CAPÍTULO 34
UNA CARTA DE AMOR Y PERDÓN
Levanté la vista de mi smartphone para tomar aliento.
La curiosidad por continuar acicateaba mi ánimo. Y de pronto me apercibí de que, tanto en la historia de Alonza como en la mía, las cosas se estaban complicando endiabladamente. La entereza y el coraje de mi antepasada me maravillaban, y si algo decidí en aquel momento fue intentar que aquella historia viera la luz. Quizá su hazaña de superación inspirara a corazones desalentados, o su lucha tiñera de esperanza otras vidas, o tal vez su desgarradora historia de amor hiciera creer en él a alguna alma solitaria. Sea como fuere, supe que todos deberían conocerla, era demasiado grande para quedármela solo para mí.
En ese preciso instante salió Luca del banco. Caminaba con aquellos andares resueltos y felinos, desprendiendo esa apabullante seguridad en sí mismo que derrochaba en cada gesto. Introdujo unos documentos en el bolsillo interior de su americana. Tenía la cabeza inclinada y el sol reverberaba juguetón en su cabello, azulándolo con destellos plateados. Cuando alzó el rostro hacia mí, esbozó una preciosa sonrisa que me encandiló. Mi corazón me cosquilleó en el pecho y mi estómago hormigueó ingrávido cuando se acercó a la mesa, se inclinó hacia mí y me besó apasionado, sin importarle quién pudiera vernos.
—¿Quiere esto decir que te han hecho el ingreso? —repuse burlona.
—Quiere decir que, cada segundo que paso lejos de ti, me falta el aliento. Te beso para recuperarlo.
Llamó al camarero y pidió una copa de vino blanco. Se sentó a mi lado y pasó el brazo sobre mis hombros para acercarme a él.
Le acaricié el mentón y rocé mis labios contra su cuello. Volvió su rostro hacia el mío y su cálido aliento incitó mi anhelo por perderme en su boca de nuevo.
—Eres un imán para mí —susurré arrobada.
—Quiero ser tu vida entera —murmuró con dulzura.
—Lo eres ya.
Sonrió y besó la punta de mi nariz.
—¿Has leído algo?
—Sí, me he quedado donde Carla, presionada por Alonza, decide contarle su plan sobre la sociedad secreta.
—Justo cuando empieza a complicarse todo.
—Estoy deseando continuar —admití intrigada.
El camarero acudió con una copa y la botella de vino, que mostró antes de servir. Luca asintió complacido, y el hombre, tras una cortés sonrisa, se retiró.
—Puedes seguir leyendo un poco más mientras sigo con mis cábalas del acertijo. Aunque ahora mismo no es lo que más me preocupa.
—Y ¿qué es?
—Mientras aguardaba mi turno en la fila, he estado repasando mentalmente lo sucedido en casa de Gina, y cada vez estoy más seguro de que guían cada paso que damos. Tengo la aguda sospecha de que nada es casual. Si aquel desván me pareció todo un montaje, también resulta jodidamente conveniente que yo descubra esa trampilla teniendo además la llave en el bolsillo. Lo que amplía la trama considerablemente, metiendo a Loretta en ella.
Alcé el rostro y lo observé atónita.
—Tiene sentido, Luca. Ella rompió el jarrón para que tú encontraras la llave, y poco después Gina llamó para que acudiéramos a su casa.
—Todo es una maldita confabulación. Gina forma parte de ella, sin ningún lugar a dudas. Llevan tiempo moviendo los hilos. —Su rostro se oscureció y su ceño se remarcó, lo que le confirió un aspecto pendenciero y sombrío—. Nos ponen donde desean para que nosotros hagamos el trabajo por ellos; el final que nos reservan es fácil de imaginar.
Me recorrió un escalofrío ante la sola mención del peligro real al que nos enfrentábamos. Fruncí el ceño pensativa, intentando asimilar toda la extensión de aquella trama.
—¿Cuánto tiempo lleva Loretta contigo?
—Prácticamente desde que abrí la tienda, hará ya unos siete años.
—Y ¿cómo la conociste?
—Simplemente me la mandó una agencia, cumplía los requisitos y la acepté.
—¿Como ser rubia y guapa?
Dibujó una seductora sonrisa oblicua y alzó una ceja mordaz.
—Como tener experiencia y ganas.
—Sí, de merendarte —proferí guiñándole un ojo.
Él sonrió divertido y frotó su nariz contra mi mejilla.
—Hablando de merendar…
Inclinó la cabeza y mordió el lateral de mi cuello. Solté un gritito y reí apartándolo.
—Pero hay algo… algo que no termina de encajarme —confesó revelando su inquietud—. No sé qué es, solo sé que mi intuición no deja de gritarme que algo se me está pasando por alto y no sé qué puede ser. Ciertamente, todo es una nebulosa insustancial, simples conjeturas, pues solo puedo aferrarme a la lógica y al pensamiento racional, y aunque suelo trabajar mucho con ambos, sin una certeza, no puedo trazar un plan. Con respecto a Loretta, puede que la hayan captado hace poco, no lo sé. Pero Gina…, con Gina algo no funciona.
—No me has mostrado la carta de Lanzo —advertí recordándola.
Luca se metió la mano en el bolsillo de su chaqueta, la extrajo y me la entregó.
—Dime qué opinas.
Asentí y la desdoblé. La letra de Gina era elegante, alargada y con cierta inclinación a la derecha.
Querida Alonza:
No sé si volveré a verte, no sé siquiera si leerás esta carta algún día; posiblemente no, aunque todavía conservo la esperanza de que nos canjeen por prisioneros. Nos mantienen con vida para conseguir algo a cambio, pero no dudarán en matarnos si no obtienen un trato que los satisfaga. Mi vida pende de un hilo, y es quizá en estos, mis últimos latidos, cuando hago balance de lo que ha sido mi vida. Y si algo he sido sin ningún lugar a dudas es el hombre que nació para quererte.
Supe desde la primera vez que puse mis ojos sobre ti que eras mi destino. Entonces tan solo era un niño, pero ya no podía apartar la mirada de ti, y me preguntaba por qué mi corazón se aceleraba ante tu cercanía o por qué sentía esa imperiosa necesidad de cobijarme en tus ojos. No, no lo entendía, pero sucumbía a aquellas emociones que crecían imparables cada día que pasaba junto a ti. Con el despertar de la sexualidad, mi cuerpo te buscaba, mi mente soñaba que te tenía y mis sentidos se desataban ante el simple roce de tu brazo con el mío. Gozaba de mis sueños en la soledad de las noches, triste consuelo para quien tanto te deseaba y te sabía prohibida.
Sin embargo, mi sueño se cumplió. Tú viniste a mí, y yo… yo creí seguir soñando. Pero eras real, tu suave piel, tus dulces labios, tu inocente pasión eran míos. Jamás olvidaré aquella primera noche. La noche de dos virginales y jóvenes amantes, descubriendo el placer de una entrega que no fue solo física, sino también espiritual. Porque, si ya te amaba, en aquel mágico instante mi alma se enlazó a la tuya y lo hizo para toda la eternidad.
Quizá por eso, mi Alonza, no temo la muerte, pues nuestro vínculo es tan poderoso, tan puro y brillante que no habrá oscuridad que te oculte de mí. No sé adónde iré, pero allí te esperaré cuando llegue tu hora, amor mío, y entonces no habrá nada que nos separe, puesto que si vuelvo a nacer lo haré a tu lado.
También he de confesar que siento pesada el alma, pues me digo que tuve que luchar más por ti, que me dejé llevar por los celos, la desesperación y el rencor. Debería haberte raptado y haberte alejado del mundo cuando te reencontré, ¡si supieras cuánto me odio por eso! Pero ya nada puedo hacer, pues si hoy pudiera romper estas argollas iría en tu busca y no te soltaría jamás.
No obstante, solo me queda volver a soñar. Soñar que estás aquí, a mi lado, abrazada a mí. Incluso puedo oler la fragancia a jazmín de tu piel y sentir el suave roce de tus dorados cabellos en mi mejilla, y sonrío y pronuncio tu nombre, porque ese sonido acaricia mi alma y la reconforta. ¡Mis brazos te extrañan tanto!
Y, cuando salgo de esa ensoñación por los quejidos de mis compañeros, por los ladridos del carcelero o por los cañonazos de las galeras, y descubro que estás muy lejos y que quizá jamás vuelva a verte, mi corazón se rompe en mil pedazos y vierte mi tormento con la fluidez de la sangre que derraman mis heridas.
Ahora, el nácar de la luna me trae tu plateada mirada y mi corazón se inflama y mi dolor cesa. Y, si he de morir aquí, serás tú quien venga a abrazarme y me lleve. Casi ansío mi muerte.
No olvides nunca que yo, Lanzo Rizzoli, te amé hasta el fin de mis días. Que todo cuanto poseo es el amor que llevo conmigo y que cuanto ambiciono ya es conseguir tu perdón por no haber sido digno merecedor de la gran mujer que eres. Aun así, me permito decirme que eres mía y que siempre lo serás, como yo seré tuyo hasta que el mundo se extinga y la eternidad perezca.
Mía, mi Alonza, así suenan mis latidos, y en mi último suspiro esa «A» penderá en el aire y te buscará. Quizá lo oigas allá donde estés, porque donde tú estés, allí estaré yo.
Siempre a tu lado, amor mío.
Si alguna vez el amor tuvo otro nombre, fue el nuestro.
Gruesas lágrimas rodaron por mis mejillas. Me ahogó una pena difícilmente contenible ante aquel amor trágico que el destino había malogrado de manera tan cruenta. Ahogué un hipido y respiré hondo para serenar mis emociones. Cuando alcé la vista me topé con la mirada de Luca, que me observaba con una infinita ternura. Cogió un pañuelo de su bolsillo y secó con mimo mis mejillas mientras me sonreía con dulzura.
—Lo siento, creo que estoy demasiado sensibilizada con la historia.
—No te disculpes, es la carta de amor más hermosa y más triste que he leído nunca.
—Lo es, sabía que no acababan juntos, pero esta despedida… me ha encogido el corazón.
—Ahora están juntos, como lo estamos nosotros —afirmó rodeándome con sus brazos—. Un amor así no lo corrompe el tiempo, resurge una y otra vez hasta encontrarse de nuevo.
Le devolví la carta y, tras aquel instante emotivo, una duda me asaltó repentina.
—Un momento —comencé irguiéndome y mirándolo ceñuda—, si todo es una confabulación y Gina está con ellos…, ¿no será esta carta falsa? Porque si se la han llevado será por algo, digo yo.
—No, esta carta es la que Lanzo escribió, es absolutamente él —opinó Luca con singular convencimiento.
—Gina debe de haberla releído muchas veces para recordarla tan al detalle —murmuré con cierto asombro.
Luca negó con la cabeza, dobló la carta con parsimonia y se la metió en el bolsillo de la chaqueta.
—Es muy extensa, dudo que Gina posea tanta memoria a su edad, y tampoco dispuso de tanto tiempo. Lo que me lleva a pensar que ya la tenía copiada antes de que nosotros llegáramos. Y, esta vez, tengo una prueba irrevocable para mi suposición: el papel no es el mismo que le diste.
Alcé las cejas desconcertada y lo miré inquisitiva.
—Las hojas de tu bloc de notas tienen una fina línea rosa por donde se separa del cuaderno. Esta es completamente blanca. Ya lo tenía todo preparado.
—Pero… —argüí confusa—, si es la carta de Lanzo, ¿por qué no nos ha dado la original?
—Evidentemente porque en el pergamino original, además de estas conmovedoras palabras, hay algo más. Un párrafo que han querido ocultarnos, una clave, o algo transcendental para ellos.
Fruncí el ceño aturdida. Seguía sin comprender qué era lo que pretendían.
—Y ¿no habría sido mejor no darnos nada? Con decir que se habían llevado la carta o no decir ni que existía habría bastado. No entiendo por qué nos copian el contenido, a excepción de lo que hayan querido ocultar.
—Tampoco yo —admitió suspicaz—, y no dejo de darle vueltas, pero debe de haber una razón de peso. Ahora mismo solo se me ocurre que quizá nos copió esto para hacernos creer que estaba dispuesta a colaborar y no sospecháramos de ella. No obstante, yo le pedí que la transcribiera, y esta carta ya estaba preparada. Tengo la sensación de estar en un maldito laberinto para cobayas, deambulando por los pasillos que nos abren.
—Quizá lo estemos, quizá nada es lo que parece.
Me miró pensativo, su faz se ensombreció con una conjetura que le acentuó el ceño. Se pasó una mano por el cabello, alborotándolo, y aquel gesto me despertó las ganas de atusárselo. Me detuve impávida y una sensación extraña me recorrió la espina dorsal. Aquel gesto…, mi respuesta…
—¿Ocurre algo? Parece que hayas visto un fantasma.
Forcé una sonrisa y negué con la cabeza, sin lograr sacudirme completamente aquel estremecimiento.
—¿Qué pensabas? —pregunté intentando desviar su atención sobre mí.
—Pues que si todo no es lo que parece, puede que nadie sea realmente quienes nos hacen pensar que son.
—Ese «nadie», ¿a quién engloba exactamente?
—Pues a todos los implicados en este asunto —respondió terminando su copa de un largo trago.
—¿Incluido tú?
La mirada que me lanzó evidenció su disgusto; no obstante, asintió ante mi desconcierto.
—Incluido yo.
Escrutó curioso mi reacción frunciendo ligeramente el ceño. Pareció analizar mi asombro y mi confusión como si buscara algo escondido en el fondo de mi ser. Y lo hizo con tal intensidad que sentí un repentino estremecimiento y un desasosiego inquietante.
—¿No eres quien me haces pensar que eres? —inquirí molesta, y resalté mi desagrado con una mirada recelosa.
—Soy mucho más de lo que piensas.
—¿Es acaso otro jodido acertijo? —murmuré indignada.
Su expresión se tornó grave y su mirada se oscureció.
—Toda mi vida lo es. Desde siempre llevo intentando averiguar quién soy, el acertijo más enrevesado y complejo al que me enfrentaré. Desde que tengo uso de razón, todas mis energías y mis pensamientos los he dedicado a encontrar mis orígenes, a mirar dentro de mí y también fuera, y a desentrañar la maraña que me envolvía.
Los recuerdos de una niñez solitaria e inestable flotaron en sus ojos, velándolos por un instante.
—Pude acceder a los registros del hospital donde me abandonaron e hice un listado con las mujeres que se sometían a sus controles prenatales allí y tenían como fecha de término más o menos la semana en que me encontraron a mí. Es una pista bastante vaga, ya que quizá mi madre ni siquiera se sometió a control alguno, pero a mí me resultaba igual de esperanzador. Me llevé el listado a mi pequeño apartamento y traté de localizar a todas las mujeres. En aquel entonces era un solitario estudiante que se pagaba los gastos trabajando en restaurantes. Recuerdo acechar a cada una de ellas solo para descubrir si compartían algún rasgo físico conmigo, o quizá si mi intuición me alertaba ante su cercanía. Pero nada de eso ocurrió, y con cada nombre que tachaba esa esperanza languidecía. Cuando me quedó solo una de ellas, no fui capaz de continuar.
Sus labios se apretaron tensos y la línea de su cuerpo se tensó. Respiró profundamente y me observó expectante.
—Te parecerá una incoherencia, pero en realidad fue pura cobardía —aclaró en un extraño hilo de voz, como si se avergonzara de aquello—. Preferí seguir abrazado a la duda por no soltar la esperanza. Si descubría que aquella última mujer no despertaba nada en mí, o no hallaba parentesco físico alguno, mi ilusión moriría irremisiblemente y quizá me arrastrara a un vacío que me había esforzado por evitar. Si me quedaba con la incertidumbre, al menos podría soñar que aquella última mujer era ella. Sí, suena absurdo y quizá estúpido, pero para alguien que no tenía a nadie en la vida esa incertidumbre era suficiente para seguir adelante. Era preferible despertar cada día con la pregunta de si sería o no al convencimiento de que no lo fuera.
—Pero ¿y si realmente lo era? —espeté mirándolo con ternura.
—Esa pregunta me acompañó muchos años, y por fin le busqué respuesta cuando acabé la universidad. Regresé de nuevo a aquella última dirección y aceché durante días, pero nadie salió de aquel portal.
Bajó los ojos, quizá escondiendo a aquel Luca vulnerable que fue en aquel tiempo. Alargué la mano y acaricié con el dorso de los dedos su mejilla. Él la atrapó y se la llevó a los labios, besando mi palma. Me mantuve en silencio aguardando que continuara, asumiendo por su expresión que no era fácil para él.
Cuando alzó la vista, la tristeza que brilló en ella me encogió el corazón.
—Cansado de esperar, un día llamé a la puerta, pero nadie abrió. Llamé a la puerta de al lado y pregunté. La mujer que vivía en aquella casa había muerto hacía seis meses. Y entonces supe lo cara que pagaría mi cobardía, pues comencé a flagelarme cada maldita noche, preguntándome si era ella, recriminándome no haber tenido el coraje de arriesgarme. Solo hallé un consuelo: averiguar más sobre ella, visitar su tumba. —Hizo una breve pausa, sumido en los recuerdos. Su mirada se empañó y su rictus se tiñó apesadumbrado—. Y allí, incrustada en su lápida de mármol, miré sus ojos, exactos a los míos.
—Luca…, debió de ser muy duro —musité tomando su mano entre las mías.
—Le llevo flores desde entonces. A veces, me siento en el banco que hay frente a su tumba y le hablo. Le cuento cosas de mí, de mi niñez, de mis sueños, de mis penas y de mis alegrías. —Sonrió tristemente y sacudió la cabeza—. De cuánto la extrañé y de cómo la soledad corroía cada noche en el orfanato mi alma. Cuando uno está tan solo, sumido en la oscuridad y en silencio, la mente se abre y te ilumina con sensaciones e imágenes que te alejan de la locura. Cuando era un niño, evocaba a mi madre abrazada a mí, susurrándome que fuera fuerte, que ella estaba a mi lado, y yo… yo me dormía entre lágrimas, pero feliz. Cuando crecí, sentí otra presencia, una muy diferente, una que despertaba mi cuerpo y mi corazón. Nunca pude verle la cara, pero podía sentirla. Quizá por eso las chicas que conocía no terminaban de llenarme, porque sentía que ese hueco ya estaba lleno.
—Idealizaste a una mujer irreal y, claro, nadie pudo competir con eso.
Luca amplió la sonrisa y negó con la cabeza.
—Era muy real, solo que incorpórea. Pero por fin se materializó.
Su penetrante mirada burbujeó en mi pecho. Me acerqué lentamente a su boca y lo besé apasionada. Él abarcó mi rostro con las manos y profundizó el beso estremeciendo hasta la más recóndita fibra de mi alma.
Cuando nos separamos, descubrí que la misma emoción que me constreñía a mí lo aprisionaba a él, que sus ojos brillaban como los míos y que su rictus grave mostraba en toda su plenitud el mismo sentimiento que afloraba por cada poro de mi piel. Y entonces me dije que no importaba quién fuera realmente, solo quién era para mí. Y día a día se abría a mí, dejándome conocerlo un poco más, y cuanto más lo conocía, más me enamoraba. Mis sentimientos eran ya tan intensos que, pasara lo que pasase con nosotros, sabía que jamás saldría ya de mi corazón.
—Si alguna vez el amor tuvo otro nombre, fue el nuestro —repitió la despedida de Lanzo en apenas un susurro que me erizó la piel, despertando una miríada de mariposas que revolotearon inquietas en mi interior.
Pagó la cuenta y nos marchamos cogidos de la mano. Con el corazón todavía ingrávido, me sentí flotar por las empedradas calles de una ciudad mágica, con el convencimiento de que el legado de Alonza no era otro más que el amor que ahora inflamaba mi pecho e iluminaba todo mi ser. De alguna sobrenatural manera, sentía que me había pasado el testigo.