7
Testamento
Un día, en la primavera de 2013, hago testamento. Todavía faltan siete meses para que empiece a dolerme el cuello. No tengo indicios físicos ni mentales. No estoy enfermo, no tengo la sensación de que la muerte esté esperándome a la puerta de casa.
La razón por la que hago testamento es bien distinta.
Cuando mi padre murió, hace muchos años, dejó instrucciones precisas de cuál debía ser el destino de los bienes que dejaba. De ese modo, ni mis hermanos ni yo tuvimos que reflexionar sobre cuál sería su última voluntad. ¿Qué puñados de cartas había que quemar? ¿Cuáles había que conservar e incluso leer? ¿Cómo había que repartir muebles y libros? ¿Recibiría alguno de nosotros un legado? Pudimos clasificar y repartir los bienes de la herencia sin dificultad, y dedicarnos luego al duelo, que era mucho más importante.
Hacer testamento es confirmar que eres mortal. En cierto modo se hace por razones totalmente egoístas, como es lógico. Pero sobre todo, y según creo, para facilitarles las cosas a quienes siguen viviendo. Cuando uno muere, muerto está. Entonces ya no puede arreglar nada.
Vivir es poder decir sí o no. Estar muerto es hallarse rodeado de silencio.
¿Cuándo empezaron los hombres a hacer testamento? Naturalmente, cuando empezaron a poseer algo que pudiera tener valor para sus sucesores. Con el derecho a la propiedad privada surgió también la necesidad de redactar la última voluntad.
La mayoría de las personas piensan que deberían hacer testamento, pero o no lo hacen o todo queda en un bosquejo de un puñado de notas en un cuaderno. Lo van dejando. En muchos casos se debe seguramente a una superstición sencilla: tememos tentar a la muerte, que enseguida se dispone a venir en nuestra busca. En otros casos se trata más bien de la sensación de que, sencillamente, no hay tanta prisa. Todavía somos jóvenes. Ya lo haremos en su momento.
Creamos la mayor de todas las fantasías: si muero. No «cuando muera».
Pero de pronto te matas en un accidente de tráfico. O te diagnostican un cáncer espantoso que hace que te olvides por completo de toda idea de hacer testamento. Porque ya tienes bastante con tratar de sobrevivir.
Las civilizaciones no dejan testamento. Eso sólo lo hacen los hombres. Ni los mayas, ni los incas, ni los faraones de Egipto ni el Imperio romano sucumbieron a un único suceso como una colisión entre varios vehículos o la erupción de un volcán. La ruina se fue materializando poco a poco y la negaron hasta el último instante. Una civilización tan avanzada como la suya no podía sucumbir, sencillamente. Los dioses lo garantizaban. Si les hacían sacrificios y se atenían a los consejos y las exigencias de los sacerdotes o los chamanes, su civilización existiría para siempre. Se asentaba en la eternidad y sólo sufriría cambios muy lentos, sin llegar a envejecer.
Existe una suerte de denominador común entre todas las grandes civilizaciones y culturas clásicas: para quienes vivían en ellas, todas eran inmortales.
Un ejemplo significativo de una cultura que sucumbió es el de la Isla de Pascua. En la actualidad, Rapa Nui, que es como se llama en polinesio, es una isla en medio del Pacífico, sin árboles. En el paisaje ondulante y cubierto de hierba hay unas esculturas gigantescas que representan a los dioses de civilizaciones antiguas. Desde que la tripulación de un buque holandés al mando del capitán Jakob Roggeveen descubrió la isla el día de Pascua de 1722, el mundo no ha dejado de maravillarse ante esas esculturas. Algunas se han caído, otras siguen en pie allí donde las levantaron un día.
Pero lo más notable son, pese a todo, las canteras en las que un día esculpieron las estatuas, algunas de las cuales están sin terminar. Como, por ejemplo, la que debía ser la más grande de todas.
Es un dios inacabado. Que nunca terminaron y tampoco lograron transportarlo luego, con un esfuerzo enorme y gran ingenio técnico, al lugar que los sacerdotes hubieran elegido.
Las canteras de la Isla de Pascua son como un cementerio para dioses muertos que nunca llegaron a usarse. De repente, los picapedreros dejaron a medias aquellas figuras.
¿Los obligó alguien a parar? ¿O se fueron por voluntad propia? ¿Huyeron presa de un pánico repentino? ¿Perdieron de pronto la fe en los dioses representados? Nadie lo sabe con certeza.
Pero en el caso de la Isla de Pascua se puede afirmar hoy con cierta seguridad qué fue lo que provocó la caída de tan rica civilización. O al menos, las posibilidades se han reducido a unas cuantas.
Existe un número significativo de investigadores según los cuales aquellos que colonizaron la isla en su día introdujeron en ella —sin saberlo, es de suponer— un puñado de ratas que no tenían ningún enemigo natural en aquel territorio. De ese modo, los roedores se multiplicaron a toda velocidad y se alimentaron del fruto de las palmeras que cubrían la región.
La Isla de Pascua estaba habitada por gentes de los archipiélagos del Pacífico que, en sus travesías más largas, alcanzaron aquella isla solitaria. Los bosques eran, seguramente, uno de los recursos gracias a los cuales quienes llegaron en barco se quedaron en la isla. Muchos trabajos de investigación indican que fue la devastación forestal lo que originó que aquella civilización, que llevaría unos cuatrocientos años desarrollándose en la isla, no pudiera conservarse. Sin árboles, no podían construir barcos ni para pescar ni para, durante el desesperado final, alejarse de la isla quizá hacia las costas de las que llegaron en su día. Talaron el bosque para utilizar la madera como combustible, pero también para poder transportar a los dioses rodando hasta el lugar donde debían erigirse para el culto. La tierra que antes utilizaban para la siembra se la llevó el viento cuando desaparecieron los árboles cuyas raíces la mantenían firmemente adherida a la roca. Y luego, además, estaban las ratas, que se alimentaban de las semillas, de modo que los bosques no volvieron a crecer.
Ignoramos lo que ocurrió en los últimos años de la civilización de la Isla de Pascua. No hay nada escrito. Pero las esculturas de madera que se han encontrado indican que una hambruna asoló la isla. Las figuras representan a hombres desnutridos, escuálidos. Las costillas sobresalen y son tan importantes como la expresión de sus caras.
La lucha por el alimento condujo a enfrentamientos entre los distintos grupos. No es difícil imaginar el caos social, la desesperación religiosa y la brutalidad a la que recurren los hombres cuando el alimento sólo basta para unos pocos.
Como es lógico, nadie hizo testamento. Ni una despedida personal ni nada que pueda servir de fuente para comprender lo que ocurrió los últimos días, antes de que la Isla de Pascua quedara tan desierta como lo estuvo en su día. Lo que los últimos hombres nos dejaron fue una advertencia muda para que la interpretáramos.
La isla desierta, las estatuas volcadas o a medio esculpir eran, en sí mismas, un testamento. Y, además, la constatación de que hasta las culturas más evolucionadas terminan por sucumbir.
Las culturas y civilizaciones que nos han precedido no nos han dejado su última voluntad. A través de la arqueología, la paleontología y otros campos de investigación podemos llegar más lejos, profundizar más, descubrir cada vez más detalles gracias a medios cada vez más refinados como microscopios y telescopios, para comprender qué nos precedió a nosotros y a nuestro tiempo.
Dos conceptos resumen lo que ha sido y, probablemente, también lo que va a ser: supervivencia y destrucción.
Observando el mundo en el retrovisor, podemos ver hacia dónde vamos. Claro que nada resultará exactamente igual. La historia nunca se repite por imitación.
En nuestro caso, no obstante, podemos decir que ya hemos decidido cuál será el recuerdo más claro de nuestra civilización.
No será Rubens. Ni Rembrandt. Ni Rafael.
Tampoco Shakespeare, Botticelli, Beethoven, Bach o los Beatles.
Dejamos tras nosotros algo muy distinto. Cuando todas las manifestaciones de nuestra civilización hayan desaparecido, quedarán dos cosas: la nave espacial Voyager, en su eterno viaje por el espacio exterior, y los residuos nucleares en el corazón de la roca.