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La noche siguiente, Levin llegó a su club en el momento oportuno. Al llegar vio que otros miembros y visitantes llegaban también en sus carruajes. Hacía mucho que no acudía al club, concretamente desde que había residido en Moscú, poco después de abandonar la universidad y empezar a frecuentar la alta sociedad. Recordaba bien el club, los detalles externos de su decoración, pero había olvidado por completo la impresión que le había causado tiempo atrás. Pero en cuanto entró en el amplio patio semicircular y se apeó del trineo; cuando vio en la portería las capas y los chanclos de los miembros a quienes les parecía menos incómodo quitárselos abajo; cuando oyó la Campanilla/6/, que sonó tres veces detrás de su panel semitransparente para anunciarle; cuando subió por la ancha escalinata alfombrada, y vio la lenta rotación de la reluciente Estatua/9/I en el descansillo, confirmando discretamente la identidad de cada visitante que llegaba, Levin evocó de pronto y con toda nitidez la antigua impresión que le había producido el club, una impresión de reposo, confort y decoro.
La diferencia estribaba en que, en los viejos tiempos, el panorama incluía a docenas de robots Categoría III. Esta noche no se oía el incesante rumor de motores, ni el monótono zumbido de unos sirvientes mecánicos. No apareció ningún Mayordomo/97/II para llevarse cortés y esmeradamente su sombrero sosteniéndolo con sus accionadores finales; ningún Portero/6/II que le preguntara su nombre cuando entró en el salón principal. En lugar de ello, apareció un campesino obeso y malhumorado, luciendo un chaleco que le quedaba estrecho, que soltó un gruñido y señaló groseramente con el pulgar la escalera.
Después de atravesar un vestíbulo dividido por mamparas, y otra sala situada a la derecha, donde había un hombre sentado ante el bufé de la fruta, Levin adelantó a un anciano que se encaminaba lentamente en la misma dirección que él, y entró en el comedor atestado de ruido y de gente.
Caminó entre las mesas, casi todas llenas, y miró a los visitantes. Vio toda clase de gente, viejos y jóvenes; a algunos los conocía superficialmente, otros eran amigos íntimos. Pese a las convulsiones que había sufrido la sociedad, no vio un solo semblante que denotara enojo o preocupación. Todos parecían haber dejado sus cuitas y angustias abajo con sus sombreros, y todos parecían haberse propuesto gozar de las bendiciones materiales de la vida.
—¡Ah, por fin! ¿Por qué te has retrasado tanto? —preguntó el príncipe a Levin, sonriendo y tendiéndole la mano sobre su hombro—. ¿Cómo está Kitty? —añadió, alisando la servilleta que había introducido en los botones de su chaleco.
—Muy bien; las tres comen en casa.
—Acércate a esa mesa y apresúrate a sentarte —dijo el príncipe, volviéndose y tomando con cuidado un plato de sopa de anguila.
Konstantín Dmitrich se sentó, y un joven campesino con gesto hosco le sirvió un plato de sopa, derramando torpemente el líquido caliente por los bordes del plato y manchándole el pantalón. Levin hizo una mueca de dolor y de enojo; el perfecto equilibrio giroscópico de un robot Categoría II jamás le habría permitido cometer semejante error.
Pero los demás se rieron del incidente, y Levin comprendió que la opinión de quienes se hallaban en el club —o, en todo caso, la opinión manifestada por quienes deseaban que les oyeran decir lo que convenía que dijeran— era muy distinta de la suya. En todas las mesas los comensales coincidían en que la vida rusa había mejorado mucho desde la desaparición de esos «fastidiosos» robots, siempre pegados a los talones de sus amos, haciendo que éstos se sintieran incómodos y agobiados, sus circuitos emitiendo incesantes zumbidos y runruneos.
«¡Por la humanidad!», dijo el príncipe alzando su copa. «¡Por la Nueva Rusia!», apostilló Sviashki.
—¡Acércate, Levin! —gritó una voz afable no lejos de donde se encontraba éste. Era Turovtsin. Estaba sentado con un joven oficial, y junto a ellos había dos sillas colocadas boca abajo. Levin se acercó a ellos encantado. Turovtsin siempre le había caído bien, un calavera, pero de buen corazón, y en esos momentos, después del esfuerzo de participar en una conversación intelectual, se alegró de ver su semblante bonachón.
Y quizá… Levin entrecerró los ojos y sintió que el corazón le latía aceleradamente…
Con exagerada despreocupación, se alisó la barba y se dirigió hacia su viejo amigo sonriendo con afabilidad. Tras acercar su silla a la del otro, susurró una palabra al oído de Turovtsin:
—Resistir.
—¿Qué? —respondió el otro en voz alta y con ojos chispeantes.
Levin sintió que el corazón le latía cada vez con más fuerza; la sangre le martilleaba en las sienes. ¿Era posible que fuera Turovtsin? ¿Compartía la Esperanza Dorada? ¿Quién podía imaginar que fuera el bobalicón de Turovtsin?
—¿Resistir? —repitió Turovtsin, alzando aún más la voz, con expresión de regocijo, como esperando a que el otro rematara la frase.
Levin se apartó, balbuciendo.
—Yo… creí… Da lo mismo, no he dicho nada.
—Bien, toma —respondió Turovtsin entregando a Levin un par de copas—. Para ti y Oblonski. No tardará en llegar. ¡Ahí está!
—¿Hace poco que has llegado? —preguntó Oblonski encaminándose rápidamente hacia ellos—. Buenos días. ¿Has tomado una copa de vodka? ¿No? Acompáñame.
Ocultando a duras penas su decepción, Levin se levantó y se dirigió con él hacia una mesa enorme dispuesta con todo género de bebidas espirituosas y deliciosos platitos. Cabía pensar que entre las dos docenas de exquisiteces encontraría algo que le apeteciera, pero Stepan Arkadich pidió algo especial, y el hosco camarero adolescente regresó a la cocina en busca de ello. Bebieron un vaso de vino y regresaron a su mesa.
—¡Ah! ¡Ahí están! —exclamó Stepan Arkadich al término de la comida, inclinándose sobre el respaldo de su silla y tendiendo la mano a Vronski, que se acercó con un alto oficial de la Guardia.
El conde sonrió también con esa expresión de buen humor y regocijo que imperaba en el club. Apoyó alegremente el codo en el hombro de Stepan Arkadich y le murmuró algo, tras lo cual ofreció la mano a Levin con la misma sonrisa jovial.
—Me alegro de verle —dijo, añadiendo con un guiño (en todo caso a Levin le pareció que era un guiño)—. Hace mucho que no nos veíamos.
—Sí, sí —contestó Levin. De pronto, unas estentóreas carcajadas convulsionaron la mesa mientras Oblonski describía al viejo campesino que le había derramado la sopa encima, el cual sustituía al Cocinero/98/II del establecimiento. Levin juzgó que era el momento idóneo. Inclinándose hacia delante, apoyó una mano en el antebrazo de Vronski y murmuró la consigna que ambos habían oído de labios de Federov.
—Resistir.
Durante unos momentos la palabra pareció como si rielara en el aire entre ellos, mientras Levin buscaba algún signo de vida en el impávido semblante ante él. Pero en lugar de murmurar «Actuar», el conde rió con expresión jovial pero hueca, se retorció el bigote y volvió la cabeza.
Levin se volvió también. Sus peores sospechas habían quedado confirmadas: la resistencia, suponiendo que existiera tal cosa, no podía contar con Alexéi Kiríllovich entre sus filas.
Pero ¿qué peligro representaba este hecho para él? ¿Qué debía hacer? Deseaba tener los medios para realizar un exhaustivo análisis de la situación; deseaba, no por primera ni por última vez, que el leal Sócrates estuviera presente para aconsejarle.
—¿Has terminado? —preguntó Stepan Arkadich, levantándose y sonriendo—. Anda, vamos.