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Elena
Pero no todos los niños juegan.
Éste es el relato de dos niños que dedicaron todo el tiempo a sobrevivir.
Hace unos quince años había dos hermanos que vivían en la calle del teatro de Maputo donde yo trabajo. Uno de los hermanos tenía alrededor de cinco años. Si le preguntabas la edad, no sabía decírtela a ciencia cierta. Pero su hermano (al que él cuidaba) tenía tres, según pudimos calcular.
Es decir, un niño de cinco años cuidaba de otro de tres.
Durante un tiempo estuvieron durmiendo en la caja de un frigorífico que encontraron por ahí. Era antes de que empezaran a embalar los frigoríficos en plástico. Cuando desaparecieron las cajas de cartón, muchos niños se quedaron sin casa.
Dormían muy pegados dentro de la caja. El mayor solía lavar al pequeño por las mañanas. Pero, como es lógico, no tenían ropa para cambiarse. No he conocido nunca a nadie, ni antes ni después, tan desprovisto de pertenencias. Vivían siguiendo la huella de Francisco de Asís, aunque, naturalmente, ellos no sabían quién era.
De día vagaban mendigando por la ciudad. Muchos se interesaban por los dos hermanos, claro, pero dado que la ciudad estaba llena de niños abandonados que vivían como ratas o como perros callejeros, no sacaban mucho en limpio mendigando. Hacia el atardecer, volvían y se metían en el cartón.
Vivieron allí, en la calle, varios años. Los dejábamos dormir en el teatro cuando hacía muy mal tiempo. Les dábamos ropa, que ellos convertían enseguida en algo comestible vendiéndoselo a otros niños callejeros por un mendrugo de pan. A pesar de que dependían por completo de lo que les diera la gente, el hermano mayor, por lo menos, mostraba cierta dignidad extraña pero incuestionable. Era como si supiera perfectamente que estaba llevando a cabo con brillantez una tarea imposible: ser padre de su hermano, ¡a pesar de que entre los dos no sumaban más de ocho años!
Sin embargo, nunca los vi jugar. Sus vidas eran supervivencia y poco más. Había una gravedad amarga, o quizá mejor serena, en su voluntad de mantener a su hermano limpio y procurar que comiera a diario. No había tiempo ni espacio para el juego.
Solían estar muy callados. Cuando el mayor hablaba con el pequeño, lo hacía siempre en voz baja, al oído, como si tuviera grandes confesiones y secretos que contarle sólo a él.
Un día llegaron unas personas de una misión católica y se llevaron a los niños. Semanas después habían vuelto a la calle, pero para entonces su caja de cartón había desaparecido. Otros niños callejeros se habían apropiado de su hogar. Pasaron un tiempo durmiendo en una escalera, hasta que encontraron otra caja. Más pequeña, en esta ocasión, porque era de un congelador.
Una tarde, aparecieron con un perro lanudo. Dios sabe de dónde lo habían sacado. El perro también tenía que acomodarse con ellos en la caja.
Un buen día se esfumó igual que había llegado. Alguien había visto cómo los dos hermanos se lo vendían a otro niño por medio pollo.
Traté de hablar con ellos. Pero el mayor vigilaba al pequeño como un halcón. No consentía que nadie en quien él no tuviera confianza se le acercara. Y, seguramente, no confiaba en nadie. Los niños de la calle no suelen tener motivos para confiar en ningún adulto. A pesar de todo, existe una razón para que a los niños los separen de sus padres y vayan a parar a la calle, a vivir en una caja de cartón.
Los niños callejeros han existido desde que las primeras civilizaciones empezaron a destruir la sociedad de clanes. Y no son una cuestión exclusiva de los países o las ciudades más pobres del mundo, también en los países más ricos hay niños que viven en la calle.
A lo largo de todos los años que llevo en Maputo, he tratado de hacerme amigo de algunos niños de la calle. Me ha ido más o menos bien. A veces podía llevarme varios años establecer un contacto que no se basara sólo en mentiras como respuesta a mis preguntas. Muy a menudo, esos niños morían antes, dado que llevaban una vida atroz. Algunos se mataban esnifando, otros morían de malaria o de diarrea. Alguno moría de una paliza.
Con los dos hermanos conseguí finalmente mantener alguna conversación. Supe que pertenecían al nutrido grupo de niños que abandonan de forma voluntaria un entorno familiar imposible. El comportamiento de los leones, que, cuando se hacen con una manada, devoran a la progenie del macho al que sustituyen, también se refleja en la vida de las personas. Cuando un hombre se casa con una mujer que tiene hijos de una pareja anterior, puede ocurrir que los eche a la calle. O que les haga la vida tan imposible que ellos mismos se vayan por iniciativa propia. Y las madres no pueden protestar, porque podría significar pasar hambre o incluso la muerte. O la prostitución, como única salida.
Nunca vi pasar por la calle a nadie que pudiera ser un familiar. Los niños vivían en un vacío sin pasado y sin futuro. Literalmente, sólo se tenían el uno al otro. Un universo vacío y desierto empezaba justo en el horizonte de su calle.
Al mismo tiempo, era una gran historia de amor. Cuando al pequeño le dolía la barriga, el hermano mayor le acariciaba el pelo mugriento. Las expresiones de amor y de cariño se me antojan heredadas, no aprendidas.
Nunca llegué a saber cómo se llamaban. El mayor decía que su nombre era Joao, pero de pronto un día lo cambiaba por Armando, como si fuera lo más normal del mundo. El pequeño quizá se llamara George, o Vitor. Nunca lo supe. Y apellido no tenían. Naturalmente, ninguno de los dos tenía documento de identidad.
Un día, no estaban. La caja estaba vacía, mojada, y seguramente pronto la utilizarían otros. Ignoro qué les ocurrió. Cuando desaparecieron debían de tener nueve y siete años. Nunca volví a verlos, a pesar de que los buscaba siempre que paseaba por la ciudad o que la recorría en coche. Pregunté a mucha gente, pero nadie sabía adónde habían ido.
Sin embargo, algo me dice que están vivos y que hoy son adultos. A pesar de que los niños de la calle suelen vivir poco, creo que esos dos hermanos se las han arreglado para sobrevivir. Precisamente, porque se tienen el uno al otro.
Hay otros casos de niños de la calle que salen adelante. Hace unos años conocí a una niña que se llamaba Elena. Unas monjas católicas la encontraron en el arroyo recién nacida. Si la hubieran dejado allí una hora más, habría muerto. Su madre la había abandonado poco antes del amanecer y había desaparecido sin dejar rastro. Nunca la encontraron. Y puede que tampoco la buscaran con mucho empeño, puesto que sabían que no darían con ella.
Elena fue a parar a un orfanato donde creció, fue al colegio y tuvo una vida decente.
Cuando la conocí, tenía dieciocho años y estaba a punto de empezar la universidad. Le pregunté qué pensaba estudiar.
—Quiero ser abogada —respondió—. Y pienso especializarme en derecho del menor. Porque resulta que sé mucho sobre ese tema. Yo vine a este mundo en un arroyo.
Siempre que me acuerdo de los dos hermanos, pienso en Elena.
Naturalmente.