CAPÍTULO 29
TEJIENDO LA RED
La boda se celebró en la basílica de Santa Maria dei Frari, muy cerca de la mansión de los Rizzoli. Los que asistieron dijeron que nunca habían visto un novio más demacrado y abatido y una novia más radiante.
Fue un día de duelo para mí, que pasé enteramente en mi alcoba, dentro de mi cama, reordenando mis pensamientos, alejando la congoja e intentando convencerme de que el Lanzo al que yo una vez amé no era el que ahora contraía matrimonio con una serpiente.
No, no podía serlo, pues mi Lanzo jamás habría permitido un chantaje así, no habría transgredido tan vilmente sus principios, su moralidad y su nobleza solo por conseguir la libertad. Aquel no era el muchacho que yo había conocido. No, mi Lanzo habría ido a juicio y habría defendido gallardamente su verdad, habría abogado por la justicia y se habría mantenido imperturbable ante cualquier cosa que no fuera honorable. Negociar con su vida, y además unirla a un ser despreciable, era sin duda peor condena que pasar un tiempo en prisión. Incluso las galeras habrían sido preferibles, o al menos para el hombre que yo conocía. Lo que dejaba lamentablemente claro que aquel Lanzo era ya un completo desconocido para mí y como tal tenía que reconocerlo mi corazón.
Así, día tras día, semana tras semana, mes a mes, aquella revelación terminó consolidándose en mi cabeza, aunque le costaba más anidar en mi corazón.
Pasó el tiempo y, quizá con la complacencia de haber recuperado a su familia y los planes iniciales, Fabrizio retiró la demanda de tutela sobre mí, lo que me liberó de sus garras.
Marco regresó a la ciudad con su gentil esposa, la dulce Giulia, y tomó posesión de un precioso palacio de cuatro plantas con muchas chimeneas y un jardín inmenso frente al Gran Canal, llamado Ca’ Dario en honor al famoso senador y comerciante veneciano Giovanni Dario, que en 1487 ordenó su construcción en un antiguo cementerio templario al arquitecto Pietro Lombardo, antepasado de Bianca. Pero el edificio gozaba de una leyenda escabrosa, pues decían que pesaba sobre él una maldición, justamente por su siniestro enclave, sobre todo aquel que morara en su interior. Tras la muerte de Giovanni, su hija, Marieta Dario, ocupó la casa junto a su esposo, Vicenzio Barbaro. A partir de este punto, todo fue un autentico río de desgracias: los Dario se arruinaron y Marieta y el resto de la familia se acabaron suicidando. Los Barbaro se quedaron con el palacio los siguientes años, y hacía apenas unos pocos, uno de los sucesores y gobernador de Candía murió asesinado en extrañas circunstancias, por lo que el palacio quedó vacío. Pensé que ahora era él que tenía la maldición dentro con semejante propietario.
Caterina, también desposada con su maduro y poderoso marido, embarazada ya de su primer vástago, vivía en otra gran casona, rodeada de lujos y personas de ascendencia ilustre, detalle que remarcaba el triunfo del patriarca uniendo nuevamente a la familia y otorgándole la elevada posición social que tanto ambicionaba.
Lanzo había abierto su propia botica en la planta baja de su casa, pues Fabrizio les había regalado el palacete familiar a los flamantes novios y se había instalado en casa de una rica viuda con la que se había comprometido. Allí desarrollaba su pasión por los remedios y las hierbas, que, aunados a sus conocimientos de medicina y biología, lo convirtieron en uno de los más solicitados apotecarios de Venecia.
En cuanto a mi vida, mi prestigio como meretriz aumentaba. No solo concertaban citas conmigo de índole sexual, sino que también me convertí en acompañante de fiestas, en consejera y en herramienta de enrevesadas tramas políticas. Resultaba increíble cómo, tras el acto sexual, el hombre liberaba toda clase de preocupaciones en el lecho. Yo escuchaba paciente, a menudo ni siquiera esperaban respuesta, tan solo necesitaban ser escuchados. Otros aguardaban mi opinión sobre diferentes temas y, por mucha y diversa materia estudiada, solía ser el sentido común el que finalmente asesoraba. No obstante, mis conocimientos se veían ampliados enormemente siendo recipiente de sus intrigas y estrategias. Escuchar de boca de hombres poderosos la tensa situación con los turcos en las fronteras del Véneto, las confabulaciones entre las grandes cortes europeas, los últimos mecenazgos a las carreras de incipientes artistas, las disputas territoriales entre Estados o los avances médicos del momento era sin duda una ventana al mundo a la que ninguna mujer de mi época podía aspirar asomarse.
Día a día, mi sabiduría crecía, mi escudo se reforzaba y mi astucia utilizaba la información de la manera más lucrativa posible. A veces me preguntaba dónde había quedado mi moralidad, pues no sentía el más mínimo remordimiento ante mis cuestionables actos, y siempre los justificaba del mismo modo: no importaba el camino, sino el fin. Y mi fin cada día refulgía más, y, cuanto más brillaba, más crecía mi determinación y más languidecían mi escrúpulos.
Mi popularidad aumentaba, sin embargo, pues mi vehemencia y mi dominación en el lecho se consideraba morbosa a ojos de hombres poderosos; hombres que yo reducía a pusilánimes marionetas que manejar, abofetear, zarandear y vejar como quisiera, y ellos, fieros lobos en sus vidas, se tornaban temblorosos corderitos en mis manos. Esa fiereza, que yo derramaba con total impunidad nacida de lo más hondo de mi ser, se convertía en mi vía de escape, pues cada noche una bola de furiosa impotencia y de odio descontrolado crecía peligrosamente dentro de mí. Y, a pesar de amanecer más fría y dura, la impaciencia por cobrarme mi venganza me aguijoneaba implacable.
Aquella mañana paseábamos Chloe y yo por el mercadillo del Rialto, donde bulliciosos comerciantes exponían sus productos en coloridos puestos. Ella buscaba un filtro de amor en un tenderete donde una anciana decía leer el futuro en la palma de la mano y ofrecía toda clase de amuletos y rituales. Era considerada una bruja, y por eso solía establecerse en diferentes partes de la ciudad, por si era denunciada. Aunque, naturalmente, en su puesto solo mostraba abalorios que ella misma confeccionaba.
La mirada ansiosa de Chloe buscándola me desazonó. Y, a pesar de haberme tomado a la ligera su confesión, aquella situación comenzaba a preocuparme. Pocos días antes, y tras percibir una inusual nostalgia en ella, le había preguntado por el motivo de su ensoñadora actitud. Su ilusionada sonrisa me respondió antes de que formara una sola frase: se había enamorado de uno de sus clientes, el primogénito de los Conti, heredero del ducado, que había decidido no compartirla, por lo que la requería en su lecho cada noche. Pero, lo que en un principio consideré un simple enamoramiento pasajero, con el paso de los días, se afianzaba en el pecho de Chloe.
—¿De veras pretendes encandilar a tu enamorado con un filtro mágico?
—Necesito que se vuelva loco por mí —alegó retirando de su rostro uno de sus brillantes rizos. Sus ojos aguamarina se iluminaron cuando localizó a la anciana al final del puente—. ¡Ahí está!
Me cogió de la mano y tiró de mí alborozada.
—Lo que no entiendo es cómo no lo está ya, y ¿a qué viene tanta urgencia?
Sorteamos a la gente apiñada frente a los puestos de los orfebres y, cuando llegamos a la pequeña tienda de loneta roja, Chloe se detuvo, respiró hondo y con una abierta sonrisa ilusionada despejó el tergal que cerraba la entrada. Me adentré en aquel pequeño cubículo velado por el resplandor escarlata que el sol arrancaba de la tela y me detuve frente a la desvencijada mesa. Tras ella, la peculiar adivina permanecía solemne sentada sobre un cajón de madera.
Chloe ocupó la única silla frente a la anciana y extendió la palma de la mano sobre el tablero.
La mujer, de rostro macilento cuarteado por profundas arrugas, la miró frunciendo el ceño y los labios.
—¿Qué deseáis saber, joven dama?
—Me interesa el amor.
—Bien —se limitó a murmurar la anciana, centrando su atención en la mano abierta.
Tras un largo instante repasando con su índice las líneas de su mano, por fin la miró a los ojos y la escrutó con concienzuda atención. Su rictus impasible de repente se ensombreció visiblemente. Oprimió los labios con cierto pesar y chasqueó la lengua negando con la cabeza.
—Debéis apartaros del hombre que ocupa vuestro pensamiento.
Chloe la miró desconcertada y contrariada, componiendo una mueca obstinada.
—¡Lo amo! —clamó con pasión.
—Por eso mismo. Ese hombre no os traerá más que desgracias.
La anciana bajó la vista hacia la mano y recorrió una de las líneas con el dedo, como para cerciorarse de su vaticinio.
—No hay duda alguna sobre vuestro fatal destino si no os alejáis de él. Es un vil bestia.
—¡Eso es una infamia! —exclamó ofuscada Chloe, retirando bruscamente la mano—. Es dulce y comprensivo, delicado y gentil.
—Esa es solo su máscara —insistió la anciana—. Bajo ella se esconde un monstruo.
—No… no sé por qué decís eso —barbotó mi amiga furiosa—. Yo lo conozco, y no es como decís. No entiendo qué ganáis con contrariarme.
—No gano nada. Podría deciros que es el hombre de vuestra vida, pagaríais generosamente mi servicio y os marcharíais flotando de aquí. Pero no es ese mi cometido, no soy una estafadora, muchacha. Mi principal deber es advertir cuando veo un peligro inmediato, y es lo que hago. Comprendo que no sea lo que deseáis oír, pero es lo que dice vuestro destino. No obstante, habéis acudido a tiempo a mí.
Chloe me miró apesadumbrada. Yo posé mi mano en su hombro y observé decidida a la anciana.
—¿Qué es exactamente lo que la aguarda si sigue con él?
Los ojos de la mujer, oscuros y brillantes, contrastaban con los níveos mechones que caían desmadejados a ambos lados de su enjuto rostro. Brilló en ellos una sapiencia que me abrumó. Había algo místico en ella, desprendía un halo diferente, poderoso, y en aquella penetrante mirada que me dedicó sentí que también se asomaba a mi alma, haciéndome sentir vulnerable y expuesta.
—La muerte —sentenció grave.
Un abrupto escalofrío me recorrió por entero. Una acerba sensación ominosa lamió mi espina dorsal, despertando una inquietud latente que se aposentó en mi nuca con un cosquilleo insidioso.
—¡Vámonos! —rogué presionando ligeramente el hombro de mi amiga.
—No —replicó ella testaruda—. Si tan aciago es mi destino a su lado, al menos que me advierta cómo sucederá.
—No puedo saber cómo y dónde sucederá, pero será pronto. Habrá una fuerte discusión y él será vuestro verdugo.
—No —repitió Chloe con crispación—, eso no es verdad. Yo… solo necesito que se enamore de mí, y justo por eso venía a por uno de vuestros filtros.
—Muchacha, sois joven y bella, y veo en vos un corazón noble. Todavía estáis a tiempo de cambiar ese destino. No necesitáis que él os ame, no puede amar, ni a vos ni a nadie, porque es un monstruo sin corazón que se esconde tras un bonito envoltorio. Huid, no os empecinéis en un imposible.
Me llamó la atención el gesto de Chloe, un gesto que me congeló la sangre al reconocerlo en mí misma tiempo atrás. Sentí cómo se acumulaba el amargor en la boca de mi estómago y entonces comencé a comprender la gravedad de la situación.
—Puedo ofreceros otra clase de filtro —manifestó la adivina con mirada suspicaz—, uno para arrancar de vuestro vientre ese error.
Chloe se abrazó esa zona de su anatomía en actitud protectora y comenzó a llorar sacudiendo los hombros. Se puso en pie y la estreché entre mis brazos. Sofocó sus sollozos escondiendo el rostro en mi hombro.
Metí la mano en el saquito que pendía de mi cintura y extraje algunos escudos que esparcí sobre la mesa.
En ese preciso instante, la anciana apresó mi muñeca y me clavó una mirada escalofriante.
—Percibo en vos una fortaleza fuera de lo común —masculló con voz rasgada y siniestra—. Conocéis el infierno y a los monstruos que escaparon de él y vagan junto a nosotros. Si apreciáis en algo la vida de vuestra amiga, alejadla de ese hombre.
Sostuve su mirada sin amilanarme y me zafé de su garra para rodear la cintura de Chloe y sacarla de allí.
La conduje hasta una taberna y nos adentramos a pesar del murmullo claramente desaprobador de los hombres sentados a la barra.
Tomamos asiento en unos bancos junto a la ventana y llamé a la tabernera. A las ceñudas miradas reprobadoras les siguieron murmuraciones ofensivas que ignoré. Pedí dos jarras de cerveza caliente y un tazón de caldo.
Chloe me miraba asustada y afligida, aguardando mi reclamo.
—Debes beber algo que te reconforte, estás pálida. Y te tomarás sin rechistar el caldo, ¿de acuerdo?
Asintió adelantando tembloroso el labio inferior. Reprimí el deseo de abrazarla nuevamente.
—¿Cuándo pensabas contármelo?
—Cuando anunciara también mi boda con Massimo.
—Chloe…
—¿Por qué no? No sería la primera meretriz que se retira por amor. Yo… estoy tan cansada de llevar esta vida, Alonza. Y lo amo. Sé… sé que quizá sea ingenua al creer que él aceptará desposar a una mujer con mi pasado, pero de veras que siento que es posible. No le soy indiferente, la pasión entre nosotros es mutua y conversamos mucho. No desea compartirme y eso ya es una señal de…
—De que está encaprichado contigo —la interrumpí realista—. No digo que no pueda enamorarse, eres una mujer maravillosa, Chloe, cualquier hombre sería afortunado de tenerte. Pero no puedes permitirte soñar con esa posibilidad, y menos aún arriesgarte tan temerariamente forzando un vínculo que ni siquiera sabes si está dispuesto a aceptar.
Se mordió el labio inferior con semblante apesadumbrado y bajó la vista cuando la tabernera nos sirvió las jarras rebosantes y la escudilla con la humeante sopa.
—Creí que…, bueno, darle un hijo sería el empujón que le falta para comprender que estamos hechos el uno para el otro. Aún confío en ello, pienso decírselo muy pronto, cuando el embarazo se me note más.
—Pero, Chloe, dejaste de tomar el remedio para evitar concebir solo para cazar a un hombre… —reproché ceñuda—. Eso es una insensatez. Espero que tu plan resulte, porque si él te rechaza, Carla te echará de la casa y no podrás volver a trabajar para ella.
Me miró nerviosa, pero no vi arrepentimiento en su faz.
—Si Massimo me rechaza y Carla me expulsa de la casa, habrá merecido la pena, porque deseo este hijo como hacía tiempo que no deseaba nada. Quiero ser madre y entregarme por entero a esta criatura para darle todo lo que a mí me arrebataron.
—No es tarea fácil criar a un niño sola —apunté preocupada.
—Tengo dinero ahorrado y sé valerme por mí misma, y si algo lamentaré es perderte a ti.
Nos tomamos de las manos mirándonos a los ojos, derramando cada una nuestro pesar, nuestra inquietud y todo el amor que nos profesábamos.
—Quizá podamos encontrarnos cuando decidas retirarte.
—Nada me complacería más.
Sonreímos entre lágrimas, entrelacé mis dedos con los suyos y los presioné regalándole una mueca emocionada.
—¿Por qué no te vas ya, Chloe?
—¿Ya? No puedo irme sin confesarle su paternidad.
—Pero ¿y si esa mujer lleva razón? Su rotundidad ha sido sobrecogedora.
—Alonza, no ha podido ver todo eso en mi mano. Es tan solo una charlatana más. Quizá tenga el día torcido y ha querido pagarla conmigo.
Empujé la cerveza hacia ella y la alenté a beber con un gesto apremiante.
—Ha adivinado tu estado, y creo que incluso ha visto dentro de mí. Me provocó escalofríos su intensa mirada. Por Dios, Chloe, no desaparece de mi estómago esa sensación insidiosa de mal augurio.
—Es una anciana, Alonza, una mujer sabia —replicó apaciguadora—; seguramente mi aspecto a ojos experimentados evidencia mi estado, no sé. En cuanto a ti, no hay que ser vidente para comprender que eres una mujer que te has forjado en el dolor. Tu fortaleza es visible en tu porte, y en tu mirada se vislumbra la dureza de tus vivencias. No es fácil acceder a esa faceta dulce y cariñosa que me reservas a mí. Soy afortunada por tenerte, amiga mía.
Sonreí conmovida y volvimos a cogernos de las manos.
—Prométeme que serás cuidadosa. Esto no me gusta.
—Lo prometo. Pero no podemos dejarnos llevar por el miedo que esa mujer nos ha inculcado. Conozco a Massimo y jamás se atrevería a hacerme daño. No sé si me rechazará o no, pero matarme… —Soltó una carcajada que sonó histriónica y añadió—: Por supuesto que no.
Bebimos en silencio y la obligué a terminarse la sopa antes de marcharnos. Caminamos conversando de cosas triviales, más por desdibujar lo sucedido que porque necesitásemos hablar.
Sin embargo, a cada paso que daba cogida de su brazo, riendo con sus chanzas o compartiendo reflexiones, el malestar, en lugar de diluirse, aumentaba. Aquel vaticinio de la bruja parpadeaba brillante en mi mente, despertando la premonición de que algo terrible sucedería.
Recé para mis adentros y pedí por ella, pero sobre todo me propuse idear el modo de alargar que ella se lo dijera, pues sospechaba que ese anuncio sería el germen de la discusión que la anciana había visto en las líneas de su mano.
En los días posteriores, indagué sobre Massimo Conti, joven, apuesto y con tendencia a toda clase de vicios, pero al parecer inofensivo, de carácter jovial y actitud arrogante, nada fuera de lo común en un muchacho de su posición. No obstante, las probabilidades de renunciar al título por Chloe eran prácticamente nulas, incluso si la quería. No se le conocían inclinaciones violentas ni un ánimo beligerante, y a pesar de que mis pesquisas deberían haberme tranquilizado, mi malestar seguía allí, y esa condenada inquietud permanecía ominosa, condenándome al insomnio. Tan solo me abandonaba al oír el suave chirrido de los goznes de la puerta y a Chloe desvistiéndose para meterse en su cama.
Una mañana, mi amiga comenzó a sentirse mal. Había intentado ocultar las molestas náuseas matutinas sin salir de nuestro cuarto. Pero ese día su debilidad era tan patente que a punto estuvo de desplomarse al levantarse. La obligué a meterse de nuevo en la cama y, cuando la toqué, comprobé que estaba ardiendo.
—No… no le digas nada a Carla, seguro… que… dentro de un rato me recupero —dijo entrecortadamente.
—¿Qué puedo prepararte para bajarte la fiebre?
—No… no lo sé.
—Chloe, necesitas que te vea un médico.
—¡No! —insistió ella pertinaz—. Descubriría que estoy encinta y se lo diría a Carla.
Tenía los ojos brillantes, gotitas de sudor perlaban su piel y sus labios destacaban rojos en la lividez de su rostro.
—Quizá sea grave, no puedes arriesgarte a perder a este hijo que tanto quieres, ni poner tu salud en peligro por ocultar la verdad.
Sus ojos se humedecieron y su faz se contrajo en una mueca indecisa y asustada.
Cogió mis manos y me miró llorosa y trémula.
—Solo se me ocurre una cosa —anuncié pensativa—: llevarte a alguien de confianza. Te examinará, sabrá qué remedios podrán sanarte y no dirá nada a nadie sobre tu estado. Confío en su discreción, a pesar de que ya no es el hombre que un día conocí.
—¿No… no estarás pensando en…?
—Sí, Chloe, no se me ocurre acudir a nadie más. Gabini es íntimo de Carla, y no me atrevo a ponerte en manos de cualquiera. Lanzo se ha convertido en el mejor sanador de toda Venecia, lo reclaman incluso fuera de las fronteras.
—Estás… muy… al tanto de su vida.
—Estoy al tanto de todos los chismorreos de la ciudad —puntualicé circunspecta.
—De acuerdo…, acudiremos a su botica.
—¿Puedes ponerte en pie? Tienes que fingir estar bien y salir de casa con la intención de hacer unas compras.
—Creo que sí. Aunque noto un hormigueo extraño entre los muslos.
Retiré la manta, y ambas dejamos escapar unísonos gemidos alarmados.
Una pequeña mancha de sangre se extendía escandalosa en el vértice de sus piernas, tiñendo la blancura de su camisola.
—¡Alonza! —exclamó ansiosa. Sus ojos se abrieron como platos de espanto y sus dedos se crisparon en torno a los míos.
El recuerdo de mi propia pérdida amenazó con nublarme la mente. La reminiscencia dolorosa de aquel momento me secó la garganta. No había tiempo que perder.
Le puse apresuradamente un sencillo vestido de sarga y una sobretúnica, la cubrí con su capa y me vestí con urgencia.
—Intenta andar, yo te tomaré del brazo, pero debes permanecer erguida al menos hasta que salgamos a la calle.
Asintió con un rictus tenso y se puso en pie tambaleante.
Maldije para mis adentros: si nos descubrían, todo se complicaría.