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Seres humanos que se adentran en las sombras sin querer
Dos días después del accidente, hice una visita a la iglesia de Släp, que se encuentra cerca de donde vivo, a orillas del mar, al norte de Kungsbacka. Sentí de pronto la necesidad de ver un cuadro que ya había contemplado muchas veces antes. Un cuadro que no se parece a ningún otro.
Es un retrato de familia. Cien años antes de que naciera el arte de la fotografía, quienes tenían medios económicos encargaban un retrato al óleo. El cuadro representa al pastor Gustaf Fredrik Hjortberg y a su mujer, Anna Helena, así como a sus quince hijos. El retrato es de principios de la década de 1770, cuando Gustaf Hjortberg rondaba los cincuenta. Varios años después, en 1776, falleció.
Es posible que fuera él quien de verdad introdujo el cultivo de la patata en Suecia.
Lo sobrecogedor y lo extraño del cuadro, y quizá también lo aterrador, es que no sólo representa a aquellos que están vivos cuando el artista, Jonas Durch, emprende la ejecución de su tarea. En el cuadro figuran también los niños que ya están muertos en ese momento. Su breve visita a este mundo ya ha terminado. Pero en el retrato de familia tienen que aparecer.
El cuadro está compuesto según se estilaba entonces. Los niños, tanto los vivos como los muertos, están reunidos alrededor del padre, a la izquierda del retrato, en tanto que las niñas se hallan en torno a la madre, en el lado contrario.
Los vivos dirigen la mirada al espectador. Hay varios que sonríen con reserva, quizá con timidez. Pero los niños muertos están retratados con la vista apartada a medias, o con la cara parcialmente oculta tras la espalda de los vivos. De uno de los niños muertos sólo vemos el pelo y un ojo. Es como si se esforzara desesperadamente por estar con los demás.
En una cuna, al lado de la madre, hay un niño pequeño medio oculto. Al fondo se ven unas niñas. En total podemos contar hasta seis niños muertos.
Es como si el tiempo se hubiera detenido en el cuadro. Exactamente igual que en una fotografía. Gustaf Hjortberg fue uno de los discípulos de Lineo, aunque no puede decirse que se contara entre los más relevantes. Hizo al menos tres viajes a China, con la Compañía de las Indias Orientales, como pastor de a bordo. En el cuadro hay un globo terráqueo y un lémur. Hjortberg sostiene en la mano un documento con un texto escrito. Estamos ante una familia de eruditos. Gustaf Hjortberg vivió y murió con los ideales de la Ilustración. Además, era muy célebre por sus conocimientos de medicina. La gente peregrinaba hasta Släp para pedirle consejo y remedio.
Hace aproximadamente doscientos cincuenta años que esas personas vivieron y murieron. Ocho o nueve generaciones, no más. En más de un sentido, son contemporáneos nuestros. Y, sobre todo, pertenecen a la misma civilización que nosotros, que observamos el cuadro.
Pero lo que uno recuerda de ese cuadro es, naturalmente, los niños que miran a otro lado o que tienen la cara oculta. Los muertos. Aparecen como si estuvieran en movimiento, lejos del espectador, en el mundo de las sombras.
Lo que tanto impacto nos causa es cómo los niños muertos se resisten a desaparecer.
Creo que no conozco ninguna imagen más potente de la tozudez maravillosa de la vida.
Y quisiera que ese cuadro, precisamente, sobreviviera como un mensaje de nuestra civilización. En un futuro tan lejano que no puedo ni imaginármelo. Ese cuadro aúna la fe en la razón y, al mismo tiempo, la condición trágica inherente al ser humano.
Lo encierra todo.