CAPÍTULO 42
EL COLGANTE
La casa de Zanetti era un palazzo restaurado a orillas del Gran Canal, pequeño pero ostentoso.
El taxi acuático nos dejó en la escalinata de entrada, donde una cámara de seguridad nos enfocaba. Luca llamó al timbre y enseguida oímos la puerta abrirse.
Una mujer de rictus adusto nos recibió con una seca inclinación de cabeza y nos condujo adentro. El interior no desmerecía la decorada fachada, pues una sucesión de obras de arte estaban diseminadas por un vestíbulo amplio y fastuoso con suelo de mármol y paredes estucadas.
Seguimos a la doncella hasta un despacho ubicado al fondo de la planta baja. El eco de nuestros pasos nos escoltó hasta aquella puerta robusta de madera de castaño, a la que la mujer llamó discretamente antes de abrirla para dejarnos pasar.
El señor Zanetti estaba cómodamente sentado en un mullido sillón de orejas situado frente a la chimenea, con una copa en la mano y un puro que pendía indolente en la comisura de sus labios. Ladeó la cabeza y nos dedicó un gesto ilusionado e impaciente. Se puso en pie y se encaminó hacia nosotros.
—Tomen asiento, por favor.
Nos indicó dos sillas frente a su gran mesa de escritorio y él se sentó en la cómoda butaca de piel que había al otro lado.
Luca, que se había mostrado todo el trayecto ausente y meditabundo, lo miró escrutador mientras introducía la mano en el bolsillo de su chaqueta.
—Estoy ansioso, señor Vandelli —murmuró Zanetti animado—, por anunciar en el club que he ganado la apuesta. No imagina…
—¿Dónde está el colgante? —lo interrumpió groseramente Luca.
Exhibió incitador el papel doblado donde había escrito el lema entre dos de sus dedos.
Zanetti torció el gesto molesto y asintió hierático.
Abrió un cajón de la mesa y extrajo un largo medallón que depositó sobre el tablero sin soltar la cadena.
Mis pupilas se dilataron y mi corazón se aceleró. Admiré con arrobado deleite aquel corazón trenzado de hojas, en cuyo interior había dos iniciales caladas: una artística «A» y una «L» entrelazadas.
Miré a Luca, que parecía contener el aliento. Alargó una mano para recorrer con la yema de los dedos el colgante con absoluta veneración.
—¿Puedo preguntarle qué galería de arte se lo vendió y cuándo?
Alzó la vista para clavarla expectante en Zanetti.
—Hace tiempo ya —respondió el hombre algo pensativo—, puede que haga tres años. Y la galería de arte es… —titubeó, haciendo memoria, aunque más bien parecía cavilar nervioso en busca de una respuesta—. Torcí, en Florencia.
—Y ¿preguntó por colgantes o simplemente se topó con él en la exposición?
Zanetti frunció el ceño receloso.
—¿A qué viene tanta pregunta? —se quejó contrariado—. Aquí tiene el colgante, es cuanto ha de importarle.
—Responda. —El tono severo e inflexible de Luca lo soliviantó perceptiblemente.
—No buscaba nada, simplemente lo vi en una vitrina y decidí adquirirlo.
Luca asintió, aunque no muy complacido, pues su ceño se acentuó y su mandíbula se tensó.
Entregó a Zanetti el papel y cogió el colgante. A continuación, sacó de otro bolsillo lo que parecía una lupa de joyero, se la encajó en un ojo y acercó la pieza para inspeccionarla minuciosamente.
—Solo es plata vieja. No tiene ninguna incrustación —señaló hosco. Acto seguido, se encogió enigmático de hombros—. No es lo que busco.
Zanetti se ajustó las gafas al puente de la nariz y desdobló el papel para leerlo.
Pude apreciar la ansiedad en su rostro y el brillo taimado y victorioso que asomó a sus ojos.
—A sus pies, Vandelli, y a los suyos, Alessia. Forman un equipo brillante —alabó sonriente.
—No tanto como el que forman ustedes —masculló Luca mordaz.
Lo miré intrigada. La gravedad de su semblante inquietó a Zanetti, que se puso en pie, impaciente por despedirnos.
—Bueno, nuestro acuerdo se ha resuelto satisfactoriamente por ambas partes. Ahora, si me disculpan, debo retirarme a descansar.
Luca alzó una ceja y sonrió sardónico.
—Salude a Sofia de mi parte y dígale que no tema, que sus cobayas siguen los pasos marcados —profirió con agudeza.
Se metió el colgante en el bolsillo y se puso en pie parsimoniosamente. Observó con atención la estancia y, tras recorrerla con detenimiento, asintió para sí. Luego, con un gesto seco a modo de despedida, abandonamos el despacho de Zanetti.
El taxi acuático nos esperaba bamboleante al pie de la escalinata.
—¿A qué ha venido tu actitud? —lo increpé mientras embarcaba.
Luca me siguió y se sentó a mi lado, rígido y huraño. Yo seguía confundida, desbordada y furiosa, y él, herido y resentido. Una parte de mí deseaba pedirle disculpas por mi arrebato, pero otra, más prudente, sellaba mis labios temerosa de recibir más golpes.
—A que mis sospechas no hacen más que confirmarse.
—¿Te refieres a tu teoría de los peones o de las cobayas?
Sonrió burlón y arqueó una ceja con suficiencia.
—A ambas, nena.
El tono pícaro de su voz desató un acuciante hormigueo en mi piel.
—Ilumíname.
—Zanetti no compró el colgante en esa galería —explicó observando las luces que punteaban la negrura del agua, procedentes de los edificios que flanqueaban el Gran Canal—. Llevo cinco años tras él, puedo asegurarte que he preguntado y movilizado a mis anticuarios conocidos en su búsqueda y, curiosamente, el dueño de Turchi es amigo mío. El colgante no ha estado jamás en una galería pública, o yo lo habría sabido. Loretta tenía por encargo llamar a nuevas galerías preguntando por él. Además, Zanetti no es coleccionista de antigüedades. No he visto ninguna pieza que lo indique en su casa, todas son actuales. Nos miente, y creo saber por qué. Poco a poco, todo comienza a tener sentido.
—Ya me gustaría a mí poder decir lo mismo —musité frustrada.
Me lanzó una mirada dolida ante mi reproche.
—Toda mi vida ha sido un completo enigma para mí —comenzó con pesadumbre—, desde mis orígenes hasta mi comportamiento, mis dibujos, mis aficiones y mis predilecciones. También lo eran mis sueños. Siempre buscaba respuesta, pero no había modo de hallarla. He vivido mortificado desde que tengo uso de razón, y he necesitado una gran fortaleza mental para no perder el juicio. Y solo, sin nadie a mi lado que pudiera darme solaz, sin una pista mínimamente coherente, sin consuelo ni ayuda alguna. Pero he sido pertinaz y paciente, comprendiendo que la furia aumentaba mi impotencia y hundía mi ánimo, repitiéndome que tarde o temprano encontraría la respuesta a esa pregunta que tú también me has hecho alguna vez. Y, aunque se escondía en mi fuero interno, no la dejé salir porque me aterraba.
Volvió el rostro hacia mí, preso de una tristeza tan anclada a su alma que de sus ojos brotó aquella negrura que todavía lo asolaba.
—Yo te comprendo como nadie, Alessia. También me dejé llevar por la ira, solo que no tuve a quien gritarle.
Me sentí tan culpable que solo fui capaz de abrazarlo. Luca no me rodeó con sus brazos, y aquello me desazonó.
Lo miré inquisitiva y preocupada.
—También comprendo tu postura —agregó grave—, tu distancia. Y, créeme, es lo más sensato. No quiero que mis sentimientos ni los tuyos hagan esto más difícil de lo que ya es. Será mejor que sigamos adelante, tan solo centrados en llegar al final de todo esto, y, como bien apuntaste, después decidir lo que realmente queremos o necesitamos hacer. No quiero que vuelvas a pensar que te utilizo, no creo que pueda soportarlo de nuevo.
Me costó tragar el nudo que se había formado en mi garganta. Tan solo asentí y me aparté de él, luchando contra el deseo de cobijarme nuevamente en su pecho. Pero, sin duda, ambos habíamos comprendido que nuestra relación solo complicaba la búsqueda, ya no del tesoro, sino de nuestros propios destinos.
Intenté focalizar toda mi atención únicamente en los descubrimientos y en lo cerca que estábamos de aquel secreto que tan celosamente Alonza había ocultado, dejando a un lado todo el amor que le profesaba a aquel hombre sentado rígido a mi lado, taciturno y sombrío, sumido en sus propias reflexiones.
—¿Dónde crees que encontró el colgante Zanetti?
—No lo encontró —repuso—, lo robó.
Alcé las cejas asombrada.
—¿A quién?
—A su dueño, que no es otro que Piero Rizzoli.
—Si mal no recuerdo, Piero murió hace cinco años. ¿Se lo robó estando vivo?
—Lo mataron para tres cosas: cobrar el seguro, evitar que descubriera quién era yo y robarle el colgante. Todo empieza a encajar, por fin.
Abrí mucho los ojos y parpadeé atónita.
—¿Quiénes?
—La viuda y Zanetti.
Me costó tragar saliva. Luca parecía imperturbable, casi ausente.
—Piero sabía de la existencia de ese diario e intentó hacerse con él. Cuando descubrió que tu abuela lo tenía, contrató a mi rival, Stefano, para intentar conseguirlo. Logró echarle un vistazo y tomó algunos apuntes, pero pronto entendió la complejidad que encerraba y supieron que me necesitaban a mí. Es fácil suponer que Zanetti y Piero, ambos miembros de la Sociedad de la Niebla, tenían opiniones enfrentadas sobre cómo utilizar lo que planeaban encontrar en Poveglia.
—Y ¿puedo saber en qué fundamentas esa hipótesis?
—Piero cifró el lema de la orden, que imagino tendrá mucho que ver con el mensaje o con lo que sea que esperen hallar en ese dichoso libro, lo que manifiesta su entera desconfianza hacia la orden. También escondió el colgante, pues sabía que era fundamental para encontrar el tesoro. Comenzó a convertirse en una traba y decidieron librarse de él.
—Pero si Sofia y Zanetti están juntos en esto, ¿por qué tiene que pagarle el colgante?
—Zanetti lo robó para salvaguardar sus espaldas, para asegurarse de que Sofia no lo dejara en la estacada. Ambos sabían que finalmente me necesitaban a mí para descifrar las claves, por eso han urdido tan minuciosamente cada paso.
—Y, por lo que mencionaste en el primer encuentro con Zanetti, también crees que te tendió una trampa con lo del robo. Pero ¿cuál es la verdadera razón?
—Alejarme, hacer que me olvidara de todo. Estuve un año en prisión solo para evitar que me acercara a Piero Rizzoli. Cuando salí de la cárcel fue cuando decidieron matarlo para evitar nuestro encuentro, porque ellos sabían quién era yo.
—Y tú eres un Rizzoli, ¿verdad? Descendiente de Lanzo. El último de esa estirpe.
Luca me observó grave. Su semblante se oscureció y finalmente asintió quedo.
—Piero Rizzoli era mi padre.
Posé una mano en su hombro y lo oprimí en una muestra de cariño y comprensión, aunque me desgarró el anhelo de abrazarlo y besarlo hasta desfallecer.
—¿Desde cuándo lo sabes?
—Cuando descubrí quién fue mi madre, fue fácil dar con él. Si algo me prometí cuando visité su tumba fue llegar hasta el final con todas las consecuencias. Aquel día, mi determinación se afianzó; así pues, tras una exhaustiva investigación, mis pasos me condujeron hacia Piero Rizzoli. Por unas amigas de mi madre, supe que había tenido una aventura con él y que él sabía que estaba embarazada. Pero ella comenzó a recibir amenazas de muerte y decidió desaparecer. Aun así, supo que la encontrarían, dio a luz en su casa y me abandonó en la puerta del hospital, convencida de que me estaba salvando la vida. Piero se pasó media vida buscándonos.
Hizo una pausa y bajó la mirada, sus hombros se hundieron y pareció retrotraerse a aquel momento.
—Llegué a hablar por teléfono con él. —Tragó saliva y continuó—: Estaba tan emocionado como nervioso. Me pidió perdón y tartamudeó algo sobre un diario vital para nosotros que estaba en manos de una tal Ornella di Pietro. Aquel apellido me encogió el corazón. Me hizo prometer que no iría a su casa, dijo que él vendría a mi apartamento. Fue la última vez que hablé con él. Por teléfono me decían que estaba de viaje y que regresaría al cabo de algunas semanas. Y yo esperé y esperé, y entretanto sucedió lo del robo y…, bueno, ya sabes lo que ocurrió después.
—Lo lamento mucho —musité consternada.
—¿Sabes lo que se siente al no llegar a tiempo no a una cosa relevante de tu vida, sino a dos? ¿Sentir esa sensación esperanzada de no saberte solo en este maldito mundo y que te la arrebaten de un golpe? ¡Dos veces!
Su tono rezumaba dolor y rabia, su rictus se contrajo y su cuerpo se tensó. Luchó por recuperar el control, por contener la impotencia tan devastadora de encontrar sus orígenes para perderlos al instante siguiente.
Yo había pasado por la trágica pérdida de mis padres, pero al menos los había disfrutado durante mi infancia y había podido enraizarme, agarrarme a los recuerdos y saber quién era yo y quiénes fueron ellos. Una tranquilidad y una estabilidad que él nunca tuvo. Él jamás había conocido el calor del abrazo de una madre, ni la seguridad de un padre, no había disfrutado de ese amor fraternal tan único que fundamentaba los pilares de cualquier ser humano desde su primer aliento.
Sentí deseos de llorar por él, por aquella infancia perdida, por aquella juventud solitaria y por aquella eterna búsqueda que había gobernado su vida y que ahora la zarandeaba con más fuerza que nunca. Aun así, ya tan cerca del desenlace, pues así lo sentía, su fortaleza, su coraje y su tesón me maravillaban. Y esa resistencia a no dejarse llevar por emociones negativas y a mantener la calma en todo momento me admiraban sobremanera. Yo, en cambio, me entregué a las mías, abrazándome a él. Esta vez, sus brazos sí me rodearon, y eso fue suficiente para que mi corazón entrara en calor de nuevo.
El ruido del motor comenzó a atenuarse en el bullicio de la noche veneciana, que, como era habitual, reverberaba de risas, conversaciones y música.
Bajamos de la embarcación, Luca pagó el viaje y nos encaminamos hacia el apartamento de su amigo Maurizio.
Tomó mi mano para sortear bandadas de turistas ociosos y despistados y, tras doblar diferentes esquinas, llegamos a su casa para descubrir que no estaba allí.
—Habrá salido «de caza», espero que no te escandalice oírlo en acción. Estas paredes son de papel de fumar.
—¿Eso quiere decir que piensa traer a una mujer esta noche?
—Seguramente, aunque quizá tenga la deferencia de coger un hotel. La última vez me resultó muy incómodo, te lo aseguro. El diario está en tu maleta, ¿no? —Asentí—. Ve por él mientras intento encontrar la clave del portador y hallar una pauta o el modo de usarlo correctamente.
—Estás seguro de que el colgante es el portador, ¿no?
—Muy seguro, fue confeccionado precisamente para eso. Es un objeto decorativo en apariencia, pero en realidad es una herramienta de filtro. ¿Ves que está calado? Fíjate en los huecos y en las uniones. Tengo la certeza de que, puesto sobre la página correcta, señalará unas palabras que nos darán la ubicación exacta del tesoro. Mucho me temo que pasaré la noche en vela, y puesto que necesito el diario original, tendrás que leer en tu teléfono. Porque quiero que acabes la lectura esta noche. Mañana partimos para Poveglia tanto si mi estudio da sus frutos como si no.