La situación general

En 1939 no era fácil ser Rumania. Por un lado estaba la amenaza alemana, intentando pisotear agresivamente a cualquiera que se movía. Por otra parte, estaba el oso gruñón de la Unión Soviética. Con este duro vecindario era importante tener los amigos adecuados.

Rumania en su primer intento de hacer amigos e influenciar a la gente había esperado astutamente hasta que la Primera Guerra Mundial ya tenía tres años antes de unirse a los aliados, con la esperanza de recoger las migajas de los botines de la victoria. Los enormemente más poderosos alemanes y austríacos aplastaron a los rumanos, pero Rumania no se rindió. Por el contrarío, el minúsculo país se enfrentó a ellos y perdió más territorio frente a los alemanes antes de poderse librar de ellos finalmente a principios de 1918. Cuando Alemania se vino abajo aquel año, Rumania recuperó su entusiasmo luchador y de nuevo se unió a la lucha, con la esperanza de que fuese más fácil derrotar a un enemigo ya conquistado. Esta breve segunda aventura impresionó tanto a los apurados aliados, que Rumania se ganó un lugar en las conversaciones de paz de París, donde el botín se estaba repartiendo, y se fue con una enorme parte del botín local. En aquel caso, el minúsculo país consiguió territorio suficiente, incluida Transilvania, para crear una Gran Rumania. Todo iba bien. Rumania había elegido bien.

Durante la década de 1930, mientras el poder alemán crecía y los vecinos soberanos desaparecían con poca resistencia, el líder de Rumania, el rey Carlos II, un explayboy; se puso cada vez más nervioso. Cuando estalló la Segunda Guerra Mundial en Polonia en 1939, los rumanos temieron que su pequeño rincón de Europa fuese el próximo plato de Hitler. La única salvaguarda de Rumania era aliarse con los británicos y con esos franceses siempre dispuestos a establecer acuerdos que nunca pueden cumplir. Pero en 1940, cuando Alemania derrotó a Francia y echó a los británicos del continente, Rumania quedó sola. Entonces Rumania se enfrentó a su volátil mezcla política. El rey Carlos había gobernado el país desde 1930 con mano dura. Pero, en realidad, la fuerza que conducía el destino de la política del país era la Guardia de Hierro: fanáticos religiosos, chiflados de derechas y violentos antisemitas. Como era de esperar, eran muy queridos por Heinrich Himmler, de las SS alemanas, siempre a la búsqueda de matones a los que les gustara matar a indefensos. La Guardia de Hierro era como una especie de banda de matones de las SS con la Biblia en la mano. No estaban contentos con Carlos y tampoco hubiesen estado contentos con Hitler, probablemente.

Temiendo un golpe de Estado por parte de la Guardia de Hierro y sin el estorbo de nociones tales como juego limpio, el rey Carlos de pronto mostró unas impresionantes tendencias fascistas al orquestar en 1938 el asesinato del líder de la Guardia de Hierro, Cornelius Codreanu, e ilegalizar el grupo. Carlos también excluyó de su gobierno al general Ion Antonescu, el jefe del ejército y exministro de Defensa. En mayo de 1940, con Polonia conquistada por Hitler y el inminente colapso de Occidente, el rey Carlos concluyó un tratado con Alemania en el que daba a la máquina de guerra nazi acceso al abundante petróleo de Rumania. El rey, creyendo que su duro trabajo ya estaba hecho, ya podía relajarse y volver a sus intereses reales, viviendo la gran vida entre las crecientes tormentas de la guerra total.

Al asociarse con los nazis, consiguió enfurecer a los soviéticos, de modo que en junio de 1940 los rojos se apoderaron de las provincias del norte de Rumania, Besarabia y Bucovina del Norte, principalmente porque los rusos todavía no las controlaban. Hungría, con el visto bueno de Hitler, entonces se lanzó al asalto y se apoderó de la mayor parte de Transilvania en agosto. Y en septiembre, Bulgaria asestó un golpe bajo a su vecino del norte y reclamó el área de Dobrogea. En total, Rumania perdió casi un tercio de su territorio y población. El país entonces se convirtió en la Pequeña Rumania.

Ion acusó al rey de la humillante pérdida de territorio y prestigio, de modo que Carlos le destituyó del ejército y le encarceló. Pero aquella acción no pudo evitar que la población se diese cuenta de que su país estaba menguando y que el juerguista rey Carlos empezase a cargar con la culpa. Como demostración de que incluso los reyes de dudosa reputación leen las encuestas, sacó desesperadamente a Antonescu de la prisión para nombrarle primer ministro en septiembre de 1940.

Como muestra de gratitud, Antonescu obligó a Carlos a abdicar y huir del país. Según se dice, Carlos cargó un tren con el botín real y se largó a Portugal. Con el respaldo del Ejército, Ion se hizo con un poder dictatorial y nombró como su segundo al jefe de la Guardia de Hierro. ¡Venga! El círculo de lunáticos estaba completo de nuevo, por el momento.

Con los instintos de un verdadero dictador, Ion ardía en deseos de ver el día en que pudiese extender su gobierno irracional sobre la antigua patria de los rumanos, Transilvania, así como sobre los demás territorios robados. Sin embargo, el problema consistía en que las tierras perdidas estaban en manos de dos bandos opuestos en la guerra. Pero Ion, que empezaba a animarse con su trabajo de dictador, se ejercitó con algunos cambios y escapadas a lo Houdini. Pronto apareció con un plan para solucionar los problemas territoriales de Rumania uniéndose a Hitler.

En noviembre de 1940, Ion se reunió con Adolf en Alemania. En sus conversaciones de dictador a dictador, Antonescu despotricó sobre los judíos, eslavos y húngaros. Los dos se llevaron fantásticamente bien. Hitler descubrió que el Conducator era un entusiasta aliado, le conectó con los generales alemanes y éstos, a su vez, tuvieron pocas dificultades en reconocer la rampante codicia de un verdadero imbécil. Ion aceptó con regocijo una invitación para unirse al Eje.

En enero de 1941, Horia Sima, el jefe de la Guardia de Hierro, se vio incapaz de reprimir sus impulsos golpistas tan profundamente arraigados e intentó derrocar a Antonescu. Pero Hitler prefería el orden de Antonescu a la anarquía de la Guardia de Hierro y ayudó a Antonescu a aplastar el golpe.

Himmler se llevó rápidamente a Sima y los otros jefes de la Guardia de Hierro y los escondió en Alemania por si tenían que invadir Rumania en caso de que a Antonescu se le confundiesen las ideas que ahora tenía sobre ellos. Ion gobernaba ahora solo.

Añadida a la volátil mezcla de avaricia y odio que asolaba Rumania se encontraba la inmensa reserva de petróleo del país.

Rumania era el mayor productor europeo de petróleo, un oeste de Tejas balcánico. Al principio de la guerra, los británicos y franceses intentaron comprar tanto petróleo como les fue posible y buscaron incluso sabotear el sistema de transporte de petróleo, sólo para evitar que no cayese en manos de los alemanes. Sus complots fracasaron y en agosto de 1940 Alemania y Rumania firmaron un tratado mediante el cual Alemania se quedaba virtualmente con todo el petróleo que necesitara.

Rumania iba a cobrar a Alemania todo lo que quisiera. Podía habérsele llamado el Plan Hermann Goering.

La única nube que ensombrecía el despejado cielo azul del perfecto futuro rumano, Transilvania incluida, era una cita para una invasión con el ejército alemán en la plaza Roja.

Breve historia de la incompetencia militar
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