CAPÍTULO 40
MOLDEANDO UN HADA
Cuando abrí la puerta aquella mañana, lo que menos esperaba ver era aquel rostro que me miraba tan estupefacto como yo a él.
—¡Hada de Cristal! —exclamó atónito.
A mi memoria acudió un nombre.
—¿Leonardo?
Sonrió abiertamente, todavía boquiabierto pero visiblemente feliz.
—Recuerdas mi nombre, Alonza di Pietro. Este nuevo encuentro resulta bastante más prometedor.
—Sigues siendo un soñador —repuse devolviéndole la sonrisa—, aunque, por lo que veo, has llegado a maestro. Vienes a cobrar la pieza de cristal que te encargó Carla, ¿no es así?
Asintió, se descubrió con una reverencia florida y su pícara mirada se posó de nuevo en mí con ávido interés.
—Estás aún más hermosa de lo que te he soñado estos años.
Lo dejé pasar y cerré la puerta tras de mí.
Lo observé sin miramientos. Sus facciones de muchacho habían madurado y habían adquirido una masculinidad bastante destacable y atractiva. Su gesto travieso y su mirada pendenciera perduraban. Era más alto y fornido, y en sus ademanes se vislumbraba una arrogancia y una confianza singulares, no provenientes de la vanidad, sino de la seguridad en sí mismo. Su cabello castaño con reflejos cobrizos rozaba sus hombros en ondas algo desordenadas. Sus sesgados ojos aceitunados eran vivaces y cautivadores. Otro rasgo que atrajo mi atención fue su boca, de labios carnosos y con forma de corazón; quizá demasiado generosa para su rostro, aunque no mermaba su apostura.
El hecho de que ahora me fijara en unas virtudes físicas que antes me habían pasado desapercibidas no supe si achacarlo a mi madurez o a la certeza de saberme libre. Pues, aunque mi corazón siempre estaría preso, mi futuro, mi vida y mi cuerpo eran míos.
Mi escrutinio agrandó su sonrisa, puso los brazos en jarras e hinchó su pecho como el de un palomo.
—Me gusta esa mirada —comentó ilusionado—. ¿Estoy quizá más cerca de mi sueño, Hada de Cristal?
—Estás más cerca de cobrar tus servicios —respondí divertida.
Lo tomé de la mano y lo dirigí al despacho de Carla. Alargué el brazo presentándole la puerta con gesto burlón, y ya me retiraba cuando él aferró mi cintura y me atrapó contra la pared de aquel angosto pasillo.
—Estoy condenadamente cerca de mi sueño —susurró acercando su boca a la mía.
Ladeé el rostro para esquivar su beso y lo recibí en la mejilla.
Apoyé las palmas en su pecho y lo empujé con intención de apartarlo. Sin embargo, no logré moverlo ni un ápice.
—Te estás tomando demasiadas libertades, rufián.
—Déjame soñar unos instantes más —pidió con gesto ensimismado—. Por fin te has materializado, mi hada perversa… Robarte un beso es apenas un triste pago por todos los desvelos a los que me has condenado.
—No soy culpable de tu disparatada imaginación.
—Lo eres, me hechizaste aquel día en el taller de Murano, aunque he de confesar que me has librado de algún que otro desposorio.
—En tal caso, ya no estoy en deuda.
—Me condenas a la soltería y, ahora que vuelvo a verte, a soñarte con más intensidad.
Acarició mi mejilla con la yema de los dedos y se sumergió en mis ojos. Inclinó la cabeza hacia mí y rozó mis labios con los suyos. De nuevo volví mi rostro, pero no me aparté, sino que aproximé mi boca a su oído y le susurré:
—Mis besos valen muchos escudos, maestro vidriero. Si los deseas, no te los negaré cuando tengas intención de pagarlos.
Respiró hondo y se alejó decepcionado.
—Por si no te has percatado, soy meretriz.
—¿Qué pasó con el dueño de tu corazón?
Bajé la vista y él tomó mi barbilla entre los dedos para alzar mi rostro hacia él. La ternura que asomó a sus ojos me conmovió.
—La vida me lo arrebató.
Su dedo pulgar comenzó a rozar mi mentón y sus gatunos ojos me acariciaron.
—Lo lamento —pronunció grave—, como lamento que tu destino te haya traído hasta aquí.
—Yo elegí estar aquí, y no me arrepiento.
Leonardo asintió esbozando una sonrisa cautivada.
—Pagaré lo que me pidas, y si para ello debo endeudarme, vender mi alma al diablo, lo haré. Pero ese beso que tantas noches te he dado pronto se hará realidad.
Se apartó de nuevo de mí, embebiéndose en mi rostro.
Llamé a la puerta con los nudillos y él apresó mi mano, depositando un gentil beso en el dorso.
—La próxima vez que me veas, Hada de Cristal, será para modelarte con mis manos, como la pieza que te prometí que haría.
Sentí un extraño cosquilleo en el estómago, retiré mi mano y, tras un leve asentimiento de cabeza a modo de despedida, me alejé rumbo a la escalera.
Días después, Carla me informó de que esa misma noche debía prepararme porque un cliente vendría a recogerme.
Me puse un vestido añil, de mangas acuchilladas con brocados en plata, y recogí mi dorado cabello en una trenza sobre mi hombro, donde engarcé alfileres con cabeza de perla. Adorné mi garganta con un collar también de perlas, a juego con unos exquisitos pendientes, y me perfumé con esencia de jazmín.
Me cubrí con una capa de terciopelo del mismo tono que el vestido y me dirigí al vestíbulo a esperar a mi cliente.
Cuando Carla emergió de su despacho y reparó en mí, me observó con franco orgullo.
—Deslumbras, Alonza, como la perla a la que haces honor.
Sonreí inclinando cortés la cabeza.
—Debo decirte que tu popularidad ha llegado a oídos del mismo dux y está ansioso por conocerte. También el cardenal ha mostrado un evidente interés por ti. Vas subiendo escalones, Alonza. Te dije que Venecia se rendiría a tus pies.
Acomodó mi trenza sobre la capa y sonrió satisfecha.
—¿Quién es mi cliente esta noche?
—Oh, el maestro vidriero —respondió ante mi asombro—. No quiso cobrar el encargo, prefirió tus servicios, y te aseguro que es una pieza cara.
Comencé a sentir un inesperado nerviosismo, algo que me contrarió sobremanera.
—Es un hombre gallardo y hermoso, y parece gentil. Creo que será una gran noche. Además, ha mostrado un excesivo entusiasmo por tu persona. ¿Lo conocías? —inquirió haciendo gala de su sagacidad habitual.
—Sí, hace unos años. Por aquel entonces era un aprendiz en Murano, pasé una temporada allí. Ha sido una sorpresa volver a encontrarlo.
—Quizá el destino…
—Nada bueno espero ya de él —mascullé indolente.
—Saca el mejor partido de lo que la vida te dé, y si esta noche te ofrece un ejemplar así, disfrútalo.
En ese instante golpearon el aldabón y me puse tensa. Carla alzó una ceja con cierta diversión al percibirlo.
Elisa acudió a abrir, pero no era Leonardo quien llamaba, sino otro hombre que no esperaba ver: Massimo Conti, el enamorado de Chloe.
Lo que tampoco esperaba presenciar era ver descender la escalera a Francesca para encontrarse con el joven conde y enlazarse a su brazo.
Abrí la boca demudada y los fulminé a ambos con la mirada. En el piso de arriba debía de estar Chloe y su ya abultada barriga, leyendo en nuestra habitación.
Salieron entre arrumacos, pero, antes de desaparecer, Francesca se giró para lanzarme una mirada sibilina.
—¿Ella? —increpé furiosa.
—Vamos, Alonza, ambas sabemos que jamás reconocerá a esa criatura. Me dijiste que era mejor que de momento Massimo no descubriera el embarazo de Chloe y, cuando la solicitó dos veces, le dije que se encontraba indispuesta. Finalmente pidió a Francesca… Todo este tiempo ha estado con ella.
—Y, mientras, Chloe languideciendo de tristeza —musité frustrada.
—Es una ingenua, y cuanto antes le quites a ese hombre de la cabeza, mejor. Yo solo dispuse lo que me pediste. Este es el resultado. El conde ni siquiera ha intentado ver cómo se encontraba. No la ama, como bien supuse.
—Sí, será mejor que se olvide de él. Sigo pensando que es mejor que no conozca su paternidad.
En aquel momento volvieron a llamar a la puerta. Esta vez fui yo quien se dirigió a ella. La abrí y sonreí a mi cliente.
—Más que un hada, pareces una diosa.
Me tendió galante la mano y yo se la tomé.
—¿Te parece bien que te lleve a mi casa? He mandado preparar una cena especial.
—¿En Murano?
—Sí, claro, adquirí una casa junto a mi taller.
Sonreí abiertamente. A mi memoria acudió de inmediato un deseo que pensaba intentar cumplir.
—Me encantará regresar a Murano —repuse sonriente—. Y me gustaría visitar a Aldo y a Berta, si es posible claro.
—Y a ellos les gustará volver a verte, suelen hablar a menudo de ti. Pararemos en su casa antes. Después te quiero solo para mí.
Salimos y me condujo hasta la calle trasera, donde se abría el canal. Allí, una embarcación nos esperaba. Me ayudó galantemente a tomar asiento, y él se acomodó a mi lado.
El remero comenzó a girar los remos y nos alejamos canal abajo, deslizándonos con lentitud.
Un incendiario ocaso, ya moribundo, lamía la laguna lánguido. La incipiente noche comenzó a caer, tendiendo indolente su azulada capa, alejando los dorados estertores de un crepúsculo agonizante.
La proa de la embarcación se alejó de la ciudad surcando las oscuras y adormecidas aguas, rompiendo su placidez en sinuosas ondulaciones.
Bandadas de aves se concentraban enfilando hacia sus nidos, cruzando el cobrizo horizonte como sombras aladas.
De pronto, reparé en la penetrante mirada de Leonardo fija en mí.
Le sonreí y sus ojos refulgieron solazados.
—Alonza, no puedo apartar la vista de ti.
—Pues te estás perdiendo un paisaje espectacular.
—No, lo estoy absorbiendo al detalle.
Su mirada sobre mi boca me arrancó el impulso de humedecerme los labios, un gesto que lo hizo suspirar cautivado.
Su intensidad me estremeció. Desvié la vista y me arrebujé en mi capa. La fría humedad que ascendía sobre la laguna como un blanquecino manto de vaho se arreboló en volutas alrededor de los costados de la barca, como si fantasmagóricas olas nos trasladaran a un mundo ignoto y mágico.
Leonardo pasó su brazo sobre mi hombro, se abrió la capa y me cubrió con ella, ciñéndome a su costado.
Me dejé acunar y descubrí que me sentía a gusto en sus brazos.
—Parece que las nubes de agua me lleven al paraíso que tanto soñé.
Sonreí ante aquella reflexión, agradeciendo el calor que manaba de su ancho pecho.
Cuando la barca por fin se detuvo, el sonido hueco de la madera contra el murete del embarcadero me devolvió a la realidad.
Leonardo se puso en pie y me ayudó a subir al entarimado.
Miré alrededor, reconociendo aquellas tranquilas calles de casitas coloridas y humildes.
Enlazó mi brazo y me condujo hasta la morada de Aldo y Berta. Una emoción intensa me constriñó.
Llamé a la puerta titubeante, pero la cálida sonrisa de Leonardo me inundó de ilusión.
Cuando la desvencijada puerta se abrió, el ajado rostro de Berta me recibió con extrañeza. Me desprendí de la capucha y la miré sonriente. La mujer parpadeó confusa y, luego, una gran sonrisa luminosa inundó su rostro.
—¡Santa Madonna…! ¿Eres tú, Alonza?
—Soy yo.
La mujer se precipitó sobre mí y yo abrí mis brazos, fundiéndonos en un largo y sentido abrazo.
Luego me arrastró al interior de la deteriorada casa y me llevó junto a Aldo, que limpiaba pescado sobre la mesa.
El hombre me observó atónito, como si de una aparición se tratara. Abría y cerraba la boca sin conseguir proferir palabra.
Me abalancé sobre él y lo abracé con fuerza. Notar bajo mis dedos la extrema delgadez de su cuerpo me preocupó.
Me separé y lo miré inquieta. Estaba consumido, encorvado y macilento. No obstante, su expresión era serena, y sus ojos, tan tiernos como siempre.
—¡Muchacha, no imaginas lo feliz que acabas de hacer a este viejo tonto!
Sonreímos entre lágrimas y me despegué lo suficiente para sumar a Berta a aquel abrazo tan conmovedor.
Cuando nos separamos, ella nos ofreció una escudilla de caldo de pescado, que rechazamos.
—Veo que la vida te ha tratado bien, no sabes cómo he rezado por ello —comenzó la mujer, admirando mi vestuario.
—He salido adelante, nada más.
—Pero estas ropas son costosas…
—¿Estáis juntos? —inquirió Aldo con expresión esperanzada.
—Esta noche, sí —respondí incómoda.
—¿Qué clase de respuesta es esa? —musitó confuso.
—La única que puedo dar —espeté sincera.
—Hoy la he invitado a cenar —intervino Leonardo diplomático—, y no será nuestra última cita.
Berta sonrió emocionada y me cogió las manos.
—Alonza, Leonardo es un buen hombre, harías bien en dejarte cortejar por él.
No fui capaz de sostener su mirada, aunque logré mantener la sonrisa.
—Eso parece, pero ni él ni nadie debería cortejarme.
La anciana frunció el ceño desconcertada.
—¿Por qué dices semejante majadería? Eres joven, hermosa y buena.
—Lo es, y lo merece todo —murmuró de nuevo Leonardo.
—Y vosotros, ¿cómo estáis? —pregunté intentando cambiar de tema.
—Aldo anda ahí con sus achaques, se ha convertido en un viejo gruñón, pero adorable cuando quiere. Y yo, pues como siempre… Te echamos mucho de menos y, bueno… —bajó la vista a sus manos, que arrugaban el delantal—, hace un tiempo mandé a Aldo a que averiguara sobre ti, pero parecía que se te había tragado la Tierra. Quise pensar que habías encontrado a tu Lanzo y que estabais juntos y felices.
—No lo encontré cuando fui en su busca, pero volví a verlo tiempo después. Es uno de los mejores apotecarios de Venecia. Está casado y va a tener un hijo.
Aparté la vista incapaz de sostener la conmiseración que brillaba en sus ojos.
—Lo lamento, muchacha, a veces el destino nos desvía del que creemos nuestro camino para conducirnos al verdadero.
La significativa mirada que le dirigió a Leonardo aumentó mi incomodidad.
—¿Por eso vendes tu cuerpo? —adivinó Aldo tras una intensa ojeada a mis ropas e, imaginé, por mis clarividentes respuestas.
No había reproche en su tono, pero aun así despertó mi adormecida moral, que me cubrió con un velo abochornado.
—Por más motivos —contesté escueta.
Asintió pesaroso, pero sus ojos mostraron todo el cariño que me profesaba. Asimismo, detecté un deje mortificado que también supe interpretar.
—No debéis sentiros culpables por nada: me salvasteis la vida y me ayudasteis cuanto pudisteis. Fue mi decisión y el camino que elegí libremente. Nunca podré pagaros suficientemente todo lo que hicisteis por mí. Pero prometo venir a visitaros a menudo y, de momento, quiero que aceptéis esto.
Llevé las manos a mi nuca y busqué el cierre del collar. Leonardo se aprestó gentil a ayudarme y logró soltarlo.
Lo tomé en mis manos y se lo entregué a Berta.
—Vale una pequeña fortuna —indiqué decidida—, véndelo. Aldo ya no está en condiciones de salir a pescar. Yo cuidaré de vosotros a partir de ahora.
—No puedo aceptarlo, Alonza —rezongó la mujer afligida.
—Lo harás, y no será lo único que recibas de mí.
—Pero nosotros no necesitamos caridad —intervino Aldo.
—No es caridad, es gratitud, es cariño, es sentido común…, vosotros lo necesitáis, yo no.
—Alonza…
Berta me estrechó entre sus brazos y yo la recibí sintiendo en mi pecho el inmenso afecto que les profesaba.
—Debemos irnos —musité apenada.
—La traeré de vuelta —prometió Leonardo con una confiada sonrisa.
Lo miraron tan agradecidos que tuve que reprimir las lágrimas. Me prometí visitarlos con asiduidad.
Cuando salimos al fresco aire de la noche, Leonardo me cogió de la cintura y me dio un suave beso en la mejilla.
—Eres maravillosa.
Sacudí disconforme la cabeza.
—No lo soy, debería haber venido mucho antes. Pero me centré en mi ven… —me interrumpí a tiempo—, en mi vida.
—Es inútil lamentar lo que no se ha hecho, es más sensato alegrarse de lo que se va a hacer.
Lo miré curiosa, descubriendo a aquel muchacho tenaz e ingenioso, tan cabal y chispeante, en aquel apuesto hombre que me miraba subyugado.
—Eres todo un filósofo.
—No, lo que soy ahora mismo es el hombre más afortunado sobre la faz de la Tierra.
Consiguió que me cosquilleara la nuca y que me agitara nerviosa. Era el primer hombre que lograba despertar emociones en mí, después de Lanzo.
Aquello me desagradó, y tomé aire, decidida a reforzarme. Aquella cita era tan solo un trabajo y él la estaba convirtiendo en algo personal. No sabía muy bien qué pretendía, pues había pagado generosamente mis servicios, y aunque resultaba patente su innecesaria seducción, no debía permitir que me afectara en modo alguno.
Llegamos a su casa, pintada de un bonito color bermellón. Abrió la puerta y me adentré directamente en una amplia sala con chimenea, muebles vetustos y lustrosos, ricamente decorada. Había una mesa dispuesta para dos comensales, bajo un gran ventanal por el que se vislumbraba la luna sobre la laguna. Habían recogido los pesados cortinones para despejar la maravillosa vista.
Leonardo me quitó la capa, la dejó en un perchero junto con su abrigo y me condujo hacia aquel coqueto rincón, donde me invitó con un gesto a sentarme.
—Pescado —anunció descubriendo la abombada tapa de una bandeja de plata—, ¿cómo no?
Me sirvió dos suculentos filetes aderezados con una liviana salsa y, a continuación, me ofreció vino. Asentí y llenó mi copa.
—Ha sido emotivo —murmuró tomando un bocado.
—Mucho, aunque Aldo me preocupa. Está muy desmejorado.
—El trabajo de pescador es muy duro, y ya es mayor para ejercerlo. La humedad corroe sus viejos huesos y muchos días ni siquiera puede levantarse de la cama. Suelo llevarles algunas viandas y preguntar si necesitan algo, pero, a tenor de la verdad, no es del todo desinteresada mi atención. Solía preguntarles si tenían alguna noticia de ti. Luego descubrí que mis preguntas los entristecían y dejé de hacerlo, aunque seguía visitándolos.
—Te lo agradezco mucho. Debería haberles mandado una carta al menos —musité compungida.
—Haz caso de mi consejo, ¿quieres? De nada vale mirar atrás.
Asentí agradecida y probé el pescado.
—Mmm…, está delicioso. Felicita a tu cocinera.
—Lo he hecho yo.
Alcé las cejas admirada. Él sonrió orgulloso.
—Exquisito —repetí saboreando cada bocado.
—¿Qué tal las cosas por Venecia? No suelo estar muy pendiente de los temas de Estado.
—Los turcos vuelven a asediar nuestras costas —comencé—. Dicen que planean arrebatarnos Candía. El sultán Ibrahim ha heredado la crueldad de sus hermanos, aunque no su habilidad. No atiende a negociaciones y ha destituido a la mayoría de sus visires. Por algo lo llaman Ibrahim el Loco, y es tan odiado en sus tierras como fuera de ellas. Corren sobre él rumores extraños.
Leonardo me observaba tan fascinado como asombrado.
—Así que puede que estemos a las puertas de una inminente guerra…
—Es bastante posible, si los otomanos no detienen al sultán —afirmé tras tomar un sorbo de aquel vino especiado.
—No lo harán, loco o no —vaticinó pensativo—. Venecia ya no es la potencia que era. Nuestra decadencia es palpable. El desgaste de cuatro guerras con los turcos nos está pasando factura. Nuestra flota mercante ha disminuido por culpa de la piratería, y las potencias en auge que ya dominan el Atlántico nos dificultan el comercio expansivo a otras regiones. Además, aunque continuamos siendo los principales productores de vidrio y sedas, comenzamos a limitarnos a nuestras propias posesiones. Y eso no es bueno.
—No lo es, a no ser que logremos expulsarlos.
—Son un enemigo tan tenaz como temible. Hemos logrado contenerlos, pero en cada guerra nos arrebatan territorios. Es como si nos devoraran poco a poco.
—Y así es, me temo. Aunque confío en nuestras tropas —argüí esperanzada.
—En mi opinión, la solución está en forjar alianzas con otros reinos, mediante negociaciones y pactos. Buscando aliados nos reforzamos, no importan las concesiones cuando está en juego la integridad territorial del Véneto. Pero el dux es orgulloso y no se dignará a escuchar a sus emisarios —argumentó crítico—. No entiende que es mucho mejor ceder una región a un aliado que a un infiel que solo sembrará muerte y destrucción. Si alguien lograra hacérselo entender…
Reflexioné sobre su razonamiento coincidiendo completamente con él. El dux, decían, era un hombre serio, pero poco implicado en su cargo.
—Delicada cuestión, hacerse oír por quien no quiere escuchar —espeté circunspecta.
Leonardo alzó su copa y yo lo imité.
—Brindo por nosotros, y por el ángel que haya escuchado mis súplicas para poder tenerte al fin donde tanto te imaginé.
Chocamos nuestras copas, que tintinearon acordes, abriendo en nuestros rostros una sonrisa complacida.
—Por la cantidad de información que manejas, puedo adivinar que te mueves en las grandes esferas de la sociedad veneciana.
—Sí, y entre ellos he descubierto que el placer de ser escuchado a menudo supera el placer carnal. Deben de tener esposas sordas.
Leonardo abrió los ojos como platos por el asombro y soltó una risotada ante mi ocurrencia.
—Seguramente —coincidió entre carcajadas—, y es probable que mucho menos agraciadas que tú.
—No creo que el aspecto físico condicione la capacidad de escuchar atribulaciones.
Leonardo se limpió con breves toques la comisura de sus generosos labios, atrayendo así mi atención sobre ellos. Su mirada cambió y se tornó sugerente. Percibió mi interés y sonrió arrogante. Y, en efecto, no me era indiferente. Debía reconocer que era un hombre que me atraía y que aquel trabajo no sería tal, pues resultaba fácil adivinar las tentadoras promesas que brillaban en sus ojos.
—No importa —repuso acariciándome con la mirada—, pero convendrás conmigo en que hablar a un ángel es más inspirador.
—Hace tiempo que dejé de ser algo parecido a un ángel, por mucho que mi aspecto confunda.
Se puso en pie y se acercó a mí.
—No espero nada angelical de ti, Alonza di Pietro —musitó tendiéndome la mano—, excepto que me lleves al paraíso.
Me levanté a mi vez y asentí con una sonrisa pícara. Él rodeó mi cintura y me atrajo hacia su pecho. Apoyó su gran mano en mi nuca y abarcó incluso con ella parte de mi mentón. Con su dedo pulgar, resiguió la línea de mi mandíbula hasta la barbilla. Luego delineó mis labios y suspiró quedo.
—Apenas puedo creer que seas real.
Inclinó la cabeza, ladeándola ligeramente para acomodar su boca sobre la mía. El primer roce fue apenas como la sutil caricia de una pluma. El segundo, algo más audaz, pero igual de suave. Al tercero lo acompañó una lengua tímida que saboreó tentativa mis labios. Gemí y entreabrí la boca para recibirlo. Luego ya no hubo titubeos, sino que tomó con hambre lo que tan gustosa le ofrecía.
Fue un beso caleidoscópico, teñido de emociones diversas, de cambios de ritmo, de juegos cambiantes. Trocaba de la más exquisita dulzura a la pasión más vehemente para luego detenerse, mirarme profundamente a los ojos y de nuevo recrearse en aquel mar de sensaciones que exaltaba mis sentidos.
Se prodigó hábilmente en mi boca, incendiándola con un placer que solo había sentido en unos labios. Su lengua obnubiló mi razón y consiguió que devolviera con igual dedicación cada caricia.
Sus manos comenzaron a recorrer el contorno de mi cuerpo, su respiración agitada anunció el incremento de su deseo y la urgencia por complacerlo. Entonces, lo aparté.
Leonardo me miró confuso y yo retrocedí unos pasos con gesto travieso.
Comencé a desvestirme lánguidamente, observando su arrobada expresión. Deslacé mi corpiño con estudiada parsimonia, sin dejar de mirarlo insinuante, y amplié mi sonrisa gatuna cuando su gesto se tensó impaciente. Tragó saliva y su mirada se oscureció presa del deseo que lo acometía.
Lancé lejos mi corpiño y empecé a aflojar la pretina de mi amplia falda hasta que esta cayó perezosa a mis pies con un murmullo sumiso. Seguidamente, desaté el verdugado y descendió de igual forma. Tiré del cordel que cerraba el amplio y fruncido escote de mi camisola de seda, abriéndola hasta que se escurrió sinuosa por mi cuerpo. Tan solo vestida con las medias a mitad de muslo y los chapines, salí de entre aquel montón de ropas y me acerqué a él.
Su mirada devoró hambrienta mi cuerpo.
—¡Por san Marcos…, ardo!
Comencé a desabotonar su jubón sin apartar mis ojos de los suyos. Él intentó besarme, pero lo esquivé sin dejar de enarbolar una sonrisa seductora.
Me deshice de su jubón de mangas acuchilladas y liberé su cuello de la rígida gorguera. Tiré de la lazada de su camisa de lino y descubrí su pecho. El calor que emanó de él invitó a mis manos a acariciarlo. Recorrí sus férreas ondulaciones, deslizando mis dedos hacia su acerado vientre. Leonardo se estremeció bajo mis caricias. De nuevo quiso apresarme, pero negué con la cabeza y continué desnudándolo.
Yo había descubierto que el sexo no era tan solo el acto en sí, sino que comenzaba con imprescindibles prolegómenos, como una mirada, un gesto e incluso un silencio. Que desnudarse y desnudar era todo un arte en el que debía imprimirse la misma dedicación que en el resto de los pasos. Que alargar el placer incrementaba la intensidad del clímax, y que, si se trataba con el suficiente mimo, no solo se agasajaba a un alma y se complacía a un cuerpo, sino que también se podía robar un corazón. Y, aunque mucho me temía que aquel corazón ya lo había robado hacía tiempo sin pretenderlo, sentí la imperiosa necesidad de colmarlo y de dejarme colmar. Y no tan solo de goce carnal, sino de calor, pues en aquel preciso instante fui consciente del frío que me invadía, del vacío que tiraba de mí y de la desolación al comprender que jamás volvería a recuperar mi corazón.
Desaté la cinta que sujetaba los greguescos a su cintura y me agaché para retirarlos. Empujé hacia abajo las calzas de fino algodón y desnudé la parte inferior de su cuerpo, retirando al tiempo sus babuchas de piel.
Completamente desnudo y a mi merced, trémulo y ardiente, Leonardo me cogió de los brazos y me irguió, ciñéndome a su pecho. Su mirada turbia se sumergió en la mía, y en ella refulgió aquel sentimiento que había nacido años antes y que ahora se mostraba rotundo y floreciente, haciendo que mi vientre hormigueara y aligerando mi pecho.
—Aquel día, en el taller, solo necesitaste posar tus bellos ojos en mí para meterte en mi alma. Cuando te marchaste, tardé en comprender que también habías atrapado mi corazón, pues esa nostalgia que me atenazaba, en lugar de desaparecer, aumentaba preocupantemente. Te soñé, te pensé y te amé sin albergar esperanza alguna ni tan siquiera de poder volver a verte. ¿Puedes llegar a imaginar lo que siento ahora mismo teniéndote frente a mí, tan hermosa que me revientas el pecho, tan seductora que incendias mis sentidos y tan accesible que temo tocarte por temor a que desaparezcas? No, no puedes imaginarlo, ni yo explicarlo. Solo sé que esta noche voy a moldear mi mejor pieza, que de mis manos surgirá esa hada que me robó el sueño, y que te grabaré en mi memoria con el mismo fuego que funde el vidrio.
Nos miramos con tal intensidad que supe que aquella noche también sería especial para mí.
—Moldéame, maestro, derríteme en tu fuego.
Él profirió un gemido constreñido, indicador de una voracidad casi dolorosa. Se abalanzó apasionado sobre mi boca y me besó impetuoso.
Me rodeó con sus brazos, recorriendo hambriento mi piel, aferró mis nalgas y me adhirió a su cuerpo. Su rígida y aterciopelada verga palpitó en mi vientre, aguijoneando mi propio deseo. Gemí en su boca y él pareció enloquecer.
Me tomó en brazos y, sin dejar de besarme, me llevó al piso de arriba. Abrió de una patada la puerta de su alcoba y subió a su lecho, tumbándome en él. Se apartó apenas para tomar mis pezones en su boca y amasó mis pechos, recreándose en ellos. Yo ondulé mi cuerpo bajo el suyo, y gruñó ardoroso. Aferró mis caderas y las afianzó contra el colchón, inmovilizándome.
A continuación, fue punteando mi vientre de besos, formando una hilera descendente, y me abrí de piernas para recibir su boca. Mordisqueó la parte interna de mis muslos, lo que me provocó placenteros escalofríos. Finalmente atrapó mi sexo en su boca y lo lamió con frenesí. Su lengua jugueteó ansiosa con mi tierna feminidad, prodigándome un goce desquiciante. Circundó mi inflamado botón para luego cubrirlo con su boca, aumentando con su aliento los deliciosos espasmos que me arqueaban contra el lecho como una cinta al viento. Tras un largo agasajo, me derramé en un torrente líquido entre violentos espasmos.
Leonardo alzó el rostro de entre mis piernas y me sonrió libidinoso. Me incorporé jadeante, me puse de rodillas y él me imitó. Enlacé su nuca y lo besé rozándome contra su pecho. Gruñó en mi boca y yo me separé para morder su barbilla.
—¡Dios, me vuelves loco! —gimió apasionado.
Regresó a mi boca y, allí, en aquel húmedo reducto, lo reté en un pulso feroz, donde nuestras lenguas se enredaban ávidas de dominación.
Luego lo aparté rudamente y, ante su confuso asombro, comencé a deshacer mi gruesa trenza y a extender mi melena por mi espalda y mis hombros. Su mirada se encendió lujuriosa cuando empecé a acariciar mis senos paseando mi mano errante por mi vientre. Su altivo miembro basculó y se elevó imperioso. Me acerqué a él y lo empujé dominante, obligándolo a tumbarse de espaldas. Y entonces aferré su verga y la tomé en mi boca. Leonardo dejó escapar un ronco gemido roto y todo su cuerpo se tensó. Saboreé con deleite su tersa erección, empleándome minuciosamente, alternando el ritmo según sus jadeos, jugando con miradas traviesas y caricias experimentadas.
Supe que no podría contenerse mucho más. Me detuve y me subí a horcajadas sobre sus caderas, alcé las mías lo suficiente para apuntar su miembro hacia mi hendidura y descendí despacio, cobijándolo completamente. Él apretó los dientes mortificado, cerró los ojos e imprecó cegado de placer, apelando a su control.
Comencé a cimbrearme lánguidamente, ondulando mi cuerpo sobre él, enlazando mis ojos a los suyos, mientras sus manos me moldeaban a fuego como había prometido.
Me incliné sobre él apresando su boca, y de repente, Leonardo, me arrebató el control girando para invertir posiciones. Dejé escapar un gemido sorpresivo y él me sonrió pendenciero, alzando mordaz una ceja.
—Voy a marcarte, Alonza, para que, estés donde estés, vayas a donde vayas, ames a quien ames, recuerdes este momento y a este hombre que nunca te olvidará y que, aquí y ahora, promete renacer mil vidas hasta poder enamorarte.
Tomó mi boca con delirio, con urgencia y con tan desgarradora avidez que me faltó el aliento. Comenzó a moverse dentro de mí con tan exquisita ternura que mi cuerpo se inundó de hogueras y mis sentidos, de humo.
Sus ojos melosos, su gesto enamorado, su abrumadora intensidad pellizcaron mi pecho. Y en ese instante supe que, si mi corazón me perteneciera, lo habría robado sin remedio.