CAPÍTULO 54

Libro cerrado

TRAS EL HUMO DEL OLVIDO

Un potente haz de luz incidió en nosotros conforme nos acercábamos.

Cuando llegamos a la orilla, Sofia y sus matones desembarcaron.

Fue evidente su desconcierto al no ver a Stefano junto a nosotros.

—Has roto el trato —afirmó Luca sin inflexiones en su voz, simplemente constatando un hecho.

—Hay demasiado en juego para poder fiarme de un hombre como tú —aseveró ella.

—Más razón para no poner en riesgo tu objetivo. Y más cuando sabes que dependo de ti para salir de aquí —opinó Luca con dureza—. Por suerte para ti, soy un hombre razonable y estoy abierto a más tratos.

—¿Lo has encontrado?

Luca asintió seco, y la mirada de Sofia saltó ansiosa a la mochila que él portaba. Una sonrisa sibilina comenzó a arquear sus labios.

—Mi trato ahora es dejarte vivo y en paz —ofreció victoriosa—, y estoy siendo muy generosa.

Sus hombres nos apuntaron con sus armas. Yo alcé la pistola y la dirigí hacia Sofia. Me temblaban las rodillas y el miedo me atenazaba, pero logré ocultar mis emociones para ofrecer una imagen segura y decidida.

Luca esbozó una sonrisa de suficiencia y sacó de su bolsillo el pergamino y el mechero, que encendió acercando la llama al extremo del pliego. Sofia se demudó en el acto.

—Yo te ofrezco otro —replicó él, dejando que la llama lamiera voraz la esquina de la página—. Apago este pequeño incendio si me entregas las llaves de la lancha y te olvidas de nosotros.

—¿Y el tesoro?

—¿Dominar el mundo te parece poco? —adujo mordaz.

El fuego comenzó a extenderse devorando el papel.

—¡Apaga eso, maldito seas!

—Las llaves, y que tus hombres lancen sus armas a la laguna —insistió Luca inflexible.

Sofia miró a sus secuaces y asintió vehemente.

Ambos arrojaron sus armas al agua, que la engulló con un relamido chasquido. Uno de ellos sacó un manojo de llaves y nos lo lanzó. Luca sopló con fuerza y sacudió el pergamino con la mano para apagarlo. El humo ascendió en finas volutas y Sofia respiró aliviada.

Luca me arrebató la pistola y, ante un gesto apremiante, me conminó a embarcar.

Ya en cubierta, envolvió la página en torno a una linterna y la lanzó.

Sofia se precipitó hacia ella y, mientras Luca arrancaba el motor, desenrolló el pergamino y, linterna en mano, enfocó el pliego. Pude ver el ambicioso refulgor de su mirada fija en él, y cómo su expresión titilaba exultante. Luego sus ojos se fijaron en nosotros y pude percibir cómo alargaba el brazo en nuestra dirección. Mi pulso se aceleró imaginando lo que llevaba en la mano.

Oí la detonación y mi corazón se detuvo. Me giré hacia Luca, que me empujó con fuerza y me lanzó sobre la cubierta. Luego salimos del estrecho canal que dividía la isla a toda velocidad.

Me alivió ver cómo Luca continuaba aferrado al timón, manejando la lancha con experimentada habilidad.

—¡No te levantes! —exclamó alzando la voz por encima del ruido del motor.

Y, en efecto, varios disparos más se sucedieron. Desde mi posición, pude ver cómo Luca se encorvaba sobre el timón, pero no pude apreciar nada más.

Cuando salimos a mar abierto, me puse en pie y me acerqué a él agarrada a la baranda. La excesiva velocidad me obligaba a hacerlo muy despacio, pero pronto fui consciente de que algo andaba mal.

Luca estaba casi reclinado sobre el panel de control. Su cuerpo aprisionaba la palanca de la velocidad.

Una mancha oscura se extendía por su espalda y el pánico más atroz me asaltó.

Logré llegar hasta él sin salir despedida por la borda e intenté separarlo del cuadro de mandos. Estaba consciente, apretaba los dientes y luchaba por mantener el equilibrio. Lo sujeté como pude y bajé la palanca hasta detener la embarcación. Su peso me venció y caímos al suelo.

—¡Luca! —lo llamé angustiada, cerniéndome sobre él y tomando su rostro entre las manos.

Me entregó la pistola y vocalizó un nombre. La lancha continuaba en marcha y el rugido del motor sofocaba su voz.

Señaló hacia el portalón que llevaba a los camarotes. Estaba entreabierto.

Un angustioso pálpito constriñó mi pecho.

Leí el nombre en sus trémulos labios y deslicé mi dedo sobre el gatillo en la pistola que llevaba oculta en la chaqueta. Y a mi mente, en ese crucial instante, acudieron frases sueltas que comenzaron a cobrar sentido gracias a un número en común: el cinco.

Hacía cinco años que Luca había empezado a trabajar para Ornella.

Hacía cinco años que había muerto Piero Rizzoli.

Y hacía cinco años que Gina había perdido a su marido.

Y ahora era ese nombre el que pendía como un urgente aviso en los labios de Luca.

Apagué el motor, me puse en pie y contuve el aliento.

Cuando la puerta se abrió lentamente, supe quién emergería de ella.

Un cañón me apuntó, y una mirada oscura y ladina transformó un rostro que había etiquetado como dulce e inofensivo en uno inquietante y letal.

El primer pensamiento que me vino a la cabeza fue que necesitaba ganar tiempo hasta que ingeniara la manera de salir viva de allí.

Luca se desangraba tendido en el suelo de la lancha, cada minuto era decisivo para salvar su vida, pero solo podía hacerlo enfrentándome a mi propio destino, a esa verdad que se había escondido tras el humo del olvido, rodeada de llamas y de pérdidas.

—Hola, Gina… —comencé grave—. ¿O debería llamarte Ornella?

La mujer dibujó un amago de sonrisa que otorgó a su rictus un tinte siniestro.

—Imagino que llamarme abuela sería pedir demasiado —respondió sardónica.

—El papel de abuela te queda incluso peor que el de madre. En ambas facetas fuiste nefasta. Ahora comprendo por qué mi madre nunca hablaba de ti: la abandonaste solo por perseguir ese maldito tesoro.

Su mandíbula se tensó y sus labios se fruncieron disgustados.

—Sí —admitió sin un ápice de remordimiento en su tono—, sacrifiqué muchas cosas por él. Demasiadas para dejaros marchar con vida.

Confié en poder sorprenderla. Ella no sabía que yo tenía una pistola en el bolsillo, y esa baza jugaba a mi favor. No obstante, cualquier movimiento sospechoso por mi parte provocaría que me disparara a bocajarro.

—¿Como casarte con Piero Rizzoli? —inquirí con hondo resentimiento—. ¿Como embaucar a Luca para tu causa? ¿Como matar a toda tu familia?

—Ese incendio fue fortuito —bramó colérica de repente—, tu madre quemó la carta y no se apagó debidamente, prendió los papeles que había en la papelera y ocasionó el incendio. No soy responsable de eso.

—Quizá no directamente, pero en el fondo lo eres. Como de todo lo demás —acusé con rencor.

—Piero tenía el colgante que había vendido mi padre, y yo tenía el diario de Alonza. Lo necesitaba y lo utilicé. Los Rizzoli fueron los causantes de la desgracia de mi familia desde tiempos inmemoriales. La empresa de mi padre quebró por culpa de ellos, tuvimos que venderlo todo, y mi padre se suicidó en la más absoluta ruina. Juré vengarme y lo hice.

—¿Sacrificando a tu propia hija?

—Los Rizzoli también me buscaban, deseaban el diario. Y tarde o temprano habrían dado conmigo. Me aparté de tu madre para alejarla de ellos. Tuve que procurarme una identidad falsa para poder acercarme a Piero.

—Sofia, ¿no?

Asintió circunspecta.

—Y ¿quién es la mujer que se hace pasar por ti?

—Fue la asistente personal de Piero, y ahora mía. Logré que compartiera mis propios intereses.

—Como hiciste con Luca —aduje furiosa—. Y eso es todo un logro, dado que es un hombre dotado de una inteligencia brillante.

—Luca Vandelli ha sido trascendental en toda esta historia —confesó con un deje de orgullo en su tono—. Lo busqué incluso antes de nacer, y aunque lamentaba no haber podido encontrarlo para matarlo, el destino me hizo agradecer con creces aquel fracaso. Sin él no podría haber resuelto este gran enigma ni haber encontrado el tesoro.

—¡Fuiste tú quien amenazó a su madre!

—Sí. Fue la amante de mi marido, y no podía consentir que engendrara un Rizzoli. Debía acabar con su maldita estirpe.

Vi la locura en sus ojos. La obsesión, la ambición y el odio, brillando tan poderosos que me hicieron entender que la maldad no era genética ni se sucedía a través en generaciones. La maldad era aleatoria, discriminatoria y anidaba en los pretextos más inverosímiles. No había justificación alguna en ella, pero se rodeaba de excusas precarias que intentaban reforzarse con argumentos inválidos a ojos de quien no la poseía. Y, al igual que la malevolencia había poseído el corazón de Fabrizio, Marco y Caterina, ahora gobernaba el de una descendiente de Alonza. Quizá fuera el karma, que, caprichoso, cambiaba de verdugo a víctima, tal vez para equilibrar el destino de sus almas.

—La Providencia puso a Luca en mi camino. Fue él quien llamó a casa preguntando por Piero. Y yo oí esa conversación telefónica. Tenía que impedir que se vieran, y tuve que adelantar el asesinato de Piero y alejar a Luca de mí. Pero, aunque logré meterlo en la cárcel con la ayuda de Zanetti, su socio, Stefano, no poseía su inteligencia. Así que ideé otra manera de acercarlo a mí: usando mi verdadera identidad y tejiendo toda una trama para atraparlo en ella; por eso necesité una suplente en mi papel de viuda.

—Si Zanetti era tu socio y tú ya conocías el lema de la orden por el diario, ¿por qué los acertijos?

—Zanetti solo es mi peón. No sabe nada, ni imagina que yo sé. Encontró los acertijos que había diseñado Piero y se obcecó con descubrir su significado. Utilicé eso para obtener el dichoso colgante. En realidad, el lema de la orden no es relevante para mí. Y quería poner a prueba la lealtad de Luca.

—Todo… —mi voz se quebró y las emociones comenzaron a aflorar, mezcladas con una rabia desmedida— todo aquel montaje de Gina, las fotos que me mostró Stefano, lo que el propio Luca me contó de tu muerte…, todo fue un repugnante montaje. Él… él me quiere y, sin embargo, me mintió todo el tiempo.

Ornella posó los ojos en el cuerpo de Luca, que yacía inconsciente a mi lado, y suspiró profundamente.

—Luca es ese tipo de hombre que cautiva a quien lo conoce: atractivo, pasional, inteligente y profundo. Por eso temí que tú cayeras presa de su influjo, más cuando descubrí que sentía algo más que un simple interés profesional por ti. Por eso me esmeré en hacerte desconfiar de él. Era un Rizzoli y, como tal, tenía pensado acabar con él cuando ya no me fuera de utilidad. Sin embargo, logré tenerle un gran aprecio en mi entregado papel de abuela sacrificada. Lo convencí de que participara en el montaje para despertar tus recuerdos, pues pensé que eran vitales para resolver el enigma. Pero pronto descubrí que juntos formabais un equipo perfecto. Si él no hubiera comenzado a salirse de la trama, quizá no lo habría matado después de todo.

Cerré los ojos un instante ante aquella posibilidad, mortificada y sin aliento. Él no estaba muerto, me dije con firmeza. No podía esperar más tiempo.

—Enamorarse de ti fue su perdición —adujo Ornella con inusitado pesar—. Actuaba por su cuenta y me escondía descubrimientos. Y temí que finalmente ambos huyerais con el tesoro y la clave.

—La clave ya la tienes. La tiene tu asistente —recordé, enfatizando con ácido desdén la última palabra.

Ornella alzó una ceja con evidente desconfianza y sonrió con suficiencia.

—Luca no es de los que se rinden. Desconociendo que yo era la viuda de Rizzoli, me confesó muchas cosas; una de ellas fue que jamás permitiría que esa clave viera la luz. Es fácil deducir para mí que lo que le ha dado a mi asistente no es la clave verdadera. Y estoy segura de que la original está en esa mochila.

Sostuve su penetrante mirada en aquella noche clara, en mitad de la serena laguna, entre la recortada oscuridad de Poveglia y el resplandor mortecino de Venecia. En mitad de ninguna parte, como si estuviéramos suspendidas en el limbo, en esa frontera que separa la vida de la muerte, plenamente consciente de que estaba a punto de atravesar uno de los dos mundos.

—Como estoy segura de que Luca tenía más intereses en este descubrimiento que yo —agregó con solemnidad—. Y, aunque nunca pude sonsacarle sus motivos y siempre sospeché que todo se debía a su necesidad por conocer sus orígenes, o quizá a su ambición, ahora, después de ver cómo te ha protegido entregando su vida innecesariamente, sé que solo buscaba un ancla a la que sujetarse en este mundo. Y esa ancla eras tú. Resulta paradójico que sea precisamente lo que lo ha alejado de él.

—¡Le has disparado tú! —la acusé impotente. Las lágrimas quemaban mis ojos y mi corazón sangraba ante el miedo de perderlo—. ¡Tú eres la única culpable de todo, de sus desgracias y de las mías! ¡Tu maldita ambición ha roto vidas, causando mucho dolor! Y todo por unas sucias monedas y una clave estúpida. No sé si eres más digna de lástima que de odio. Estás tan vacía, eres tan abominable que no puedo más que compadecerte y lamentar que compartamos la misma sangre.

Ornella dio un paso hacia mí sosteniendo con firmeza su pistola. Su ceño se acentuó, su gesto se endureció y yo alcé la barbilla para enfrentarla. El momento se acercaba.

—Ambas llevamos la mejor sangre del mundo, ¿acaso no has leído el diario? —increpó resentida—. La de una mujer que venció a su destino, que demostró que ningún hombre podía someterla. Una mujer llena de coraje y de fuerza que retó al mismísimo dux, que atravesó un país en guerra, que se enfrentó a sus enemigos y los venció. Una mujer que mereció gobernar un Estado, como yo merezco gobernar el mundo en su nombre.

Respiré hondo, testigo de su locura, de aquella particular y nefasta interpretación de un diario. Resultaba curioso cómo, según la mente del que lo leyera, cobraba un sentido u otro, cuando en verdad las palabras gozaban del mismo significado. En ocasiones, a veces no se leía lo plasmado, sino lo que se necesitaba leer, a menudo para justificar un acto, un pensamiento o una doctrina. ¡Cuántas atrocidades se cometían acomodando un texto a los propios intereses, moviendo masas a conveniencia!

Definitivamente fue la compasión la que ganó en mi espíritu, lo que no mermó el dolor y la rabia que sentía.

—Alonza solo fue fiel a su corazón —repuse categórica—, no a la ambición, ni a la venganza, ni al odio, a pesar de necesitarlos como armas. Luchó porque no le dejaron otra opción, y lo hizo con coraje, sí, pero lo único que movió su corazón a ello fue el amor que sentía por un hombre, un hombre tan grande como ella. Nunca aspiró a tener más poder que el de manejar su propio destino. Su único deseo se reducía a ser libre, a amar y ser amada. Si hubiera querido gobernar el mundo, habría intentado poner en práctica esa clave, pero no lo hizo, la escondió. Y ¿de veras crees que una maldita frase podrá someter a la humanidad? ¿Tan lejos llega tu locura?

Dio otro paso hacia mí. Comencé a deslizar la pistola fuera del bolsillo.

—Los evangelios cambiaron el mundo —murmuró rotunda—, el Corán y la Torá también, y ahora…, la humanidad nunca había estado tan perdida ni tan dividida. Un caldo de cultivo perfecto para sembrar una semilla que, bien regada, puede germinar y dar sus frutos. Sí, lo creo, y voy a demostrarlo.

La mochila estaba a mis pies. Sabía que cualquier movimiento brusco por mi parte podía activar su gatillo, así que decidí acompañar mi intención de palabras.

—Demuéstralo —la animé, y miré hacia abajo para atraer su mirada en dirección a la mochila—. Coge el tesoro y la clave y cumple tu sueño.

Empujé la bolsa con la punta de mi pie, impulsándola suavemente hacia ella.

Cuando vi su intención de agacharse para cogerla, extraje completamente la pistola del sesgado bolsillo y disparé.

Ella me imitó.

En mis oídos resonó el eco de la detonación y a mi olfato acudió el aroma acre de la pólvora. Todo mi cuerpo temblaba, incluso temí caer de rodillas sobre la cubierta. Pero no fue el mío el que se desplomó.

No obstante, otra bala pasó entonces letal junto a mí e impactó contra el motor. Me precipité al suelo cubriendo el cuerpo de Luca, huyendo de la explosión que rugió en la noche con la misma virulencia que la angustia que me sacudía.

Las llamas comenzaron a elevarse en busca de aire, voraces y vibrantes. Su furibundo crepitar flotó en la brisa nocturna y su flamígero resplandor doró el profundo azul de la noche con destellos parpadeantes.

Un potente crujido quebró la embarcación y el agua empezó a penetrar en el interior. Un pánico demencial me asaltó. Me puse en pie y comencé a buscar chalecos salvavidas en los compartimentos laterales. Encontré uno y se lo coloqué a Luca denodadamente.

Me detuve junto al cuerpo de Ornella. Todavía respiraba, a pesar del charco de sangre que la circundaba. Alargó su mano hacia mí. La herida de bala que atravesaba la mitad de su pecho apenas le concedería unos breves instantes de vida.

—Alonza…, llévame contigo… —musitó débil.

La miré confusa y ella apresó con inusitada fuerza mi muñeca. Sus ojos se abrieron desmedidos, asombrados y emocionados.

Y entonces, como un fugaz relámpago de luz, mi mente se abrió a aquel día. Mi alrededor se desdibujó y, en mitad de aquellas danzantes llamas, mi conciencia se nubló llevándome a otro incendio…

Ante mí tenía aquella carta. Apenas me había dado tiempo a repasarla cuando me la arrebataron de las manos, y sin embargo sabía lo que ponía, porque la había escrito yo.

Miré hacia abajo y el vestido de mis visiones estaba ahí, sobre mí. Alcé trémula las manos con la mirada fija en los encajes de los puños, en los ricos damascos de la falda, en las perlas engarzadas y en el largo mechón ondulado y platino que caía sobre mi escote. Y entonces recordé…

Querido Lanzo:

 

Hace días que sueño con mi muerte. Sé que algo va mal en mí, como sé que lucharé para traer tan deseado hijo al mundo. No obstante, la certeza de mi muerte pesa tan rotunda sobre mí que a veces me cuesta respirar, el miedo me atenaza y me escondo para llorar en silencio tan devastadora certeza.

Sé que asistirás a mi parto, y sé que ninguna mujer podría tener jamás mejor médico a su lado ni mejor hombre. Pero la muerte siempre acaba por cobrar sus deudas y yo he logrado esquivarla varias veces. No obstante, sé que esta vez no lo conseguiré, mis sueños así me lo dicen. No es fácil tener conocimiento de tan trágico suceso; sin embargo, lo agradezco, pues vivo cada instante a tu lado con más viveza de lo que ya lo hacía. Además, tengo la oportunidad de despedirme, pues si estás leyendo esta carta significa que mi premonición se ha cumplido.

Amor mío, no he muerto, pues vivo en ti y en mi pequeño, que sé que cuidarás por los dos. No quiero que pases la vida lamentando mi muerte; deseo que la vivas intensamente, pues yo estaré a tu lado, ya no en cuerpo, pero sí en alma, y sonreiré allá donde esté, cuando tú lo hagas. Y cuando llegue el final de tu existencia, yo iré a buscarte para vivir eternamente.

Sé que renaceremos, pues un amor como el nuestro es más poderoso que la vida y que los tiempos. Y nos buscaremos sin descanso hasta encontrarnos, da igual las vidas que necesitemos hasta lograrlo, porque lo conseguiremos. Tengo confianza ciega en el destino, y sé que nos marcará de algún modo para reconocernos.

Me gustaría pedirte que si nuestro bebé es niña se llame Chloe, su vida fue arrancada impunemente de este mundo y un alma como la suya debe volver. Si es niño, quizá Angelo también merezca regresar; fue tu padre y también truncó su vida la maldad.

Siento ya las contracciones y cómo mi cuerpo hierve de vida. Es una sensación tan maravillosa que es un regalo poder sentirla, más cuando tenía pleno convencimiento de que era algo imposible para mí.

¡Un hijo nuestro, amor mío! Todo ha merecido la pena, Lanzo, todo, solo por estos dos años de desbordante felicidad a tu lado, por este hijo que nos unirá siempre y que te ayudará a vivir sin mí.

No culpes a nadie de mi pérdida, pues no hay más verdugo que el destino. Todos tenemos un tiempo en esta vida y el mío se agota.

He vivido intensamente, he amado apasionadamente y he luchado incansable, y aunque mi deseo era envejecer a tu lado, no me queda más remedio que aceptar mi final. Es curioso, cuanto más viva me siento, más alargada es la sombra de la guadaña sobre mí.

¡Te amo tanto que no hay palabras en el mundo ni gestos suficientes para demostrarlo! Por eso sé que volveré a encontrarte, mi amor, porque una vida no es suficiente para nosotros.

Tuya, mi Lanzo, por siempre… En mi último suspiro enlazaré nuestras iniciales para que se busquen.

 

Siempre a tu lado, amor mío.

Salí abruptamente de aquella ensoñación cuando la lancha comenzó a escorarse por el peso del agua.

Cuando intenté apartarme de Ornella, que clavaba en mí una mirada vacua y ya sin vida, me di cuenta aterrada de que había atado mi muñeca a la suya. Forcejeé histérica y grité mi pavor, solo logrando que el cuerpo de la mujer se abalanzara sobre mí. Su peso y la inclinación de la cubierta me arrastraban al mar. Conseguí aferrarme a la borda, pero el cuerpo de Ornella cayó al agua, convirtiéndose en un pesado lastre que no supe cuánto iba a lograr aguantar.

Detecté de soslayo un movimiento a mi izquierda. Atónita, comprobé que Luca intentaba incorporarse. Se había quedado enganchado en un rincón y la barra de la silla de control había impedido que se deslizase hacia el mar.

El peso de Ornella tiraba implacable de mí, que apreté los dientes mientras observaba cómo Luca intentaba acercarse. Había perdido tanta sangre que apenas podía moverse. Cuando vi que había conseguido quitarse el chaleco y me lo lanzaba, el dolor y la impotencia me masacraron.

—¡Nooo…!

—Vive… por mí…

—¡Luca, vuelve a ponértelo! —grité desaforada.

Pero no me contestó. Un nuevo crujido y un estertor, como si la lancha tuviera vida y la estuviera perdiendo, provocaron otra sacudida y Luca cayó por la borda.

Grité desgarrándome el pecho. Tenía que salvarlo, pues en su corazón latía el mío.

Aferré el chaleco con fiera determinación y me lo puse, no sin esfuerzo. Y entonces me solté y me zambullí en las negras aguas.

Tomé el brazo de Ornella y acerqué su muñeca a mi boca. Por fortuna era un cordel de soga que pude mordisquear. La desesperación me constreñía imaginando el cuerpo de Luca hundiéndose en la laguna.

Gruñí furiosa cuando, tras un violento tirón, la cuerda se rompió. Me quité el chaleco y me sumergí en el agua, buceando angustiada.

Los restos de la lancha continuaban en llamas, y fue esa luz la que iluminó lo suficiente mi visión para localizar el cuerpo de Luca, que descendía lánguido hacia el fondo.

Braceé alocada en su dirección, descendiendo todo lo veloz que pude. Cuando llegué hasta él, rodeé su pecho con un brazo y me dispuse a nadar hacia la superficie. Su peso me frenaba, pero insistí, apelando a toda mi fuerza de voluntad y hasta la última reserva de energía que me quedara en el cuerpo.

Rodeada de burbujas y ya casi sin aire, aceleré las brazadas con los pulmones quemándome y el agotamiento venciéndome. Me sentí peligrosamente mareada y redoblé mis esfuerzos.

Cuando finalmente salimos a la superficie, boqueé ávida de oxígeno y logré todavía nadar hasta un largo tablero. Lloré de furiosa impotencia cuando fui incapaz de sujetar a Luca en él. Se escurría continuamente, y a mí me fallaban las fuerzas.

En ese momento, una potente luz me cegó.

—¡Agárrese al salvavidas!

Un rígido flotador cayó a mi lado. Me aferré a él sin soltar a Luca.

Una patrulla costera se acercó y varias manos tiraron de nosotros.

Cuando caí en la cubierta jadeante y exhausta, cerré los ojos y lloré de alivio, liberando toda la angustia sufrida.

Un alivio que exterminó cruelmente una voz:

—Ella parece estar bien, pero él no respira.

Me arrastré hasta Luca, que, boca arriba, estaba siendo examinado por dos hombres uniformados.

—No…, no…, no…, él está vivo —gimoteé agónica.

Uno de los guardacostas volvió a comprobar las constantes vitales y negó con la cabeza.

—Lo lamento, señora, pero ha muerto.

No oí ni vi nada más, el dolor me golpeó tan violentamente que, aturdida, me abalancé sobre él y lo agité con brusquedad chillándole que abriera los ojos. Sollocé desesperada y grité su nombre, pidiéndole volver, me abracé a su pecho y supliqué que no me dejara. No…, no podía perderlo.

—Sujetadla, necesita un calmante.

Me debatí enloquecida entre brazos extraños. No sentí el pinchazo, pero sí sus efectos. La negrura comenzó a envolverme y solo ansié no despertar.