CAPÍTULO 53
UNA DELICADA MANO RODEADA DE ENCAJES FINOS
Fue fácil adivinar que apuntaba su espalda con un arma.
Su mirada intentó vanamente tranquilizarme.
—Adelante, Alessia, preside la comitiva.
Miré titubeante a Luca, que asintió con la vista puesta en el octógono.
Suspiré ansiosa, me mordí el labio inferior y asentí.
Me adentré en el precario puente. Los tablones crujieron bajo mi peso. El mal estado de la madera me hizo temer que no resistiera nuestro avance. Estaba sostenido por postes y tenía una barandilla tan insegura como inservible, pues dudaba que pudiera detener un cuerpo si se apoyaba en ella.
El sonido hueco de la madera contra la suela de nuestros zapatos nos acompañó hasta que pisamos el octógono.
—Necesitamos inspeccionar el terreno para delimitar una posible zona de excavación —explicó Luca—. Y para eso tengo que bajar las manos. Estoy desarmado.
Stefano le arrebató la mochila, la abrió y miró dentro, enfocando con su linterna para asegurarse de ello. Luego se la lanzó de vuelta.
—Adelante, pero te juro por Dios que, si intentas algo, la mato.
Luca asintió grave, su mirada se oscureció. Sacó de la mochila una linterna de candil y comenzó a recorrer el terreno en busca de alguna marca. Me puse junto a él.
—Debió de dejar alguna pista —comentó con la vista fija en el suelo—, y este lugar lleva siglos en desuso. Dudo mucho que los trabajadores del hospital o los pacientes frecuentaran esta parte de la isla. Aun así, el tiempo podría haberla borrado. Si no encontramos nada en la primera batida, cavaré al azar.
El octógono era un muro de contención que formaba un complejo sistema defensivo de la laguna, construido con piedra y ladrillo, pero en su superficie habían extendido un manto de tierra ahora cubierto por una capa de hierba, alta en algunos puntos.
Comenzamos a movernos; yo con la linterna y Luca con el candil.
—¿Sabes, Luca? —comenzó Stefano con aire suficiente—. Que hayas ocultado este lugar deja muy claro que no pensabas comunicarnos el hallazgo. Y eso ya me autoriza a meterte un tiro en la sien.
—¿Tan mal llevas que sea más listo que tú? ¿O simplemente es por despecho? —aguijoneó él desafiante.
Lo fulminé con la mirada.
—¿Olvidas que nos apunta con una pistola? —lo increpé contrariada.
—No, pero no la usará hasta que tenga lo que ha venido a buscar.
—Cierra la puta boca —imprecó Stefano— y haz lo único que sabes: hacerles el trabajo sucio a los demás. Si te portas bien, te perdono el tiro y te regalo otras vacaciones pagadas en la cárcel. Con tus antecedentes, no solo pasarías una buena temporada a la sombra, sino que seguramente serías la putita de algún capo.
—¿A la cárcel por excavar en Poveglia?
—No, por asesinato —aclaró complacido—. Alessia, tu pobre y manipulado peón, descubre que eres un jodido impostor, discutís y tú la matas. Ya puedo ver los titulares: «Un gigoló cazatesoros mata a su socia para quedarse con un valioso hallazgo del siglo XVII». Jugoso, ¿no te parece?
—Si la matas, no iré a la cárcel sin acabar antes contigo.
Stefano sonrió con perversa malevolencia, componiendo un mohín de urgencia con la barbilla.
—Date prisa, no tenemos toda la noche.
Continuamos inspeccionando los rodales de tierra sin encontrar nada que nos llamara la atención de ningún modo especial. A medida que nos alejábamos de la entrada del puente, donde estaba apostado Stefano, obstruyendo la única salida de la isleta artificial, comencé a sentir una opresión extraña en el pecho. Luca miró subrepticiamente hacia atrás y se puso en cuclillas para escarbar entre los hierbajos. Me agaché junto a él.
—Si encontramos el cofre, nos matará en el acto —susurró sin dejar de peinar la hierba con los dedos—. Tengo que deshacerme de él, no me deja otra opción.
Tragué saliva y lo miré ansiosa.
—¿Cómo piensas hacerlo? Va armado y no dejará que te le acerques.
—Solo tengo una pala y mis puños, pero también mi ingenio. Sin embargo, no lo haré hasta que encontremos alguna pista. Después no tendremos tiempo que perder.
Sus oscuros ojos brillaron tenaces y decididos, lo que no alivió mi malestar.
—Quizá yo pueda distraerlo —sugerí nerviosa.
—No, mejor que no te acerques, sé cómo provocarlo —determinó con firmeza.
—No pienso quedarme cruzada de brazos mientras arriesgas tu vida.
—Alessia, confía en mí.
—No es una cuestión de confianza —repliqué—, pero somos dos y él uno. Creo que deberíamos aprovechar esa ventaja.
Sostuvo reflexivo mi mirada un instante mientras recalculaba su plan.
—Está bien. Haré que centre su atención en mí mientras tú te acercas lateralmente, escondida en las sombras. Cuando estés a su altura, haz algo que lo sobresalte para que pueda abalanzarme sobre él.
Asentí conforme y respiré hondo.
—Y, ahora, centrémonos en explorar minuciosamente cada palmo de tierra —agregó fijando su concentrada mirada en el suelo—. Será mejor que nos separemos. Tú izquierda, yo derecha.
Iniciamos la búsqueda y, a pesar de que mi desazón me provocaba palpitaciones y comenzaba a sentirme aturdida, me afané en indagar cada paso con exhaustivo detenimiento.
El desaliento crecía a medida que avanzábamos. Y empecé a marearme. A mi mente acudió de improviso una frase que titiló luminosa: «Cualquier cosa era válida para escapar de pensamientos funestos y aferrarme a la esperanza bajo la piedra de mi nombre». Era la última frase del párrafo donde Alonza había dejado la clave de Poveglia y el octógono. Y, como tal, si pertenecía a aquel trozo del texto, seguramente tendría un significado igual de transcendental. Luca estaba más apartado, y me puse en pie con el pulso acelerado y el apremio por desentrañar aquella frase que supe era vital.
Enfoqué con la linterna a mi alrededor, girando lentamente en un ángulo de trescientos sesenta grados sin saber qué buscar, pero con la aguda certeza de hallarme muy cerca del tesoro. De hecho, era tan intensa esa sensación que sentí una ansiedad latente acelerando mi pulso. Entonces, cerré los párpados y, en mitad de aquel silencio, tan solo roto por el murmullo del agua contra la piedra, y de aquella negrura tras mis ojos, sentí una presencia frente a mí.
Exhalé un gemido y de nuevo fui incapaz de abrirlos presa de aquella ensoñación. Un brazo se tendió hacia mí. Una mano delicada rodeada de encajes finos emergió de aquella oscuridad para tomar la mía. Y yo me dejé llevar.
Anduve unos pasos guiada por aquella visión de mi mente hasta que se evaporó tan súbitamente como había llegado y me dejó en mitad de un rodal de hierba alta. Abrí los ojos y dejé escapar un estrangulado resuello, trémula y desorientada.
Miré al suelo y me puse en cuclillas para apartar los finos tallos con la mano. Pero estaban tan apretados unos contra otros que no pude ver nada. Seguí rebuscando paciente, hasta que llegué a un pequeño claro donde la hierba, aunque aún tupida, era algo más rala que en el resto de ese rodal.
Comencé a arrancarla a puñados con fuertes tirones, hasta que logré despejar la zona. Apunté con el haz de luz sobre el terreno desbrozado y descubrí una hilera de piedras incrustadas en la tierra. Animada, continué mi labor con más ahínco. Dejé la linterna a un lado y, de rodillas, arranqué hierba como si estuviera poseída. Cuando me detuve, observé triunfal dos hileras de piedras unidas por un extremo y otra más corta trazando un puente entre ellas. Era una «A».
Una intensa emoción me embargó. Paseé las yemas de los dedos por aquellos redondeados cantos sintiendo su fría tersura, en actitud reverencial. Y sentí ganas de llorar. Alonza me había guiado. Y Alonza, de algún modo, había despertado en mí para que su vida y sus secretos llegaran a mis manos.
Unos pasos se acercaron raudos. Alcé el rostro para toparme con la expectante expresión de Luca.
—Lo he encontrado.
Él cayó de rodillas frente a mí, boquiabierto y maravillado, con la vista fija en aquella «A» formada por pequeñas piedras semienterradas.
—Sabía que solo tú podías hacerlo —musitó absorto en mi rostro—, esa «A» os ha unido, como un puente que ha cruzado siglos, dimensiones y barreras para conectaros, para recordarte quién fuiste una vez y hacerte valorar quién eres ahora. Para encender de nuevo ese coraje y ese corazón que languidecieron con el olvido.
Suspiré afectada. Tenía un nudo en la garganta.
Luca se descolgó la mochila y extrajo del interior una pala pequeña, más de jardinería que de otra cosa. Miró hacia atrás para comprobar que Stefano continuaba en la entrada del puente, inmóvil y atento a nuestros movimientos.
—Creo que será mejor desenterrarlo ahora —opinó Luca—. Aquí la hierba alta nos cubre parcialmente, no sabrá lo que hacemos.
Intenté retirar las piedrecitas, pero estaban muy insertadas en el terreno. Luca me apartó y clavó la punta de la pala en el vértice de la «A», la hundió y levantó un terrón de tierra prensada, que hizo a un lado. Hicieron falta pocas paladas para que la punta metálica de la herramienta tocara algo sólido. Entonces comenzó a rascar la superficie curva de un cofre y mi pulso se aceleró.
Dejó la pala a un lado y ambos empezamos a horadar la tierra con los dedos, retirándola del cofre. Cuando lo extrajimos del hoyo, nos miramos ansiosos.
Luca me lo entregó mientras registraba de nuevo su mochila.
Era pequeño, de madera y nácar, taraceado con bellos diseños que limpié con delicadeza. Tenía una curiosa cerradura, una hendidura horizontal, demasiado larga para una llave. O, al menos, para una llave convencional.
Cuando Luca me tendió el colgante con las iniciales, no tuve ninguna duda de que encajaría a la perfección.
Deslicé el medallón por la ranura casi por completo y oí un resorte que cedía. Instintivamente, giré el reducido extremo visible y sonreí ante el suave gruñido del mecanismo liberando sus cierres. Al instante, la tapa se soltó.
Respiré hondo y comencé a abrirla.
Dentro había una especie de paño de lienzo, ya acartonado por el tiempo. Lo retiré y contuve el aliento al descubrir un alijo de joyas diversas. También había escudos de oro y algunos documentos.
Luca me sonrió exultante y acarició mi mejilla con afectada ternura.
—Te pertenece, Alessia, y te juro que nadie te lo arrebatará.
Y, allí, delante de aquel tesoro, me dije que lo único que no deseaba que me arrebataran era a aquel hombre que me miraba tan arrobado.
Luca volcó el contenido del cofre en su mochila, extrajo el colgante de la cerradura y me lo colgó del cuello.
—Esto también es tuyo.
—¿Cómo… sabías que yo fui… ella?
—Por lo que me hiciste sentir la primera vez que oí tu nombre… Esa «A»… se me clavó dentro —respondió apasionado—. Por cómo mi corazón se encogió cuando posé mis ojos sobre ti. Por cómo todo mi ser despertaba ante tu cercanía. Ya te lo expliqué una vez, lo supe en cuanto te vi. Eras tú…
Sentí un nudo en la garganta y ganas de fundirme en su pecho.
Él cerró entonces la tapa del cofre y se lo metió en la mochila. Cogió la pala y se puso en pie. Yo lo imité.
—Camina por el borde hasta el puente, las sombras te ocultarán.
Su mirada se tornó grave. Se inclinó sobre mí y me besó. Cuando ya se apartaba, me ceñí a él de nuevo.
—No se te ocurra dejarme sola —susurré con afectación—, ni hoy ni nunca. No cuando he tardado tanto en encontrarte.
En la boca de Luca titiló una sonrisa trémula, sus penetrantes ojos desprendieron un torrente de amor tan intenso que llenó mi alma de luz.
—Nunca he tenido tantos motivos para vivir.
Se apartó y comenzó a avanzar despacio y de frente en dirección a Stefano. Mi desazón se agitó encogiéndome el estómago. Tomé una gran bocanada de aire y me dirigí hacia el borde del octógono para recorrerlo sigilosamente.
—Hemos encontrado el lugar —informó Luca acercándose con naturalidad—. Pero el terreno es muy duro, necesito el equipo de excavación que hay en la lancha. Tenemos que regresar.
—No des un paso más —advirtió Stefano desconfiado—. Llamaré a Sofia y le diré que atraque aquí. Desembarcaremos el equipo y podrás trabajar bajo nuestra supervisión.
Luca se encogió de hombros, pero continuó acercándose a él con gesto distraído.
—¿Aún te pongo nervioso? —inquirió en tono ligero.
Stefano lo enfocó con la linterna mientras seguía apuntándolo con la pistola. Continué rodeando el octógono con el corazón en un puño. Me di cuenta de que si quería llamar por teléfono tendría que soltar o bien la linterna o bien la pistola, y ambas cosas supondrían un peligro para él con su enemigo tan cerca. No dejaba de impresionarme la aguda inteligencia de Luca.
—Un paso más y disparo —amenazó Stefano furioso.
—Tranquilo —susurró Luca deteniéndose—. Será mejor que llames ya, no podemos correr el riesgo de que una patrulla nos sorprenda aquí.
Stefano titubeó sin saber qué hacer, quizá percibiendo su complicada situación.
—¿Te sujeto la pistola? —bromeó Luca.
—Pensé que no lo oiría nunca —respondió Stefano sarcástico.
—Puede que hoy sea tu día de suerte —masculló Luca con marcado cinismo—. Me pillas con predisposición a colaborar.
—No imaginas las ganas que albergaba de tenerte predispuesto.
—Pues ya ves cómo es la vida, por fin me tienes a tu merced. Siéntete orgulloso, finalmente has encontrado la manera de rendirme.
Su tono cáustico despertó en el gesto de Stefano una mueca ofendida; su rictus se tensó.
—No era como lo había imaginado, pero me vale.
Finalmente se puso la linterna en la boca y rebuscó en el bolsillo interior de su chaqueta. En ese mínimo instante de distracción, Luca, veloz como un puma, se abalanzó sobre él y lo golpeó en el rostro con la pala. Stefano cayó hacia atrás con un gruñido dolorido, y Luca se lanzó sobre él para arrebatarle la pistola, que todavía llevaba en la mano. Se revolcaron en el suelo, forcejeando y golpeándose, y yo no supe qué hacer.
Me froté nerviosa las manos y observé cómo los hombres peleaban rodando por el suelo. Pero cuando oí el disparo no dudé en acudir hacia ellos con el corazón en un puño y el pánico cerrándome la garganta.
Luca estaba debajo de Stefano, y ambos se observaban con los dientes apretados y miradas ceñudas. Olí el aroma de la sangre antes de verla, mezclado con la acre picazón de la pólvora. Uno de ellos estaba herido.
Me arrojé sobre la espalda de Stefano para arrancarlo de Luca y, para mi sorpresa, no se resistió. Mis manos se empararon de sangre cuando logré depositarlo de espaldas en la tierra. Clavó en mí una mirada confusa, luego observó su pecho y se palpó la herida con gesto desconcertado. Frunció el cejo y abrió la boca exhalando un gemido asustado. Acto seguido, giró el rostro hacia Luca, que ya se incorporaba para mirarlo, emitió un quejido estrangulado y alargó el brazo hacia él. Boqueaba sin parar, sin que ningún sonido inteligible saliera de ella, y finalmente quedó inmóvil.
La pistola, todavía humeante, seguía en la mano de Luca, que observaba el cuerpo inerte de Stefano con gravedad.
—¿Estás bien?
Asintió, suspiró profundamente y se introdujo el arma en la cintura de su pantalón.
—Nunca sabré si fue su inquina hacia mí o su ambición lo que nos ha llevado a este punto —murmuró apenado—, y aunque él decidió su destino, eso no evita que piense que finalmente ha logrado vengarse de mí, porque llevaré su muerte sobre mis hombros.
—Ha sido en defensa propia —argüí acercándome a él.
—Sí, pero el gatillo lo he apretado yo y es cuanto recordaré, por mucho que lo mereciera. Podría haberlo golpeado, pero he decidido matarlo.
—Si no lo hubieras hecho, tarde o temprano te habría matado él.
—Es posible; que lo habría intentado, seguro —coincidió—. Ayúdame a deshacerme del cuerpo.
—¿Lo lanzamos a la laguna?
—No, la marea lo llevaría a Venecia, sería identificado y la policía me investigaría. Tengo antecedentes y saben que ya estuvimos enfrentados. Creo que lo mejor es dejarlo dentro del hospital. Nadie visita la isla, se descompondrá y será tan solo un esqueleto más.
Recogió la mochila que había caído durante la pelea y las dos linternas, y abandonamos el octógono atravesando el frágil puente, que se quejó por el peso al que lo sometíamos.
Aceleramos el paso gruñendo por el esfuerzo y llevamos a Stefano al interior de la primera puerta abierta que encontramos. Nos adentramos en un espacio amplio, una estancia casi devorada por la vegetación colindante. Al fondo se abría una escalera. Luca nos condujo hasta una pared cubierta de hiedra y posó el cuerpo de Stefano en el suelo. Alzó la alfombra de hojas e intentó cubrirlo para ocultarlo.
Un crujido llevó mi vista hacia la carcomida escalinata. Una sombra emergió de ella y pareció detenerse en el rellano, recortada contra la luz de la luna. Dejé escapar una exclamación asustada, di un respingo e instintivamente retrocedí. Luca me miró alarmado por mi expresión y volvió la cabeza hacia la escalinata.
De soslayo, me pareció ver movimiento a mi lado y me giré sobresaltada.
—¡Vámonos de aquí! —apremié mirando nerviosa a mi alrededor.
Luca tomó mi mano y salimos casi a la carrera.
Un estridente graznido nos acompañó al exterior. No quise preguntarme su procedencia.
Caminamos a buen paso atravesando la alameda, deseosos de alejarnos de aquel lugar. La sensación de ser observados persistía tan firme que esperaba ver aparecer a alguien o algo en cualquier momento.
Por fin llegamos al claro donde las ruinas del antiguo lazareto se alzaban irregulares, como la dentadura de un monstruo que deseara emerger del inframundo a golpe de mordiscos.
—Y ¿ahora qué? —inquirí.
—Ahora vamos a salir de aquí —contestó—. Y solo hay un barco disponible.
—Pero Sofia no está sola —repliqué—, lleva dos matones más con ella.
—Y yo llevo lo que busca. O eso creerá, al menos.
—¿Vas a negociar nuestras vidas por la clave?
—Justo eso, por una clave falsa.
Me cogió de la mano y me atrajo hacia su pecho.
—Necesito que me abraces —murmuró contra mi oído.
—Y yo necesito abrazarte.
Y nos enlazamos un instante, el suficiente para calmar nuestros miedos.
—Vamos, ardo en deseos de salir de esta isla —reconoció, al tiempo que me colocaba un mechón de pelo tras la oreja y depositaba un beso en mi mejilla.
Me cogió de la mano y continuamos rumbo al embarcadero.
La lancha, varada en el muelle, golpeteaba contra la orilla en chasquidos regulares. En la proa, tres figuras se recortaban contra la noche.
Luca se descolgó la mochila, buscó la hoja del diario donde había escrito la clave inventada y extrajo un mechero de uno de sus bolsillos. Luego volvió a colocársela en la espalda.
Apagó la linterna, extrajo la pistola de la cinturilla de sus pantalones, me la entregó y respiró hondo.
—Vamos allá.