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Juventud
Eran tiempos de liberación.
Yo no había cumplido veinte años. Escribía poemas y me pasaba las noches deambulando por Estocolmo y pegándolos en las fachadas y en las columnas de cemento. A veces los arrancaban. Me alegraba mucho. Un lector había reaccionado, aunque no porque le gustara.
Estábamos a finales de los sesenta. En agosto iba a emprender mi gira con la primera obra de teatro que había escrito, y que yo también dirigía. Se llamaba El parque de atracciones y se trataba de una historia un tanto extraña sobre cómo eran, desde mi horizonte, la sociedad sueca y el mundo. Aparecían en ella tanto el por entonces ministro de Finanzas Gunnar Sträng, como un campesino latinoamericano muy pobre llamado Joao y la Pantera Rosa, que representaba el actor Björn Gedda.
Aquel otoño teníamos una cantidad ingente de representaciones contratadas. Habíamos topado con dificultades durante los ensayos porque éramos muy críticos con el Gobierno socialdemócrata y los organizadores eran, en muchos casos, agrupaciones socialdemócratas. Después de la gira supe que algunos de ellos habían enviado de vez en cuando espías para ver cómo acogía el público la obra.
Yo iba con la compañía para encargarme de los aspectos prácticos, luces y sonido, lo cual se me daba bastante mal. A veces me equivocaba con los botones del reproductor y no sonaba la música correcta, o no sonaba ninguna música. Los actores me miraban descontentos después de la representación. Los comprendía.
Por si fuera poco, en uno de mis desesperados intentos por conseguir que un teatro lo financiara todo, había prometido con cierta soberbia que estaría disponible para mantener un diálogo después de las sesiones. Fue una promesa que, al menos parcialmente, me arrepentí de hacer, puesto que aquellas conversaciones podían durar hasta mucho después de la medianoche y, a veces, podían acabar casi en pelea. En Karlstad se armó tal jaleo que tuvimos que dar una función extraordinaria para satisfacer el interés repentino que había despertado la obra.
Los medios de comunicación me han recriminado muchas cosas, pero nunca, como entonces, el que tuviera los zapatos rotos. El agujero que tenía en la suela era, según un periodista, la prueba irrefutable de mi pertenencia a la extrema izquierda.
Estábamos a primeros de agosto. La última noche de Fin de Año había estado en una fiesta de gente para mí desconocida. Allí estaba la bailarina y coreógrafa G, en compañía del hombre con el que vivía entonces, J; sólo que yo de eso no sabía una palabra. Empezamos a hablar, nos caímos bien y nos intercambiamos las direcciones. Al día siguiente, un gélido día de Año Nuevo, busqué el ruinoso apartamento en el que vivía en la calle de Regeringsgatan, más o menos donde hoy se encuentra la Casa de Suecia. Cuando llegué al piso apareció aquel hombre del que yo nada sabía. Me tiró un zapato y le retorció el brazo a G. Me fui. Conmocionado, pero sobre todo enfurecido. ¡Si no había sucedido nada! Me sentía cada vez más furioso. No cabía duda de que el hombre era presa de los celos.
Ni de que yo estaba rabioso.
La cosa terminó con una especie de reconciliación extraña. G fue al hospital con el brazo maltrecho. J y yo salimos al frío invernal de la calle.
—En esta ciudad hay una densidad muy rara —dije.
—¿Qué coño de densidad? —respondió J, que era artista y pintaba coches.
Lo recuerdo como un hombre con mucho talento.
Y ésa fue más o menos toda nuestra relación. Tanto él como yo sabíamos perfectamente que G y yo acabaríamos juntos.
Como así fue.
No fue mi primer amor. Antes estuvo L. Pero fue un gran amor apasionado. Otra dimensión. Algo sorprendente que se hacía más y más profundo.
Medio año después, unas semanas antes de que yo saliera de gira, G propuso ir a Noruega a hacer senderismo durante unos días en las montañas de la ciudad de Rjukan. Tanto ella como yo habíamos leído a Sandemose. La región de Telemark no era su lugar de nacimiento, aun así, él se convirtió en nuestro guía invisible.
Cogimos el tren nocturno de Estocolmo. A G le robaron el monedero en la estación, lo cual mermó considerablemente nuestros recursos. Se echó a llorar diciendo que nos quedáramos, pero al final nos fuimos. En algún lugar, ya cerca de la frontera noruega, el tren se paró. G estaba durmiendo en el compartimento donde viajábamos los dos solos. Yo iba sentado, contemplando la noche, en la que se respiraba la proximidad del otoño. Y la contemplaba a ella mientras dormía. Por primera vez en mi vida de adulto no me sentía solo. En la penumbra de aquel compartimento, me invadió una alegría totalmente nueva y desconocida.
Una vez en Oslo, cambiamos de tren. Desde la Estación del Oeste fuimos hacia Rjukan. Llegamos el sábado por la tarde. Comimos en el único establecimiento que estaba abierto. Luego salimos a pasear por el pueblo y nos acostamos en el saco común, delante de un cobertizo. Hacía una noche preciosa.
Pero luego empezó a llover, así que forzamos la puerta y nos metimos en el cobertizo. Fue el primer asalto de aquel viaje a las montañas. Hablábamos de Sandemose. G me habló de los ballets que preparaba por las noches en los locales que el Instituto Coreográfico tenía en la calle de Blasieholmen, y de cuya llave ella había hecho una copia en secreto. Y yo le hablé de la gira que empezaría muy pronto. La primera representación tendría lugar en Trollhättan; la última, en Malmberget.
Muy temprano, aquella mañana, apenas lloviznaba y nos pusimos en marcha por las escarpadas laderas, hasta que llegamos a la cordillera. Para mí, un sistema montañoso significaba nieve y frío. Allí, en cambio, crecía el brezo y una hierba grisácea entre las rocas. La tierra estaba empantanada, la niebla se deslizaba silenciosa por el horizonte.
Empezamos a seguir un sendero marcado que surcaba la montaña, sin saber adónde conducía. Íbamos mal equipados, teníamos poquísima comida y ninguna protección si las condiciones climáticas se volvían adversas.
Caminábamos casi todo el rato en silencio, seguidos sólo por algún zarapito. Era como si compartiésemos la misma respiración. Era tal el amor que sentíamos que casi daba miedo. Sencillamente, no había lugar para las palabras. Nos hallábamos en una infinitud que, a su manera, podía ser tan extensa como el espacio exterior.
Hacia el atardecer empeoró el tiempo, tal y como temíamos. Llovía torrencialmente. Además, había empezado a soplar el viento. No había ningún lugar donde refugiarse, donde estar al socaire. Lo único que podíamos hacer era continuar. Y, dado que no hacía frío, no sentíamos ningún temor.
Al final, el sendero empezó a descender. Había allí unas obras. Estaban construyendo un transformador eléctrico enorme. Como era domingo, no había nadie trabajando. Conseguí abrir el pestillo de la ventana de un barracón. Allí podríamos entrar y secar un poco la ropa mojada. Vimos unas mantas y nos tapamos con ellas.
En aquel barracón helado vivimos el instante en que comprendí de verdad lo que es el erotismo. En aquella fría habitación, con el cuerpo aterido, lo teníamos todo en contra. Aunque quizá fuera al contrario, lo teníamos todo a favor.
Recuerdo que, ya en aquel momento, pensé: «Esto es algo que jamás olvidaré». Y así ha sido.
Por la noche apareció un vigilante. Habíamos encendido la luz, así que cuando abrió la puerta, el hombre ya sabía que allí pasaba algo. Nos habíamos vestido y teníamos un aspecto decente. Le dije la verdad, que estábamos empapados y muertos de frío, que no éramos ni ladrones ni vagabundos, sino que estábamos haciendo senderismo.
Se nos quedó mirando un rato, hasta que optó por creernos. Entró en la habitación contigua para, según supuse, cerciorarse de que no habíamos robado nada del escritorio.
El vigilante nos llevó a un albergue de montaña que había a unos kilómetros, y allí nos dieron comida y una habitación.
Al día siguiente casi no nos quedaba dinero. Cogimos un autobús de vuelta a Oslo y subimos al tren nocturno rumbo a Suecia.
También esa vez G dormía, mientras yo permanecía despierto. Puede que esto suene como una reconstrucción a posteriori, pero no lo es. En aquellos momentos pensé que ojalá todo el mundo pudiera vivir o hubiera vivido una experiencia como la que yo estaba protagonizando. No sólo nuestros contemporáneos, sino todas las generaciones que nos habían precedido. Porque nuestros antepasados en las cuevas primitivas, o los pobres que trabajaban en las minas de carbón en la Inglaterra de principios del siglo XIX, por poner los dos ejemplos que se me han pasado por la cabeza, también debieron de sentir algo parecido.
En aquella ocasión no pensé que el amor es un regalo, quizá el mayor que un ser humano puede experimentar. Eso es algo que tardó en llegar a mi vida.
Pero una noche de agosto de finales de la década de 1960, aquel compartimento del tren se convirtió en una catedral. Al otro lado de la ventanilla atisbaba una vida que empezaba a desvelarme unos secretos maravillosos.