Algunas cosas que vi en el Desierto

Pablo Dobrinin

Uruguay

¡Flizzzz!

Giré hacia un costado, porque ese era el sonido característico que producía la gente al traspasar la membrana plasmática-iónica que franqueaba la entrada al Desierto.

El enano vestía un traje de bufón con rombos rojos, blancos y negros, y llevaba un perro de metal en brazos. Apenas puso un pie sobre el árido territorio, se miró nervioso las ondas azules y eléctricas que serpentearon sobre su cuerpo. Se calmó un instante después, cuando desaparecieron.

Tenía una cabeza grande y deforme, rostro aceitoso, piernas cortas y brazos que le llegaban a las rodillas.

—Hola —le dije.

Miró la inmensidad que lo rodeaba, frunció el entrecejo y aspiró una bocanada de aire caliente.

—¿Dónde se supone que estoy? —preguntó con el mismo aire de desconcierto de todos los recién llegados.

—En el Desierto.

—Ah, así que era esto.

—Sí, y no creo que sobrevivas —señaló la mujer de Tierra Verde que marchaba conmigo.

El enano exhibió una sonrisa de dientes amarillos y la miró de arriba a abajo con ojos vidriosos, deteniéndose en los senos turgentes que la delgada túnica verde no lograba disimular. Parecía decidido a contestarle una grosería, pero cuando advirtió el puñal que ella llevaba en el cinto, se limitó a lanzar un escupitajo sobre la arena. Luego sacudió la cabezota haciendo sonar los cascabeles del gorro, y depositó al perro en el suelo, que de inmediato empezó a caminar y a mover la cola. Era blanco, excepto por una mancha negra en el ojo derecho. Desde la cabeza cónica hasta la punta de la cola no medía más de cuarenta centímetros.

Encantadora. Una casa blanca y pequeña, envuelta en los vapores que el sol hacía brotar de la arena. Fui hacia ella sin dudarlo. Sabía que me esperaban días espléndidos y que, cuando me acercara al jardín, el perfume de los jazmines me daría la bienvenida. Aunque estaba lejos podía ver las cortinas de una ventana meciéndose con la brisa, y escuchaba una voz clara de mujer.

¿Cómo era aquella canción? …Al bosque de los árboles azules, volveré cuando salga del sol…

¿Por qué siento que esa simple canción está ligada a la casa? Alguien debía cantarla, seguro… y ahora todo regresa.

Caminé, caminé, caminé.

Y caminé; sin embargo, cuanto más avanzaba, la casa parecía retroceder; o se quedaba en su sitio pero se desdibujaba y se confundía con la arena.

Al final, desapareció.

Rato después, me encontré de nuevo con el enano y la mujer de Tierra Verde. Ellos me explicaron que había estado caminado en círculos con la mirada extraviada.

¡Flizzzz!

El siguiente en aparecer fue un viejo capitán de navío, de aspecto rudo. Tenía una pata de palo, un parche en un ojo y el rostro surcado de cicatrices. Estaba tan encolerizado que no se percató de las ondas azules que serpentearon sobre su cuerpo.

—¡¿Dónde está, dónde?! —gritó, apuntando a diestra y siniestra con un enorme arpón niquelado. Un ominoso artefacto de propulsión atómica equipado con radar 3D.

Temí que se le escapara un disparo.

—¿A quién busca? —preguntó, sin intimidarse, la mujer de Tierra Verde.

—¡¿A quién va a ser?! —señaló, mirándonos con su ojo azul inyectado en sangre—. ¡A la maldita que se llevó mi pierna y me maltrató de mil maneras!

—¿No ha pensado en divorciarse? —preguntó el enano bufón.

—¡¿Qué?! ¡Hablo de la Gran Ballena Blanca!

—¡Oh! No la he visto, señor, puede creerme —dijo el enano conteniendo la risa—. Debería cambiar de zona. Aquí el pique no es bueno.

El perro de metal se cubrió los ojos con las patas delanteras y se rió a carcajadas.

El capitán miró en todas direcciones, y solo encontró el Desierto que se extendía hasta el infinito.

—Eso parece —dijo con fastidio—. Pero ¿cómo llegué aquí?

—No lo sabemos —respondí.

—¿Dónde estoy?

—En el Desierto —señaló la mujer de Tierra Verde.

—El Desierto, vaya, así que era esto.

El enano dio unos saltitos haciendo sonar sus cascabeles, lo miró con sorna y agregó:

—No creo que vea por ahora a su ballena, señor, pero tal vez, si sube la marea…

Estábamos cansados, soportando una sequedad quemante en las gargantas. La luz del sol reverberaba sobre la arena. Y de pronto, vimos una figura parada en el medio de la nada.

fig78

Ilustración: Adrián Ruano

Era un viejo obeso y enorme, de abundante cabellera blanca y una barba larga que se enroscaba en dos puntas. Vestía una túnica violeta y llevaba un pájaro negro parado sobre su hombro derecho.

Cuando nos acercamos, sacó de entre sus ropas un reloj de oro, con cadenita, y lo sostuvo en la palma de su ancha mano. Hizo un gesto de aprobación, como si certificara que todo sucedía a su debido tiempo, y nos miró.

Un rostro afable, de mejillas sonrosadas. Cejas tupidas; ojos claros, bondadosos. Sin embargo, a pesar de la simpatía que trasmitían sus facciones, imponía una autoridad que nadie se hubiese animado a cuestionar.

El perro de metal movió el hocico y lo miró con respeto.

La mujer de Tierra Verde, que de todos nosotros era la más veterana en el Desierto, preguntó:

—Señor Relojero, ¿hacia dónde debemos continuar?

El hombre sonrió y dijo con una voz áspera y vieja como la arena:

—Ah… mucho me temo que yo no puedo contestarles. Cada uno debe encontrar su propio camino.

Pero antes de que nuestros semblantes se nublaran de tristeza, giró el rostro hacia el hombro donde tenía el pájaro y le hizo un guiño de complicidad. Acto seguido, el ave extendió una de sus alas, como un cartel indicador, hacia un punto lejano.

No parecía haber nada en aquella dirección, pero no teníamos nada mejor.

Después de avanzar unos metros, el enano giró el rostro para hacer una nueva pregunta, pero el Relojero ya no estaba. Parecía haberse evaporado en el aire sinuoso del Desierto.

Un animal blanco e inmenso brotó del suelo y comenzó a brincar sobre las dunas.

—¡Ahí está! —aulló el capitán.

Era la ballena más grande que cabía en la imaginación.

—¿Cómo sabes que es la que buscas? —preguntó el enano.

—¡Es ella! ¡La reconocería aunque se pintara de negro!

La criatura estaba animada por un espíritu indomable, parecía la encarnación de la Libertad.

—¡No huyas! —gritó el marino, y salió corriendo con el enorme arpón niquelado entre las manos—. ¡Ven aquí, ven aquí! —gritaba, y su risa era como ron escapando de un barril agujereado.

La pierna de palo se enterraba en la arena, pero no dejaba de correr. Cuando se acercó lo suficiente, movió una perilla, ajustó el radar, apretó unos botones y disparó el arpón. Tres agujas, sujetas con cables, zumbaron en el aire describiendo una parábola, y se clavaron en el lomo de la ballena.

Acicateada por el ataque, la bestia saltó, cayó con todo su peso levantando olas de arena y avanzó con la fuerza de mil demonios.

El viejo aferró con ambas manos el arpón.

—¡Te tengo! ¡Ven aquí, maldita desgraciada!

Cuando pasó cerca de nosotros, la arena nos tapó el cielo.

La ballena arrastró al marino un largo trecho. Le propinó una paliza formidable. Cualquier otro se hubiese soltado, pero él había esperado años para aquel encuentro y ahora no iba a rendirse. A pesar de su precaria posición, hizo ingentes esfuerzos por acortar la distancia. No logró mucho por sus propios medios, pero, tras un nuevo salto del mamífero, fue proyectado hacia arriba, con tal fortuna que cayó sobre su lomo. Sin demora, desenterró una de las agujas y la volvió a clavar con saña, una y otra vez.

Como un jinete domando una bestia sobrenatural, lo vimos brincar y elevarse sobre nuestras cabezas, mientras su voz aguardentosa llenaba de risas y maldiciones el Desierto.

Así estuvieron hasta que la ballena se hartó, pegó un salto, se lanzó en picada y se enterró en la arena.

Desaparecieron ante nuestra atónita mirada, dejando apenas un gran agujero y un silencio de muerte.

Escrutamos el desolado paisaje y luego nos miramos entre nosotros. Cavilamos, hablamos, callamos; y cuando parecía que ya no había nada que esperar, se oyó un ruido subterráneo, el suelo se abrió y ambos salieron a la superficie.

El jinete, con los cabellos al viento, continuaba prendido al lomo de su presa y reía de forma demencial. La ballena giró en espirales hasta que, incapaz de librarse del hombre, se zambulló nuevamente en el océano de arena.

Esperamos. Pero esta vez fue inútil. Ni un pequeño movimiento, ni el más leve sonido. Nada.

Había tenido su oportunidad.

Al bosque de los árboles azules, volveré cuando salga el sol, seguiré…

En esa casa, donde se cantaba esa canción, yo había conocido la dicha.

Recordaba pequeños sonidos domésticos. Voces, suspiros, pasos. El olor de una piel, el gesto de unas manos, la forma de unos labios. Pero todo era muy lejano. Parecía ocurrir en un mundo increíble. A veces la certeza me abandonaba y no sabía si en verdad había tenido otra vida.

Al bosque de los árboles azules, volveré cuando salga el sol… ¿Cómo era el resto?

La mujer de Tierra Verde habló unas palabras con el Relojero, y luego, como si hubiese sacado fuerzas de un sitio misterioso, empezó a correr. Su túnica verde y su larga cabellera negra se agitaron en el aire bochornoso.

—¿Qué está haciendo? —me pregunté.

Y entonces lo vi. Un árbol. Nudoso, de enormes raíces y copa tupida. Un gigantesco y espléndido árbol de Tierra Verde se elevaba no menos de cien metros. Tenía tronco amarillo, hojas verdes y, en las ramas más altas, frutas rojas como rubíes.

Esto no es posible. No hay ningún árbol. Es solo la mentirosa arena del Desierto.

Pero la mujer no pensaba igual, y apuró el paso.

Cuando estaba por alcanzar su objetivo, la tierra se abrió y una figura oscura y ondulante salió a la superficie. Al principio no se distinguía mucho de las movedizas sombras que una hoguera proyecta sobre el suelo, pero poco a poco fue adquiriendo una forma concreta. Era negra, y tenía unos ojos rojos que crepitaban de maldad. Su figura recordaba a la propia mujer de Tierra Verde, si bien la duplicaba en tamaño. En una mano llevaba una espada que de inmediato intentó usar. Sin embargo, nuestra compañera de viaje se agachó justo a tiempo y esquivó el golpe. Luego avanzó con gran valentía, hizo un amague y se colocó a espaldas de su rival. Desenvainó el puñal y realizó sendos cortes en la parte posterior de ambas piernas. La gigante, con los tendones seccionados, lanzó un alarido infrahumano y cayó de rodillas.

La mujer no desaprovechó la oportunidad: saltó hacia ella y le enterró el afilado acero en el corazón.

La criatura cesó de emitir sonidos y, como una estatua inmortalizada en una mueca postrera, se precipitó de bruces. Quedó clavada en el suelo, con el rostro enfrentado a nuestras miradas. Sus luminosas pupilas no tardaron en cristalizarse.

Tras dedicarle una última mirada al cadáver, la mujer corrió hacia el árbol. Subió por las raíces que asomaban entre la arena, y comenzó a trepar por la rugosa corteza.

Yo sabía que aquello no era una ilusión. Podía ver las sombras vegetales que se deslizaban sobre la atlética figura; y sentía el olor a fruta que brotaba del árbol, un aroma que me hizo pensar en la deliciosa brisa de un verano perdido.

Después de tanto sacrificio, de tantas penurias, de tanto andar y andar por el Desierto, ahora iba en busca de su recompensa.

Una rama se dobló, flexible, y la elevó hasta la siguiente, para que otra hiciera lo mismo. Así subió y subió hasta hacerse pequeña a nuestros ojos. Cuando llegó a la cima, arrancó uno de aquellos frutos rojos y se lo comió. Casi de inmediato su cuerpo comenzó a irradiar una luz rosada y espectral.

Luego abrió los brazos y se lanzó al vacío.

Me llevé una mano a la boca y contuve la respiración.

Pero nada malo le ocurrió. Simplemente se deslizó en el aire, como una bailarina del cielo. Danzó en las alturas contagiándonos su felicidad. Dio un giro al árbol, pasó frente a nosotros para despedirse, y se alejó volando.

Cuando pestañeé, el árbol había desaparecido. Tampoco había rastro de la heroína, ni de la gigante. Y mucho menos del Relojero.

Miramos en derredor.

—Ya no está aquí —dijo el perro de metal.

—No, no está. Lo consiguió —admitió el enano con envidia.

Pero yo me sentí bien. El triunfo de la mujer de Tierra Verde había sido como un aire nuevo para mí.

En el fondo de la casa blanca había un parral que daba unas uvas negras y dulces. Y también un viejo aljibe; casi podía tocarlo. Vi las manchas de moho en la pared exterior, y el balde de lata. Y luego, mientras me envolvía una suerte de magia, escuché el sonido chirriante de la cadena y tuve una sensación de profundidad y frescura creciente…

Al bosque de los árboles azules… volveré cuando salga el sol. Seguiré, seguiré…

Me di cuenta de que eran dos voces las que cantaban.

Otra vez me encontraba caminando hacia la casa. Sabía que solo era una nueva ilusión, y sin embargo iba hacia ella.

Cuando estábamos a punto de detenernos por el cansancio, vimos al Pájaro del Relojero parado sobre una blanca osamenta.

Corrimos.

—El Relojero no puede estar lejos —afirmó el enano.

Se adelantó y le preguntó:

—¿Dónde está tu amo?

—”Dónde” no es la pregunta —respondió—, sino “cuándo”.

El enano levantó una piedra y se la arrojó.

—¡Pajarraco petulante! ¡¿Quién te crees que eres?!

Pero el ave volaba ya demasiado lejos, y no daba muestras de querer regresar.

El bufón se sentó y se tomó la cabeza entre las pequeñas manos. Tenía ganas de llorar o de morirse. O tal vez estaba irritado, o había llegado al límite de sus fuerzas. Solo él podía saberlo.

El sol se retorcía en lo más alto del cielo.

Una noche me desperté temblando de frío. Mi frazada había desaparecido. Como no soplaba el viento, deduje que me la había hurtado el enano, así que fui en su búsqueda. Efectivamente, él la tenía. La había doblado en dos para abrigarse mejor y dormía con una sonrisa plácida estampada en el grotesco rostro. Le quité la frazada de un tirón y le pegué una patada en las costillas. Lanzó un grito y abrió los ojos con espanto. Cuando quiso protestar le di un par de patadas más y lo dejé quejándose en el suelo.

No es el mejor comportamiento que uno debe tener en el Desierto, pero no me pude contener.

En el camino de regreso algo que me llamó la atención: el perro de metal. Estaba sentado sobre una piedra y miraba las estrellas. No hacía nada más. Solo miraba las estrellas. En aquel aire inhóspito, en aquel silencio casi irreal de la madrugada, el perro miraba las estrellas.

La bóveda del cielo ofrecía en verdad un espectáculo impresionante. En toda mi vida jamás había visto estrellas tan grandes. Me quedé quieto y en silencio, observando.

Cuando el perro advirtió mi presencia, giró el cuello y me miró. En sus ojos había una expresión que me costó comprender en ese momento. Pero después, cuando volví a mirar el cielo, pensé que el animal había sentido lo mismo que ahora estaba sintiendo yo. Así que me senté a su lado, me envolví en la manta, suspiré, y dejé que los astros iluminaran mi rostro.

Vimos al Relojero y caminamos hacia él. Cuando llegamos, se evaporó frente a nuestros ojos. El perro y yo nos quedamos expectantes, pero el enano pensó que el viejo y su pájaro nos estaban tomando el pelo, y decidió hacer una pausa para descansar. Estaba sentado en el suelo, rascándose la grasienta cabeza, cuando de pronto la arena se abrió y un caballero de reluciente armadura salió a la superficie. Era altísimo y tenía unas piernas muy pero muy largas que se doblaban como si fueran de goma. Llevaba dos hachas; arrojó una de ellas a los pies del enano, pero este desestimó la invitación. En lugar de enfrentar a su rival, que es lo que todo hombre debe hacer en el Desierto, hizo algo muy estúpido: corrió. No había ningún sitio donde esconderse, pero aun así huyó. Yo no sabía si reírme de las ridículas piernas del monstruo o de la cara de miedo del enano. A él no le parecía gracioso. Con unas pocas zancadas el caballero del hacha lo alcanzó y se dispuso a matarlo. El enano esquivó un golpe y luego corrió hacia mí. Sus ojos suplicaban que lo ayudara, aun cuando sabía que yo no debía ni quería hacerlo. Nadie puede ayudar a nadie en el Desierto. Uno puede caminar, ver, y en el mejor de los casos aprender algo que le sirva para cuando tenga su oportunidad, pero nunca ayudar.

El enano miró al perro de metal y este le respondió negando con la cabeza. Cuando comprendió que estaba solo, se paró frente a su perseguidor y se puso a bailar y a hacer cabriolas y morisquetas. Era imposible que esa estrategia funcionara, y no funcionó. El monstruo gruñó, levantó el hacha y la bajó con tanta contundencia sobre la cabeza de su víctima, que la partió en dos como una calabaza.

Luego dijo sin emoción:

—Odio a los bufones —y regresó por el mismo hoyo que había salido.

El perro y yo le dedicamos una última mirada a los despojos del enano y seguimos caminando. Poco después, la voz áspera del Desierto volvía a escucharse con claridad.

Al bosque de los árboles azules, volveré cuando salga el sol, seguiré el rastro de una nube…

Allí estaba la casa. Enfrente de mí. Era tan fácil como caminar, golpear la puerta y… ¿y qué más?

Me quedé paralizado.

¿Qué me detiene? Tengo que intentarlo.

Mientras la observaba, la casa comenzó a disolverse.

No. No ahora.

Desaparecía.

No…

Arena.

No, por favor.

Y más arena.

Cuando desperté, el perro de metal estaba acostado a diez metros de mí, inmóvil. Supuse que ya no quería levantarse, y que iba a quedarse así para siempre. Mientras caminaba hacia él, pensé en lo penoso que sería verlo morir en el Desierto, cubierto poco a poco por ráfagas de arena…

Me acerqué en silencio.

—Imagino cómo debes sentirte —señalé—,perdiste a tu amo.

El perro giró la cabeza. En contra de lo que había esperado, su rostro no exhibía el mínimo signo de fatiga o desaliento. Al contrario, se lo veía sereno.

—¿Mi amo? No, él no era mi amo, era mi bufón —respondió.

El objeto flotaba en el cielo. Cualquiera hubiese dicho que era una nave espacial con forma de rosquilla. Desde mi posición me resultaba difícil calcular su tamaño, pero cuando se acercó y se estacionó a diez metros del suelo, estimé que tenía un diámetro de no menos de ciento cincuenta metros.

La superficie de la nave presentaba una rugosidad peculiar: a intervalos irregulares asomaban unos objetos cónicos, muy cerca unos de otros. No entendía de qué iba aquello, hasta que una voz metalizada, multiplicada por miles de voces, resonó en el Desierto:

—Parece que al fin estás listo, hermano.

En ese momento, con asombro, comprobé que lo que yo había tomado por conos no eran otra cosa que los hocicos de miles de perros. Iguales al que viajaba conmigo.

—Lo estoy —respondió el perro de metal—.Aprendí a vivir sin mi bufón, y ya estoy listo para la siguiente fase evolutiva.

—Excelente, entonces únete a nosotros, hermano —repitieron al unísono las miles de voces caninas.

Acto seguido, un poderoso rayo de luz violeta salió de la nave, envolvió al perro, lo despegó del suelo y comenzó a transportarlo por el aire. Cuando estaba cerca, giró sobre sí mismo y, como si fuese la cosa más natural del mundo, su tronco y extremidades se fundieron con el metal de la nave. Previsiblemente la cabeza quedó afuera, junto a las de sus compañeros.

—Adiós, te extrañaré —musité, de un modo tan bajo que nadie podría haberme escuchado.

Pero él sí me escuchó, y con una nueva voz, que era su propia voz unida a la de sus congéneres, señaló:

—Adiós, humano. No te detengas y pronto tendrás tu oportunidad.

—Gracias. Lo haré.

Y sin agregar nada más, la rosquilla se elevó en el aire vaporoso del Desierto, cruzó el cielo en ángulo ascendente, y desapareció de mi vista.

Ahora nadie cantaba en la casa, y sin embargo los versos regresaban a mi mente con facilidad.

Al bosque de los árboles azules…

Decidí entrar.

Bordeé la propiedad, fui hasta el fondo.

Volveré cuando salga el sol…

Caminé bajo el parral. Pasé junto al aljibe.

Seguiré el rastro de una nube…

Como de costumbre, la puerta trasera estaba abierta para que corriera el aire.

La cortina se movía con la brisa.

Al acercarme, sentí una sensación extraña, como si la casa intentara decirme algo. Tenía miedo, pero necesitaba saber.

Y el canto de un ruiseñor…

El silencio se extendía como una sombra.

Moví la cortina y avancé. Había libros en el piso. Una estantería caída. Sillas tiradas. Vasos y platos rotos. Un mantel manchado con vino y comida. Y una muñeca: tenía el rostro aplastado y una pierna quebrada, como si alguien la hubiese pisado.

Escuché sollozar a una mujer y a una niña.

Vi una puerta cerrada y supe que debía abrirla. Tenía que entrar y hacer algo. No sabía qué, pero ya no podía seguir caminando en círculos. Sin embargo, cuando intenté girar el picaporte, éste se deshizo entre mis dedos: estaba hecho de arena. La puerta corrió la misma suerte. No había nada en la habitación. Luego ya no había una habitación, y más tarde ya no quedaban rastros de la casa. Todo se redujo a pálidas imágenes que el viento hizo desaparecer.

Miré el Desierto con tristeza.

Y entonces, cerca de mí, la arena se elevó en el aire y comenzó adquirir colores y formas. Vi los cabellos de mi esposa moviéndose como las olas del mar; su rostro, su cuerpo. Luego apareció una figura pequeña. Poco a poco, mi hija se hizo visible. Se tomaron de las manos y corrieron. Fui tras ellas y les supliqué que me esperaran, pero no se detenían. Insistí. No me hacían caso. Apuré el paso y traté de aferrar la mano de mi hija, pero escapó. Quería decirles que había estado recordando aquella canción que cantaban juntas. Las seguí a través de un sendero de árboles. Altos, de color azul pastel, con ramas fuertes y copas redondas. Un hermoso bosque azul. Corrían, el azul las envolvía, las ocultaba, las dejaba entrever y las volvía a ocultar. Hice un esfuerzo, apuré el paso y esta vez pensé que iba a poder alcanzarlas. Sin embargo, cuando quise estrechar el brazo de mi esposa, ella giró y lo que vi en su rostro me hizo sentir frío. Luego ambas se deshilacharon entre los árboles de un bosque que ya no era azul, sino oscuro y lúgubre. Manchas negras se agitaron en un fondo gris. Di vueltas en un abismo de sombras. Las busqué con los ojos, con las manos, con el corazón.

Al cabo de un rato, las imágenes se diluyeron, y otra vez estaba perdido en el medio del Desierto.

Miré en todas direcciones, y entonces vi al Relojero. El pájaro, parado sobre su hombro, tenía un ala extendida. Caminé en la dirección que me indicaba; allí la arena había comenzado a elevarse en espirales. Con cada giro, el torbellino aumentaba su diámetro y altura. Giró y giró hasta convertirse en algo aterrador.

El viento rugió y azotó mi rostro, pero yo quería enfrentar lo que viniera, así que di un paso al frente y me entregué a la desgarradora belleza de aquel monstruo de arena. Giré entre furiosas espirales, y luego, sin darme cuenta cómo, me encontré en el ojo del huracán.

Suspendido en el mismísimo centro, comencé a elevarme.

Escuché los sollozos tras la puerta de mi casa, recordé el daño que le había causado a mi familia y, al tiempo que un nuevo sentimiento se desataba en mi pecho, con los brazos extendidos y las manos ávidas, volé hacia el resplandor que me llamaba desde la cima.


Pablo Dobrinin (Montevideo, Uruguay, 21-05-1970) estudió Literatura y Periodismo. Publicó relatos en antologías de Argentina, España, Francia e Italia, así como en numerosas revistas —la mayoría especializadas en ciencia ficción y literatura fantástica— entre las que se destacan: Diaspar, Días Extraños (Uruguay); Axxón, Cuásar, Sensación!, Próxima, Sinergia, Otro Cielo, Kundra (Argentina); Asimov Ciencia Ficción, Catarsi (España); IF (Italia); Lunatique, Fiction (Francia). Ha sido traducido al italiano, francés, catalán y esloveno. En el 2011 la editorial argentina Reina Negra publicó Colores Peligrosos, un libro de 250 páginas con algunos de sus mejores cuentos. En mayo del 2012, en el número 230, Axxón, la revista en línea más leída de habla hispana, le dedicó un especial que incluye cuentos, artículos, datos biográficos y una extensa entrevista que le realizara Ricardo Germán Giorno. Ha publicado ensayos en la propia Axxón y en Espéculo, la revista de estudios filológicos de la Universidad Complutense de Madrid. Colabora con reseñas para el periódico La Diaria y con artículos para la revista de arte La Pupila. En el 2012 salió una edición uruguaya del libro Colores Peligrosos, editada por El Gato de Ulthar. También en el 2012 publicó una plaqueta de poesía titulada Artaud, en la editorial argentina Melón. Está en Facebook y mantiene un blog personal en: http://pablodobrinin.blogspot.com/.

Axxón 2013
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