La situación general

Cuando Mijaíl Gorbachov asumió el cargo de secretario general del Partido Comunista en marzo de 1985, nadie tuvo ni el menor presentimiento de la revolución que bullía en su interior. Para todo aquel que le conociese, era solamente otro burócrata despersonalizado, con una mancha color vino sobre su frente, que se había abierto camino hasta lo más alto de la política soviética. Nadie esperaba de Gorbachov nada distinto de lo que habían ofrecido los anteriores líderes soviéticos desde Lenin: limpieza general brutal de los anteriores inquilinos, acoso a los estados vecinos, obtusas e indescifrables declaraciones dirigidas a «reformar» o «mejorar» el gigantesco desastre del «orden económico» que ya duraba la friolera de setenta años, remodelación de la sopa de letras que formaban los acrónimos de la horriblemente oscura burocracia y, como siempre, los mismos trajes de mal gusto y las corbatas sosas. Nadie esperaba un intento genuino de revolución interna en un estado que supuestamente había institucionalizado la revolución y, aun así, parecía estar derrumbándose sobre sí mismo por la inercia y el vodka.

Pero esto es lo que Gorbachov, llamado cariñosamente «Gorbi» por la prensa occidental, hizo para conseguir las riendas del gobierno: glasnost y perestroika, apertura y reestructuración, eran sus palabras clave. La idea de Gorbi era estimular la gigantesca y primitiva economía, y permitir que los ciudadanos soviéticos tuviesen alguna noticia de la brutal verdad sobre la historia criminal de su país y pudiesen pensar, escribir y hablar libremente sobre ello. A pesar de la inmensa distracción que suponía el hecho de permitir que el público discutiese sobre los gulags y las interminables series de crímenes cometidos por los regímenes soviéticos, Gorbi creía ingenuamente que la gigantesca empresa criminal que era la sociedad soviética era capaz de arreglarse por sí sola.

Después de conseguir el control, Gorbi rápidamente demostró que aunque era un hábil trepador político, tenía buen oído para gobernar un inmenso gobierno totalitario. Su primera propuesta tuvo como objetivo la reforma del alcohol. En un país donde el consumo diario de vodka estaba extendido y era una experiencia común para la media de los ciudadanos, igual que hacer cola con las botas enfangadas, ésta fue tal vez su medida más radical. Y desde luego claramente condenada al fracaso.

El programa incluía nuevas leyes que perseguían a las personas que se emborrachaban en el trabajo, el aumento de los precios del vodka y la supresión en las películas de escenas en las que se consumía alcohol. Su programa consiguió hacer una profunda mella en el presupuesto federal (puesto que la producción se fue al mercado negro) y visto en retrospectiva fue el primer paso involuntario de Gorbi hacia el completo desmembramiento de la Unión Soviética. Beber menos, aparentemente, no sentó demasiado bien a los ciudadanos soviéticos, puesto que el consumo excesivo de alcohol desempeñaba una parte fundamental de su existencia y les permitía sobrellevar una deprimente vida cotidiana.

Gorbi también tenía grandes ideas respecto a la economía. Su carrera había empezado cuando ayudaba a su padre a recolectar una cosecha récord después de la Segunda Guerra Mundial en una granja colectiva cerca de su casa en Stavropol, una tranquila región agrícola junto al mar Caspio. Este éxito, por el que fue premiado con la Orden de la Bandera Roja del Trabajo, una inútil baratija altamente valorada por los idiotas del gran mando económico, aparentemente le imbuyó de la perenne convicción de que el socialismo soviético realmente podía funcionar. Mantuvo este punto de vista a pesar de la persecución que sufrieron sus abuelos, etiquetados como granjeros burgueses durante la época de la colectivización forzosa de las granjas que emprendió Stalin.

Los planes económicos de Gorbi eran novedosos en la historia soviética, puesto que no implicaban culpar, matar o reubicar a grandes segmentos de la población sin ninguna razón obvia. Rememorando aquella exitosa cosecha de 1947, Gorbi sentía que ya había llegado el momento de dar paso a algunas medidas de libertad para las operaciones de las pequeñas empresas, conocidas como «colectivas». Éstas englobaban cosas tan básicas como restaurantes, ya que durante los pasados setenta años el partido había considerado que era imposible servir a alguien comida fuera del hogar sin estar sujeto al control del partido.

En abril de 1986, el reactor nuclear número 4 de Chernóbil explotó y Gorbi se enfrentó a su crisis más importante. Al principio, el sistema soviético respondió del modo habitual negándose a responder. Sin embargo, después de tres días, los trabajadores de una planta nuclear de Suecia descubrieron que sus ropas de trabajo estaban cubiertas de partículas radiactivas a pesar de que en su planta nuclear no había explotado nada. La búsqueda mundial de algún reactor que hubiese explotado condujo enseguida a la Unión Soviética y Gorbi finalmente confirmó dieciocho días después por televisión que en realidad se había producido un fallo técnico generalizado en Chernóbil. Esta respuesta, aunque era extraordinariamente tardía, era básicamente sincera. Fue un momento crucial para el régimen.

Siguiendo su costumbre de emprender pequeños pasos asequibles hacia objetivos fantásticamente imposibles, Gorbi permitió a Andréi Sajárov, héroe intelectual soviético y padre de la bomba de hidrógeno soviética, regresar en 1986 después de seis años de exilio interior. Este minúsculo paso fue el primer reconocimiento tácito de los setenta años de asesinatos, terror y otros errores del régimen.

En 1987, Gorbi convocó elecciones a las que se podían presentar varios candidatos y permitió que personas que no pertenecían al partido recibiesen cargos gubernamentales. También aprobó leyes que daban más independencia a las empresas cooperativas, aunque curiosamente no se preparó un marco político, legal, financiero o económico que funcionase para apoyar a las cooperativas.

Más tarde, en 1987, sin saberlo, Gorbi recibió un impulso cuando un joven de Alemania Occidental llamado Mathias Rust aterrizó con su avioneta junto al Kremlin, en la plaza Roja. Este error de vigilancia dio a Gorbi la oportunidad para hacer limpieza en el Ministerio de Defensa. El nuevo ministro, Dmitri Yazov, un veterano de la Segunda Guerra Mundial, parecía el hombre perfecto para proceder al desmantelamiento del gigantesco e inepto ejército soviético. Yazov se lo agradeció después uniéndose a los golpistas.

Gorbi había conseguido abrir una ventana para ventilar y limpiar el olor a rancio de la historia soviética, pero al mismo tiempo se encontraba sujeto a un interminable redoble de críticas sobre el ritmo lento de la reforma que provenía de la creciente legión de ciudadanos insatisfechos que hacían uso de su nueva posibilidad de quejarse en público sin ser transportados a un gulag. Gorbi pensaba que estarían agradecidos y eso les estimularía a nuevas reformas. Las cosas no fueron así.

Entre estos críticos se encontraba Boris Yeltsin, el líder del partido de Sverdlovsk, una zona industrial de los Urales y uno de los primeros nombramientos políticos de Gorbi que mordió la mano que le alimentaba. Yeltsin fue distinto en que su traición empezó casi inmediatamente, fue anunciada en público y parecía haber sido pensada con algo de sentido común.

Yeltsin, a pesar de contar con una imprudente y sagaz inteligencia que le había animado a desmontar una granada de mano cuando era joven, lo que le costó dos dedos, no había parado de escalar posiciones dentro del partido.

Sin dejarse intimidar por el hecho de que los comunistas habían enviado a su padre a un gulag con unos cuantos millones de personas más, Yeltsin se había unido al partido después de conseguir su título universitario en construcción y escaló por la jerarquía en Sverdlovsk hasta convertirse en el jefe del partido de la región. Sus consecuciones prácticas, tales como la demolición de la casa donde el zar y su familia habían sido asesinados por los fundadores del partido en 1917, eran tan impresionantes que captaron la atención de Gorbi. Yeltsin fue nombrado miembro alternativo del Politburó (la sede real del poder de la Unión Soviética) y jefe de los agentes del aparato del partido en Moscú a finales de 1985.

Yeltsin, al que, tal vez de forma significativa, la prensa occidental nunca le puso un apodo ingenioso, resultó ser un maestro del fanfarroneo ante un público impaciente por el lento ritmo de las reformas. Esta descarada forma de hacer política de Yeltsin enojó tanto a Gorbi que se vio obligado a volver al doble discurso comunista y criticó a Yeltsin por «inmadurez política». Sin embargo, Gorbi, característicamente, no le mandó al gulag y pronto se vio inmerso en una batalla que iba a definir su carrera.

Las críticas de Yeltsin acerca del ritmo glacial de la reforma continuaron y hacia 1987 irritaron tanto a Gorbi que el líder destituyó a Yeltsin de su puesto en la dirección del partido en Moscú. Sin embargo, en 1989, Gorbi le dio a Yeltsin una nueva posibilidad cuando se celebraron las elecciones para el primer y último Congreso de Diputados del Pueblo. Estas elecciones eran revolucionarias porque eran competitivas, la gente votaba de verdad y muy pocos de los candidatos iban a recibir más del cien por cien de los votos. Yeltsin superó con facilidad una campaña dirigida a desacreditarle, en la que se le acusaba de beber hasta caer borracho; tal vez les salió el tiro por la culata y ayudó a su causa. Ganó un escaño en el Congreso y de nuevo volvió al juego.

A pesar de los microscópicos avances en democracia permitidos por el partido, para más irritación de Gorbi, las repúblicas de la URSS que habían estado bajo el forzoso gobierno soviético durante décadas aún estaban descontentas y continuaban presionando para conseguir su independencia. En Tiblisi, Georgia, en abril de 1989, las manifestaciones antisoviéticas fueron sofocadas por el ejército soviético, con un resultado de 20 muertos y miles de heridos. Las tropas soviéticas represoras estaban comandadas por el general Alexander Lebed, un oficial duro y decidido que se había ganado sus credenciales reprimiendo los disturbios en Crimea y que se había distinguido por unas declaraciones en las que afirmaba que era uno de los pocos rusos que no bebía. Desempeñó un papel clave en el golpe de Estado contra Gorbi.

En 1989, los soviéticos también abandonaron finalmente su pretensión de convertir al pueblo de Afganistán en unos buenos ciudadanos soviéticos. Aceptaron la derrota y se marcharon a casa. Alemania del Este, también descontenta y perceptiva a los aires de cambio, permitió que cayera el muro de Berlín en noviembre de 1989. Seguidamente Checoslovaquia, Polonia y Rumania abandonaron la órbita soviética. La gente en el Este de Europa había perdido claramente el miedo al tan cacareado Ejército Rojo.

Gorbi intentó ponerse al nivel de los acontecimientos mientras los países de la URSS empezaban a declarar su independencia por las buenas o por las malas y abrió el gobierno a un sistema multipartidista en febrero de 1990. Los lituanos, cuyo país había sido anexado por los soviéticos mediante los protocolos secretos del Tratado de No agresión entre Hitler y Stalin en la Segunda Guerra Mundial, declararon que el 7 de noviembre, el aniversario de la Revolución bolchevique ya no sería fiesta nacional. Esto fue el equivalente de hacer un corte de mangas a los líderes soviéticos y Gorbi se lo tomó como un auténtico insulto. El 12 de enero de 1991, los soviéticos respondieron con el ataque a la torre de televisión de Vilnus, encabezado por las tropas especiales de boinas negras del Ministerio del Interior, que llevaban el jamesbondiano nombre de OMON. Trece lituanos murieron. Dmitri Yazov, el ministro soviético de Defensa y golpista incipiente, acusó a los lituanos de provocar al ejército y, por iniciativa propia, les atacó. Gorbi no hizo nada para castigar a Yazov. En marzo, los lituanos proclamaron su independencia. Lo que había empezado como un intento de Gorbi de reformar la Unión Soviética se había convertido en la desintegración del Imperio.

Gorbi continuaba trabajando en su fantástico plan de reorganización de la economía, llamado el «Plan de los 500 días», la alternativa de la economía dirigida a la creación del capitalismo. Contenía tales joyas de planificación central de fantasía como la destrucción del complejo industrial militar que resultaba ser la espina dorsal de la economía y el último refugio de los miembros del partido partidarios de la línea dura. El 15 de octubre de 1990, Gorbi recibió el Premio Nobel de la Paz. Seguro de que su plan llevaba a los partidarios de la línea dura al límite, Gorbi hizo el único movimiento que le podía mantener en el poder: retirar su apoyo al obtuso plan.

Moviéndose en difícil equilibrio entre los verdaderos reformistas como Yeltsin y los hombres del partido de la línea dura, a Gorbachov le quedaba poco margen de maniobra. Aquellos hombres eran los príncipes del mundo soviético, que avanzaban inexorablemente con los ojos puestos en el vago y triunfante pasado, que pasaban sus vacaciones en el mar Negro y disfrutaban de los dudosos frutos de los poderosos oligarcas soviéticos. Habían escalado hasta lo más alto de la gigantesca estructura criminal mediante una inacabable e insulsa retórica autocomplaciente que ofuscaba las acciones asesinas incompetentes y criminales del gobierno. Ellos no veían ninguna razón para renunciar a un mundo que les daba significado.

Los reformistas veían claramente que Gorbi era adicto a la trastornada lógica del gobierno soviético en la que todo vale para poder permanecer en el poder. La fe de Gorbi en el socialismo le condujo a seguir adelante con aquellas reformas que solamente podían terminar en el desmembramiento del Imperio. El peligro residía en la posibilidad de que en las calles corriera la sangre.

En junio de 1991, Gorbi fue informado por las autoridades norteamericanas de que había un complot para derrocarle en el que estaban implicados sus ministros más poderosos. La respuesta de Gorbi fue pegarles una bronca a los ministros que pretendían efectuar el golpe.

Él siguió adelante, al parecer desdeñando los peligros. Puso los puntos sobre las íes en el nuevo Tratado de la Unión que conduciría a la ex Unión Soviética hacia una absurda federación de repúblicas independientes con un único presidente y un ejército. De alguna forma, el desmembramiento de la Unión Soviética ya había empezado, puesto que cada república había alcanzado una cierta autonomía. Y cuando en 1990 Yeltsin se convirtió en presidente de la Federación Rusa y abandonó el Partido Comunista, se convirtió en el oponente más destacado de Gorbi. En la víspera de la firma del tratado, que los partidarios de la línea dura temían que remodelara radicalmente su mundo sin ellos en el centro, los golpistas llevaron a cabo su acción contra Gorbi.

Los golpistas lo tenían todo a su favor. Tenían en sus manos el conocimiento institucional de setenta años de expertas actuaciones de aplastamiento despiadado de toda y cada una de las oposiciones que se habían presentado con una eficiencia brutal y organizada. Era el único trabajo que sus predecesores siempre habían dominado, permaneciendo en el poder por todos los medios necesarios. Verdaderamente era el fruto del sistema. Pero la historia de asombrosa incompetencia soviética finalmente los atrapó.

Breve historia de la incompetencia militar
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