CAPÍTULO 48

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LA BÚSQUEDA

Vestida de marinero, con el cabello corto, sin afeites, cosméticos ni más adorno que mi esperanza, partí del puerto de Venecia en una galera, donde engrosaríamos la flota de Tommaso Morosini rumbo a Candía para bloquear el estrecho de Dardanelos. Allí nos esperaba otra flota comandada por Antonio Capello, que, junto a la milicia enviada por el gobernador de Candía, preparaba una contraofensiva para repeler la conquista otomana.

Durante la travesía recopilé datos sobre lo acontecido en los fuertes caídos. Al parecer, un reducido grupo de supervivientes escaparon para avisar a los habitantes de La Canea de la inminente invasión, entre los que se creía estaba Lanzo, pues los informes hablaban de un médico en el destacamento. Sin embargo, ya era tarde, pues el sitio había empezado. Aun así, lograron infiltrarse en la ciudad y defender sus murallas. Pero los otomanos se establecieron en el bastión de San Demetrio, desde el que lanzaron tales ataques que la guarnición veneciana se vio obligada a capitular. No obstante, y para mi completo alivio, y según la capitulación, se estipuló que los habitantes saldrían libremente de la ciudad llevándose consigo los efectos más valiosos.

En la galera, y protegida de la lascivia de la tripulación por un gigante corpulento de aspecto pendenciero llamado Ahmed, a mi lado por cortesía del duque, aprendí a usar la espada y el arcabuz. Y allí, en las bodegas y las cámaras de la nave, comprobé que la necesidad ya no solo de sexo, sino de contacto, desdibujaba los géneros, pues presencié escenas más impúdicas e indecorosas que las de cualquier burdel.

En la soledad de las noches recordaba a Gina y lloraba nuestra despedida, ansiando poder regresar solo para recuperarla. Suspiraba por tener los brazos de Lanzo alrededor de mi cuerpo, casi sentía su cálido aliento en mi cuello, y entonces, solo entonces, lograba dormirme.

Atracamos en Malta para reabastecernos y unirnos a las fuerzas aliadas. El Estado veneciano recibió veinte galeras de España, de los Estados Pontificios y de Toscana, sumando así más de cien. Y, de ese modo, partimos hacia Candía.

Jeronimo Morosini, al mando de aquella imponente flota, salió al encuentro de la escuadra enemiga comandada por el yerno del sultán Ibrahim, el bajá Yussuf, que rehuyó el enfrentamiento directo, por lo que Morosini tuvo que contentarse con saquear las poblaciones de Mondon, Patras y Koron.

En tierra, aproveché para desertar junto a Ahmed en mitad de una escaramuza. Que aquel gigante de ébano conociera la lengua facilitó enormemente la búsqueda.

Tocada con un turbante que ocultaba mi claro cabello, vestida de hombre y con el rostro tiznado, robamos unos caballos y viajamos hasta La Canea.

Conseguimos adentrarnos en la ciudad tomada por los moriscos y preguntar a algunos soldados por un joven médico veneciano de ojos color cielo. No obtuvimos ninguna pista hasta que un hombre nos dijo que había oído rumores sobre un médico que pensaban enviar al sultán por sus grandes dotes para la sanación. Lo llamaban el Galeno, y lo retenían en las prisiones de la ciudad a la espera de ser embarcado rumbo a Constantinopla para tratar los accesos de ira y la locura que aquejaban a Ibrahim.

Sentirlo tan cerca me impregnó de una impaciencia casi dolorosa. Ahmed opinó que el mejor momento para intentar liberarlo era durante el traslado al puerto, justo antes de embarcar. No obstante, yo barajé otras opciones menos arriesgadas. Había traído una buena bolsa de dinero para afrontar contingencias, y ese era el instante de usarla. Sobornaría al carcelero para que dejara libre al Galeno.

Ahmed me había avisado del carácter falaz de algunos carceleros, pero decidí correr el riesgo antes de llegar a un peligroso enfrentamiento.

Cuando aquella noche, apostados tras un promontorio rocoso junto a las prisiones, el guardián asomó con un preso con la cabeza cubierta y las manos atadas por delante con una áspera soga de la que tiraba a empellones, el corazón me dio un vuelco en el pecho.

Pero cuando el hombre casi arrancó la bolsa de mi mano y regresó al interior de la cárcel, un creciente desasosiego me invadió.

Era noche cerrada, y un búho la guardaba con su peculiar ulular. Las escasas antorchas que circundaban aquel bastión apenas lograban aclarar las inmediaciones. Un nervioso relincho de caballos y un coceo inquieto nos impelió hacia nuestras monturas. Si nos descubrían, no tendríamos ninguna oportunidad. Le quité el saco de la cabeza y apenas pude ver un largo cabello negro desgreñado, una barba oscura y la claridad de una mordaza. Sin embargo, mis sentidos se pusieron en alerta.

—Ahmed, prende una rama en esa antorcha.

—Señora, hemos de partir de inmediato.

La azulada oscuridad apenas recortaba su silueta, pero había algo en la de ese hombre que me provocaba una extraña sensación insidiosa.

—Hazme caso, tengo que saber si es él.

Obedeció mientras yo desataba la mordaza, aunque no sus muñecas.

—¿Lanzo?

El dorado resplandor de la llama que alzaba Ahmed me dio la respuesta.

Ahogué una imprecación y retrocedí instintivamente dos pasos, desenvainando mi espada. Le dirigí una mirada enconada y apreté los dientes sofocando la rabia que me despertaba.

No lo había visto desde aquel trágico día en que me atacó y me violó. Habían pasado ya muchos años de aquello y mi profundo odio continuaba tan vivo como entonces. Él era uno de esos demonios que solo sembraban maldad allá adonde fueran. Maltrataba y vejaba a su esposa, la dulce Giulia, desde el primer día que la desposó. Pensé que seguramente ardería en deseos de enviudar, quizá tanto como yo de arrancar a aquel monstruo de esta vida.

Los verdes ojos de Marco Rizzoli me observaron con extrañeza, como si no terminara de reconocerme.

Me acerqué a él clavando mi mirada en la suya, apuntando con mi espada a su entrepierna. Me quité el turbante y le sonreí sibilina.

—Esta vez me he cortado el pelo yo sola, no tu hermana mientras tú te burlabas.

El reconocimiento asomó a sus ojos teñido de temor y desasosiego.

—Eso fue hace mucho. Ya no soy el mismo.

Amplié mi sonrisa con cinismo y negué con la cabeza.

—No, eres aún peor.

—Alonza, debemos alejarnos de aquí, corremos peligro.

—Ahora mismo, tú más que yo —apostillé incisiva.

—Eso pasó hace tiempo —justificó suavizando el tono—, estamos en territorio enemigo, nos ejecutarán en el acto si nos descubren.

—Dime dónde está Lanzo y te soltaré.

Sostuvo mi mirada, intentando averiguar en ella si decía la verdad.

—Se lo han llevado.

Hundí algo más la punta de mi hoja entre sus piernas, y Marco retrocedió y chocó contra el árbol que tenía detrás.

—¿Adónde?

—Hacia el puerto, esta mañana. Has llegado tarde.

Fue dolorosamente evidente el tono complaciente que translució en sus palabras.

—Entonces iremos hacia el puerto. Si me mientes…

—Habrá embarcado ya, y me has prometido soltarme —rezongó contrariado.

—Pero no te he dicho cuándo.

Marco me fulminó con la mirada, pero no replicó.

—Ahmed, súbelo a tu montura como si fuera un fardo, hemos de aprovechar la noche.

Y, así, cabalgamos veloces en una noche cálida y estrellada; yo aferrada a un último hilo de esperanza: una pista concisa sobre su paradero.


Amanecía cuando los largos mástiles de las embarcaciones amarradas en la bahía se recortaron contra lánguidas nubes, lamidas por un sol aún dormido.

Un intenso olor a salitre y a brea perfumó el aire que acariciaba nuestros rostros. Varios marineros maniobraban ya el entramado de cabos para desplegar las triangulares velas de una galera imponente, que comenzaron a caer con pesada parsimonia, como el rígido verdugado de una dama. Los largos remos recogidos durante la noche atravesaban la ancha cubierta como el enrejado de una valla. Varios grumetes lanzaban baldes de agua sobre los maderos para proceder a su limpieza, otros se afanaban en las gavias, preparando la inminente partida.

El gallardete que ondeaba en la punta del mástil central era rojo y representaba una media luna y, al lado, una pequeña estrella en color blanco.

Parecía una galera real por la rica ornamentación de su popa y las dimensiones de eslora. Quizá fuera en la que partiría Lanzo, si no lo había hecho ya en cualquier otra.

Nos detuvimos cerca de un almacén de carga y desmontamos. Marco se quejó dolorido cuando Ahmed lo depositó en el suelo con excesiva rudeza.

—¡Es la galera real! —exclamó impresionado—. El bajá Yussuf la comanda, este lugar debe de ser un fortín. No podrás acercarte sin que te arresten. Suéltame ya. Lanzo no está aquí.

—Lo haré —aseguré—, a su debido tiempo.

Me acerqué al oído de Ahmed y le susurré mi plan. El gigante eunuco asintió y se aprestó a seguir mis precisas indicaciones.

Sonreí para mis adentros y apunté con mi espada a Marco, que fruncía el ceño malhumorado.

Me apoyé en el muro del almacén y, de vez en cuando, oteaba por la esquina.

—Dime, Alonza, de todos los hombres que habrán pasado por entre tus piernas, ¿has encontrado a alguno tan vigoroso como yo? —acicateó sonriendo pérfidamente.

—No hubo hombría alguna en lo que me hiciste —respondí intentando mantener la calma—. Aquello fue un acto de cobardía propio de tu verdadera condición: una bestia inmunda. Pero si te refieres a esa insignificante arma con la que me atacaste, te falta mucho para que puedan llamarte «hombre».

Pude ver cómo su mandíbula se tensaba y sus ojos relampagueaban furibundos.

—Ni siquiera sé cómo lograste preñar a Bianca —azucé disfrutando de su asombrado semblante.

—¡Maldita zorra!

Hizo ademán de atacarme, pero presioné con la punta de mi hoja en su pecho y lo miré amenazante.

—Un paso más y te ensarto como una salchicha.

—Si me desatas, puedo ensartarte yo con la mía —replicó burlón, relamiéndose—. Aunque sin un hijo que poder arrancarte de las entrañas no será tan divertido.

Esta vez no pude contenerme, lancé una estocada en su hombro y lo atravesé con todas mis fuerzas. Marco profirió una maldición y se tambaleó hacia atrás. Se aferró el hombro herido con la otra mano, intentando contener la sangre que brotaba empapando su harapienta túnica.

—Vas a pagar por esto, lo juro —escupió colérico.

—No, ahora es tiempo de cobrar deudas, y la tuya será la más jugosa, te lo aseguro.

Al fin regresó Ahmed y asintió sonriendo cómplice.

—Han aceptado —murmuró.

—Pues vamos.

Amordazó a Marco y tiró de la cuerda que ataba sus muñecas, obligándolo así a caminar tras nosotros.

Un morisco nos acompañó al muelle, escoltándonos. En la pasarela, otro nos detuvo y examinó a Marco con agudo desdén. Finalmente asintió y miró a Ahmed. Cruzaron unas palabras y, entre aquella lengua extraña, intenté fútilmente interpretar los gestos de ambos, ávida por una señal consoladora.

Acto seguido, el interlocutor de Ahmed abrió la portezuela de la borda y obligaron a Marco a subir a cubierta. Él comenzó a gimotear asustado, a sacudir la cabeza y a intentar desasirse del hombre que lo sujetaba. Finalmente me miró preso del pavor y yo sonreí.

—Te he soltado como prometí —aclaré sin ocultar mi diversión—. Para ser más precisa, te he canjeado por una respuesta. Tengo mi respuesta, y ellos tienen un regalo para el harén del sultán: un nuevo eunuco. Por lo visto, el anterior, Sumbullú, murió hace poco. Ahmed les ha dicho que te encanta estar rodeado de mujeres. No podrías desear mejor esclavitud que esa, ¿no te parece?

Comenzó a agitar la cabeza negando vehemente y gruñendo como un cerdo a punto de ser sacrificado. Y, en efecto, una parte de él pronto lo sería.

Ahmed y yo nos alejamos del muelle y, ya cerca de los caballos, me volví ansiosa hacia él.

—El Galeno se tiró por la borda, no han desatracado porque andan buscándolo por los alrededores —me informó—. Pero hoy al mediodía partirán.

No supe qué pensar sobre aquello, pero sentí una amalgama de emociones contrapuestas que solo sembraron más inquietud en mí.

Mi desangelado semblante arrancó del gigante una sugerencia.

—Deberíamos regresar a Venecia. Si está vivo, es lo que intentará hacer él. Y, si está muerto, no tiene sentido esperarlo aquí.

—Pero quizá podamos encontrarlo y regresar juntos —opiné reticente a marcharme sin él—. Quizá esté herido y necesite nuestra ayuda.

—Encontrarlo en mitad de una guerra y en territorio enemigo es bastante improbable y arriesgado —rebatió con firmeza—. Cada día que paséis aquí aumentarán las posibilidades de que seáis hecha prisionera o de que os maten. Confiad en él: si es un hombre de recursos, regresará en vuestra busca.

Finalmente acepté su consejo, pero no sin antes explorar el litoral que bordeaba el muelle a ambos lados.

Permanecimos unos días inspeccionando calas y buscando alguna pista significativa, pero todo fue en vano. Ni rastro de Lanzo.

Profundamente decepcionada, asustada y angustiada por su destino, comprendí que solo podía hacer una cosa: regresar y esperar que fuera él quien me buscara.

Aquella última noche en La Canea fuimos asaltados por unos merodeadores. Me enfrenté con denuedo a uno de ellos y, cuando Ahmed intentó ayudarme, me negué.

—Si voy a regresar, necesitaré una cabeza, y pienso cortarla yo misma.