CAPÍTULO 28

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UNA EFÍMERA BOCANADA DE AIRE

Abría y cerraba la boca boqueando como un pez, intentando ordenar mis despuntadas emociones y serenar mi alocado corazón.

Despertar de mi desvanecimiento en los brazos de Lanzo, saberlo vivo y a mi lado era un sueño cumplido que contrastaba con el acusador y sufrido rictus que lucía su rostro, que encogió mi pecho y evaporó con aquel frío rencor la dicha de encontrarlo.

Tuve que apartar los ojos de la dureza que me regalaba su húmeda mirada.

Estábamos solos en la galería exterior, mi cabeza reposaba en el regazo de Lanzo, que, de rodillas, me contemplaba con un ceño tormentoso.

—¡Estás vivo…! Me dijeron que no… que no lo estabas.

—A mí me dijeron lo mismo de ti. Hubo testigos que vieron cómo te llevaban a Poveglia. Fui por ti, pero no te encontré. Imaginarte parte de ese cieno de cadáveres calcinados me destrozó.

Esa revelación me detuvo el pulso.

Me abracé a él y temblé entre sus brazos. La pena me ahogaba, también el alivio de poder sentirlo cerca.

—Logré salir con vida de aquella isla inmunda. Y yo… también te busqué en Padua.

Lanzo bajó la vista, una profunda contrición contorsionó sus facciones.

—También lo sé, por eso regresé.

Me aferré a sus brazos y lo contemplé llorosa y desgarrada por la abrumadora necesidad de tomar sus labios, de fundirme en él y de gritarle que lo amaba más que a mi vida.

—Y lo que me dijeron de ti, lo que… —Su voz se quebró. Apretó con fuerza los labios y tomó aire antes de poder continuar—: Lo que acabo de ver…, yo…, mi corazón ha vuelto a morir.

—¡No digas eso! —exclamé estrangulando un sollozo—. ¡Estamos vivos, mi amor, el resto no importa!

—Claro que importa, porque yo… yo ya no te conozco.

—Lanzo… —Mis ojos vertieron un torrente de lágrimas que empaparon mis mejillas y secaron mi corazón—. Soy la misma, o la que me dejaron ser al menos. Y te sigo amando como siempre, más incluso, mucho más, y ahora que estás aquí, a mi lado, solo quiero vivir por y para ti.

Él suavizó la mirada y acarició mi rostro dulcemente. Las lágrimas acumuladas finalmente se derramaron en brillantes surcos zigzagueantes. El dolor empañó su faz y tensó su cuerpo.

—¿Tienes la más remota idea de cómo me siento?

Fruncí mi rostro con una mueca atormentada y cerré los ojos, hipando entre sollozos.

—Sufrí tu duelo, Alonza. Jamás imaginé que algo intangible como el dolor emocional pudiera desgarrar físicamente, pero tu pérdida lo hizo posible. Sentí como si mil puñales me atravesaran con cada exhalación y maldije estar vivo. Supliqué a Dios que me llevara contigo, porque yo… ya estaba muerto, y dolía, dolía demasiado. Pensé que el tiempo me otorgaría al menos algo de paz, pero me equivoqué: vagaba por las calles como alma en pena, apenas comía, no dormía, y las noches… las noches eran lo más parecido a un infierno. —Hizo una pausa para tratar de retomar el control de sus emociones. Ver aquel desgarrador esfuerzo por apaciguar su ánimo y dar voz a su sufrimiento sin desmoronarse desbordó mi llanto—. Entonces el destino guio mis pasos hacia lo que creí mi resurrección.

Clavó sus emocionados ojos en mí, y tuve que reprimir el deseo de besarlo hasta desfallecer.

—En Padua yo acudía tras las clases a ayudar a un viejo apotecario, que se ofreció a complementar mi formación en la universidad con la práctica y la experimentación. Era algo así como mi mentor. Cuando regresé a Padua para recoger mis cosas, tras haber estado desaparecido roto de dolor en tu busca, me topé con él y me pidió que acudiera a su botica, que tenía algo para mí. Era un remedio contra la pena, según él milagroso, y que levantaría mi ánimo. Estando allí, llegó una mujer que había encargado un preparado para ella y esperó a que me despidiera de mi maestro. Fue en ese momento cuando oyó mi nombre de boca del anciano y, estupefacta, se acercó a mí.

Agrandé los ojos intrigada y mis dedos se crisparon en torno a sus brazos.

—Dijo que te conocía, que estabas viva y que andabas buscándome. Era actriz en una compañía de teatro ambulante, se llamaba Martia, y me pidió que fuera a Venecia en tu busca, sin pérdida de tiempo. No puedo explicar lo que aquella nueva supuso para mí. Temí que fuera un engaño, no encontrarte, pero nunca imaginé que mi mayor temor fuera encontrarte no solo besando a mi amigo, sino, además, descubrir en lo que te habías convertido. Y ahora estoy aquí, contigo entre mis brazos, muriendo por besarte y llevarte muy lejos del mundo. Y, al mismo tiempo, hirviendo de furia, sepultado por la incomprensión y preguntándome quién es esta preciosa y elegante mujer que yace en mi regazo.

Su voz se apagó en un murmullo que la brisa nocturna deshilachó en un silencio vociferante. Nuestros corazones gritaron el dolor sufrido y la incertidumbre por un reencuentro imprevisto, cargado de su reproche y mi desolación.

Me incorporé y acerqué mi rostro al suyo, lo tomé con ambas manos y fijé mis ojos en los suyos.

—Yo sí pasé un infierno ese maldito día, te lo aseguro. Toda mi vida se desmoronó en un instante y, como pude, logré sobrevivir, pero una parte de mí se quedó en aquella isla aquel día. Luego, tras recuperarme en casa de un pescador y su mujer, fui en tu busca, pero la vida aún me guardaba el último zarpazo. Dijeron que estabas muerto, y me negué a creerlo, así que fui en tu busca. Pero habías desaparecido, y nada podía saber de ti. Así que tuve que tomar la decisión de coger las riendas de mi vida, y lo hice.

—¿Vendiendo tu cuerpo? —escupió ofuscado.

—¿Casarme sin amor no habría sido lo mismo?

—¡No, maldición, no es lo mismo!

—No me dejaron otra opción —repliqué dolida—. Me arrebataron cuanto poseía.

—Y ¿pensabas recuperarlo entregándote a otros hombres por unas sucias monedas? —inquirió despectivo.

—No, pensaba y pienso vengarme.

Se apartó furioso y confundido. A continuación, se pasó las manos por su negro cabello y se lo revolvió con crispación. Se puso en pie y me dio la espalda asomándose por la baranda. Hundió la cabeza sobre su pecho y sus hombros retemblaron presos de silenciosos sollozos.

Yo también me puse en pie y me detuve tras él, pero no fui capaz de tocarlo, aunque la necesidad de abrazarlo me desgarraba.

—Caterina y Bianca me robaron el anillo que me regalaste, me enfrenté a ellas y, en la discusión, Marco me atacó: me llevó a mi cuarto, me golpeó y me violó. Perdí a nuestro hijo aquel día. No tuvieron suficiente: tu padre se deshizo de mí acusándome de estar infectada. Me llevaron a Poveglia, rota en cuerpo y alma, y todavía me pregunto cómo logré salir de allí.

Lanzo se giró hacia mí con los ojos desorbitados y el rostro desencajado. Lívido, trémulo y completamente espantado, abrió la boca y la cerró sin encontrar nada que decir, pero mostrando el horror que lo constreñía.

Gruesas lágrimas recorrían su rostro, tenía los puños apretados y el rictus estirado en una mueca de furiosa frustración. Pero fue el profundo dolor que manaba de sus ojos lo que arrancó un sollozo roto de mi garganta e hizo flaquear mis rodillas. Sin embargo, fueron las de Lanzo las que se doblaron. Se sentó en el suelo sobre sus gemelos, hundió los hombros, clavó la barbilla en su pecho y se sacudió en sollozos.

Caí de rodillas frente a él y lo abracé entre acerbas lágrimas. Permanecimos un largo instante así, compartiendo la amargura que nace ante la impotencia de un destino tan cruel e injusto, y liberamos nuestro dolor sabiendo que ninguno encontraría solaz en ello.

Cuando por fin él se apartó y me miró, lo que vi en su faz me conmocionó. Un feroz rictus furioso desfiguraba sus facciones, sus mejillas, tan húmedas como rubicundas, encerraban un ánimo soliviantado y beligerante que amenazaba con derramarse irremisiblemente.

—¡Voy a matarlo! —explotó furibundo.

Se pasó las manos con trémula crispación por el cabello y, apretando los dientes, conformó una mueca desbordante de odio.

Se puso en pie y, abotargado de ira, hizo ademán de salir de la galería, pero me abalancé sobre él y lo detuve. Forcejeamos, y él finalmente me tomó por los hombros y me clavó una mirada mortificada.

—¡Van a pagar caro lo que te hicieron!

—Pero no así, no a costa de condenar tu vida.

—¿Mi vida? ¿Qué importa ya? Soy tan culpable como ellos.

—Estás desvariando, por Dios.

—No, no lo estoy —subrayó con voz quebrada—, yo sabía cómo eran ellos, la inquina que te mostraban a diario, y fui tan inepto que te dejé sola en esa maldita casa. Deberíamos haber huido cuando tuvimos ocasión, no creo que pueda perdonármelo nunca.

—No, Lanzo, no podías saber que llegarían tan lejos.

—Siento desprecio de mí mismo. Apenas puedo mirarte a la cara, pero juro por lo más sagrado que ajustaré cuentas con ellos y con la Providencia, pero también conmigo.

—No cometas una locura, te lo suplico —rogué desesperada.

—Alonza —su mirada se enterneció cargada de pena, su ceño se acentuó y su rictus compuso un mohín derrotado que me angustió—, ahora que conozco tu sufrimiento, mi impotencia es tan grande que apenas me deja respirar. Saber que mi descuido o mi exceso de confianza nos ha llevado a este punto me apuñala el pecho. Siento deseos de cobijarte en mi pecho y dedicar mi vida a sanar tanto dolor. Pero no puedo hacerlo, porque siento que no merezco tu amor ni tu perdón, como soy incapaz de otorgármelo yo mismo. Has rehecho tu vida de una manera que todavía no logro asimilar y que se suma al cúmulo de tragedias que se asientan a mis pies. Ahora mismo tengo tanta rabia dentro que me está consumiendo y necesito descargarla, necesito liberar este veneno antes de que acabe conmigo.

—No puedo dejarte ir ahora que te he reencontrado.

—Y yo no puedo quedarme hasta que me encuentre yo.

Tomé aliento en una bocanada larga y punzante, me dolía la cabeza y me escocían los ojos. Me sentía mareada y aturdida, y ya era incapaz de seguir enfrentándome a aquella situación.

—Adelante, márchate entonces —musité en un apagado hilo de voz.

Pero, cuando ya me giraba hacia la balconada, él me atrapó repentinamente y me rodeó con sus brazos.

—Jamás amaré a otra mujer, como jamás mi amor ha causado tanto daño a nadie. No te merezco, Alonza, y tu venganza empieza aquí, en mí, porque estar a tu lado sería recordarte cruelmente la atrocidad que cometieron los de mi sangre contigo. Ya sufriste demasiado por culpa de los Rizzoli, dudo ya que mi amor logre sanar cuanto te hicieron. Y yo… yo ahora me siento apenas una sombra rota y desmadejada, tan culpable como ellos y tan sucio que solo siento repulsión y pena. No sé si podré redimirme, pero lo intentaré, como también te prometo que, al igual que yo recibo mi castigo con tu pérdida, ellos recibirán el suyo de mi mano.

Me soltó y se marchó de la galería en dirección al interior de la gran sala, y me dejó trémula y confusa. Me aferré a la baranda y miré la noche. Ya no me quedaban lágrimas, ni corazón libre de cicatrices. Respiré hondo, plenamente consciente de que aquel reencuentro tan solo había sido una despedida.

La luna, única testigo de mi congoja, pareció sonreírme cínica, quizá burlándose de mi ingenuidad. No, la Providencia siempre se reservaba el golpe de gracia disfrazándolo de caricia.

Cerré los ojos y apreté la mandíbula. «Golpea, maldita —me dije—, juro devolver cada afrenta».

Cuando Carla apareció tras de mí, me volví hacia ella forzando un semblante hierático que se descompuso ante la mirada apenada que me dirigió. Abrió los brazos y me cobijó en ellos; sin embargo, no lloré, permanecí rígida e inalterable. Aun así, me dejé guiar por ella lejos del salón, de aquel palacio ruidoso y abarrotado, de la burlona luna y de la última brizna de aquella Alonza ingenua que una vez fui.


Días después se extendió por toda Venecia el violento altercado sucedido en casa de los Rizzoli.

Según se contaba, Lanzo había intentado agredir a Marco, y la pelea entre hermanos había sido brutal. En mitad de la reyerta, Fabrizio se había interpuesto entre sus hijos y había resultado gravemente herido de manera accidental. Marco había podido escapar de la furia de su hermano pequeño, pero Lanzo había sido detenido y encarcelado por la agresión, por la que sería juzgado.

Aguardaba a Carla en su despacho, frotándome las palmas de las manos en el regazo mientras intentaba calmar mis nervios ante la larga espera. La culpa me ahogaba y la incertidumbre por el destino de Lanzo me angustiaba. Si no le hubiese contado lo ocurrido, eso no habría sucedido. Pero ¿de qué otra manera podría haberle explicado el rumbo que había tomado mi vida?

Todavía sentía en mi pecho su afilada mirada condenatoria, sus hirientes reproches y su desolada incomprensión. No obstante, ahora sabía que era mucho mejor que el dolor que le había causado la verdad.

De nada valía lamentarme, ahora solo importaba intentar ayudarlo a como diera lugar.

Cuando chirriaron los goznes a mi espalda, me erguí en la silla y respiré hondo. Olí el perfume de Carla y entrelacé los dedos para calmar el temblor que los acometía.

Me giré impaciente y el semblante con que me topé agudizó mi malestar.

—¿Qué has averiguado?

Carla tomó asiento con desesperante parsimonia, ordenó los pergaminos diseminados por su mesa, apiló sus libros de cuentas y, por fin, apoyó los antebrazos en la mesa y me miró con gravedad.

—El estado de Fabrizio es delicado, aunque creo que se recuperará —comenzó pausada—. Marco ha desaparecido de la ciudad, pero dicen que volverá para testificar contra su hermano. No me dejaron ver a Lanzo, pero fui a ver a Gabini. En su opinión, su defensa es complicada: hubo testigos de la agresión. Por fortuna, no hay muertes que lamentar, aunque esos dos no merecen otra cosa.

—¿Entonces? —inquirí ansiosa—. ¿Saldrá en libertad?

—No lo sé. Según Gabini, dependerá de la dirección que tome el juicio. Si quieren quitarse a Lanzo de en medio y declaran que tenía intención de matar a su hermano, cumplirá la condena que estipulen. Si logran demostrar que fue una simple pelea que se les fue de las manos, quizá quede en libertad.

—¿Quién lo va a defender?

—Su amigo, Andrea Caivano.

—Pero si es tan solo un asistente…

—Del mejor abogado de toda Venecia. Y por llevar la defensa de Lanzo se enfrentará a su maestro, ya que es el abogado de Fabrizio, como te contó Gabini.

Tragué saliva y la miré con honda preocupación.

—No tiene ninguna posibilidad de ganar —lamenté cogitabunda.

—El jurado decidirá, Alonza. Habrá que confiar.

—Debe haber alguna forma de ayudarlo. Yo… yo provoqué esta situación.

Carla negó con la cabeza y resopló discordante.

—No, muchacha, ni tú ni él realmente, ambos sois víctimas de ellos. Y me temo que poco podemos hacer al respecto, excepto rezar por que no agraven los cargos.

Apreté la mandíbula y asentí abatida.

—¿Cómo fue herido Fabrizio?

—No se sabe con certeza. Ambos habían desenvainado sus espadas, tras una pelea brutal a golpes. En ese instante apareció Fabrizio y se abalanzó sobre sus hijos, dicen que fue Lanzo quien clavó su acero en él, pero este lo niega y acusa a Marco.

—Entonces es la palabra del uno contra la del otro…

—No exactamente: Fabrizio también lo acusó a él.

—Y ¿por qué se ha marchado Marco de la ciudad?

—Porque teme que Lanzo vuelva a atentar contra su vida. Aunque está preso, no descarta que haya contratado a alguien para que lo mate.

—Es un miserable —escupí rabiosa—, yo misma lo mataría de toparme con él.

—Ese no es el modo de acabar con alguien —arguyó Carla intrigante.

La miré sin entender y alcé las cejas inquisitiva.

—La muerte es demasiado piadosa para algunos, y, además, tiene el inconveniente de que hay que ocultar el crimen. Existen más maneras de vengarse de alguien y más tormentosas.

—¿Como por ejemplo?

—Es tan fácil como desproveerlo de cuanto posee y cuanto ama. Como arrebatarle su dignidad, su orgullo y sus posesiones. Convertirlo en un ser despreciado por la sociedad, vilipendiado y deshonrado. Arrancarle el corazón, la dignidad y cuanto lo convierte en hombre, reduciéndolo a un simple despojo.

La observé con cierto asombro y marcada admiración. Sin duda aquella hermosa mujer pensaba con bastante asiduidad en la venganza, y supe que no se refería a la que a mí me concernía, sino, como bien había sospechado, a la suya propia. Y entonces comprendí en aquel instante el verdadero motivo de que se erigiera en mi paladín: compartíamos enemigos.

—¿Lo haremos juntas? —pregunté mirándola intencionada, revelando en mi gesto la conclusión a la que había llegado.

—Los Rizzoli aún no son conscientes de las grandes enemigas que se han creado.

Nos sonreímos mutuamente con gesto ladino y mirada cómplice.

—Fabrizio fue tu Marco, ¿no es cierto? —me atreví a barruntar.

Carla permaneció en silencio un largo instante. Su rostro se tornó severo perdido en amargos recuerdos que fruncieron su rictus con un velo furioso. Luego cerró los párpados y se esforzó por mantener la serenidad ante la remembranza de su pasado. Por fin, suspiró largamente y los abrió de nuevo. La dureza que vi en sus ambarinos ojos me sobrecogió.

—No, fue mucho peor. Quizá algún día tenga los arrestos de dar voz a aquella noche.

Alargué el brazo por encima del tablero de la mesa y cubrí con mi mano la suya. Carla me dirigió una mirada insondable, las comisuras de sus labios se estiraron levemente, dibujando una mueca que pretendía ser dúctil, pero que remarcó la acritud que seguía rezumando de ella.

—No necesito consuelo, Alonza, pero agradezco tu gesto.

Aparté la mano, sentí su incomodidad y me puse en pie con la intención de retirarme.

—Espero que este… contratiempo no impida que continúes con tu aleccionamiento y con tus citas.

—Mi destino, me temo, ya no tiene vuelta atrás.

Esbozó una sonrisa complacida y asintió como despedida.


Los días pasaban lentos a la espera del juicio y se convirtieron en desalentadores meses: el tiempo se dilataba, estirando mi agonía. Mi desazón por el destino de Lanzo me impedía concentrarme en las clases que me impartían por las mañanas. Había acudido a dos citas, que, a pesar de mis reservas iniciales tras el reencuentro con el hombre al que amaba, paradójicamente me habían servido para aligerar el cúmulo de emociones que me abotargaban. Descargar en mis clientes toda mi frustración, todo el odio y todo el rencor que rezumaba supuso un enorme alivio que finalmente agradecí.

Ya todo me daba igual, lo había perdido para siempre, y esa certeza me estrujaba las entrañas y constreñía mi pecho con cruel fiereza.

Había sobornado al guardia de la prisión para intentar verlo, pero él se había negado a encontrarse conmigo. Su rechazo, su situación y el dolor por aquel amor truncado me llenaban de una punzante desazón que comenzaba a convertir mi corazón en piedra.

Aquella mañana, enfrascada en un atlas mientras escuchaba las explicaciones del profesor, Carla interrumpió la clase de geografía y me condujo con expresión grave a su despacho.

Caminé tras ella conteniendo el aliento y rogando en silencio por que fueran buenas noticias.

Nos adentramos en la estancia y Carla, tras cerrar la puerta, se encaminó hacia su silla, tomó asiento y me pidió que la imitara.

—Tengo buenas noticias, creo.

Solté el aire contenido y aflojé los hombros.

—Han retirado los cargos contra Lanzo y han levantado la acusación. Esta misma mañana se ha firmado un auto de inocencia y ya ha salido de prisión.

—¡Gracias al cielo! —pronuncié aliviada y sonriente—. Finalmente se ha hecho justicia. Pero no entiendo por qué dudas que sean buenas nuevas.

—Por la condición que Fabrizio impuso para retirar los cargos.

Clavé una mirada impaciente en ella y me encogí de hombros aguardando una aclaración.

—Fabrizio, ya recuperado, acudió a la cárcel para negociar con Lanzo. Estuvieron hasta bien entrada la noche intentando llegar a un entendimiento. Nadie sabe de qué hablaron, pero sí los resultados. Lanzo queda libre de la ley, pero preso en su vida.

Fruncí el ceño, entorné la mirada confusa y volví a encogerme de hombros.

—Lanzo firmó los esponsales en su celda. Dentro de unos días contraerá matrimonio con su prometida, Bianca Lombardi.

Abrí los ojos como platos y, estupefacta, dejé escapar un leve gemido espantado.

—¡No puede ser! Lanzo preferiría mil veces la prisión a su unión con esa víbora.

—Pues es. No se habla de otra cosa en toda la ciudad. El escándalo es ya un jugoso chismorreo que corre como la pólvora de boca en boca.

No, me dije, era imposible, ¡con ella no!

Sentí tal peso en el pecho que creí desfallecer. Reprimí las ganas de gritar, me puse en pie temiendo desmoronarme y salí corriendo hacia mi habitación.

Me topé con las chicas en el pasillo, Chloe me llamó, pero la esquivé y subí apresurada la escalera.

Cuando cerré la puerta tras de mí, jadeaba y sentía que cada bocanada me quemaba la garganta, cada latido era una punzada lacerante y una profunda desolación embargó mi ánimo, pero no derramé una lágrima.

Me tumbé en el lecho, abracé la almohada y miré con fijeza por la ventana.

Oí la puerta abrirse y me encogí más, escondiendo mi rostro contra la almohada.

—Alonza…

Negué con la cabeza, pero unos pequeños pasos se acercaron titubeantes.

Sentí cómo Chloe se sentaba en el borde de la cama y posaba una mano sobre mi hombro.

—Necesito estar sola, pero no te preocupes, estoy bien.

—No, no lo estás, amiga. Y no quiero que me cuentes nada, solo quiero que me permitas tumbarme a tu lado y ofrecerte mi calor, nada más.

No esperó mi respuesta. Simplemente se acomodó tras de mí y me rodeó con sus brazos. Fue su calor y su cariño lo que finalmente hizo que mis lágrimas se derramaran. Había perdido muchas cosas en la vida, pero también había encontrado otras, personas que me ayudaban y que, sin conocerme, me habían ofrecido su apoyo y cuanto tenían por salvarme de la muerte y de mí misma.

Lloré en silencio hasta quedarme dormida, curiosamente dando gracias esta vez al destino por haber puesto en mi camino a Chloe. Aparté de mi mente la oscuridad que picaba insistente a la puerta de mi alma con saña, y que, por mucho que yo resistiera su empuje, se filtraba ladina por los quicios, arremolinándose espesa, blanquecina y húmeda, dilatándose en rizadas hebras que me envolvían los tobillos tirando de mí.