La situación general
En 1923, en Alemania reinaba el caos. Después de perder la Primera Guerra Mundial, sufrió todos los tipos de revolución posibles: comunista, monárquica y de la derecha, todas excepto la democrática. El ampliamente despreciado gobierno legal, la República de Weimar, se agarraba desesperadamente al poder entre los violentos aires de la revolución.
La economía alemana era un completo desastre y el gobierno alemán no tenía dinero para pagar la ingente cantidad de indemnizaciones de guerra que exigían los franceses, muy resentidos por la invasión de que había sido víctima su país, por los cuatro años de lucha y los millones de ciudadanos y soldados franceses que habían perdido en el conflicto.
Antes de la guerra, Alemania había sido el poder emergente de Europa: contaba con la mayor población de los países occidentales y la industria técnicamente más avanzada. Para la mayoría de alemanes no tenía sentido que hubiesen perdido la guerra, especialmente ante los franceses, su débil, democrático archienemigo al que Bismarck había maltratado en la guerra franco-prusiana de 1870. Pero ahora, terminada la guerra, en Alemania el desempleo era alto, la inflación estaba desbocada (su peor momento lo alcanzó en 1923, cuando los precios se doblaban cada dos días) y la divisa se había erosionado hasta el punto de que una taza de café valía billones de marcos. En lugar de monederos se necesitaban carretillas.
El cuerpo de oficiales prusianos anhelaba la estabilidad inherente de un país organizado según los códigos y las tradiciones de la máquina de matar militar prusiana que todos ellos habían conocido, amado y en la que habían confiado. Para los derrotados y desgraciados oficiales prusianos de noble cuna, que habían llevado el país a una guerra para sumirlo luego inadvertidamente en el caos de la revolución, era un artículo de fe que su glorioso ejército era la espina dorsal crucial de la nación alemana. Ellos creían que era su deber presentar una última batalla para conseguir un gobierno incuestionable y oligárquico; de lo contrario, su país podría desaparecer bajo las fuerzas convergentes del comunismo radical, la democracia radical o cualquier combinación diabólica e inimaginable de ambas.
Los más vehementes de estos exsoldados eran los grupos Freikorps, formados por exsoldados contratados y armados en secreto y silenciosamente sancionados por el gobierno legítimo como compañías paramilitares ilegales. A los Freikorps se les daba vía libre tácitamente para aplastar a los revolucionarios de la izquierda a cambio de apoyar al régimen socialdemocrático del presidente Friedrich Ebert, quien había heredado el tambaleante estado alemán después de la abdicación del kaiser.
Pero los Freikorps resultaron ser incontrolables para todos, incluso para los curtidos oficiales que los comandaban. Las tropas estaban invariablemente formadas por veteranos del frente que habían sobrevivido a años de horrores inimaginables en las trincheras de guerra y que, en realidad, ya no podían existir en una sociedad pacífica. Parte de las masas alemanas estaban de acuerdo con el objetivo de los Freikorps, aunque no con las tácticas de yugo que habían perfeccionado en el resto de Europa.
El reverenciado perdedor de la Primera Guerra Mundial, el mariscal de campo Ludendorff —el que, para salvar su pellejo, había argüido que Alemania había sido «apuñalada por la espalda por los criminales de noviembre»— estaba resultando ser un golpista impaciente e inocente. Él había sido uno de los organizadores del golpe de Kapp en 1920, un intento fallido de derrocar la República de Weimar, y, con su fracaso, se vio obligado a huir de nuevo camuflado de Alemania. Ludendorff acabó en Munich, donde se instaló en una mansión de las afueras y empezó a entrevistar a candidatos para ocupar el puesto vacante de dictador alemán.
Adolf Hitler, un completo don nadie al final de la guerra, con un expediente de guerra manchado únicamente por su supervivencia, también aterrizó en Munich, donde su regimiento de guerra le asignó la misión de soltarles, a los soldados que habían regresado, discursos acerca de las maldades del comunismo. Enseguida le señalaron como un prometedor oficial de inteligencia y le mandaron a controlar el floreciente escenario revolucionario del ala derecha. Así fue como, el 12 de septiembre de 1919, en una cervecería, entró en contacto con el incipiente partido nazi. Impresionados por su capacidad de hacer callar a gritos a la media docena de miembros del partido, invitaron a Adolf a unirse a ellos. Al cabo de una semana se había inscrito.
Sintiéndose inspirado por primera vez desde que había acabado la guerra, Hitler puso a punto su crudo poder de dar discursos; mediante trabajo y dedicación hizo crecer el partido con el mensaje de que los males de Alemania eran culpa de los judíos y los comunistas. Las imágenes retóricas de Hitler de una tierra fantástica racial en la que el honor y el orden serían devueltos a los orgullosos alemanes resultó ser mucho más popular que las pésimas acuarelas que había vendido por las calles antes de la guerra. Las crecientes masas que asistían a sus discursos en las cervecerías pronto hicieron de él una celebridad local.
En 1922, Hitler había atraído a dos de sus principales cohortes, que iban a desempeñar un papel decisivo a la hora de llevarle al poder y arremeter contra el mundo en la Segunda Guerra Mundial. Hermann Goering, después de una guerra en la que había tomado el mando del famoso escuadrón Richthofen del Barón Rojo en 1918, se había retirado al apartamento de su madre en Munich. La auténtica humillación, sin embargo, era el desprecio abierto que recibía de los revolucionarios de la izquierda que, con frecuencia, arrancaban las medallas del pecho de los soldados en público.
Goering a menudo daba rienda suelta a su furia en las reuniones de las cervecerías. Pronto decidió unirse al partido radical, que estaba tan resentido y determinado a vengarse de la derrota como él mismo. Poco después, en 1922, conoció a Hitler. Cuando Goering escuchó el discurso de Hitler sobre las injusticias del Tratado de Versalles, fue amor a primera vista.
Hitler supo instintivamente que el elegante y condecorado exas de guerra era una gran aportación al incipiente partido.
Goering era un hombre con un gran don de gentes tras el que se ocultaba un astuto ser despiadado. Poco después de su primera reunión, Hitler le entregó el mando de las SA (Sturmab-teilung), los matones callejeros de Hitler.
Mientras, Heinrich Himmler, el hijo de una devota familia de clase media católica romana de Munich, se unió al equipo como un peón anónimo. Aunque no tenía los antecedentes usuales en un gran terrorista en ciernes, Himmler estaba muy influenciado por su padre, un hombre obsesionado por la historia. Fue él quien alimentó en Himmler esos sueños de los viejos tiempos, cuando los caballeros teutones, racialmente puros, gobernaban los bosques de Prusia sin que ningún judío o comunista les estropease el paisaje.
El pequeño Heinrich siempre se esforzaba para ser el mejor en todo lo que hacía y, como joven alemán que era, ansiaba servir a su país uniéndose a la inútil matanza de la Primera Guerra Mundial. Pero el ejército alemán era muy estricto y negaba a los que no eran nobles la oportunidad de convertirse en oficiales y dirigir la carnicería. Las reglas no cambiaron hasta finales de la guerra, cuando empezaron a menguar las filas de la juventud nobiliaria.
Heinrich finalmente consiguió su empleo de oficial, pero, para la consternación de millones de sus futuras víctimas, no participó en la acción y no consiguió el sacrificio final para su país. De regreso a casa, sin un solo rasguño en el cuerpo, depositó sus esperanzas en cultivar el terreno de un remoto reducto prusiano como un caballero de sus fantasías teutonas juveniles. Se unió a los Freikorps, pero se perdió la sangría porque su unidad no consiguió unirse a la paliza, que les dieron a los rojos en 1919. Al cabo de un año de criar pollos en la granja en 1921, preparándose para cultivar su fantasilandia prusiana, se encontró un fin de semana con Ernst Rohm en un campo de fantasía teutónica. Rohm, otro curtido veterano, era un activo oficial del ejército cuyo principal trabajo consistía en ocultarles las armas a los soldados aliados, que desafortunadamente estaban intentando controlar el creciente caos en Alemania. El puesto de Rohm le permitía el acceso a las armas escondidas a cualquier grupo político que le favoreciese. Pronto reparó en el prometedor grupo de nazis de Hitler. A medida que los nazis fueron ganando popularidad, necesitaron hombres que controlasen sus escandalosas reuniones en la cervecería, y Rohm le proporcionó hombres y armas a la joven SA. Himmler, como parte de uno de los grupos de Rohm, le seguía a todas partes y pronto fue succionado por la creciente vorágine del partido nazi.
Munich, una vez eliminado su gobierno de estilo bolchevique, se convirtió en el corazón de una revolución de la derecha.
Sus calles y cervecerías rebosaban energía fascista y, por las noches, las ligas de Freikorps, formadas en gran parte por hombres sin empleo, luchaban entre sí por el control de las calles. En sus ratos más tranquilos, acudían en masa a las cervecerías para discutir los distintos métodos violentos de derrocar al gobierno electo. Los partidarios de la derecha, los comunistas y los socialistas sólo estaban de acuerdo en una cosa: nada podía ser peor que la democracia que estaban sufriendo.
Los generales prusianos estaban decididos a mantener a los pendencieros Freikorps bajo su control, y vigilaban de cerca Munich. Gustav von Kahr se había autoproclamado dictador de la derecha de Baviera en Munich. Kahr veía con buenos ojos cualquier gobierno de derechas, pero estaba particularmente enamorado de la monarquía y todavía suspiraba por los recientemente derrocados Wittelsbachs, una de las familias reales menores que se habían hundido con la abolición de la monarquía después de setecientos años de gobernar Baviera.
En 1923, Hitler controlaba totalmente el partido nazi. Le encomendó a su compañero Rohm la tarea de buscar personal para la oficina de violencia, y éste buscó a los matones más violentos de los Freikorps. Hitler pronunció su primer gran discurso como político el 24 de febrero de 1920, en la Hofbräuhaus, ante 2.000 personas. En aquel momento, su pequeño partido ya contaba con unos 100.000 miembros, incluyendo a 15.000 hombres de las SA, y fue reconocido como una amenaza real por el gobierno y los oficiales prusianos, que eran los que realmente controlaban el país. Resuelto a evitar cualquier represalia de los franceses antes de que el ejército alemán se hubiese restablecido y hubiese recuperado su antigua grandeza, el gobierno, aún luchando contra los oscuros límites de la democracia, declaró ilegales a los partidos marginales y tomó medidas drásticas contra ellos. Hitler se retiró de la escena aquel verano y consideró sus opciones.
La época para dar un golpe de Estado había llegado. En enero de 1923, los franceses habían ocupado el valle industrial del Ruhr, humillando aún más si cabía a los alemanes y causándoles un grave perjuicio a su economía. El gobierno alemán, respaldado en secreto por los industriales, imprimía marcos como si fuesen rosquillas para pagar las deudas en indemnizaciones que debían a los aliados. La inmensa hiperinflación resultante tuvo el desafortunado efecto colateral de acabar con las cuentas bancarias de la mayoría de los alemanes de a pie. Por supuesto, el despreciable gobierno democrático tuvo la culpa.
En Munich, el protoführer Von Kahr y los otros futuros líderes de la derecha se habían reunido con Hitler para extender por toda Alemania la dictadura que Kahr ejercía en Munich. Pero, para exasperación de Hitler, todos los miembros de la derecha se entretenían discutiendo acerca de los detalles, especialmente quién debía ser el Gran Líder. Kahr quería reinstaurar la monarquía; Rohm quería convertir su Freikorps en una amenaza militar real y suspiraba por una nueva dictadura; Von Seisser, el jefe de policía bávaro, era partidario de Hitler, pero no tanto de los Freikorps, y no acababa de decidir a quién apoyar; Von Lossow, el jefe del ejército bávaro, era partidario del modelo dictatorial de gobierno, y también de Hitler, pero sabía que a sus superiores de Berlín no iba a gustarles que apoyara al prepotente joven aspirante a dictador, así que él también nadaba entre dos aguas.
Hitler, impaciente por empezar a ejercer de dictador, se reunió con todos ellos en otoño. Había dado su palabra a Von Kahr, Von Lossow y Von Seisser de que no empezaría la contrarrevolución sin ellos. Pero, al parecer, al impaciente futuro führer se le estaba acabando la paciencia. Cuando Von Kahr anunció que el 8 de noviembre daría un gran discurso en la cervecería Bürgerbräukeller de Munich, a Hitler le entró el pánico. Resuelto a no quedarse atrás en la carrera para convertirse en führer; urdió rápidamente un plan y movió pieza. Se reunió con sus subalternos la víspera por la noche y estuvieron conspirando hasta bien pasada la media noche. Su plan improvisado dependía del genio organizativo aún por demostrar de Goering, que encabezaría a los combatientes de las SA nazis, y de la participación del incuestionable general Ludendorff.