PRISMA
Tiempo de tierra,
las piedras dan la hora
en vacíos de polvo, el aire arable
vaga lejos de casa, y el alambre
de espinos y la carretera
se borran. Escupida
por la fiebre ardiente de nuestros
pulmones, la semilla Ur
florece en el cristal, nuestro aliento bermejo
nos refracta y
multiplica. Ya nunca más
sabremos
lo que somos. Como la luz
que cruza entre las rejas
de la luz
que a veces llamábamos muerte,
también nosotros habremos florecido,
hasta con llamas
tan inextinguibles
como éstas.