Año 1939
La hibris o el orgullo desmedido es el tema de muchas obras griegas antiguas y también de algunas obras modernas absurdas que tratan del poder.
Cuesta pensar en Iósif Stalin como un personaje trágico de un drama griego, a menos que las obras que se representen traten de un matón paranoico, asesino, con un peludo mostacho. Aunque el dictador soviético provocó tragedias allí donde fue con su ejército, él por sí solo no era trágico. Sin embargo, al no llegar a comprender o siquiera considerar la idea de que los finlandeses pudiesen oponer alguna resistencia ante una posible invasión, Stalin demostró tener una hibris del tamaño de toda Siberia.
Y esto es exactamente lo que Stalin hizo cuando decidió invadir Finlandia a finales de 1939: extender las fronteras soviéticas a expensas de los finlandeses para preparar las defensas de su país ante la inevitable invasión alemana. Los rusos, convencidos de que su misión en Finlandia sería un breve paseo por la nieve, no se prepararon para llevar a cabo una campaña prolongada destinada a luchar contra un enemigo tenaz. Los soviéticos enviaron oleadas de soldados mal preparados y mal equipados hacia el oscuro y frío invierno finlandés. Sufrieron una de las derrotas más desiguales de la guerra moderna.
Y, mientras, el enemigo real de Stalin, Adolf Hitler, observaba con regocijo cómo la pequeña Finlandia derrotaba al legendario Ejército Rojo.