La situación general
Las Malvinas se hallan justo en la parte exterior del Círculo Polar Antártico. Las islas son yermas y la mayor parte de sus habitantes son aves y focas. Unas pocas personas, que no alcanzan a formar más que un pueblo o dos, han habitado las islas durante cientos de años desde que el ser humano plantó por primera vez sus raíces en su delgado suelo.
La característica principal de las Malvinas ha sido su completa insignificancia en todos los aspectos. Las islas no tienen ninguna utilidad práctica excepto como estación de balleneros, observatorio meteorológico (aunque lo que se suele observar es el aburrimiento) o una estación naval de carbón, que sería útil si fuese el caso que los barcos aún usasen carbón. Cuando el capitán inglés James Cook descubrió las islas, declaró que «no merecían ser descubiertas». Por otra parte, creyó que merecía la pena señalar que no valía la pena descubrirlas.
A pesar de su persistente insignificancia para los humanos, las Malvinas han sido objeto de luchas de poder durante la historia moderna. En la década de 1760, los franceses, británicos y españoles, todos ansiosos por aumentar sus colonias alrededor del mundo, contemplaron las inútiles islas como una adición fácil en un cuadrante vacío de su mapa colonial. En 1764, los franceses establecieron una colonia en las islas, seguidos un año después por los británicos. Ambas colonias ignoraban la existencia de la otra. Cuando los franceses y británicos descubrieron cada uno por su lado la odiosa presencia de los otros, los británicos pidieron a los franceses que declarasen su lealtad al rey Jorge III. Los franceses rechazaron su oferta y sintiendo tal vez que su único valor residía en ser objeto de deseo del Imperio británico, vendieron rápidamente su interés a España.
Mientras la colonia española crecía, la colonia británica se debilitaba y en 1770 los británicos se retiraron, pero no antes de que la oficina de Asuntos Exteriores británica emitiese su diplomática amenaza estándar de iniciar una guerra de honor contra España. Los españoles acordaron un tratado de paz secreto que supuestamente mantenía la soberanía española sobre las islas pero permitía que los británicos conservasen su colonia principal en Port Egmont. Este tratado, cuyos términos exactos nunca se han hecho públicos, constituye el principal motivo de disputa sobre quién exactamente tiene las escrituras de propiedad de las insignificantes islas.
A pesar de haber restaurado su colonia, los británicos levantaron el campamento en 1774 y continuaron con su construcción del Imperio en los siguientes sesenta años. Durante este tiempo, el Imperio español continuó desintegrándose mientras que el Imperio británico alcanzaba una gloria cada vez mayor. Claramente, las fortunas de ambos Imperios no guardaban en absoluto relación alguna con su posición colonial respectiva en las Malvinas.
La desintegración del Imperio español dejó en su estela un puñado de nuevos países en América del Sur, incluyendo Argentina, el país más cercano a las Malvinas. Los argentinos, una nueva nación impaciente por hacerse con sus propias posesiones inútiles, declararon que las Malvinas eran suyas y en 1820 enviaron un barco que atracó y plantó su nueva bandera. Pronto, los colonos establecieron un puerto pesquero, un uso lógico en unas islas áridas, pero, por razones desconocidas, aquello fue visto como una terrible afrenta por unos ingleses de mentalidad marinera, que tenían tendencia a reclamar cualquier montón de porquería que sobresaliese de las olas como suyo.
En 1883, un buque de guerra británico se abatió sobre las Malvinas (conocidas por los británicos como Falklands), las reclamó para Gran Bretaña y mandó de regreso a la Argentina a aquellos pescadores provocadores. La expulsión de éstos causó una gran protesta en Argentina. El honor nacional había sido insultado y juraron vengarse.
Ciento cincuenta años después, los argentinos lo intentaron.