Año 1991
Pocas personas se enfrentan alguna vez a la cuestión de cómo reaccionar cuando la vida que uno ha creado se muere ante sus propios ojos. ¿Se arremete despiadadamente contra la causa de la muerte? ¿Se acepta el destino y se hacen los arreglos necesarios ante la inminente muerte del único mundo que se ha conocido? O uno simplemente se sienta y se toma un par de copas mientras todo se derrumba, atrapado porque sabe que es inútil resistirse, como lo es intentar escapar de unas arenas movedizas, pero con el total convencimiento de que nadie se convierte conscientemente en el agente de su propia destrucción.
Los hombres que lideraron el golpe contra Mijaíl Gorbachov en 1991 se enfrentaron a esta decisión. Eran la flor y nata de las mediocridades que gobernaban el mundo soviético: líderes del ejército, las fuerzas de seguridad internas, el gobierno y las mayores industrias de la Unión Soviética. Las reformas de Gorbachov, la perestroika y la glasnost estaban desmembrando su mundo. ¿Cómo podían responder? ¿Y si daban un golpe de Estado? Ese golpe fracasó de forma espectacular a pesar de que estos hombres controlasen gran parte del Imperio; se habían pasado toda su carrera al mando del mayor sistema de control jamás concebido. El sistema murió mientras estaban de guardia y ese fracaso colectivo se convirtió en el símbolo del destino de la Unión Soviética.