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Labios proféticos,
desprovistos de imagen. Mudo
el que espera, asombrado,
sabio entre urnas. La blasfemia desborda
la predicción: la rosa helada
concede sus espinas a un aliento
que marcha con esfuerzo
hacia ojo y olvido.
Sólo nos queda prepararnos.
Desde nuestro primer paso, la voz
está confabulada
con las piedras del campo.