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Jamie debería haber estado volviendo para entonces a la casa. Pero ¿qué sentido tenía hacer eso? La boda no iba a celebrarse sin su padre. No había nada a lo que llegar tarde.
Estaba de pie en un camino embarrado en Washingley, después de haber corrido como un pollo sin cabeza por cada sendero al sur de Folksworth. Tenía los pantalones llenos de barro, se había desgarrado la manga de la chaqueta en una alambrada y se sentía hecho mierda.
Era la persona en la que había confiado su padre. Era la persona que había fracasado a la hora de impedir que su padre hiciera precisamente lo que había dicho que iba a hacer. Era la persona que había jodido la boda de su hermana.
Se daba cuenta ahora de la estupidez que había sido ir en busca de su padre de esa manera. Podía haberse largado en cualquier dirección.
Tenía que explicarle a todo el mundo lo que había pasado. Tenía que informar a la policía. Tenía que disculparse. Volvió al coche, puso una bolsa de plástico en el asiento, entró y condujo de vuelta a casa.
Supo que algo andaba mal en cuanto llegó. No había ningún coche. Aparcó y fue hasta la puerta principal. Estaba cerrada. Llamó al timbre. No hubo respuesta. Miró por las ventanas. La casa estaba desierta.
Quizá Ray les había contado lo ocurrido. Quizá estaban todos ahí fuera buscando a su padre. Quizá lo habían encontrado. Quizá estaba todo el mundo en el hospital.
Trató de no pensar en esas cosas.
Había perdido el móvil. Tenía que entrar en la casa. Aunque sólo fuera para conseguir un teléfono y unos pantalones secos. Probó por la puerta lateral. El perro de Eileen y Ronnie se arrojó contra ella desde el otro lado, ladrando y arañando la madera. Giró el pomo. Estaba cerrada con llave.
Oh, bueno, total ya tenía los pantalones hechos polvo…
Se agarró de la farola y metió el pie en una de las grietas del muro de piedra y se izó. Llevaba muchos años sin hacer algo así y le llevó tres intentos, pero finalmente consiguió encaramarse hasta quedar sentado a horcajadas, y bien incómodo, sobre la puerta del muro.
Estaba mirando hacia abajo, preguntándose cómo salvar mejor la considerable caída y el perro chiflado, cuando alguien dijo:
—¿Puedo ayudarlo?
Giró la cabeza y se encontró mirando a un hombre mayor al que reconocía vagamente. El hombre llevaba un jersey Shetland y unas tijeras de podar.
—Estoy bien, gracias —contestó Jamie, aunque su presencia encima de la puerta estaba poniendo frenético al perro.
—¿Eres Jamie? —preguntó el hombre de las tijeras.
—Sí —contestó Jamie. Empezaba a dolerle la entrepierna.
—Lo siento —dijo el tipo—. No te había reconocido. Hacía mucho que no te veía. Desde que eras un adolescente. Soy Derek West, de la casa de enfrente.
—Claro —repuso Jamie. Tenía que intentarlo, pese al riesgo de romperse un tobillo, pese al riesgo de aplastar al perro de su tía o ser devorado vivo. Cambió un poco el centro de gravedad.
—¿No se supone que has de estar en la boda? —preguntó el tipo.
—Sí —respondió Jamie. Estaba claro que el hombre era un idiota.
—Se han ido hará unos cinco minutos.
—¿Qué?
—Que se han ido hará unos cinco minutos.
Jamie tardó unos segundos en procesar esa información.
—¿Iban al registro civil?
—¿Adónde si no? —preguntó el tipo.
Jamie empezó a entender lo ocurrido.
—¿Con mi padre?
—Supongo.
—Pero ¿ha llegado a verlo?
—No los iba tachando de una lista, por así decirlo. No. Espera. Sí que lo he visto. Porque recuerdo que ha dado un pequeño traspiés en la acera. Y que tu madre lo ha hecho subirse en el asiento del pasajero para conducir ella. Y me he dado cuenta porque cuando van juntos en el coche es casi siempre tu padre quien conduce. Lo que me ha hecho preguntarme si le pasa algo malo. ¿Le pasa algo malo?
—Joder —soltó Jamie.
Eso hizo callar al señor West.
Jamie cambió el centro de gravedad hacia el otro lado y saltó del muro, desgarrándose la chaqueta por segunda vez. Corrió hacia el coche, se le cayeron las llaves, recogió las llaves, entró en el coche y se alejó a toda velocidad.