Una muerte en casa

Pé de J. Pauner

México

I

La tarde que Adrián volvió a casa había sido especialmente fría: abajo, en el terreno baldío de al lado, los paramédicos habían sacado el cuerpo reseco de un indigente y lo habían arrojado a una ambulancia muy parecida al vehículo usado para llevar perros callejeros. Seguían, por supuesto, alguno de sus procedimientos de rutina. Así que, subiéndose las solapas del abrigo, entró al vestíbulo del edificio. Sombras y restos de humedad le penetraron por ojos y nariz. No importaba cuánto se la pasara dentro, los olores y colores desvaídos del inmueble eran imposibles de borrar o ignorar.

Subió la escalinata deslizando la palma de la mano por la baranda mugrienta, resignado. En la otra mano llevaba el portafolio de piel ajada. Llegó al rellano y respiró hondo el miasma fúngico que emanaba del inmueble y siguió sin detenerse hasta su piso. El ascensor estaba descompuesto desde hacía una pequeña eternidad… (¡Una pequeña eternidad, una pequeña eternidad! Los fractales de la eternidad son todos iguales, se sufre sin descanso… ahí no hay rellanos a media escalera…).

Llegó al último piso. Abrió la puerta del departamento. Caminó dos pasos y se desplomó en el sofá. El portafolio cayó a su lado. Le dolía la cabeza. Se tocó las sienes con las yemas de los dedos. Habían estado recortando personal las dos últimas semanas. Aún tenía en la mente las caras asustadas de sus compañeros, que veían con horror el contenedor de sobres amarillos del día de paga, esperando que el pagador, detrás de ese impersonal cristal esmerilado, les anunciara:

—Vamos a prescindir de sus servicios… pase, por favor, a recoger su liquidación en el departamento de Recursos Humanos.

Era brutal. Habían fomentado la paranoia. El horror. Pero ¿a quién le importaban los derechos humanos últimamente? ¡Por Dios… aún no le llegaba la hora a él! Soportaría un poco más. Hasta que las cosas se estabilizaran. Pero ¿cuánto soportaría? ¿Días, semanas, meses…? Después de todo, tal vez hubiera sido mejor anunciarles a los empleados que los primeros mil números de ficha estaban despedidos. Podrían ahorrarse el trabajo de decir esas hipócritas palabras: Vamos a prescindir de sus servicios… Y para los altos ejecutivos, una llamada. Así intentaban ahorrarse la vergüenza.

La llamada telefónica llegó una hora después. Se dio cuenta de que había estado durmiendo cuando abrió los ojos. El sonido del aparato era angustioso. O eso parecía. Como si no pudiera demorar más en ser atendido. Como un viejo que reclama una última mirada compasiva. Tropezando con la alfombra y con los muebles llegó a la mesita. Descolgó. Tras la línea esas palabras. Soltó el aparato antes que el interlocutor finalizara. Volvió al sofá. Hiló de nuevo el sueño y comenzó a soñar.

En eso estaba cuando el olor lo agarró por la nariz. No, no era exactamente un olor. Era una pestilencia. Llegaba en olas delgadas, hilos de miasma, ondas flameantes. Era como si le hubieran introducido dos dedos en las fosas nasales, estando así dormido, y lo hubieran levantado en vilo de ahí mismo. Arrugando la nariz siguió el flotante rastro de peste. Llegó a la cocina. Pensó en ratones muertos. En comida echada a perder. En la nevera descompuesta. Nunca pensó en aquello que vio.

Sobre la mesa de la cocina se había dejado el teléfono móvil. En la oficina, por la mañana, había echado de menos el teléfono. Ahora le encontraba ahí. El ligero y delgado aparato yacía sobre una huella líquida, un charco de color bilioso, una mancha viscosa sobre la cual se posaban varias moscas. Asombrado, un poco temeroso, levantó el móvil con dos dedos y lo observó. Una frase acudió a su mente (¡el móvil está muerto…, no sólo eso, ha entrado en proceso de putrefacción…!), pero era demasiado obvia y horrorosa para tomarla en serio.

Sin embargo, no lo abandonó cuando se fue a dormir. Y le provocó pesadillas toda la noche.

II

Abrió la alacena. Quedaban tres latas de atún. Cogió una y tiró del aro en la tapa metálica para abrirla. Introdujo un tenedor y comenzó a comer, mirando sin ver la silla de enfrente. Sintió deseos repentinos de ir al baño. Cuando se lavaba vio ese rostro avejentado y con barba de días que le devolvía una mirada perdida en el espejo. No le asombró lo más mínimo. Apenas tuvo fuerzas para girar la llave y se echó a dormir sobre el sofá hasta bien entrada la noche.

La siguiente oleada de peste lo despertó hacia las tres de la mañana. Sabía dónde ir. Tropezando con los muebles y las sillas del minúsculo comedor se dirigió a la cocina. Miró la licuadora. Escurría un líquido viscoso por todos los orificios. Las hormigas se ahogaban en el fluido. Tenía ese inconfundible aspecto de cosa muerta que identificara en el móvil. Y las moscas sobrevolaban el charco como si se tratara de un despojo animal…

III

Llevaba una semana sin salir de la casa. Había consumido todas las latas de atún, había seguido con las latas de conservas. Ahora comía pan. El poco pan que quedaba estaba lleno de gorgojos que separaba con los dedos cuando los veía. Los dejaba caer al suelo y pensaba: ¿Cuándo será el día que tenga que comerme a esos bichos?

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Ilustración: Duende

De la sala llegó una cacofonía de sonidos en la que, de vez en cuando, podían percibirse diálogos, conversaciones. Rápido, acudió a la sala. La televisión estaba encendida… y él no la había tocado. Escuchó y vio a dos tipos con cara de intelectuales estirados que discutían sobre el Fin del Capitalismo. Pero después, en la pantalla comenzaron a desfilar ráfagas de imágenes. Entendió que múltiples canales se trastocaban, se empalmaban, se unían y doblaban. La chica que hacía strip tease en el noticiario se encontraba hablando con Bugs Bunny y el conejo de la suerte se colaba por la puerta grande en la Mansión de Play Boy. Sí, algo andaba mal… acaso la televisión estaba enloqueciendo. Reality shows mezclados con caricaturas obscenas. Dentro de su cabeza escuchó las palabras que designaban terribles enfermedades de la vejez: Alzheimer y Parkinson… demencia senil, cáncer, incluso VIH… O, mejor dicho, VHS, ya que su televisor pertenecía a un modelo más reciente, el de los lectores de DVD, y si padecía vejez prematura… La idea le causó gracia. Una gracia atrevida en aquel momento y lugar. Por fin, el aparato chisporroteó. Humeó. Se apagó. Y comenzó a fluir el líquido viscoso aquel que ya conocía tan bien.

IV

Al día siguiente no se preocupó por enterarse de cuáles eran los aparatos electrónicos que habían entrado en proceso de putrefacción. La casa olía a matadero venido a menos. A carroña. Era una pestilencia a todo lo largo y ancho. Flotaba de arriba abajo. Lo impregnaba todo. Escurría por todos lados. Se extendía por el suelo. Una mancha voraz hecha de aguas turbulentas… ¡je je!, rió para sus adentros.

Sobre la calva del vecino que miraba la televisión en el piso de abajo había goteado un líquido asqueroso que lo obligó a levantarse de inmediato cuando se le escurrió desde la frente a la punta de la nariz. Hizo que mirara el techo y descubriera una mancha informe que supuraba por los bordes.

El vecino salió de inmediato. Subió las escaleras y comenzó a golpear la puerta de Adrián.

—¡Hey, idiota! ¿Qué has derramado en el suelo? —Pero nadie abrió.

En algún momento el vecino calvo hizo tanto ruido que los demás comenzaron a salir. Al acercarse se tapaban la nariz con los dedos. Como una bofetada, la pestilencia los hacía girar el rostro hacia el otro lado. Nubes de moscas como ráfagas de metralla volaban hasta debajo de la puerta de Adrián. Entraban y salían por ratos.

—¿Pero qué diablos…? —se preguntaba el calvo.

—¿Se habrá muerto este tipo? —se preguntaban todos.

Alguien llamó a la policía y la reacción fue la misma: el olor hizo que los agentes se echaran atrás. Intentaron abrir, pero la puerta estaba extrañamente húmeda, rezumaba un líquido apestoso que se impregnaba en las manos y no se podía quitar. Un policía olió sus manos después de intentar abrir y vomitó. Otro intentó derribar la puerta golpeándola con el hombro. Al darse cuenta del error, se retiró, asqueado, y corrió a la patrulla. Llegó a su casa y se metió bajo la regadera con ropa y todo.

Los paramédicos subieron y supieron que ese era el olor de la muerte. Pero no era común. Sobre la base de olores pútridos había algo como metálico, como el ácido de las baterías de los autos. Como a cable de cobre recubierto de plástico cuando se quema…

Tras un buen rato, durante el cual los vecinos se retiraron a sus casas a bañarse, a rociar desodorantes ambientales en aerosol, a encerrarse y vaciar el estómago, por fin lograron abrir.

V

Dentro del departamento de Adrián el caos anunciaba la ruina moral y económica. Latas vacías. Empaques tirados por el suelo, náufragos de su propia existencia, de su propia esencia. Escollos en un mar infestado. Los policías fueron de sorpresa en sorpresa. Los aparatos electrónicos aparecían derretidos, desinflados, como si sus estructuras internas se hubiesen desmoronado sobre sí mismas. La licuadora parecía una muda de piel de serpiente. Al reproductor de DVD, vaciado, le goteaban colores en vetas alucinadas. Todavía se movían imágenes alargadas, distorsionadas, licuadas, de figuras humanas en los colores que formaban charcos escurridizos. Con un poco de valor para soportar el asco y el olor, podían seguirse las acciones de los personajes de la película en los fluidos. Hasta parecía que se escuchaba un ligero rumor de conversaciones de algún disco de película de horror olvidada dentro del reproductor. Imágenes moribundas. Sonidos que apenas tenían fuerza para dejarse oír.

Sobre la mesita de la cocina encontraron el exoesqueleto del teléfono móvil. Era como si las hormigas hubieran devorado el interior y hubieran dejado la cáscara, dura e incomible. Un polvo plástico se amontonaba en sus bordes como la tierra pulverizada afuera del hormiguero.

Y, en la habitación, el cuerpo descompuesto de Adrián coronaba la escena dantesca de olvido y muerte.

VI

Fuera, los periodistas aguardaron a que sacaran el cuerpo. Luego, un ejército de funcionarios de salubridad empezó a desalojar los aparatos muertos. Pusieron el cadáver en una ambulancia, y a los aparatos en un camión, mientras la gente se arremolinaba para ver y la chica del noticiario decía ante las cámaras:

—Otro caso del Síndrome de Diógenes… el olvido, la depresión, la pobreza, orillan a estas tristes personas a acumular basura y, al final, ellos mismo forman parte de esta…

VII

Tres días después, el vecino calvo de Adrián encontró su rasuradora eléctrica en un charco que le recordaba muy vagamente a la sangre. Olía muy mal y ya no servía para nada. La tiró a la basura, sin reparar en el hecho de que, en ese momento, el refrigerador se detenía y empezaba a gotear un líquido pegajoso y al horno de microondas se le abría sola la puertecita y chisporroteaba hasta humear y apagarse.

Una semana después, las bolsas de valores del mundo quebraron. Tres millones de personas fueron despedidas de una vez en un solo día y comenzaron a descubrir que sus aparatos electrónicos entraban en crisis terminal. Dejaban de funcionar. Apestaban y, por fin, morían entre estertores electrónicos.

Las enredaderas tomaron por sorpresa los cimientos grises de los puentes monumentales. Las aceras se agrietaron. Los vehículos tosieron a través de sus depósitos de combustible. Las fábricas dejaron de emitir humos asfixiantes a la atmósfera. Los árboles y las hierbas empezaron a crecer en las avenidas, escapadas sus semillas de los parques. Podían observarse tortugas avanzando sin deberla ni temerla por las calles, pues no había más autos, ni autobuses, ni ningún otro vehículo rodante. Y aves del paraíso escapadas de los zoológicos sobrevolaron los rascacielos. Para fin de año se extendió la noche más larga sobre el vertedero del mundo y empezó el reinado de los buitres que se desplazaron de los campos a las ciudades…


Pé de J. Pauner es un narrador, ensayista, crítico de cine y biólogo mexicano que ha hecho activismo y performance. Ha publicado novela erótica y ha sido antalogado en latinoamérica, Australia y España. En el género de la Ciencia Ficción ha publicado el ensayo «Las cinco grandes utopías del Siglo XX» en la web española Alfa Eridiani.

Axxón 2013
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