era romo. No estaba afilado; costaría mucho esfuerzo que traspasase la piel, la carne y los huesos…

Sentía que se mareaba sólo de pensarlo. Cerró los dedos muy fuerte en torno al cuchillo mágico, palpó la piedra exquisitamente pulida y comprendió el motivo por el que lo temía tanto. El punzón iba a quitarle algo.

Su inocencia.


* * *


El cielo caía pesado y plomizo sobre el territorio que se extendía ante el grupo. Los últimos árboles del bosque habían quedado tras ellos. Y hasta donde alcanzaba la vista se sucedían las ciénagas. Un riachuelo cruzaba el monótono paisaje.

Los compañeros se adentraron con pasos cautos en las Tierras de Aluvión. Ya desde la distancia habían vislumbrado los densos jirones de niebla que, como una piel polvorienta, cubrían aquella tierra fangosa, y ahora se sumergían en ellos. El suelo era mullido y resbaladizo. En algunas zonas crecían altas hierbas que ocultaban hoyas de arenas movedizas y cenagales. Nudosos árboles, encorvados por los golpes de viento, jalonaban aquel paisaje desolado, salpicado aquí y allá de oscuros bosquecillos. Las ramas se tendían hacia los siete compañeros como si hubieran sido manos de brujas y garras que se hubieran petrificado justo antes de lograr apoderarse de un descuidado viajero. En una ocasión Kaveh pegó un grito, sobresaltado al penetrar en una charca escondida tras unos juncos. Una bandada de cornejas levantó el vuelo desde los árboles y desapareció en la niebla.

—No sabía que eras capaz de chillar como una niña pequeña. Los guerreros grises se habrán sorprendido también, ¿no? —dijo Scapa con sarcasmo.

Edyen shár —masculló Kaveh sin explicar el significado del insulto que le había dedicado.

Casualmente llegaron a un sendero trillado entre la maleza: culebreaba como un hilo marrón bordeando el arroyo. Si seguían el camino, corrían el peligro de ser descubiertos por los guerreros grises; pero aquello era menos arriesgado que continuar adentrándose a ciegas por un terreno tan salvaje que a cada nuevo paso podía depararles la sorpresa de ser tragados por una ciénaga; por no hablar de las víboras.

De todas maneras, el camino fue haciéndose tan angosto y desigual que no dejaban de adentrarse una y otra vez en la maleza.

El arroyo que discurría a su lado desembocó pronto en un río más ancho. La espesa neblina les había impedido verlo antes y tampoco habían oído su corriente, pues fluía tan pausado que las olas apenas golpeaban sus orillas.

—¡Mirad allí! —Mareju señaló en línea recta. En el río, algo más allá, se divisaba un muelle en un estado lamentable. Al acercarse, vieron que había una balsa amarrada junto a las aguas salobres de la orilla. Era como si estuviera dispuesta precisamente para ellos. Sólo que la habían preparado unas decenas de años antes.

—¿Qué os parece? ¿Lo intentamos? —preguntó Arjas.

—Voy a hacer como si no hubiera oído lo que dices —dijo Fesco levantando las cejas tanto que desaparecieron bajo sus rizos.

—¿Qué pasa? ¿Nuestro ladrón es alérgico al agua? —comentó Mareju—. Sin embargo, tu mejor amiga es una rata de agua.

—¡Una rata común! —recalcó Fesco levantando el rostro con dignidad—. Además, no soy alérgico al agua. Estás de broma. Podría cruzar el mar en una barca, ¿entendido? Pero esa cosa cubierta de lodo por todas partes no invita a hacerlo precisamente.

—No hace falta que te comas la balsa, ¿o qué te crees? —replicó Mareju.

—Pero en ella no hay sitio para todos nosotros.

—No lo sabremos hasta que lo hayamos probado —dijo Kaveh abriéndose paso a través de los zarzales hacia la orilla.

Fesco siguió a los demás refunfuñando. La balsa estaba medio hundida en el fango. La soga que la unía con el torcido poste de madera se hallaba recubierta de moho.

Kaveh saltó desde el muelle. La balsa se balanceó peligrosamente y algunas de las plantas que con el paso del tiempo se habían adueñado de ella se resquebrajaron y hundieron en el agua. El príncipe soltó el arco y las alforjas, agarró algo escondido bajo la alfombra de algas y tiró de un remo carcomido. Sacudió los terrones de tierra y las hojas que tenía encima, se volvió hacia sus compañeros y le alargó el remo a Scapa. Este lo cogió por el otro extremo.

—¡Vamos, subid! —gritó Kaveh mientras retrocedía unos pasos y liberaba un segundo remo de las plantas que crecían en el fondo.

—Se va a ir a pique de un momento a otro. Me niego a aterrizar en medio de este fangal —dijo Fesco apretando los labios.

—Un baño te iría muy bien —comentó Erijel desde atrás mientras le daba un empujón, de tal manera que, soltando un grito, Fesco se precipitó en medio de la balsa. Acto seguido, se montó el propio Erijel. La balsa se meció violentamente y se rompieron algunas plantas trepadoras más. Arjas y Mareju, con Bruno sin dejar de resoplar, se deslizaron desde el muelle. El agua negra se coló entre las finas tablas de madera cuando la balsa se hundió algo más. En el muelle no quedaban más que Nill y Scapa. Cuando los dos observaron la actitud titubeante de los demás, Scapa le dirigió una mirada a la chica, agarró el remo con más fuerza y saltó dentro. Luego se volvió hacia ella para tenderle la mano, pero Nill ya había saltado y cayó encima de Scapa antes de que él pudiera tener tiempo de ayudarla. Se separaron deprisa y él ya no la miró más.

Erijel desenvainó su espada y cortó la soga del poste. Cuando ésta cayó al agua, les salpicó el lodo. Kaveh metió el remo hasta el fondo y lo impulsó.

—¡Vamos, rema tú también! —le gritó a Scapa.

Con una mirada huraña, el joven siguió sus indicaciones. Para ello tuvo que agarrar el remo con ambas manos, pues la balsa estaba clavada en el cieno y anclada con las plantas del fondo. Pero Scapa se guardó de mostrar sus dificultades. Bajo ellos se oían crujidos y chasquidos… Por un momento todos temieron que los tallos pudieran soltarse y romper la balsa en dos, pero por fin ésta empezó a separarse de la orilla y con un ligero impulso se dirigió hacia río abierto.

Los caballitos del diablo y las libélulas que pululaban por la superficie del agua levantaron el vuelo a su paso. Zumbaron los mosquitos. Aguantando la respiración, los jóvenes esperaban que la balsa soportase el peso. La madera crujía, el agua fangosa restallaba cada vez que Scapa o Kaveh sacaban el remo y gorgoteaba cuando volvían a meterlo. Salvo eso, no ocurrió nada más. La balsa aguantó.

La corriente del río era tan suave que Kaveh y Scapa tenían que remar constantemente para ir adelantando. Aquella silenciosa pelea contra el agua los mantuvo en vilo durante más de media hora. Cuando Kaveh emitió un gemido entre dientes, Mareju se puso en pie y se ofreció a remar un rato. Sólo cuando se levantó también Arjas para sustituir a Scapa, pasó el príncipe el remo a su compañero y se sentó a descansar. Durante unos segundos sostuvo la vista fija en Scapa. Descubrió con satisfacción que un velo de sudor cubría su frente y que su pecho subía y bajaba a mayor velocidad que el suyo. El príncipe sonrió por dentro. ¡El ladrón tendría que aceptar que la sangre humana era más débil!

Pero lo que Scapa comprobó era que la sangre humana resultaba… más sabrosa para los mosquitos. No mucho tiempo después, los insectos de la ciénaga se arremolinaron para atacar a sus nuevas presas. Era raro encontrar sangre fresca en los pantanos. Y el cálido olor humano que despedían Scapa y Fesco era lo suficientemente atractivo como para ponerse al alcance de sus peligrosas palmadas. Ninguno de los dos dejaba de maldecir mientras trataba de ahuyentar a aquellos bichos, y cuanto más se lo proponían, más ansiosos se mostraban los chupadores de sangre. Nill también recibió algún picotazo, pero fueron los dos muchachos los que salieron más perjudicados. Tan sólo los elfos lograron mantenerse prácticamente intactos; su sangre no parecía gustar a los tábanos.

Un calor asfixiante fue cayendo sobre ellos. Pero no provenía del sol, que seguía oculto entre la niebla y las nubes, y se mostraba muy rara vez, blanco como la cal y muy diluido. El propio ambiente era caluroso y húmedo, como vapor, y respirar suponía un verdadero esfuerzo. Cubría a los siete compañeros como una segunda piel, absolutamente pegajosa. Un insoportable sentimiento de desdicha fue apoderándose de ellos a medida que pasaban las horas. Un rato después, dejaron de resistirse a los mosquitos y se envolvieron con las capas a pesar del calor.

Intercambiaban los remos a menudo, pues ninguno de ellos aguantaba ya más de unos minutos. Les había tocado el turno a Erijel y Kaveh. Los demás permanecían quietos, sentados sobre el suelo de la balsa, con las capas sobre la cabeza y las rodillas pegadas al pecho. Aquella neblina febril había acabado incluso con las habituales dotes de vigilancia de Bruno: con el hocico apoyado sobre las patas delanteras, el animal estaba echado junto a Kaveh y se limitaba a emitir un gruñido sordo de vez en cuando.

El jabalí levantó la cabeza, de golpe. Sus orejas peludas temblaron. Kaveh lo miró y después fijó la vista en la dirección a la que apuntaba su hocico venteante. El olor a moho que se extendía como una húmeda mortaja por toda la ciénaga había impedido que Bruno los husmeara antes de toparse con ellos a través de la bruma: los cadáveres.

En algún lugar por encima de los lechosos jirones de niebla gritó una lechuza. Las olas iban y venían bajo la balsa. Kaveh levantó el remo, se dibujaron unas ondas concéntricas en el agua, luego unas gotas se escurrieron por la madera de la pala. Las estacas aparecieron entre la neblina de la orilla como cañas negras. Alineadas al borde del agua, un campo uniforme se extendía tras ellas. Era un cementerio, sólo que no tenía lápidas, sino picas de madera con cuerdas anudadas, y que de ellas no colgaban letreros con los nombres de los difuntos, sino los propios muertos.

Kaveh dejó caer el remo, éste hizo un ruido apagado al golpear contra el fondo de la balsa. Los demás bajaron la mirada. Sólo Kaveh la mantuvo en alto. Los miró detenidamente: los rostros de todos aquellos que habían traicionado al rey de Korr, o mejor dicho, lo que había quedado de ellos. Pasaron despacio ante el grupo. Y con su mirada Kaveh rindió homenaje a cada uno de ellos, aunque eso le costara el sueño de varías noches.

A través de la niebla divisaron un poste de madera encajado en el suelo, frente al cementerio. Sobre él estaba escrito en lengua élfica y humana: «Almas de los traidores al rey. Caiga sobre ellos la maldición eterna».

Kaveh se descolgó el arco del hombro y cargó una flecha en él. Ya no podía ayudar a los muertos. Sin embargo, podía tirar una flecha sobre el cartel, ése sería su acto de respeto hacia ellos, y todos los que llegaran hasta allí, prisioneros o guerreros grises, verían que él estaba en contra.

—¡Kaveh! —Erijel se aproximó un paso hacia él—. ¡No dispares! Los guerreros grises verán la flecha y descubrirán nuestro rastro.

Kaveh no se volvió hacia su primo, pero bajó el arco titubeando.

—Por favor, Kaveh, es peligroso —le reclamó Erijel.

Pasaron varios segundos. Al fin Kaveh tensó la cuerda del arco hasta su oreja. La flecha cortó el aire, golpeó el cartel y se clavó exactamente sobre la palabra «maldición».

El corazón de Erijel se contrajo. Para él fue como si la flecha de Kaveh no hubiera penetrado sólo en el cartel, sino también en su corazón… Con aquel tiro una sombra negra había caído sobre él.

—Puedo vivir en peligro —dijo Kaveh—. Pero no sin actuar.

Y cargó una nueva flecha, apuntó al cartel y dio en otra palabra más; disparó diez flechas hasta que tapó la inscripción entera.

Luego, con los dientes apretados, agarró el remo, lo sumergió en las aguas de la ciénaga y lo empujó con más fuerza y más deprisa que antes. Dos o tres impulsos después, las cortinas de niebla se cerraron de nuevo y los colgados quedaron atrás.