5
El futuro se esconde en las profundidades
La primera vez que oigo la palabra «Onkalo» es en otoño de 2012. Naturalmente, entonces no tengo ni idea de que, al cabo de unos años, voy a sufrir un cáncer.
Onkalo es finés y significa «oquedad». También puede remitir a algo secreto, o al «trol que vive en las oquedades de la montaña».
Por pura casualidad, en el tren de Gotemburgo a Estocolmo, cae en mis manos un artículo de periódico sobre los trabajos que están realizando para abrir túneles y cuevas en lo más hondo de la montaña finlandesa, donde van a almacenar residuos nucleares por un tiempo prácticamente infinito. Por lo menos, por un periodo no inferior a cien mil años. Aunque los residuos radiactivos son más peligrosos —más mortíferos— los primeros mil años, debe garantizarse su conservación durante tres mil generaciones.
Yo he vivido toda la vida con la energía atómica. Recuerdo vagamente de mi infancia las protestas y el miedo a las armas nucleares y a una posible guerra devastadora entre la Unión Soviética y los Estados Unidos de América, que eran dos animales salvajes, que sólo a duras penas y momentáneamente se mantienen separados y pacíficos. Después vino la energía nuclear, el desastre de Three Mile Island, luego el de Chernóbil y, en los últimos tiempos, el de Fukushima. Vivo con la convicción natural de que, desde hoy mismo, el reloj va marcando los minutos que faltan para una nueva catástrofe. Yo cuestiono la energía nuclear. Con cada accidente o amago de accidente que haya podido producirse me he vuelto más negativo al respecto. Naturalmente, hacía tiempo que estaba al tanto de la lentitud con la que se eliminan las sustancias radiactivas y de lo peligrosos que son unos residuos con los que tendremos que convivir miles de años. Pero sólo aquel día de otoño de hace dos años comprendí lo que aquello implicaba de verdad.
El artículo es un editorial anónimo. Otras noticias sobre la vida amorosa de algún cantante de rock, sobre cómo distribuir el pago de impuestos sin cometer ningún delito o cómo adelgazar no sé cuántos kilos en catorce días parecen noticias mucho más importantes.
Por supuesto, no me cuesta ningún trabajo entenderlo. Vivimos la vida en el momento presente.
La gente apenas es capaz de ampliar su curiosidad o su interés a los próximos días, meses o años. O mejor aún, hasta el próximo sorteo de lotería o de juego de azar en el que uno espera ganar y liberarse de todas las obligaciones por el sencillo procedimiento de mudarse a algún paraíso del Caribe o de Asia.
Hoy en día, la gente que vive en nuestra parte del mundo no cree en Dios. Creen en la lotería y otros juegos de rasca y gana. Rascan y juegan hasta el infinito. Si aciertan a combinar la suerte y la habilidad de ganar una gran cantidad de dinero, habrán matado a la gallina de los huevos de oro. Ya no tienen que trabajar más ni que preocuparse de nada, sólo dedicarse a contemplar a la sociedad con arrogante desprecio.
De hecho, según veo, la naturaleza de los premios de lotería lo describe muy bien. Hoy por hoy uno puede ganar un sueldo fijo todos los meses —un sueldo neto, naturalmente— durante veinticinco años o incluso más.
Como sea, en aquel periódico había un artículo sobre un escondite cavado en la roca finlandesa.
Unos días después de aquel viaje en tren escribí a Onkalo para preguntar si podía hacer una visita al lugar. Me respondieron raudos y veloces que no. En la carta me decían que no deseaban que utilizara sus instalaciones como escenario de una novela de suspense. Les respondí indignado que no se me había pasado por la cabeza. Que si tenía alguna intención era más bien filosófica. ¿Cómo es posible garantizar la conservación de residuos peligrosos para la vida humana por un espacio de tiempo de cien mil años, cuando los edificios más antiguos construidos por el hombre tienen cinco o seis mil años como máximo? ¿Cómo pueden expedir una garantía de algo que ninguno de los que vivimos hoy podrá controlar?
Recibí entonces otra respuesta, según la cual habían decidido no aceptar visitas, dado que no podían garantizar la seguridad ni en los depósitos ni en los túneles. Ni que decir tiene que me pareció aterrador y, al mismo tiempo, cómico que no pudieran garantizar la seguridad de un único visitante al tiempo que aseguraban que conservarían aquellos residuos hasta un futuro incomprensiblemente lejano, mucho después de que yo y el director que respondía a mis cartas hubiéramos desaparecido y nos hubiéramos descompuesto en nuestra tumba.
Comprendí que nunca visitaría aquel escondite finlandés de Onkalo, pero en Suecia se estaban llevando a cabo trabajos similares. Cerca de la ciudad de Oskarshamn.
Yo había visitado aquella ciudad en varias ocasiones cuando tenía dieciocho años. Mucho antes de que hubieran empezado a instalar en el país alguna base nuclear. Y ni el Gobierno ni los ciudadanos tenían aún encima de la mesa la cuestión de los residuos.
Escribí a la central nuclear de Oskarshamn y me dijeron que me recibirían encantados. Meses después, les hice una visita.
Hoy que convivo con el cáncer creo que he adquirido una perspectiva nueva e inesperada de cómo tratamos los residuos nucleares.