17

Al oír un ruido, Deirdre se sobresaltó. Aguzó el oído en la oscuridad y oyó la respiración tranquila de Jonathan. El pequeño estaba tumbado en su camita, protegido con la mosquitera, y dormía profundamente. Un huracán no habría podido despertarlo, y aún menos la fiesta ruidosa que se celebraba en el salón. Deirdre también se había quedado dormida de inmediato, en cuanto se enroscó en el colchón de paja que tenía junto a la cama del pequeño.

En otro rincón de la habitación roncaba Miranda, la que en su tiempo había sido ama de cría del pequeño; era una portuguesa rolliza que afirmaba haber criado a ocho niños con su leche, y eso sin contar con sus diez hijos propios. Aunque ahora ella ya había regresado a su cabaña cerca de Oistins —pues Jonathan hacía tiempo que no tomaba el pecho—, Elizabeth la hacía ir a Dunmore Hall en ocasiones, como, por ejemplo, para la fiesta, y así contaba con ayuda de más para el pequeño mientras durara aquel alboroto.

Deirdre volvió a recostarse en su camastro y cerró los ojos, pero de pronto se incorporó y dirigió la vista a la puerta. Alguien la había abierto.

—¿Quién anda ahí? —musitó.

—¿Deirdre? —se oyó.

Ella se sobresaltó porque, aunque la voz hablaba en susurros, la había reconocido.

—Sal. Quiero hablar contigo —le ordenó Robert Dunmore.

La muchacha no tenía otra opción. Era evidente que él estaba borracho y, si no le obedecía, iría hacia ella, sin tener en cuenta que no estaba sola. Deirdre no quería, bajo ningún concepto, que Jonathan se despertara y se diera cuenta de lo que ocurría. Pensó por un instante que Robert lo sabía muy bien y que por eso tenía la certeza de que ella se reuniría con él. Rápidamente se levantó y se acercó a la puerta.

—Por favor, señor, dejadme tranquila. El niño duerme y el ama…

Pero Robert Dunmore ya la había agarrado por el brazo y la había sacado de la habitación, llevándola a la galería estrecha, la cual daba al patio exterior por el lado en el que estaban los carruajes y las carrozas de los invitados. No había nadie allí abajo, a lo sumo tal vez un par de mozos de cuadra amodorrados que no podían ver lo que ocurría arriba.

—¡Deirdre! ¡Eres tan tierna…! ¡Solo quiero besarte! ¡Nada más!

Robert la atrajo hacia sí y ahogó su protesta con la boca. Olía a ron y a tabaco de pipa de un modo que resultaba aturdidor. Mientras la agarraba con una mano, con la otra le levantó la falda. Ella se dio cuenta con espanto de que él ya se había desnudado. Era evidente que estaba decidido a poseerla allí mismo.

Había habido ya un par de ocasiones en que Deirdre había tenido que ceder a sus deseos, por lo general, cuando él estaba aburrido o no tenía a ninguna otra chica a mano. Sin embargo, en esas ocasiones él siempre había vigilado que nadie los viera. Pero esa vez no: ¡la puerta del dormitorio estaba abierta! Estaba todo tan oscuro que apenas podía verse nada, pero la música no era lo bastante fuerte para amortiguar el ruido. El pequeño podía despertarse. Y el ama de cría también.

—No debes resistirte —le había dicho Rose, una sirviente mayor, en sus primeros días en Dunmore Hall—. Y, sobre todo, no se lo digas a nadie. Si se sabe, te matarán.

Alarmada, le había preguntado qué quería decir con eso, y así había sabido que ya habían desaparecido dos muchachas irlandesas, y que ambas se habían negado a someterse al joven amo. Una porque apenas hacía un mes que había perdido a su marido y esperaba un hijo de él, y la otra porque no tenía quince años siquiera y todavía era virgen. Con todo, un simple rechazo no había sido suficiente para que Robert no lo intentara una y otra vez hasta que ambas fueron a quejarse a la madre del joven amo. Al día siguiente las dos habían desaparecido. Se decía que habían huido. Pero desde entonces nadie había vuelto a verlas.

Robert le restregaba el miembro contra su cuerpo, pero no estaba lo bastante duro para penetrarla. Posiblemente el amo estaba demasiado bebido. Entonces él empezó a renegar; luego le agarró la mano, se la puso sobre su sexo y la obligó a cogerlo.

—Vamos —dijo—. ¡Ayúdame!

En la habitación del niño se oyó un lloriqueo. Jonathan se había despertado, pero Robert no parecía haberse dado cuenta. Apretaba con fuerza los dedos de Deirdre, empeñado en aumentar su excitación. Con la otra mano le masajeaba los pechos, y de nuevo intentó besarla mientras la apretaba con su cuerpo contra el marco de la puerta del dormitorio.

—Lizzie —balbuceó él, medio gimiendo, medio sollozando—. Por favor, déjame hacerlo. Yo solo quiero… ¡Te quiero tanto, Lizzie…!

Deirdre se estremeció al oírle hablar así. Su miembro estaba más flácido que antes y gemía con más fuerza, pero no por ello abandonaba. Tal vez era cierto lo que la anciana Rose le había dicho: ese ardor constante era, en realidad, una enfermedad que él sufría sin remedio, al igual que los alcohólicos, que siempre anhelaban la siguiente copa a sabiendas de que en algún momento eso acabaría con ellos. Casi sentía cierta compasión por él cuando se oyó la voz adormecida de Jonathan.

—¿Mami?

Al punto se soltó de las manos de Robert, pero él la volvió a atrapar y la agarró con fuerza.

—¡Maldita zorra! ¡Me perteneces!

La oposición de Deirdre había logrado lo que antes no había conseguido. De pronto, el miembro se le endureció. Entonces la volvió de espaldas, la apretó contra el muro y le levantó las faldas con gesto experto, como si lo hubiera hecho docenas de veces. Ella contuvo el aliento y se quedó quieta. Cuanto menos se opusiera, más pronto terminaría. Tal vez para entonces el pequeño volvería a dormir.

—¡Por todos los diablos! ¿Qué significa esto? —atronó la voz de Harold Dunmore.

Al instante Deirdre se vio libre. Él había apartado a Robert, quien tropezó hacia atrás y se precipitó contra la barandilla de la galería, por la cual estuvo a punto de precipitarse. La muchacha, con la cabeza profundamente inclinada, se apresuró a cubrirse con el vestido. Tenía el rostro sonrojado porque el amo la había visto medio desnuda. Harold llevaba una lámpara de sebo; sin duda, no se le había escapado detalle de lo que Robert había pretendido hacerle. Se estremeció con espanto al ver que él dejaba la lámpara en el travesaño de la barandilla y sacaba el látigo que llevaba enrollado en el cinturón. Ni siquiera para la fiesta había podido prescindir de él.

—¡Tú, criatura despreciable! —le gritó Harold Dunmore. Las venas se le marcaban en las sienes como si fueran cuerdas, y tenía el rostro rojo de rabia—. ¡Arrodíllate!

—Por favor —suplicó Deirdre—. La puerta…

Harold cerró la puerta con un puntapié. Al otro lado se oyó llorar a Jonathan, seguido del murmullo tranquilizador de Miranda, que cuidaba de él. Al instante siguiente el látigo chasqueó sobre los hombros de Deirdre. Tal como él le había ordenado, estaba de rodillas. Había encogido la cabeza sobre el pecho y se protegía la cara levantando las manos. El cuero duro le restalló en el cuello, la nuca y los brazos, una y otra vez. Aunque no quería gritar, fue incapaz de contenerse porque sentía mucho dolor, mucho más de lo que ella había podido imaginar. Hasta entonces siempre se había librado de su cólera y había conseguido mantenerse en un segundo plano cuando él estaba en casa. Pero había visto en los demás lo que los latigazos provocaban en una persona. Los jirones de piel ensangrentados, las laceraciones purulentas, infectadas y de color violáceo que solo se deshinchaban al cabo de varias semanas.

—¿Qué ocurre aquí? —oyó gritar a una mujer.

Elizabeth. ¡Dios mío! Ahora ella sabría lo ocurrido. Deirdre fue presa de un terror infinito. Temerosa de levantar la cabeza, se quedó cabizbaja, sentada en el suelo, protegiéndose el rostro con los brazos cruzados.

Me matará, se dijo. No permitirá que yo comparta techo con ella y con Robert. Mi vida no vale un penique.

Elizabeth entretanto se había colocado entre la muchacha y su suegro.

—¡Para! —gritó fuera de sí. Se volvió hacia Deirdre y le dijo—: ¡Rápido, vete a tu cuarto!

—¿Acaso tú quieres recibir los azotes por ella? —bramó Harold. Entonces asió el látigo, lo restalló y luego lo arrojó hacia ella.

El extremo del cuero dio con un chasquido contra la columna que había justo al lado de Elizabeth. Tanto si él había errado expresamente en el blanco como si había cometido un error, el efecto no habría podido ser más desastroso. Elizabeth gritó horrorizada y levantó los brazos como la criada.

—¡Padre! —gritó Robert, con tono lastimero—. ¿Qué haces?

—¡Apártate de mi vista! —le ordenó Harold.

Robert no se lo hizo decir dos veces. Se alejó con pasos vacilantes y luego se oyó un portazo. Harold tamborileó el mango del látigo en la palma de la mano. Una parte de su rabia parecía haberse desvanecido. Propinó una fuerte patada a Deirdre, quien no se había atrevido a levantarse.

—¡Largo! Luego me encargaré de ti.

La joven irlandesa se puso en pie trabajosamente y se apresuró a marcharse. A Elizabeth le habría gustado hacer lo mismo, pero permaneció de pie con la cabeza erguida ante su suegro. El corazón le palpitaba con fuerza y el espanto hacía que le temblaran todas las extremidades, pero no retrocedió ni un solo paso.

—¿Acaso pretendes dar un espectáculo frente a tus invitados? Si es así, vamos, azótame. Seguro que la gente disfrutará.

Señaló abajo, hacia el patio, donde se había congregado media docena de invitados que miraban hacia arriba con los ojos abiertos de asombro.

Harold enrolló el látigo con el rostro sombrío y volvió a colocárselo en el cinturón.

—Si hubiera querido azotarte, ya lo habrías catado. Esa furcia tiene los azotes bien merecidos.

—¿Porque Robert la ha rondado? —repuso Elizabeth con desdén—. En tal caso vas a tener que azotar a la mitad de las mujeres de Barbados.

Harold palideció de forma evidente.

—¡Cuida esa lengua! —le espetó.

Elizabeth bajó la voz para que los invitados del patio no pudieran oír su conversación.

—Digo la verdad, y lo sabes. Esa muchacha no merece ningún castigo. La culpa es solo de Robert.

Una expresión de aflicción asomó en el rostro de su suegro; sin embargo, entonces empezaron a temblarle las mandíbulas y comenzó de golpe a negar con la cabeza.

—El látigo es poca cosa para ella. Debería ser marcada a fuego y ser puesta en la picota. A esa una reprimenda así no le sirve de nada, porque ha vuelto a ir con esos malditos papistas.

Los irlandeses eran católicos, por lo que su fe estaba prohibida y, por lo tanto, carecían de iglesia en Barbados. Elizabeth había oído decir que muchos se reunían en escondites en el bosque y que un sacerdote proscrito llamado Edmond, a quien nadie había visto, oficiaba la misa según el rito romano. Era la primera vez que Elizabeth oía decir que Deirdre acudía a esos encuentros. Hasta el momento ni siquiera había sabido si los rumores sobre misas secretas en el bosque eran realmente ciertos.

—En mi casa no pienso tolerar intrigas papistas —decidió Harold. Dicho esto escupió, como si quisiera quitarse de la boca un mal sabor. Luego miró fijamente a Elizabeth. Su rostro reflejaba inquietud, se debatía por dentro—. Siento haberte asustado. Yo… No ha estado bien alzar el látigo contra ti. —Se volvió con brusquedad y se marchó.

A la mañana siguiente, Deirdre y sus pocas pertenencias habían desaparecido. La vieja Rose lloraba cuando Elizabeth la abordó y le preguntó adónde se había marchado.

—¡Eso solo lo sabe el cielo! —sollozó—. ¡Rezo por la salvación del alma de esa desdichada!

—¿Se ha escondido en la jungla con los papistas?

La anciana se santiguó.

—No me lo preguntéis, milady, no lo puedo decir. Pero os diré una cosa: estoy segura de que no regresará.