¿Qué sucedió?: Operación «¿Golpe de estado de quién?»
Gorbi, desesperado por lograr el equilibrio, se rodeó de sus traidores. En agosto se fue de vacaciones a su lujosa villa en Crimea. Se había aislado totalmente en el momento en que estaba a punto de destruir la base de poder de los partidarios de la línea dura a los que estaba intentando persuadir para establecer la democracia.
Finalmente, los golpistas tomaron la decisión de librarse de Gorbi cuando se reunieron en una casa segura del KGB en una escena más parecida a un picnic de borrachos que a una guarida de arteros conspiradores. Ya se habían reunido muchas otras veces para quejarse de sus problemas con Gorbi, pero esta vez, puesto que el Tratado de la Unión se iba a firmar al día siguiente, había llegado el momento de actuar y para muchos de ellos de empezar a beber. Acordaron «ocuparse» de Gorbi, pero igual que la planificación central del glorioso futuro comunista, que jamás requirió mucho trabajo, todo lo demás resultó vago y confuso.
El golpe de Estado, siguiendo la tradición oficial soviética, empezó con una mentira. La Agencia oficial de Noticias Soviética TASS informó la mañana del 19 de agosto que Gorbachov había dimitido a causa de una enfermedad no revelada y que un comité de «Estado de emergencia» había asumido el poder. De hecho, Gorbi había sido confinado en su lujosa dacha con bastante facilidad, puesto que uno de los golpistas, Boldin, era su jefe del Estado Mayor. Otro golpista le dijo, según Gorbi, «haremos todo el trabajo sucio por ti», esperando tal vez que Gorbi consintiese y se uniese a ellos en derrocarse a sí mismo. Éste le dijo que se fuera al infierno.
Los partidarios de la línea dura finalmente actuaron pero nadie pensó en neutralizar a Boris Yeltsin. Tal vez los golpistas se confundieron, porque Yeltsin parecía ser enemigo de Gorbi y Gorbi era su enemigo. No se dieron cuenta de que el enemigo de tu enemigo también puede ser tu enemigo. Tampoco se dieron cuenta de cuántos enemigos realmente tenían. Durante las horas del anuncio de que Gorbi había sido sustituido, Yeltsin eludió un débil intento de atraparle y salió rumbo a la «Casa Blanca» rusa, la sede del poder de la República Rusa, donde se subió encima de un carro de combate y denunció audazmente el golpe. Después, desapareció en el interior del edificio para organizar la defensa.
En la misma calle, en el Kremlin, el vicepresidente Yanayev tuvo que ser coaccionado por el resto del comité de emergencia para que firmase el decreto de emergencia que le daba poder. Era un consumado bebedor y parecía borracho aquella mañana, lo que tal vez explica su sorprendente resistencia a sancionar un decreto que le daba poderes totales con una simple firma, una oportunidad por la que muchos dictadores darían un rincón de su Imperio.
En la Casa Blanca rusa, a primera hora de la mañana, se crearon las primeras cadenas humanas cuando los manifestantes unieron sus manos y se enfrentaron a una columna de pequeños blindados que bajaban traqueteando por una de las avenidas principales. La gente unió sus brazos y bloquearon su paso. Los blindados se detuvieron, obviamente esperando órdenes, las escotillas se abrieron y los jóvenes rostros de los conductores aparecieron. Enseguida los enardecidos ciudadanos se pusieron a discutir acaloradamente con los conductores, que parecían indolentes y poco inclinados a discutir o a atacar.
Una columna de carros de combate de la guardia de élite Taman avanzó por la tarde. Había sido enviada para atacar la Casa Blanca, pero estaba comandada por un general que sentía más simpatías por Gorbi que por los golpistas, y que hizo dar media vuelta a las torretas de los vehículos para posicionarlas en defensa de la Casa Blanca. Los carros de combate se movieron en medio de un ruido ensordecedor, levantando el asfalto, soltando humo por el escape y tambaleándose como enormes elefantes. Sus conductores, que vestían cascos forrados de piel que les conferían un aspecto de futbolistas americanos de los años veinte, charlaban y fumaban mientras la gente entraba pausadamente en el edificio.
Lentamente, se fueron formando barricadas. Un hombre trajeado llevaba un maletín en una mano y en la otra una larga y delgada vara de metal para añadirla a la barricada. Fue un esfuerzo moderado y constante. La gente se quedó mirando a los blindados, a la espera de que se movieran: pero no lo hicieron. A medida que avanzaba la tarde más gente se acercó paseando, aunque durante la mayor parte del día la multitud apostada en las barricadas alrededor de la Casa Blanca sumaba menos de unas mil personas. Unos pocos soldados decididos podrían haber tomado la plaza en quince minutos. Sin embargo, era una visión fantástica, docenas de carros de combate aparentemente contenidos por unos pocos cientos de personas.
El resto de la ciudad no parecía estar prestando atención. Mucha gente estaba apática, como si los golpes de Estado sucediesen cada verano. La vida seguía como siempre. En el Kremlin, donde el partido aún mandaba, las limusinas iban y venían. Los guardias ceremoniales estaban firmes ante la tumba de Lenin igual que lo habían estado durante sesenta y siete años. Era un día como otro cualquiera en la URSS.
Aquella tarde hacia las 17.00 horas, desesperados por volver a dar vida a la sublevación estancada, los golpistas hicieron su debut por televisión en una conferencia de prensa. En ella no estaba presente Valentín Pavlov porque se encontraba demasiado borracho para mostrarse en público y se quedó en la cama durante casi todo el golpe. Normalmente, suele ser un error realizar una conferencia de prensa en pleno golpe de Estado. Un golpe bien hecho se comunica mediante la violencia, como un latigazo y con despiadada eficiencia. Presentar vagas explicaciones ante pesados periodistas es función de funcionarios electos y no de revolucionarios. El hecho de soportar preguntas en lugar de disparar a los que las hacían puso de manifiesto su inherente debilidad.
Resultaba obvio a todo el mundo que los golpistas parecían inquietos, indecisos y un poco ridículos cuando se sentaron alrededor de la mesa, con las manos temblando nerviosamente, eludiendo las preguntas de los periodistas. En un momento determinado, a Starodubstev, presidente de la Unión de Campesinos, le preguntaron por qué estaba implicado. «Me invitaron, así que vine», respondió. No es preciso decir que aquella tonta divagación no consiguió meter miedo a nadie.
Cuando la noche cayó sobre Moscú, una fresca llovizna envolvió la ciudad y el humor en la Casa Blanca se animó. Las barricadas aumentaron a medida que los manifestantes empujaron tranvías y los atravesaron en las avenidas. Una nerviosa emoción crepitaba en el ambiente. La gente sabía que estaba viviendo un importante acontecimiento, cuyo resultado era incierto. La multitud ya alcanzaba los miles de personas. Unas gigantescas banderas tricolor ondeaban en el aire. Era el arranque de una rebelión política largamente reprimida. Un grupo de anarquistas vestidos de negro, envueltos en sus banderas, dormían apoyados contra el edificio. En la televisión estatal aquella noche un extenso reportaje dio a conocer el discurso pronunciado por Yeltsin desde lo alto de un carro de combate y el creciente movimiento de resistencia en la Casa Blanca. Un ambiente de carnaval flotaba entre la multitud; era un enloquecido circo de democracia.
Cuando se hizo de noche, empezó a temerse un ataque nocturno. La matanza en China de los manifestantes de la plaza de Tiananmen, que había tenido lugar sólo unos pocos días antes, aún estaba fresca en la mente de la gente. Hacia medianoche, por las calles laterales, largas hileras de blindados esperaban en la oscuridad, con los soldados dando vueltas nerviosamente. Si se ordenaba el ataque, éste sería arrollador.
Los golpistas dieron órdenes de atacar la Casa Blanca, pero éstas fueron rechazadas de plano o demoradas por los generales, que se enfrentaban a una dura elección. Sabían que el régimen de Gorbi ya no protegería de forma automática a los hombres que hiciesen el trabajo sucio. Ya no era posible matar cumpliendo órdenes sin sufrir las consecuencias. Algunos estaban resentidos por lo de Afganistán. El ejército había seguido las órdenes brutales de los políticos durante una década y al final la derrota había arruinado la reputación del ejército en su propio país. Algunos soldados habían dicho a sus oficiales que se negarían a atacar a rusos en Rusia. Atacar georgianos en Tiblisi o a otras minorías lejos del centro del poder ruso era una cosa, pero derramar sangre rusa en Moscú era otra muy distinta. El general Lebed, que había liderado los ataques mortales en Tiblisi, sabía que la primera noche había miles de manifestantes alrededor de la Casa Blanca y que un ataque podía suponer la matanza de cientos o quizá, miles de personas. Militarmente sería una operación fácil, pero la sangre correría por las calles y las consecuencias podían ser catastróficas.
Divididos, borrachos y, por sorprendente que parezca, inseguros sobre cómo terminar el golpe, el cuadro de aspirantes a asesinos empezó a parecer un ciervo atrapado por los faros de un coche. Les faltaba la certeza brutal y la posibilidad de disparar a la nuca de los disidentes como había sucedido millones de veces en los buenos tiempos. En aquella época, los medios de comunicación clave, gestionados por el gobierno, como Pravda y Gostelradio, habrían sido silenciados sin dudar por sus momificados líderes, que compartían el mismo deprimente futuro que las anquilosadas instituciones del estado soviético.
Pero los nuevos medios de comunicación que habían aparecido durante la perestroika, servicio de noticias Interfax, emisoras de radio y TV por satélite siguieron operando sin interrupción. Se colgaron carteles en las estaciones de metro invitando a los ciudadanos a ir a la Casa Blanca para ayudar a una nueva república y, sorprendentemente, no fueron eliminados. Enseguida corrió la voz. A medida que la gente fue yendo a la Casa Blanca, aquello se convirtió en una gran fiesta. Los golpistas habían supuesto que el gigantesco aparato del estado se plegaría, como tantas veces había sucedido en el pasado, a la voluntad de los que tenían los resortes del poder en sus manos.
En cierta forma era irónico, y de algún modo totalmente comprensible, que los ciudadanos soviéticos estuviesen ganando su primera gran dosis de nueva libertad desde hacía mucho tiempo, haciendo lo que sus amos les habían enseñado a hacer, es decir, nada. La resistencia pasiva de Yeltsin estaba ganando. Era una resistencia no violenta, una forma fantástica de no hacer nada. Nadie estaba haciendo nada realmente, excepto Yeltsin, y era muy poco. Un breve discurso. Un puño alzado.
Una negativa a moverse. Pero estaba resultando suficiente. El futuro de la Unión Soviética colgaba del más fino de los hilos.
La gente estaba inspirada, unía sus manos, permanecía hombro con hombro. Eso bastaba para desanimar a los golpistas. Su plan se había basado en el viejo mundo soviético y nunca consideraron que nadie, especialmente una fuerza que no consideraban poderosa como Yeltsin, se opondría a ellos. Y una vez la gente bloqueó su plan, aunque sólo fuesen los pocos miles que estaban ante la Casa Blanca, los golpistas carecieron de la iniciativa y el dinamismo para desarrollar una estrategia alternativa. No hicieron nada. Su golpe de Estado simplemente se deshizo.
Aquella noche se produjeron tres muertes, las únicas muertes durante el golpe. Alguien abrió la trampilla de un blindado que quería dejar la ciudad y los conductores mataron a tres personas en su reacción de pánico. Fueron los únicos mártires del día. No se produjo un río de sangre.
Durante la tarde del 21 de agosto, el tercer día, cuando se hizo evidente que los generales y los soldados no atacarían a Yeltsin, los golpistas Yazov y Kryuchkov volaron a ver a Gorbi. Incluso apartado del mundo y rodeado por soldados enemigos, Gorbi sabía que él tenía más poder. Les mandó afuera y tomó un avión de regreso a Moscú. Los golpistas visitantes, incapaces de pensar o hacer algo mejor, se fueron con él. Justo después de la medianoche del 22 de agosto, Gorbi aterrizó en Moscú, salió del avión y terminó el golpe.
Pero aunque Gorbi se había impuesto, Yeltsin había vencido. Un día después, el 23 de agosto, Yeltsin suspendió el estatus legal del Partido Comunista en Rusia. Entonces quedó muy claro quién estaba realmente al mando. El movimiento de Yeltsin obligó a Gorbi a abandonar su cargo como jefe del partido. El 6 de noviembre, Yeltsin prohibió completamente el partido en Rusia. Y el 31 de diciembre, la URSS sencillamente desapareció con un plumazo de Gorbi.
Los golpistas fracasaron porque quebrantaron todas las reglas de un golpe de Estado triunfante, las mismas que perfeccionaron los héroes de la línea dura de antaño en Hungría, Checoslovaquia y Afganistán. No planearon ataques relámpago contra sus objetivos ni trataron a la resistencia de forma despiadada. Tampoco hicieron callar a los medios de comunicación, los intelectuales y la prensa extranjera. Yeltsin incluso pudo hablar con los líderes extranjeros, con el mismo presidente George Bush. Los golpistas habían quedado atrapados en el sistema, igual que todas las víctimas que gobernaban.
Al final, el mayor error de los golpistas fue que atacaron al hombre equivocado, puesto que fue Yeltsin quien clavó la estaca final en el corazón del sistema. Su subida al poder no se basó en mejores ideas. Sólo le preocupaba Rusia, fue lo suficientemente sincero para afirmarlo y lo suficientemente valiente para luchar por ello. Era un hombre práctico e impetuoso, muy a menudo borracho y que en sus últimos días como presidente ruso se dejaba ver bailando atontado en escena en los mítines políticos, con el entusiasmo autoengrandecedor y la irrelevancia campechana de un concejal de origen irlandés de Boston. Los golpistas vivían por su sistema y no querían otra cosa que preservarlo exactamente tal como siempre había existido. Era el único mundo que habían conocido. A Yeltsin solamente le preocupaba Rusia y no todo el cuerpo enfermo de la URSS, y los golpistas no pudieron comprenderlo. Ellos, igual que Gorbi, querían controlar todo el sucio sistema.
Los golpistas nunca vieron venir a Yeltsin.