CAPÍTULO 11
POVEGLIA
Desperté de un sueño horrible que dejó un amargo sabor en mi boca. Parpadeé repetidas veces y sentí varios aguijonazos pulsantes en mi rostro que me contrajeron el gesto en una mueca dolorida. Me notaba acorchada y débil, y apenas lograba enfocar la vista. Una familiar voz me reconfortó.
—Mi pequeña Alonza. —Su tono cogitabundo me alertó—. Todo va a salir bien, no dejaré que se deshagan de ti. Tienes que levantarte, mi niña, debo sacarte de esta casa.
Concetta limpiaba mi rostro con un lienzo empapado. Lo aplicaba con delicados toques sobre mis magulladuras. Cuando logré fijar la vista, observé que un abundante reguero de lágrimas humedecía sus mejillas.
Entonces, la realidad de lo ocurrido despejó mi mente, sumiéndome en un dolor profundo.
—¿Mi… mi hijo?
La mujer negó con la cabeza. Apretó los labios y frunció el ceño aguantando un sollozo.
—Podréis tener más, espero. —Su mirada llorosa brilló de rabia contenida. No obstante, logró recomponerse para forzar un gesto apremiante—. Ahora solo urge huir cuanto antes. ¿Puedes levantarme?
Me ayudó a incorporarme y yo exhalé un agudo gemido lastimero. Me dolía todo el cuerpo, en especial el bajo vientre. Me llevé la mano a él y apreté los dientes.
—Has perdido mucha sangre, ese… animal se cebó contigo. El señor Rizzoli no tardará en llegar acompañado de un médico, hemos de apresurarnos.
La miré confusa… yo necesitaba ser atendida. Tenía que curarme para poder escapar. En aquel estado no llegaría muy lejos.
—Quiero que me vea un médico, Concetta, que todos sepan lo que ese bastardo me ha hecho. Su padre lo castigará y…
—Alonza, escúchame —me interrumpió impaciente—. Nadie va a castigarlo. Su padre lo protegerá, nadie sabrá la atrocidad que ha cometido contigo.
—Pero… pero Fabrizio ha llamado a un médico para que me cure.
—No, pequeña, no lo ha llamado para eso.
Agrandé los ojos completamente confusa.
—Lo ha llamado para que atestigüe que estás infectada por la peste.
—¡No lo estoy! —exclamé asustada.
—Todos lo sabemos, pero quieren deshacerse de ti. Has malogrado el contrato matrimonial, Marco ha abusado de ti y has perdido al hijo de Lanzo. El señor no puede arriesgarse no solo al escándalo, sino al enfrentamiento de sus hijos.
Negué angustiada con la cabeza y rompí en un sollozo que me punzó la garganta y oprimió mis entrañas.
—¿Me llevarán a Poveglia?
—Es lo que pretenden, condenarte a una muerte infame e inventar alguna patraña para Lanzo.
Un pánico atroz me sepultó bajo su yugo.
—¡No… no pueden hacerlo! —me lamenté en un agudo grito aterrado.
—No lo permitiremos. Te he limpiado como he podido y curado tus magulladuras. Sé que estás muy débil, pero tienes que levantarte de inmediato de esta cama. Te llevaré a casa de una buena amiga y te esconderás allí mientras envío un mensaje urgente a Lanzo.
Asentí y me esforcé en salir de la cama. Trastabillé al ponerme en pie, pero logré mantener el equilibrio. Me ardía el rostro y mi entrepierna se contraía punzante.
Concetta me agarró de la cintura y avanzamos hacia la puerta. La abrió y asomó la cabeza. Asintió nerviosa y salimos del cuarto. Yo arrastraba los pies y, más que caminar, me dejaba llevar por ella, que hacía un sobresfuerzo por evitar que me cayera. No bien habíamos recorrido el tramo hasta el rellano de la escalera cuando, ante nosotras, mi peor pesadilla emergió de ella.
El hombre pájaro vestido con un hábito negro y aquella horripilante máscara de pico curvo se plantó frente a mí. Tras él, varios hombres, entre ellos, Marco y Fabrizio.
Retrocedimos angustiadas y, antes de que pudiéramos alejarnos, ya nos habían acorralado.
—Me temo, Concetta, que debo mantener una seria conversación contigo acerca de la lealtad.
Fabrizio miró acusador a la doncella. Ella alzó la barbilla y lo contempló con un profundo odio.
—No puedo permitir semejante aberración, mi conciencia no descansaría. Sois un monstruo si consentís esta injusticia.
—Soy lo que me obligan a ser —respondió él mirándome ofendido—. ¡Nada de esto tendría que haber pasado si hubiera respetado mi casa, maldición!
Su voz restalló como un látigo y yo me sobresalté con un respingo. El verdugón de esa fusta apareció en mi corazón. Gruesas lágrimas arrasaron mis ojos.
—Me provocó, padre, es una buscona —acicateó Marco con semblante perverso.
Fabrizio lo fulminó con la mirada.
—Has enfrentado a toda mi familia como una pérfida ingrata —agregó él furioso—. No puedo permitir que deshonres mi nombre y mi casa. Podrías haber sido mi hija, pero elegiste ser mi enemiga. Y, como tal, solo hay un destino para ti.
—No, no, por favor —supliqué desesperada—. Me iré muy lejos de aquí, jamás volveréis a verme. Te lo ruego, Fabrizio, déjame marchar.
—Si lo hiciera, Lanzo te buscaría. Solo hay un lugar donde no lo haría: en el más allá. ¡Apresadla!
Dos hombres se cernieron sobre nosotras, separándonos. Caí al suelo y vi cómo golpeaban a Concetta hasta derribarla. Grité impotente y sollocé rota.
—¡Bastaaa…, bastaaa, dejadla! —imploré llorosa.
El hombre pájaro se adelantó y me tendió su mano. Pude ver sus oscuros y brillantes ojos, unos ojos que ya me habían buscado una vez.
—Alonza di Pietro, escapaste de la plaga en una ocasión, pero parece que te ha encontrado de nuevo.
—Arderéis en el infierno por tan magna crueldad —escupí furibunda—. Todos vosotros.
Me puse en pie temblorosa y avancé tambaleante hasta el hombre pájaro con los puños apretados, rezumando de lo más profundo de mi ser un odio poderoso.
—Juro por cuanto me asiste —comencé derramando mi mirada por cada uno de ellos— que, en esta vida o en la otra, os haré pagar por esto.
Marco me sonrió desdeñoso, su sesgada mirada verde refulgió burlona. Me acerqué retadora a él con un único propósito: rubricar mi amenaza. Clavé mis uñas en su mejilla y rasgué su piel con toda la fuerza que fui capaz de acumular. Él gritó y me empujó bruscamente, lanzándome al suelo.
Miré complacida los tres surcos que cruzaban su rostro y que ya comenzaban a sangrar.
Ante un gesto de Fabrizio, sus dos criados me levantaron en volandas y me llevaron escaleras abajo. Sentí de nuevo una pegajosa humedad entre mis muslos y las punzadas regresaron más tenaces.
Me revolví al límite de mis fuerzas, grité mi dolor y sollocé mi angustia. Ya en la puerta, descubrí la odiosa mirada de Caterina y Bianca, que, cogidas de la mano, sonreían triunfales. Comencé a marearme. Incapaz de dar un paso más, mi cuerpo laxo se rindió y fui sacada a rastras a la calle.
—¡Está infectada, que nadie se acerque! —tronó una voz tras de mí.
Murmullos sobrecogidos se alzaron a nuestro alrededor. Pude ver cómo la muchedumbre se apartaba y se tapaba la boca con pañuelos. Algunos se santiguaron y otros rezaron. No por mi salvación, sino por la de ellos.
Me alzaron en brazos y me trasladaron a una embarcación. El hombre pájaro y dos monjes se subieron también a ella. Me ataron a uno de los bancos como si fuera un fardo y comenzaron a remar.
Una pequeña mancha roja comenzó a extenderse entre mis piernas empapando mi camisola de lino blanca. Tan solo iba vestida con eso y, a pesar de que la primavera atemperaba la brisa, comenzaron a sacudirme bruscos escalofríos.
Tumbada en aquel banco, cerré los ojos sofocando como pude aquellos violentos espasmos. Percibía el rítmico movimiento de los remos entrando y saliendo del agua, el soterrado rumor del bullicio de la ciudad y el graznido de gaviotas y cormoranes. Intenté tranquilizarme diciéndome que Concetta informaría a Lanzo de lo sucedido y él vendría a buscarme. Me repetí incesante que debía sobrevivir para esperarlo. Y, aunque desconocía qué horrores me aguardaban en aquella maldita isla, debía apelar a toda mi fortaleza para resistir cualquier cosa. No podía rendirme y no lo haría, por el profundo amor que nos profesábamos.
No sé cuánto tiempo pasó, pero el silencio comenzó a dominar el ambiente. Tan solo el golpeteo de los remos contra el agua, respiraciones agitadas y el susurro de ropas lo rompían.
—Se está desangrando —masculló uno de los remeros.
Abrí los ojos. Frente a mi rostro, aquel maldito hombre pájaro. Me sumergí en su negra mirada, imaginaba que tan oscura como su pútrida alma, y le regalé mi más avivado desprecio.
—Con suerte morirá hoy, si acaso Dios se apiada de ella.
—Hemos llegado —anunció otra voz.
El sonido hueco de madera contra madera, acompañado de un balanceo más brusco, me indicó que habíamos arribado a un embarcadero. Amarraron el bote y me desataron.
Me sacaron en brazos y nos adentramos en aquella isla. Una espesa vegetación nos recibió. De inmediato detecté un ácido aroma a podredumbre que me revolvió el estómago. Otro olor, algo más acre, se sobrepuso haciendo que el aire se volviese casi irrespirable.
Los hombres llevaban un pañuelo atado al rostro y, aun así, arrugaban el ceño ante la pestilencia que nos rodeaba.
Tras una tupida alameda divisamos la fachada de un decrépito hospital. El sol iluminaba su fachada descascarillada, incidiendo en los polvorientos ventanales y arrancando un destello difuso y agrisado. Era una mole fantasmagórica y abandonada, de paredes ennegrecidas por el humo, un moribundo vestigio de un lazareto activo en otro tiempo, pero que ahora tan solo era un silencioso espectador de la muerte que tenía lugar a su alrededor. Una ruina decadente e inservible, el último y tétrico refugio de moribundos y desgraciados.
Conforme me acercaban a él, lo sentí como un monstruo presto a engullirme. Atravesamos una arcada amplia, donde debía de haber habido una puerta doble alguna vez. Dentro, camillas vacías, mugrientas cortinas desgarradas mecidas por el viento, mesas y sillas desvencijadas. Por las oquedades de las ventanas, la vegetación se asomaba curiosa, con la anhelante impaciencia de invadir el que antaño fue su reino.
Me depositaron en un destartalado camastro. No me resistí.
—¿La atamos?
—No es necesario, nadie escapa de Poveglia —respondió el hombre pájaro. Luego me miró y se arrodilló a mi lado, tomando mi mano—. Muchacha, no salgas de aquí, deja que la muerte te lleve. En la parte de atrás están los crematorios, el suelo es fangoso y solo hallarás un extenso campo de cadáveres calcinados. Intenta dormir, no luches contra el sopor, ríndete y encuentra la felicidad en la otra vida.
Lo observé con fijeza y me limité a asentir.
Los monjes rezaron una plegaria por mi alma y me dieron la extremaunción.
—Rezaré por tu alma, Alonza —murmuró el hombre pájaro.
—No —refuté—, mejor reza por la tuya, aunque dudo que tenga salvación.
—Rezaré por ambos.
—A… todo condenado se le concede un último deseo —susurré aletargada.
—Y ¿cuál es el tuyo?
—Ver tu rostro, hombre pájaro.
El hombre dirigió un gesto al resto, que lo interpretaron de inmediato y salieron del ruinoso edificio.
A continuación, alzó ambos brazos, tomó la máscara entre sus dedos y la desplazó sobre su cabeza mostrándome su rostro.
Me obligué a enfocar la vista, porque sentía los párpados pesados y apenas lograba mantenerlos abiertos.
Era más joven de lo que había supuesto. Sus profundos ojos negros eran sesgados como los de un gato, nariz algo aguileña, mandíbula marcada y labios gruesos.
—Tuve… pesadillas muchas noches contigo, pero no eres… más que un pobre hombre sin… sin corazón ni conciencia. Ya no te temo; ahora solo… te compadezco.
Sentía la boca pastosa y la vista turbia.
—Ve con Dios, Alonza di Pietro, este mundo es demasiado miserable para alguien como tú.
Se incorporó, acomodó su máscara y salió dejándome allí, sobre aquel infecto camastro, rota y desolada, pero no rendida. Nunca rendida.
Sola en aquel vasto espacio, cerré los ojos y las lágrimas brotaron incontenibles. No podía levantarme, mucho menos caminar sin ayuda, pero no debía dejarme llevar por el pánico. Así pues, decidí descansar, dormir y soñar con Lanzo. Cuando despertara quizá me encontrara más repuesta y pudiera buscar la manera de salir de aquel espantoso lugar.
Despertaba entre sudores fríos, gemía lastimera y volvía a dormir. Perdí la noción del tiempo, solo supe que la oscuridad me envolvía, que mi cuerpo libraba una batalla y que mi alma se aferraba a la vida con desesperación. Únicamente un rostro me mantenía viva, un rostro amado, de grandes ojos azules y sonrisa tímida. Lo oía susurrarme que no me rindiera, que vendría por mí, tal como había asegurado Concetta.
En aquella noche lúgubre, donde pendían lamentos que no eran míos y pasos que yo no daba, donde el ulular de un búho y el susurro de las hojas acompañaban mi febril duermevela, supe que aquella isla estaba tan maldita como mi destino. Que los espíritus errantes vigilaban mi resuello, prestos a llevarme consigo al menor atisbo de rendición. Veía oscuras siluetas emerger de rincones y acercarse a mí. Y solo hallé un modo de combatir el terror que me acuciaba, y fue pensando que entre esas almas desdichadas estaban las de mis padres y mis hermanos. Y a ellos me encomendé.
Aquel pensamiento me hizo sentir menos sola. Y, como si fueran ellos los que me rodeaban, les hablé:
—Padre, madre, sé que estáis aquí y quiero aprovechar este encuentro para deciros que os quiero, para deciros que estoy bien y que no podrán conmigo. Para abrazaros en esta fría noche y refugiarme en vuestro recuerdo. No tuve oportunidad de despedirme, pero lo hago ahora. Conocí el amor, madre, ese del que tanto me hablabas, y es maravilloso. También conocí el dolor, la envidia y la maldad, que son los que me han traído aquí. Pero el amor es más fuerte que todo eso, y es el amor el que me salvará. Algún día me reuniré de nuevo con vosotros, pero ese día aún no ha llegado. ¡Abrázame, madre, tengo tanto frío…!
Dormí de nuevo y no desperté más hasta que la luz del alba acarició mi rostro.
Tardé un buen rato en despejar mi mente. Me sentía entumecida, dolorida y confusa. Froté vigorosamente mi rostro y miré a mi alrededor. Haces de luz solar iluminaban rodales puntuales del suelo, provenientes de los agujeros que había en el tejado. Me incorporé con lentitud, la vista se me desdibujó momentáneamente. Tenía mucha sed y la debilidad tiraba de mí, dificultándome ponerme en pie. Noté cómo la sangre seca había pegado el lino del camisón a mi piel. Apreté los dientes y logré sentarme. Cerré los ojos un instante para evitar que el mundo siguiera girando vertiginoso a mi alrededor. Y respiré hondo repetidas veces con las manos aferradas al borde de aquel colchón mugriento.
Algo más centrada, comencé a ponerme en pie. Descubrí que mis piernas me sostenían y, titubeante, me atreví a caminar. Me dirigí a la parte de atrás, donde otra abertura, cubierta de ramas y telarañas, parecía conducir al exterior. Arrastraba los pies, pero al menos lograba avanzar. Ante mí apareció un gran cenagal tan oscuro como la brea, rodeado por montones de tierra apilados en los bordes. Tuve la sensación de que eran fosas excavadas que habían rellenado con otra sustancia. Al fondo, una especie de almacén destartalado. Quizá en su interior encontrara algo útil.
Rodeé con suma precaución aquel lodazal inmundo y pestilente, sorteando esbeltos álamos y vegetación espesa. Iba descalza y no fue fácil avanzar por un terreno tan inhóspito. Mechones de mi enmarañado cabello se enganchaban en tupidos arbustos, y salientes ramas parecían querer enredarme en su abrazo. Una gran cantidad de insectos sobrevolaba aquel mar viscoso y oscuro que, bajo el sol, brillaba inquietante. Avancé trabajosamente, por encima de terrones de tierra que se desmoronaban bajo mis pies, desestabilizándome. Me aferraba a cuanto hallaba a mi alcance, ramas, arbustos y troncos, acusando el esfuerzo y agotando las escasas fuerzas que me quedaban. Cuando por fin logré alcanzar una pequeña porción de terreno llano frente al almacén, me detuve a recuperar el resuello. Miré la desvencijada puerta que colgaba sobre sus goznes cubiertos de robín y avancé hacia ella casi arrastrando los pies. Empujé y cedió quejicosa. Me asomé con recelo y un insoportable hedor me golpeó implacable. Retrocedí al instante, asqueada. Algo nauseabundo se estaba descomponiendo allí dentro, posiblemente algún animal que había quedado atrapado. Rasgué los bajos de mi camisola y, con la tira de lino, me cubrí la boca y la nariz atándola a mi nuca. Me armé de valor y entré.
Los repugnantes zumbidos de numerosas moscardas me erizaron la piel. Lo que había en una esquina no era el cadáver de una alimaña, sino el de dos mujeres y un hombre. Giré la cabeza sobresaltada y de nuevo salí del cobertizo con el estómago revuelto. Tomé una gran bocanada de aire y luché contra las lágrimas que amenazaban con doblegarme. Recordé la conversación que había mantenido Lanzo con Matteo y supe que aquella familia eran los desdichados Boccaccio. La desolación también me acechó insana, y la aparté con tesón de mi cabeza. No, me dije, yo saldría con vida de allí.
Evoqué el rostro de Lanzo, apreté los dientes y reforcé mi decisión. Entré una vez más y me centré en inspeccionar con la mirada cada rincón de aquel horrible lugar. Descubrí tablones de madera, sogas, trapos y redes. También antorchas y grandes toneles. Descubrí, además, cadenas y argollas.
Conteniendo las continuas arcadas por el hediondo aire que me rodeaba, lagrimeando y casi aguantando respirar, me aproximé resuelta a la esquina donde se apilaban los maderos y, al moverlos, un chillido me arrancó un grito de mi garganta.
Una inmensa rata se escabulló entre mis piernas, di un salto y me aparté asustada con un tablón en la mano. En aquel frenético movimiento, el resto de los maderos se deslizaron hacia delante y cayeron sobre mí. Noté un bulto blando y cálido en la espalda y otro chillido más agudo que el mío. Fue lo último que sentí antes de perder el conocimiento.
Parpadeé aturdida y me refregué con ahínco el rostro para despejarme. Reconocí el sonido de la noche antes de abrir los ojos y verme rodeada de azulada oscuridad. La plata de la luna se abría paso a mi alrededor, matizada por la mugrienta ventana que tenía sobre mí. Sobre mi cuerpo, los maderos que me habían sepultado. Los retiré no sin esfuerzo y, en aquel momento, mis sentidos, más despiertos, detectaron ese incómodo bulto que tenía bajo mi espalda. Rodé entre espasmos de repugnancia para comprobar lo que temía: mi peso había atrapado a la rata, aplastándola debajo de mí. Sentí la pegajosa sangre del roedor traspasar mi camisola y adherirse a mi piel, y me doblé presa de una violenta arcada. Me obligué a no pensar en que, en la otra esquina, tres cadáveres putrefactos me hacían compañía. Me puse en pie, tomé un rollo de cuerda y uno de los tablones, el más ancho, y forcejeé con él hasta la entrada. Empujé la puerta con el hombro y salí del almacén arrastrando el madero. Tanto empeño puse en avanzar de espaldas para alejarme de aquel lugar que, desorientada, no recordé lo que había un poco más adelante.
Cuando mis talones se toparon con un curvo terrón de tierra y perdí el equilibrio hacia atrás, se me detuvo el corazón. Instintivamente, solté la cuerda y el tablón, aleteé los brazos en el aire con muda desesperación, sin poder evitar caer de espaldas en el negro cieno que había sorteado aquella misma mañana.
Fue como si me tragara el más terrible de los infiernos. Negro, denso y pestilente.
Braceé estirando el cuello, embargada por el pánico más absoluto. El lodo pegajoso y pesado tiraba de mí hacia el fondo. Comprobé aterrada que, cuanto más me agitaba, más rápido me engullía. Miré hacia la orilla, estaba casi a mi alcance, pero aun así aquella corta distancia suponía todo un reto. Entre aquella espeluznante tersura, mis dedos tocaron lo que parecía un palo largo y rígido. Me aferré a él y lo saqué de aquella brea infecta para intentar clavarlo en los cúmulos de tierra que había en el borde e impulsarme hacia fuera. Lo alcé cuanto pude —por fortuna era largo— y, luchando por mantener la barbilla fuera de aquel cenagal, logré hincarlo entre jadeos y gruñidos en el montón de tierra que tenía más cerca. Hice acopio de todas mis fuerzas, saqué toda la rabia que llevaba dentro y conseguí arrastrarme hasta la orilla. Arañé con fuerza la tierra para poder ascender. El palo se soltó y, cuando intenté cogerlo de nuevo, descubrí que era el hueso de una pierna. El terror impelió cada músculo de mi cuerpo redoblando mis esfuerzos por salir de aquella pesadilla. No jadeaba, gritaba de rabia, sollozaba desesperada, consiguiendo que aquella furia primigenia venciera al miedo. Logré sacar mi cuerpo de aquella sustancia inmunda y me arrastré entre convulsos sollozos hasta que estuve a salvo. Me tumbé boca arriba, cubierta de negrura y dolor. Lloré desconsolada y clamé a la noche mi injusticia. Supliqué ayuda divina para terminar maldiciendo a Dios por condenarme a semejante destino. La inmundicia que me cubría era la muerte en su estado más lóbrego. Eran los restos calcinados de centenares de desdichados. Lloré por ellos, lloré por mí. Por aquella Alonza que había muerto allí y entonces, por aquella muchacha ingenua que había condenado a muerte la envidia y la crueldad.
Permanecí inmóvil, sacudida por bruscos temblores mirando al cielo, y jurando a esas parpadeantes e impías estrellas que tomaría venganza contra mis asesinos.
Agotada y rendida, dejé que la noche me arropara, que la muerte me abrazara y que el llanto me durmiera.
Cuando abrí los ojos, fui muy consciente de mi alrededor, de lo que debía hacer y de cómo lo haría.
No podía esperar a que Lanzo viniera por mí. En aquel lugar me volvería loca. Tampoco había agua dulce ni comida. Mis fuerzas menguaban a pasos agigantados y mi debilidad ya empezaba a ser mi peor enemiga.
Me puse en pie para caer a continuación de rodillas, laxa y exigua.
Maldije de nuevo, y en aquellas furibundas imprecaciones encontré solaz y fortaleza. Supe que lo único que me mantendría con vida era esa cólera que crecía tan implacable dentro de mí.
De repente, ya sin llanto que derramar, ni lamentos que gemir, sentí la imperiosa necesidad de gritar esa furia que me devastaba. Quizá así se liberara el nudo opresivo que me atenazaba rindiendo mis fuerzas. Alcé mi rostro al cielo, abrí mi boca y de ella manó un agudo alarido que se enredó entre las ramas de los árboles, que alteró el ordenado vuelo de los estorninos y que se enroscó en ese aire fétido e insalubre, quebrándolo.
Un grito que tuvo respuesta inmediata. Un trueno ensordeció mis oídos sobresaltándome, como si aquel dios impertérrito despertara de pronto, compartiendo mi furia. Y, en efecto, se compadeció de mí, vertiendo su consuelo en forma de lluvia. Abrí la boca con desespero, ávida de aquellas traslúcidas perlas de vida.
Exhausta pero decidida, me puse en pie. Agarré de nuevo el tablón de madera y el rollo de soga y comencé a caminar bordeando con extrema precaución aquel cementerio cenagoso. Trastabillaba continuamente, me caía y otra vez me ponía en pie. Resbalaba y me magullaba los pies. El camisón cubierto de cieno dificultaba mis movimientos. Me lo quité y, completamente desnuda y con una repugnante pátina reseca y oscura adherida a mi piel y a mi cabello, reanudé el camino. Agoté todas mis fuerzas en llegar al lazareto y, cuando me adentré en la sala principal, solté el tablón y la cuerda y me tumbé de nuevo en el mugroso camastro, solo por evitar compartir suelo con insectos y alimañas.
Cerré los ojos y regulé la respiración: necesitaba reponerme del sobresfuerzo. Me pesaba el cuerpo, tenía la garganta reseca con el sabor ferroso de la sangre en el paladar. Me escocían los rasguños y me palpitaba el bajo vientre. Tenía frío y tiritaba, y, a pesar de que el sol incidía sobre aquel ponzoñoso jergón en el que me hallaba, no noté su calidez.
Volví a dormirme y las pesadillas me asaltaron con dureza. El hombre pájaro me tomaba en su pico y me llevaba muy lejos, sobrevolando la laguna. Oí los lamentos desgarrados de Lanzo ante mi lejanía. Yo también gritaba alargando los brazos hacia donde provenía su voz. No lo veía, pero lo oía llamándome. El alado hombre pájaro me depositó en su nido y comenzó a picotearme. Su afilado pico rasgaba mi carne y yo lo golpeaba con denuedo, la sangre me cubrió y, como si me hundiera en un denso mar rojo, braceé desesperada, tragando mi propia sangre.
Desperté empapada en sudor, jadeante y embargada por un pánico tan atroz que me incorporé gritando. Sin embargo, y a pesar de ser consciente de que había sido un sueño, no pude detenerme. Grité de forma tan desgarradora que las aves aletearon espantadas, que a mi alrededor se hizo el silencio. Y grité y grité hasta que los sollozos me doblaron en dos. Lloré largo rato, lloré hasta que ya no me quedaron lágrimas. Me abracé a mí misma y me repetí incesante que volvería a estar en brazos de Lanzo, que ese hijo que tan cruelmente habían arrancado de mi cuerpo regresaría a mi vientre de la mano de ese amor tan puro que nos profesábamos. Sí, saldría de ese infierno para volver a él.
Trémula, extenuada y llorosa, me puse en pie por enésima vez, cogí mis utensilios y salí por la arcada principal para adentrarme en la espesa alameda. Recorrí el camino por el que me habían llevado en brazos y llegué al embarcadero al límite de mis fuerzas.
Miré la serena extensión de la laguna, en lontananza se perfilaba Venecia y sus islas colindantes. Era una gran distancia y yo no sabía nadar. Mi única oportunidad era que la corriente me arrastrara a otra isla o que algún pescador me encontrara a tiempo. Pero, si me quedaba en Poveglia, no tendría ninguna posibilidad. Era hora de volver a depositar mi vida en manos del destino.
Tomé el ancho tablón y comencé a anudar la soga en torno a él, ciñéndolo a mi pecho. Pasé repetidas veces la cuerda tras mi espalda, apretándola con fuerza, cruzándola de modo que no se aflojara, anudándola con precisión. Temí desfallecer en un par de ocasiones, cuando la vista se me desdibujaba por el agotamiento. Tenía una sed horrible y la cabeza me daba vueltas, pero logré mantenerme en pie y terminar de atarme a aquel tablón de madera. Tambaleante, me senté en el embarcadero y sumergí mis piernas en él. Mi suciedad enturbió la claridad del agua, su frescor me reconfortó. Fue cuando percibí que estaba ardiendo. Sin titubear, me deslicé hacia delante y caí al agua abrazada al tablón.
Apoyé mi mejilla contra la rugosa superficie lamida por el agua salada que chapoteaba dócil contra mi rostro y recé para mis adentros. Comencé a mover los pies y me alejé de aquella isla maldita con un solo rostro en mi mente.
Fueron sus grandes ojos azules los que me dieron esperanzas cuando el mar comenzó a llevarme a sus dominios. Tenía que vivir, tenía que vivir, me decía. Y, así, inicié una nueva lucha contra la muerte.