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El agua salada
Una vez mandé perforar un pozo en una isla. El que habían cavado cien años atrás ya no daba agua suficiente. Dado que la isla no se hallaba en un lago de agua dulce, sino que estaba rodeada de agua de mar, decidí contratar a unos poceros expertos. Resultó que tenían una capacidad extraordinaria para interpretar la geología de las rocas del archipiélago y encontrar el punto exacto en el que hallar agua potable, sin correr el riesgo de que el pozo se llenara de agua salobre o directamente salada. Sin ningún tipo de equipamiento técnico, confiaban exclusivamente en su experiencia.
Cargaron la perforadora en una vieja plataforma remozada de las que se usaban para transportar ganado y arribaron a la isla un día de septiembre, muy temprano. El viento estaba en calma; el cielo, despejado; la escarcha se acercaba a medida que iban pasando los días y las últimas hileras de aves migratorias abandonaban el país, casi siempre por la noche. Se las oía sólo como un rumor de alas. Abandonaban el país sin ser vistas. Pero sus alas entonaban un canto.
En rodear la isla, que estaba dividida por un barranco que se abría entre dos laderas montañosas, se tardaba algo más de media hora. Cuando jugaba allí de niño, lo veía como una tierra salvaje sin límites donde los riscos, los despeñaderos, las cuevas, los hormigueros, los ciervos volantes y alguna que otra víbora siempre daban alas a la imaginación. Era el valle de los Mumin y el paisaje de Winnie The Pooh al mismo tiempo. Pero también la tierra salvaje y desolada de continentes desconocidos, Australia, aunque también África y la sabana.
Los dos poceros habían elegido el lugar en el que iban a perforar. Una vez en el interior de la roca, seguirían por debajo del nivel del mar, aunque no sabían exactamente cuántos metros deberían taladrar para encontrar agua. Sabían que la cosa podía ir mal. La montaña podía estar quebrada, no había otra garantía de que encontrarían agua potable que la experiencia que tenían y que les dictaba cuál era el mejor lugar para practicar el agujero.
Pasaban las horas. La perforadora iba abriéndose camino a través de la roca, diez metros, veinte metros…, en busca del manantial.
Hacia mediodía, la cabeza de la perforadora encontró agua. No era salobre, era muy salada, directamente. Pero a ellos no pareció importarles.
—Es una bolsa de agua salada —dijeron—. Cuando se haya vaciado, aparecerá el agua potable. No hay más que bombearla y extraerla.
Uno de ellos sacó de la mochila un vaso que limpió con un pañuelo blanco. Lo sostuvo al sol y comprobó que estuviera limpio. Luego lo llenó de agua salada del agujero y me lo alargó.
—Pruébala —dijo.
—¿Agua salada? —pregunté.
—Bueno, con la punta de la lengua. Unas gotas. Por eso no te vas a morir. Después te diré qué es lo que has bebido.
Primero pensé que se estaba burlando de mí, como cuando se le dice a la gente que no está acostumbrada a viajar en barco que «le dé de comer a la sobrequilla». Sin embargo, algo me decía que no era el caso. Cogí el vaso y bebí un poco. Era agua salada. O al menos salobre. El pocero me quitó el vaso.
—Lo que acabas de beber —dijo— procede de una bolsa de agua salada que se encuentra en el interior de la montaña, a cuarenta metros de profundidad. Esta agua está ahí estancada desde la última glaciación, hace diez mil años. Cuando el hielo se derritió, parte del agua salada del mar se acumuló en este tipo de bolsas. Y ahí lleva diez mil años. O trescientas generaciones, podríamos decir. Y ésta es la primera vez que sale de nuevo a la superficie.
En más de una ocasión he pensado en aquel instante en que bebí unas gotas de agua de una era glacial. Pero nunca con tanta frecuencia como después de que me diagnosticaran el cáncer. En los momentos más bajos, he tratado de hacer cálculos de cuánto he vivido y cuánto podría vivir en distintas circunstancias. ¿Sobreviviré muchos años o me quedarán sólo unos cuantos? ¿Qué es un año en días, horas y minutos? ¿Cuántos segundos más podré seguir viviendo? Estos cálculos resultan absurdos, un simple conjuro inútil para ver la vida y el momento de la muerte como algo que se puede prolongar o retrasar transformando la realidad en fórmulas matemáticas.
Pero ni la vida ni la muerte pueden reescribirse como fractales o como ecuaciones de segundo grado. Claro que uno puede contar los latidos del corazón o el número de glóbulos rojos y blancos. Pero la vida nunca podrá ser la expresión de una medida geométrica.
Aun así, encuentro cierto consuelo en el recuerdo del vaso lleno de agua de época glacial que me dio a probar el pocero. La forma de contemplar la vida de un hombre puede estrecharse o ensancharse de muchas formas. Desde la última glaciación han pasado por la península escandinava trescientas generaciones. Ante mí, o más allá de mi época, aguardan otras trescientas, hasta que los glaciares cubran de nuevo el país y aplasten la corteza terrestre. Se formarán nuevas bolsas de agua salada, y puede que otros poceros perforen la roca con sus máquinas.
Al otro lado de la ventana que tengo al lado de la mesa donde estoy escribiendo estas líneas crece un fresno. Sólo después de que florezca el roble, que es el último en primavera, despierta el fresno. Me lo imagino como el pastor de los demás árboles, vigilando que las hojas de todos estén verdes antes de florecer él.
El árbol del que hablo ya existía cuando yo nací. Y seguirá ahí cuando me haya ido. Casi todos los árboles, a excepción de algunos abedules escuálidos, estaban ahí cuando nací, y seguirán en pie cuando haya dejado de existir.
A veces se me ocurre pensar que en aquellas gotas de agua del deshielo que tragué hace tantos años cabía una eternidad. La vida dura lo que dura. Resulta dudoso el uso del concepto de tiempo cuando se trata de la vida propia o de la de otros. Unos viven mucho. Pero para el muerto, el tiempo no existe. Cuando uno muere, muerto está, a menos que sea creyente y confíe en la resurrección o en la reencarnación en otra cosa o en otro ser.
La muerte es el mayor misterio de la vida. Me pregunto a veces hasta qué punto las bolsas de agua salada que los poceros encontraron en la montaña afectaban a su forma de ver la vida. No creo a quienes aseguran que la mayoría de las personas rehúyen pensar siquiera en lo inevitable de la muerte que les espera. No creo que sea verdad en absoluto. Seguro que no era yo el único que a la edad de ocho o nueve años pensaba, por temporadas incluso casi a diario, en la muerte que aguardaba en algún lugar más allá del horizonte. Los demás niños también lo pensaban, entonces igual que hoy.
Por otro lado, me produce cierta preocupación el hecho de que en Suecia, en la actualidad, uno pueda pasarse la vida entera sin ver más muertos que los que aparecen en la pantalla del televisor. Si ocultamos el hecho de la muerte, la vida terminará por resultar incomprensible. No digo que haya que llevar a los escolares a la morgue como actividad extraescolar, pero ¿cómo conseguiremos que los jóvenes respeten la vida si la muerte queda relegada a las funerarias y los hospitales? El que la muerte haya desaparecido de un país como Suecia constituye una gran derrota cultural. No presagia nada bueno para el futuro.
Los poceros dejaron la isla con su máquina. La plataforma de madera desapareció arrastrada por un barco de pesca cuyo viejo motor Säffle hacía bastante ruido. Me dieron instrucciones de cómo debía vaciar toda el agua salada, dejando que fluyera constantemente hasta que el depósito de agua dulce hubiera perdido todo el sabor a sal.
—¿Cuánto puede tardar? —pregunté.
Estaba claro que no era la primera vez que el mayor de los dos poceros oía aquella pregunta.
—Es imposible decirlo —aseguró—. Varía de un pozo a otro. Tú ve probando el agua. Cuando sea potable del todo, no tienes que seguir vaciando.
La sal tardó aproximadamente una semana en desaparecer. Desde entonces, el agua siempre ha sido excelente. Y ni siquiera en los periodos en los que usábamos la lavadora a toda máquina hemos sufrido escasez.
En realidad, no sé cómo funciona exactamente. Pero cuando me invade la preocupación más profunda, el recuerdo de los poceros, la perforadora y el vaso de agua del glaciar es una de esas cosas que me devuelven la serenidad. No tengo ningún argumento razonable para explicarlo, tampoco los tengo de índole sentimental. Es así, sin más. Esa agua ha estado en el corazón de la montaña siempre, desde que la capa de hielo se derritió en su día y la tierra emergió del mar. Muchas de esas bolsas de agua salada seguirán ocultas en el seno de la montaña y no estallarán hasta que una nueva corteza de hielo cubra nuestra región de Europa.
Vivo entre dos glaciaciones, me digo. Los árboles que había aquí antes de que yo naciera, y que seguirán aquí cuando me haya ido, no existirán, en todo caso, siempre. Un día sucumbirán ellos también, al igual que todas las formaciones de las islas, los arrecifes, las playas, todo lo que he conocido a lo largo de mi vida.
La vida es eso y nada más: unas gotas de agua salada en un vaso.