10

Al llegar a casa, después de tres noches en vela, Vronski se tumbó en el sofá sin quitarse la ropa, con la cabeza apoyada en sus manos entrelazadas. La cabeza le pesaba.

«¡Dormir! ¡Olvidar!», se dijo con la serena confianza de un hombre sano que, si está cansado y somnoliento, no tardará en conciliar el sueño. En ese preciso momento le invadió el sopor y se hundió en las simas del olvido. Las olas del mar de la inconsciencia empezaban a romper sobre su cabeza, cuando de pronto sintió como si una violenta descarga eléctrica le recorriera el cuerpo. Sobresaltado, se incorporó de un salto sobre los muelles del sofá y, apoyándose en los brazos, se arrodilló en él, presa del pánico. Tenía los ojos muy abiertos, como si no hubiera dormido. La pesadez de la cabeza y el cansancio del cuerpo que había experimentado hacía un minuto desaparecieron de golpe.

«Puede pisotearme en el barro», oyó decir a Alexéi Alexándrovich, al que vio de pie ante él, así como el rostro encendido de Ana y sus ojos brillantes, mirando con amor y ternura no a él, sino a Alexéi Alexándrovich; vio su propia y ridícula figura cuando éste le había separado misteriosamente las manos del rostro. Estiró de nuevo las piernas, volvió a sentarse en el sofá, en la misma postura que antes, y cerró los ojos.

«¡Dormir! ¡Olvidar!», se dijo de nuevo.

Pero con los ojos cerrados vio con más nitidez que antes el rostro de Ana tal como apareció en la memorable velada antes de la Matanza Selectiva.

Esto no es así, no puede ser así. Ella desea borrarlo de su memoria. Pero yo no puedo vivir sin ello.

—¿Cómo podemos reconciliarnos? ¿Cómo podemos reconciliarnos? —preguntó en voz alta, y sin darse cuenta empezó a repetir estas palabras. Esta repetición impidió la aparición de imágenes y recuerdos recientes que se agolpaban en su mente. No eran Recuerdos almacenados, sino recuerdos frescos; recordaba como recuerda un niño. De nuevo desfilaron por su mente, en rápida sucesión, los mejores momentos, y la humillación que había sufrido hacía poco. «Apártale las manos de la cara», dijo la voz de Ana. Vronski sintió una extraña fuerza que le separaba las manos de la cara, y fue consciente de la expresión avergonzada, idiota, que se pintaba en su rostro. Se tendió, tratando de dormir, aunque sabía que no tenía la menor esperanza de lograrlo, y siguió repitiendo de forma aleatoria las palabras de una cadena de pensamientos, a fin de detener el torrente de imágenes que acudían a su mente. Aguzó el oído, y oyó repetir en un extraño y enloquecido murmullo: «No lo aprecié, no lo valoré como debía. No lo aprecié, no lo valoré como debía».

—¿Qué es esto? ¿Acaso me estoy volviendo loco? —preguntó en voz baja a Lupo, que sacudió enérgicamente su peluda cabeza para responder en sentido negativo.

—¿Qué hace que las personas pierdan el juicio, qué las lleva a matarse de un tiro?

Lupo gruñó alarmado; su cola mecánica estaba estirada hacia atrás, el pelo encrespado a lo largo del lomo.

—¡No, tengo que dormir! —Vronski movió el cojín hacia arriba, apoyando la cabeza en él, pero tuvo que hacer un esfuerzo para mantener los ojos cerrados. Al fin se levantó—. Es inútil —dijo paseándose arriba y abajo, seguido por Lupo—. Tengo que pensar en lo que debo hacer. ¿Qué puedo hacer?

Repasó rápidamente en su mente toda su vida, aparte de su amor por Ana.

—¿El regimiento? ¿La corte? ¿El haber destruido a los koschéi? —No podía detenerse en ningún sitio. Todo ello había tenido antes un significado para él, pero ahora carecía de realidad. Se levantó del sofá, se quitó la levita, se desabrochó el cinturón y, destapando su velludo torso para respirar con más facilidad, empezó a caminar de un lado a otro de la estancia—. Así es como las personas enloquecen —repitió—, y se matan de un tiro… para escapar de la humillación —añadió lentamente.

Se acercó a la puerta y la cerró, tras lo cual, con la mirada fija y apretando los dientes, se acercó al espejo de cuerpo entero y desenfundó sus dos pistolas. Permaneció así un par de minutos, con la cabeza gacha y una expresión de intensa concentración, sosteniendo las pistolas, inmóvil, reflexionando.

—Por supuesto —declaró por fin, como si una cadena de razonamiento lógico, nítido y continuo le hubiera llevado a una conclusión indudable.

En realidad, este «por supuesto», que a él le parecía convincente, era el resultado del mismo círculo de recuerdos e imágenes a través del que había pasado diez veces durante la última hora, unos recuerdos de la dicha que había perdido para siempre. Era el mismo concepto del sinsentido de todo cuanto acontecía en la vida, la misma sensación de humillación. Incluso la sucesión de imágenes y emociones era la misma.

—Por supuesto —repitió cuando sus pensamientos pasaron por tercera vez a través del mágico círculo de recuerdos e imágenes. Con un breve pero enérgico gesto de los pulgares amartilló las pistolas, sintiendo la grata y conocida sensación de los cañones reluciendo en las palmas de sus manos.

Lupo empezó a protestar, ladrando frenéticamente —«¡guau guau guau!»— y corriendo en círculos a los pies de su amo. Con la ciega determinación de un sonámbulo, Vronski se arrodilló e hizo que el poderoso lobo entrara en estado de suspensión. Lupo se detuvo de golpe, con una pata delantera alzada en un gesto de desesperación, una resplandeciente estatua plateada de inquebrantable lealtad.

El conde apoyó una de las pistolas en el lado izquierdo de su pecho, sosteniéndola firmemente con toda la mano, casi estrujándola en su puño, y oprimió el gatillo. No oyó el chasquido del disparo, pero el violento impacto en su pecho le hizo retroceder bruscamente.

Trató de sujetarse en el borde de la mesa, dejó caer las pistolas, se tambaleó y se sentó en el suelo, mirando a su alrededor estupefacto. El revestimiento de groznio de su uniforme había absorbido un ochenta por ciento o más de la detonación, tal como estaba destinado a hacer.

—¡Qué idiotez! —gritó Vronski.

Entretanto, el veinte por ciento de la detonación que no había sido absorbido rebotaba alocadamente alrededor de la habitación.

Oyó el sonido de la siguiente detonación, cuando el disparo de la pistola aterrizó en el lugar más inoportuno: el baúl de municiones situado en el otro extremo de la estancia. El Destructor, cuyo sensible gatillo había sido activado por la fuerza de la detonación, estalló, y toda la habitación empezó a temblar violentamente; a continuación estallaron las seis bombas refulgentes, una tras otra, provocando una cadena de explosiones ensordecedoras que le dejaron conmocionado. Llevándose la mano a la frente, Vronski se refugió debajo del sofá, alargando desesperado el brazo para rescatar a Lupo, que se hallaba en el centro de la estancia, en estado de suspensión, impotente.

Permaneció oculto allí, sintiendo un dolor en el pecho debido al impacto, cubriendo a su querido compañero con su cuerpo, hasta que la tormenta de fuego remitió. Cuando el conde alzó la vista del suelo, apenas reconoció su habitación: las patas curvadas de la mesa, el cesto de los papeles y la alfombra de piel de tigre habían quedado reducidos a montón de humeantes escombros. Respirando con dificultad a través de sus abrasados pulmones, se encaminó trastabillando hacia la puerta, percibiendo el angustioso hedor de su piel y su pelo chamuscados.

—Ya te tengo, viejo amigo —murmuró a Lupo, respirando trabajosamente, protegiéndose los ojos contra el humo con una mano mientras con la otra oprimía un botón para reanimar a su querido compañero—. Ya te tengo.

Androide Karenina
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