Ni Pedro ni Sofía podían imaginar qué había sucedido; que un cortesano, por elevado que fuera su puesto, hablase con tal insolencia al heredero al trono y a su futura esposa parecía inconcebible. Tratando de hallar una explicación, Pedro dijo: «Si vuestra madre ha hecho algo malo,85 eso no significa que vos lo hayáis hecho».
Asustada, Sofía respondió: «Mi deber es seguir a mi madre y obedecer sus órdenes». Con la sensación de que estaban a punto de enviarla de vuelta a Zerbst, miró a Pedro, preguntándose cómo se sentiría él si esto sucedía. Años más tarde, escribió: «Vi con claridad que se habría separado de mí sin pesar».
Los dos seguían allí sentados, desconcertados y temblando, cuando la emperatriz, con los azules ojos centelleando y el rostro rojo de ira, salió de su aposento. Tras ella iba Juana, con los ojos enrojecidos por las lágrimas. Mientras la emperatriz se quedó mirándolos en aquella estancia de techos bajos, los dos jóvenes saltaron de donde estaban encaramados e inclinaron las cabezas en señal de respeto. Este gesto pareció desarmar a Isabel, que les sonrió y besó impulsivamente. Sofía comprendió que no la hacían responsable de lo que fuera que su madre hubiera hecho.
No hubo perdón, sin embargo, para aquellos que habían insultado y traicionado a la emperatriz. Atacó primero a La Chétardie. Se ordenó al embajador francés que abandonara Moscú en un plazo de veinticuatro horas, yendo directamente a la frontera de Riga sin pasar por San Petersburgo. La cólera de Isabel contra este antiguo amigo era tan grande que le ordenó devolver el retrato de sí misma engastado en diamantes que antes le regaló. Él devolvió el retrato y se quedó con los diamantes. A Mardefeld, el embajador prusiano, se le permitió quedarse un tiempo, pero también él fue enviado a casa en el plazo de un año. A Juana le permitieron seguir allí, pero tan solo porque era la madre de Sofía, y tan solo hasta que su hija se casara con el gran duque.
Con sus enemigos políticos derrocados y desperdigados, Bestúzhev alcanzó puestos más elevados. Fue ascendido de vicecanciller a canciller; le concedieron un palacio nuevo y fincas; la caída de sus enemigos diplomáticos significó el éxito de su política pro austríaca y antiprusiana. Seguro en su nuevo poder, ya no le pareció necesario oponerse al matrimonio de Pedro con Sofía. Podía ver que era un proyecto que la emperatriz estaba decidida a llevar a cabo; intentar obstaculizarlo sería peligroso. Además, incluso después del matrimonio, la madre de la joven sería inofensiva.
La breve carrera diplomática de la princesa Juana había sido un fracaso: al embajador francés lo habían desterrado sumariamente; al embajador prusiano, un veterano con veinte años en la corte rusa, lo habían despojado de su influencia; a Bestúzhev lo habían ascendido a canciller. Finalmente, tuvo lugar la caída de la propia Juana. La amistad de Isabel por la hermana del hombre al que había amado había sido reemplazada ahora por un deseo intenso de enviar a la madre de Sofía de vuelta a Alemania, lo antes posible.