CAPÍTULO 17
CONOCIENDO A UNA MERETRIZ
Arropada bajo la gruesa capa de algodón negro, cubierta por la capucha y por el temor, deambulé escandalizada y alerta entre las peculiares almas que poblaban aquellas riberas a tan intempestivas horas.
Agazapada en un rincón, contemplaba cómo las desaliñadas y ebrias prostitutas ejercían su labor contra los sólidos muros del puente. Algunas eran embestidas impunemente por hombres inmundos. Otras se acuclillaban para recibirlos en sus bocas. Y las desocupadas mostraban sus pechos y sus muslos a los toscos hombres que las miraban lascivos. Alguno se conformaba con procurarse placer ante la visión de tanta desnudez. Entonces, la mujer en cuestión avisaba a un tipo fornido de aspecto zafio y peligroso que echaba a patadas al curioso pervertido. Otras muchas solo bebían y reían mostrando sus estropeadas dentaduras y su amargura. Descubrí con pesar que también las había enfermas, con toses roncas o manchas en la piel que no dejaban de rascarse con fruición. Mujeres rotas, meras herramientas a disposición de la más vil lujuria masculina, denigrándose a manos de hombres repulsivos. Expuestas a agresiones constantes, a humillaciones, a enfermedades… y a la muerte.
Sentí compasión por aquellas mujeres y por mí. Habría preferido la muerte antes que permitir que cualquiera de esos hombres me tocara. ¿Tal era su desesperación para aceptar semejante vida?
—Ya están muertas.
Aquella voz que contestaba a unas dudas no pronunciadas me sobresaltó. Di un respingo y me giré empuñando la daga que llevaba escondida tras mi capa.
Martia, vestida con una similar, paseó la mirada por aquellas mujeres.
—Todas terminaron sus vidas ya, y solo ansían que uno de estos desdichados acabe con sus miserias. Algunas ya tuvieron el coraje de terminar con sus penurias en las aguas del canal. Ahí donde las ves, no pocas fueron grandes meretrices de la corte, pero se hicieron mayores, o algún cliente celoso les marcó la cara o enfermaron. Aquí es donde casi todas acaban.
Sentí un escalofrío recorriéndome y mi compasión aumentó.
La miré con aguda aprensión y tragué saliva, sintiendo el corazón atronar acelerado en mi pecho, como la maza de un tambor del ejército.
—¿Has… podido averiguar algo?
Martia asintió. Ahondé en sus ojos y lo que vi me sobrecogió. Su conmiseración por mí me encogió las tripas.
—Cuando terminó la función yo misma me atreví a importunar a Marco Rizzoli. Tuve que hacer gala de mis encantos para convencerlo de que me dedicase unos instantes. Mandó a su acompañante a casa y logré que me atendiera.
Hizo una pausa que me sumió en un océano zozobrante de incertidumbre.
—¡Dímelo ya, por el amor de Dios!
—Le dije que le mandaba saludos de su hermano Lanzo y su rostro se descompuso —continuó—. Me acorraló en un callejón y me amenazó. Le planté cara presentándole a mi amigo… —Me mostró un pequeño estilete de empuñadura profusamente labrada y sonrió de medio lado—. Suele ser bastante más convincente que mi oratoria. Con el filo en su cuello, su lengua se soltó. Lanzo falleció. Marco dice que no pudo soportar la muerte de la mujer que amaba y acabó con su vida. Le pregunté por esa mujer y me dijo que había contraído la peste y que acabó tristemente sus días en Poveglia. Muy shakespeariano, ¿no te parece?
—¡Todo son burdas patrañas! —escupí furiosa.
—Sean lo que sean, ese hombre las defenderá con su vida. Pero ¿por qué muestras semejante seguridad?
—Sé que está vivo, quizá en un lugar remoto, pero mi corazón me dice que el suyo sigue latiendo. Es posible que tan dolorosamente como el mío.
—Pero, por lo que veo, ya renunciaste a él.
—Nunca fui buena para él. Si no me hubiera conocido, ahora estaría acabando sus estudios de biología. Era su sueño, ser apotecario. Y llegué yo para trastocar toda su vida.
El tono lastimero y culpable de mi voz conmovió tanto a Martia que se aprestó a tomarme entre sus brazos, cobijando mi pena.
—Tu mayor problema es encontrarlo.
—No tengo medios, ni un condenado rastro que seguir. Además, creo que debo dejarlo ser feliz y perseguir su sueño.
Martia se separó de mí para mirarme a los ojos.
—Si se ha escondido del mundo para poder soportar tu pérdida, su único sueño eras tú. ¿Cuál es el tuyo?
—Yo ya no tengo sueños, solo fines.
Miré con profundo desconsuelo a mi alrededor y suspiré con pesar.
—Tú no acabarás como ellas. Tú eres mucho más astuta.
—No creo que pueda valer para esto.
Martia tomó mi rostro entre las manos y me miró con gravedad.
—Para esto, naturalmente que no. Para enamorar y seducir a grandes hombres y manejarlos a tu antojo, sí. Para elegir tus conquistas, sí; para disfrutar de tu cuerpo, sí. Y para gozar de los favores de grandes hombres de la corte, también. Con amigos poderosos, serías poderosa y tendrías a tus enemigos a tu merced. Porque eso es lo que buscas, ¿verdad?
—Justo eso.
—¿Sabes por dónde empezar?
Asentí. Martia me imitó y, con expresión enternecida, me abrazó con fuerza.
—No sé qué tienes, muchacha, pero me ablandas a cada mirada. Te quiero lejos de mí o arruinarás mi fama de arpía desalmada.
Tras el sentido abrazo, nos separamos. Martia me dio dinero para pasar la noche en una taberna y poder comer algunos días.
—¿Qué le dijiste a Vico?
—Que te habías ido, nada más. Farfulló furioso, pero se le pasará pronto, también yo sé ablandar.
Me guiñó un ojo y, tras lanzarme un último beso al aire, desapareció entre las sombras.
Tras algunas incómodas preguntas, recibidas con mirada espantada, conseguí localizar el prestigioso lupanar de Carla Brunetti.
Era un edificio suntuoso, de color bermellón con ventanas ojivales enmarcadas en blanco, flanqueado por pequeños canales que resguardaban su intimidad. La entrada estaba en un lateral, que daba a un discreto y angosto callejón. Imaginé que en las fachadas que daban a los canales también habría puertas, y más privadas. Los clientes debían poder entrar y salir sin ser vistos.
Tomé una gran bocanada de aire y, asiendo el aldabón, llamé a la puerta.
El eco rebotó contra las paredes del callejón en un sonido hueco que vibró entre las callejas perdiendo intensidad.
No tardó en abrirse la puerta. Contuve el aliento y miré a la doncella que me observaba con una expresión de molestia.
—No necesitamos nada.
Ya cerraba cuando adelanté un pie en el umbral.
—Pero yo sí necesito algo. Hablar con la señora Brunetti.
Me inspeccionó desdeñosa y su ceño se acentuó.
—No recibe visitas a estas horas —rezongó impaciente—. Si es para un encargo especial, dime el nombre de tu señor y lo que demanda, y ven mañana por la tarde por la respuesta.
—No tengo señor, y el encargo es para mí.
Su mirada brilló tan interesada como mordiente.
—He visto de todo, pero dudo que puedas pagar los servicios de esta casa.
—Lo que deseo es cobrarlos.
En la mirada de la insulsa y altiva doncella relumbró la comprensión de mi presencia allí.
—¿Deseas ser su pupila?
—Sí, para eso vengo.
No ocultó su asombro ni tampoco su condena. Ignoré ambos gestos y sonreí ufana.
—Espera aquí. No sé si admitirá a alguien nuevo.
Cerró la puerta, dejando entrever la satisfacción de tenerme esperando fuera con un mohín altanero. Solté el aire contenido y aguardé paciente.
Cuando, al cabo de un dilatado momento, abrió de nuevo fue para indicarme con un gesto que entrara.
—La señora acepta verte, siente curiosidad. Mi descripción no ha sido muy precisa.
Caminamos por un suntuoso pasillo forrado de damascos dorados y marrones con varias puertas de nogal cerradas. Lujosos apliques con velas iluminaban el espacio. Me llamaron la atención vistosos cuadros con musas escasas de ropa manoseadas por libertinos demonios. Algunas escenas pictóricas me resultaron familiares. A mi mente acudió el libro que Lanzo ocultaba en su cuarto, Il Modi, aquel manual de placer que provocó nuestro primer encuentro. Suspiré queda y me obligué a apartarlo de mi cabeza.
Llegamos a una antesala circular, con varios cómodos sillones, una mesita y una gran ventana que regaba de luz matinal aquel saloncito. Al frente se abría una puerta doble. La doncella llamó con los nudillos y esperó rígida.
—Adelante.
Abrió la puerta y me dejó entrar. Tras una cortés inclinación de cabeza, cerró tras de sí, dejándome frente a un opulento despacho, donde una elegante dama burguesa me observaba con atención.
Sus vivaces ojos, del color de la melaza joven, me inspeccionaron con profusa minuciosidad.
—¿Cómo te llamas?
—Alonza di Pietro.
—¿Qué edad tienes?
—Dieciséis.
Su oscuro y brillante cabello negro lucía en un recogido muy favorecedor. Era hermosa, pero de gesto duro y mirada sagaz. No había dulzura en ella, ni calor. Su mirada era fría, casi glacial, calculadora, y su porte altivo. Era una mujer imponente que derrochaba una confianza y una seguridad aplastantes. Rezumaba poder, y pude sentirlo. La envidié en el acto.
—¿Eres virgen?
—No.
—Bueno, pues acabas de perder una buena baza —replicó poniéndose en pie y dirigiéndose hacia mí—. Se cotizan mucho las vírgenes, hay muchos hombres que prefieren la inexperiencia para ocultar la propia. O que anhelan ser conquistadores de territorios inexplorados para poner su pequeño gallardete y alimentar su gran ego. También los hay que piensan que desflorar es algo así como conseguir cierta inmortalidad en el corazón de la joven, o simplemente son tan inseguros que temen a una mujer curtida.
No pude evitar sonreír con cierta diversión.
—No parecéis guardar mucha simpatía por los amantes de la pureza.
—Mis simpatías son difíciles de conseguir en general —adujo, deteniéndose frente a mí—. En cuanto a la pureza, solo existe en el corazón. El cuerpo es únicamente una herramienta que nos es dada para vivir la vida y disfrutarla.
Paseó sus ojos por mi rostro y se detuvo en mi boca. Alzó la mano y delineó el contorno de mis labios.
—Tienes una boca que enloquecería a muchos hombres. Tus labios son voluminosos, suaves, resaltan en tu pálido rostro con un precioso y natural color rubí.
Su tacto me puso rígida, tragué saliva incómoda y me obligué a sostenerle su penetrante mirada.
La yema de sus dedos ascendió por mis mejillas, recorriendo mis facciones como si dibujara sobre ellas.
—Tus ojos son singulares, enigmáticos, lleno de secretos, y me atrevo a aventurar que de experiencias dolorosas. De ese gris acerado que puede restallar como un látigo o, por el contrario, fundirse melifluo como la plata.
Tomó mi trenza y la acarició sin dejar de mirarme. Soltó la goma que la contenía y comenzó a deshacerla con mimo. Luego ahuecó sus manos tras mi nuca y empezó a distribuir el cabello por mi espalda.
—Hermosa melena dorada, tan clara como un sol temprano. Ligeramente ondulada, espesa y larga —alabó acariciando un mechón—. Veamos qué más escondes.
Dio un paso atrás y me regaló una sonrisa gatuna.
—Desnúdate. Necesito ver con lo que voy a trabajar.
Mi pulso se aceleró y en aquel instante me replanteé mi decisión. Sentí el imperante deseo de correr, de alejarme del mundo y esconderme en el más apartado rincón. Apreté los puños y el mentón, librando mi particular lucha interior. Sabía que desprenderme de mi vestido y aceptar quedarme cambiaría mi destino para siempre. Era imposible vaticinar si para bien o para mal, pero aquel camino era mi única motivación ya para continuar adelante.
Ante mi titubeo y mi evidente nerviosismo, Carla suspiró forjando una mueca impaciente. Se sentó en el borde de su mesa, frente a mí, cruzando los brazos sobre su pecho, y me miró reprobadora.
—Veo que no has sopesado convenientemente tu decisión. No sé qué te habrá movido a tomarla, pero sí sé que, si no estás segura, no es una buena decisión. No me hagas perder más el tiempo.
Se sentó con una mueca molesta y comenzó a revisar un libro de cuentas que tenía abierto, dando por terminada la conversación.
—Por favor, cierra al salir.
Permanecí inmóvil, como si una fuerza invisible me anclara los pies al suelo, y, sin embargo, al mismo tiempo algo tirara de mi cuerpo hacia la puerta. Trémula, me debatí entre ambos impulsos, y en ese momento volví a ver los rostros de los que habían arruinado mi vida y esa cólera latente que siempre estallaba para ayudarme a luchar tomó por mí la decisión.
Comencé a desenlazar los cordones de mi corpiño, aflojándolo. Deslicé por los hombros las abullonadas mangas y me desprendí de él. Ante el rumor de las ropas, Carla alzó intrigada la mirada hacia mí. No me detuve, y con toda la entereza que logré reunir, me quité la camisola, y me mostré erguida y desnuda ante ella.
Aunque mantuvo el gesto duro e inalterable, en el brillo de sus peculiares ojos felinos relució un leve matiz aprobador.
Se puso en pie y se dirigió lentamente hacia mí. Cada paso en mi dirección me tensó todavía más.
Cuando estuvo de nuevo enfrente, acarició mi cuerpo con los ojos, con suavidad.
—Pareces la Venus de Botticelli —susurró con arrobada admiración.
Las yemas de sus dedos se posaron en mi clavícula y comenzaron a descender lentamente. Contuve el aliento. Giró levemente la mano y, con el dorso de los dedos, recorrió el espacio entre mis senos, se detuvo y me miró calibrándome un instante antes de continuar. Sabía que me estaba poniendo a prueba y me mantuve serena y expectante.
Acarició mis pezones y estos se irguieron ante el contacto, Carla sonrió maliciosa y se apartó de mí. Parecía disfrutar de mi incomodidad.
—Date la vuelta.
Me giré tomando una profunda bocanada de aire y, al momento, sentí sus manos ahuecadas en mis nalgas. Me pareció oír un estrangulado gemido de complacencia. Tras lo que me pareció una eternidad, posó las manos en mis hombros, retiró mi cabello y acercó sus labios a mi oído.
—Eres muy bella —susurró—, y, si me dejas, te convertiré en mi mejor pupila. Pondré Venecia a tus pies y, si eres lista, hasta puede que la gobiernes.
Me giró y su penetrante mirada me secó la garganta.
—Te acepto, Alonza di Pietro. Pero acatarás todas y cada una de las normas de la casa.
Su mirada se posó en mi boca y creí distinguir un mohín anhelante que ocultó tras una máscara fría e impertérrita.
—Puedes vestirte. Ven y siéntate, tengo que ponerte al día sobre lo que espero de ti y sobre lo que obtendrás de mí. Después firmarás un contrato que mandaré redactar. Pertenecerás oficialmente a mi casa. —Hizo una breve pausa para sonreírme artera, clavó en mí una inquietante mirada oscura y agregó intencionada—: Y a mí.
Me vestí con atropellada torpeza y me senté frente a ella. Y, aunque aquella vetusta mesa de despacho nos separaba, de algún modo seguí sintiendo sus dedos sobre mí.
—Bien, en cuanto a tu aspecto, yo personalmente me ocuparé de tu vestuario y elegiré tus peinados y abalorios. En ocasiones especiales te prestaré algunas de mis joyas. Tu aseo personal será diario y no podrás tener vello corporal alguno, tampoco en tu sexo. Acatarás mis directrices al pie de la letra. No solo te enseñaré el arte de dar placer, de seducir y de encandilar con una sola mirada. También instruiré tu intelecto. Leerás a los clásicos, filósofos y humanistas, aprenderás a recitar, a tocar el laúd y el arpa, a bailar en la corte. También te versaré en política, geografía e historia, hablarás varias lenguas y exprimiré tu cerebro tanto como tu cuerpo para que sometas a los hombres y los rindas a tus pies. Si juegas bien tus cartas, harás una fortuna.
—Quiero poder —repliqué demasiado vehemente.
Carla me miró complacida.
—Y poder tendrás. Posees todas las cualidades necesarias, solo debes evitar una cosa: el talón de Aquiles de toda mujer es su corazón, no dejes que te lo roben y nadie podrá dominarte.
—Mi corazón ya me lo arrancaron, nada temo —murmuré con amargura.
Tras otra intensa inspección, logré que no me temblara la barbilla ante la remembranza de Lanzo. Ya no podía pensar en él. Debía guardarlo en el más recóndito lugar de mi mente para poder entregarme a otros hombres. Era indispensable separar cuerpo, corazón y mente para evitar sentirme sucia y que los remordimientos me sepultaran. Como bien aseguraba Carla, el cuerpo era tan solo una herramienta, y en mi caso la necesitaba para cumplir mi único objetivo: ser libre, dueña de mi vida, y hacer justicia.
—Mejor, en este oficio es un gran inconveniente tenerlo. También hay que dejar fuera la moralidad, los prejuicios, las reservas y la conciencia. Pero lo más importante es borrar de tu mente todo lo que la sociedad grabó en ella, todo lo que la religión coartó, todo lo que tu educación anuló, y renacer con una visión nueva de ti misma. Tú y solo tú eres la dueña de tu cuerpo, cómo lo uses solo es problema tuyo, ni Dios ni el mundo tienen derecho alguno sobre ti. Si nos fueron concedidos los dones para obtener placer y darlo, no tiene mucho sentido que la Iglesia los condene cuando esos regalos nos los dio Dios, ese al que fingen servir. Y si, como bien repiten, estamos hechos a su imagen y semejanza, lo natural sería honrar ese cuerpo y agasajarlo con las mieles que Él nos concedió. —Respiró hondo y sus ojos ambarinos me contemplaron solazados—. Y déjame decirte algo: una vez derrotados los rígidos preceptos impuestos, una vez diluidas las mentiras que nos someten al control de una sociedad hipócrita y manipuladora, tú tienes el control de tu vida.
»Desde que nacemos, con cada aliento nos esclavizan con pesados eslabones morales, nos oprimen con juicios constantes y amenazas vacuas, haciéndonos creer que salvaremos nuestra alma si no disfrutamos de nuestro cuerpo. Ese es el destino de toda mujer, someterse al control del hombre, de la sociedad y de la Iglesia, por eso nos niegan el placer, el conocimiento y la libertad. Es fácil saber por qué nos tienen tanto miedo.
Alcé interrogante las cejas. Carla sonrió de medio lado en una mueca jactanciosa.
—Porque somos mejores que ellos.
La vehemencia con la que hablaba, su firmeza y su intensidad me dijeron que era una mujer curtida a base de golpes. Una superviviente que se había superado a sí misma, quitándose una a una las cadenas que le habían puesto. Mi admiración por aquella férrea mujer creció.
—Respecto a los beneficios económicos, yo me quedaré con un tercio de todas tus ganancias. Si alguno de los clientes que te soliciten te produce rechazo por el motivo que sea, podrás descartarlo, a menos que yo decida lo contrario si el personaje es muy relevante o la cantidad muy jugosa. Tú eliges a tus amantes, tú los complaces y tú los conservas. Yo los encuentro para ti, yo te preparo, yo te protejo y yo te hospedo. No es un mal trato. Pero si descubro que si te quedas con un solo escudo que no te pertenezca, que trabajas a mis espaldas o que dejas en evidencia mi casa, no habrá sitio en Venecia donde esconderte ni hombre que pueda protegerte de mí.
Entornó admonitoria los ojos y aguardó a que yo asintiera.
—Si tienes alguna pregunta, este es el momento.
—¿Podré dejarlo cuando lo desee?
—Si yo te dedico mi tiempo, te ofrezco conocimientos, techo, comida y ropa y, además, te muestro el oculto reino del placer, como es natural, exigiré compensación, pues lo hago por un solo motivo: lucrarme. Hasta que me sienta pagada, no serás libre.
—¿Alguna de vuestras cortesanas ya lo es?
—Todas. Siguen a mi lado porque lo desean.
—¿No hay ninguna aprendiza en este momento?
—No tenía pensado acoger a nadie más.
—¿Por qué me aceptáis entonces?
—Sé reconocer un buen negocio en cuanto lo veo.
Y eso era yo, un negocio, un artículo en venta, una inversión. Al menos, con mi consentimiento pleno y gracias a una decisión propia, no de nadie más. Y camino a mi propia libertad.
—¿Cuándo empieza mi primera clase?
Carla esbozó una sonrisa complacida y me observó regocijada.
—Esta noche. Pareces arder en deseos de aprender. Te alojarás con Chloe, ella será tu referente.
Fijó sus ojos en mis labios y yo, nerviosa, me mordí el inferior.
—¿Quién te desfloró? ¿El mismo que te arrebató el corazón?
Bajé la mirada hacia mis manos, entrelacé los dedos inquieta y temerosa de que los recuerdos me desbordaran en tan inoportuno momento.
—Sí.
—¿Gozaste?
Tragué saliva y asentí con timidez.
—Mírame cuando te hablo —exigió con firmeza.
Alcé la vista y de nuevo asentí.
—Tuviste suerte, entonces. Las primeras veces suelen ser poco satisfactorias.
—Sí, la tuve.
—Bien, veo que no quieres hablar de ello. Lo que me interesa es saber si conoces tu cuerpo en profundidad y el de los hombres.
—Creo que sí —me atreví a aventurar—. Encontré… una especie de manual erótico con… ilustraciones y, bueno, yo… descubrí algunas cosas.
—¿I Modi?
Parpadeé ruborizada y, de nuevo, afirmé. Sentí las mejillas encendidas y dejé escapar el aliento para normalizar la respiración.
Carla rio y me contempló con incisiva curiosidad. Sus ojos se iluminaron con una luz pícara, una de sus cejas se arqueó en un mohín impresionado.
—¿Quiere eso decir que practicasteis algunas de esas escenas?
—No, no, Lanzo fue muy gentil.
—Lanzo…
Me reprendí en silencio por haber sido tan imprudente.
—En el lecho, la gentileza es aburrida. Cuanto más atrevimiento, más desenfreno y, por tanto, más placer. Los clientes que acudirán a solicitar tus servicios no querrán una mujer pasiva ni sumisa, buscarán una gata traviesa y juguetona sin pudor alguno. Aunque ese delicioso rubor tuyo resulta muy atractivo. Esa cándida timidez debe de ocultar a una leona experimentada, y es justo esa combinación la que resultará irresistible, te lo aseguro.
Sus manos aletearon inquietas. Su entusiasmo era manifiesto y su manera de mirarme, reveladora. Me sentí presa de una depredadora voraz.
—Bien, dile a Elisa que te aloje en el cuarto de Chloe. Esta noche te presentaré a todas mis chicas, y estoy pensando en comenzar con una exhibición. Nada como presenciar un acto real de lo que se espera de ti. Las ilustraciones pueden dar ideas, pero nada como un espectáculo en vivo.
Reordenó los papeles que tenía diseminados por el escritorio y los separó en pilas. Cerró el libro de cuentas y me miró con semblante adusto y profesional, aunque su mirada permanecía refulgente y vivaz.
—En cuanto se redacte el contrato, firmarás y comenzaremos tus clases.
Se puso en pie y yo la imité. Alargó el brazo para invitarme a marcharme y me dirigí a la puerta.
—Huelga decir que aquí no entendemos de géneros.