Año 1961
Invadir un país es algo muy importante. Normalmente sale en las noticias. John F. Kennedy, el presidente más joven jamás elegido en Estados Unidos, parecía muy maduro para su edad. Tal vez fue su experiencia en la Segunda Guerra Mundial combinada con su halo de estrella de cine y una educación privilegiada lo que le llevó a pensar que podría llevar a cabo una invasión en total secreto. Pero cuando el país invadido es muy conocido por ser el enemigo implacable de una superpotencia mundial como Estados Unidos, cuesta esconder al imponente coloso que está disparando detrás de las dunas. Ni siquiera una sección de hábiles portavoces de la CIA disfrazados de ayudantes de prensa proclamando que no tienen nada que ver puede esconder totalmente una invasión. Pero Kennedy lo intentó.
Para muchos americanos, Cuba parecía una extensión natural de Florida. Solamente un error de la geografía evitaba que Estados Unidos ejerciese su dominio natural sobre la isla. Desde que Teddy Roosevelt cargó contra la colina de San Juan durante la guerra hispano-estadounidense (guerra de Cuba), los americanos consideraron Cuba como su hermano menor. Esto es, como uno considera a su hermano pequeño si no le gusta, no lo trata bien o no lo respeta. Pero entonces, un buen día, el pequeño se enfada y se viste con un traje militar, enciende un cigarro y se defiende. En 1959 Fidel Castro se hizo con el poder en Cuba, expulsó todos los negocios americanos de la isla y se declaró al mando.
Inmediatamente, Estados Unidos quiso sacar a Castro. En 1960, bajo el mandato del presidente Eisenhower, recurrió a sus expertos espías, la CIA. Aunque no estaba descrito en su trabajo, la CIA estaba dispuesta a derrocar gobiernos extranjeros si el gobierno se lo requería. Los íntegros hombres de Yale, tipos del estilo de la hermandad Skull and Bones, que habían controlado la agencia desde su fundación como la OSS (Office of Strategic Services) durante la Segunda Guerra Mundial, salían a cenar con sus trajes de Brooks Brothers y hablaban de la historia del derrocamiento del líder de Guatemala en 1954 con un tirachinas y dos walkie-talkies estropeados. Pensaban que si allí había funcionado, también funcionaría en Cuba. Ambos países estaban llenos de gente que hablaba español y tenían bonitas playas, así que ¿qué podía salir mal?
Cuando el vicepresidente Richard Nixon tomó las riendas de un desinteresado Eisenhower, la CIA reunió a la antigua banda de Guatemala y les expuso el problema de «salvar» al pequeño hermano del sur de su nuevo líder. Con Richard Bissell, el brillante cerebro de las operaciones encubiertas dirigiendo el show contra Castro, la CIA sabía que sus días estaban contados. Estudiaron y tantearon varios planes, cada uno más infalible que el anterior y finalmente elaboraron el plan perfecto para llevar a cabo una pulcra y pequeña invasión de solamente unos pocos cientos de hombres escasamente armados, todos ellos exciudadanos resentidos.
Kennedy, que heredó el plan junto con Bissell y su pandilla de revolucionarios burócratas, estuvo de acuerdo en hacerlo si conseguían sacarlo adelante sin que nadie sospechase que el gigante, la superpotencia archienemiga que estaba ciento cincuenta kilómetros al norte estaba implicada.