Érase una vez en África
La economía norteamericana nació y creció resguardada tras un muro de medidas proteccionistas que se extendieron hasta más allá de la Segunda Guerra Mundial. En épocas más recientes las cuatro economías más prósperas de Asia, China, Japón, Corea del Sur y Taiwán, que desde luego se concentraron en un modelo de desarrollo basado en la exportación, tenían no obstante estrictas leyes que prohibían o limitaban la importación de bienes que pudieran competir con los producidos en el país. ¿Es tan importante esta diferencia? Lo es, y mucho… Imaginemos a los técnicos del FMI diciendo a los fabricantes de automóviles japoneses que mejor se dediquen a otra cosa, ya que competir con las firmas europeas y norteamericanas es inútil. Toyota es hoy en día el mayor fabricante de automóviles del planeta.
Resumiendo, a través de las políticas propuestas por el FMI, el Primer Mundo retira a los países en desarrollo la escalera que ellos mismos utilizaron para alcanzar su estatus privilegiado. Cuando uno oye hablar de comercio libre es inevitable acordarse de Adam Smith, pero hasta el más acérrimo defensor de los postulados del autor de La riqueza de las naciones tendrá que admitir que el libre mercado al que él se refería era entre iguales y en igualdad de condiciones, cosa que, como vemos, no se cumple ni remotamente.
Ghana, por ejemplo, fue forzada por el FMI en 2002 a abolir todos los aranceles sobre la importación de alimentos. Como resultado llegó al país una avalancha de productos alimenticios procedentes de la Unión Europea, a precios muy baratos, que arruinaron a los granjeros locales. Lo realmente escandaloso es por qué esos alimentos europeos llegaban a Ghana a precios tan ventajosos, y es que no hay que olvidar que la producción agraria europea está acogida a múltiples subsidios y ayudas que, desde luego, se alejan bastante de la ortodoxia del libre mercado predicada por el FMI. Como resultado, la carne de pollo congelada que llegaba de la UE costaba un tercio de lo que se cobraba por la carne del país. La demanda de pollería local ha caído hasta amenazar el sustento de los más de cuatrocientos mil granjeros avícolas de esta pequeña nación del África Oriental.
El mercado ghanés está inundado de pollo barato importado de la Unión Europea. En su mayoría se trata de mollejas, patas y alas congeladas, con mucha grasa y en paquetes sin etiquetar. En 2002 Ghana importó más de 26.000 toneladas de pollo. En 2004 se alcanzaron las 40.000 toneladas. En 1992 los granjeros de Ghana copaban el 95 por ciento del mercado ghanés. Actualmente su participación es meramente testimonial, un 11 por ciento. 8
Este fenómeno se conoce como dumping. Los países desarrollados colocan los excedentes de producción, altamente subvencionados, en los países en vías de desarrollo a precios tan bajos que hunden la producción nacional. Casi una tercera parte de las exportaciones avícolas europeas procede de los Países Bajos, según estadísticas publicadas por el Instituto de Investigación de Economía Agrícola (LEI) de este país y Eurostat.
Lo que puede parecer sorprendente es que, como en Ghana, el número de granjas y granjeros de los Países Bajos también disminuye rápidamente. Durante el último medio siglo el número de granjas ha bajado a la cuarta parte de las trescientas quince mil que había en 1950, dando empleo al 3 por ciento de la población holandesa. La solución a este enigma estadístico es que casi todos los pollos son de empresas gigantescas que exportan a Europa y al resto del mundo.
Nutreco, que es una de las mayores empresas comercializadoras de productos agrícolas del mundo, con central en el diminuto pueblo de Boxmeer, es el mayor productor de pollos del país y tiene unas ventas globales de casi 4.000 millones de euros. Pingo, su división avícola, emplea a menos de mil personas.
El Parlamento ghanés intentó salvar la situación imponiendo un arancel adicional del 20 por ciento sobre el pollo importado. Solo dos meses después de que la ley fuera aprobada, el Servicio de Aduanas (CEPS), el cuerpo responsable de aplicar los aranceles, emitió una orden revocando la decisión. El Fondo Monetario Internacional había bloqueado la propuesta. Lo sorprendente es que el FMI dejó sumamente claro que se oponía al aumento de los aranceles porque quizá afectaría al programa de «reducción de pobreza» en Ghana. En cierto sentido es cierto: afectaría muy positivamente a la reducción de la pobreza de los granjeros locales. Alphecca Muttardy, representante del FMI en Ghana, indicó que este país solo podría aumentar los aranceles con un permiso especial. En una frase digna del mafioso Corleone, declaró: «Nosotros le señalamos al gobierno que el aumento de los aranceles no era una buena idea, ellos lo meditaron y nos pusimos de acuerdo».
Sin embargo, el aumento de los aranceles aduaneros no rompe los acuerdos de la Organización Mundial del Comercio. Según el acuerdo de Ghana con la organización, los aranceles pueden llegar hasta el 90 por ciento. El acuerdo de la OMC sobre subsidios y medidas de compensación permite a los países miembros imponer tasas más altas a los productos que hayan sido subvencionados en sus países de origen si tales subsidios causan o amenazan con causar problemas a la industria del país importador. La Unión Europea, origen de la mayoría del pollo importado, subvenciona con 43.000 millones de euros anuales a sus granjeros.
El resultado de las medidas para la «reducción de la pobreza» ha sido que la mayoría de los cuatrocientos mil miembros de la Asociación Nacional de Granjeros Avícolas de Ghana, antes prósperos, ha abandonado sus explotaciones. Y las industrias del arroz y del tomate están igualmente amenazadas. En la capital grandes carteles anuncian el arroz largo americano que, gracias a los astronómicos subsidios de las autoridades estadounidenses, ha desplazado al arroz ghanés de los puntos de venta. Según Intermon Oxfam, solo una empresa, Ricelands, de Arkansas, fue destinataria de subsidios agrícolas del gobierno federal americano que ascienden a 380 millones de euros entre 1995 y 2003.
Ghana estaba en camino de ser autosuficiente en la producción de arroz en la década de 1970, pero el programa de ajuste estructural del FMI eliminó los subsidios a los productores de arroz. Ahora Ghana solo produce 150.000 toneladas de arroz, el 35 por ciento de sus necesidades nacionales. Imposibilitados para cultivar debido a los altos costes de semillas, abonos y herramientas de labranza necesarias para competir en productividad con los agricultores de otras latitudes, los jóvenes de Ghana iniciaron un éxodo rural hacia las ciudades intentando conseguir trabajos inexistentes. Los desplazados de los sectores del arroz y la avicultura se han convertido en delincuentes, marginados, pobres y chabolistas que infestan el paisaje de la ciudad, provocando toda clase de problemas sociales. El Ministerio de Agricultura admite la gravedad de la situación, pero dice que no está a favor de aumentar los aranceles, ya que el FMI tiene al gobierno atado de pies y manos.
El exceso de confianza en el pollo importado también tiene sus riesgos. En Camerún, donde la situación es muy similar y se ha estado importando pollo congelado desde hace años, dos asociaciones, el Servicio de Ayuda a las Iniciativas Locales (SAILD) y la Asociación para la Defensa de Intereses Comunes (ACDIC), llevaron a cabo en 2004 el estudio de doscientas muestras de pollo. El 15 por ciento estaba infestado con salmonela. En un informe titulado «Dinámica de cultivo», de la ONG belga SOS Hambre, se revela que el pollo se congela y descongela varias veces en su viaje desde la UE a África. La integridad de la cadena del frío es un verdadero chiste en estos casos. Según el informe, «el pollo congelado no tiene valor en la UE ya que no hay ni demanda ni mercado para este producto. Si los comerciantes venden este producto a África, es debido al precio, que es mayor que el que ofrecen los productores de comida para perros».
Otras veces las medidas impuestas tienen efectos, lógicos, que se alejan muy mucho de cualquier cosa que pueda considerarse beneficiosa para el desarrollo. Sin salir de Ghana, el FMI insistió en que el gobierno estableciera tasas para ir a la escuela, con lo que el número de familias rurales que podían permitirse el lujo de enviar a sus hijos se redujo en dos tercios.
En la década de 1970, tras la crisis del petróleo y el colapso de los precios de los productos básicos, Zambia tuvo que acudir al FMI y al Banco Mundial en busca de créditos. Las reformas que las dos instituciones le impusieron a cambio provocaron la pérdida de decenas de miles de empleos, la destrucción de industrias clave, disturbios sociales y un aumento de la pobreza en el que una vez fue uno de los países más ricos del África subsahariana. La liberalización del comercio, la desregulación, el desmantelamiento del sector público y las privatizaciones masivas fueron la causa de la caída de Zambia del lugar 130 del Índice de Desarrollo Humano en 1990 (un lugar ya de por sí no demasiado lucido) al 163 en 2001. El caso de Zambia, que adoptó un régimen democrático tras su independencia en 1964 y ha sido uno de los pocos países de la región que no ha estado jamás en guerra, es una de las pruebas más claras del fracaso de las políticas del FMI y el Banco Mundial.
En Zambia el FMI insistió en recortar el gasto en salud y el número de bebés que murieron al poco de nacer se duplicó. Además Zambia fue obligada por el FMI a abolir los aranceles a las importaciones de ropa, que servían para proteger a una pequeña industria local de unas 140 empresas. Inmediatamente el país se vio inundado por importaciones de ropa de segunda mano, muy barata, que arruinó en poco tiempo a 130 de esas 140 empresas. El número de empleos en el sector cayó de 34.000 a 4.000: «Solíamos suministrar a los intermediarios 3.500 toneladas de ropa por año, pero ahora solo les vendemos 500 toneladas», declaró en su día a la prensa Ramesh Patel, dueño de una empresa textil. Hace ocho años la firma tenía 250 empleados, ahora solo 25.
Lo realmente increíble es que, si las empresas textiles de Zambia hubieran querido exportar sus productos a la Unión Europea, se habrían encontrado con los mismos aranceles que se les había obligado a abolir a ellos.
En otro orden de cosas, el propio Banco Mundial no tuvo más remedio que reconocer en 2000 que la eliminación de los subsidios al cultivo de maíz y a los fertilizantes provocó «estancamiento y recesión en lugar de ayudar al sector agrícola de Zambia». Un buen baremo para medir la eficacia de las medidas es el producto interior bruto por habitante de Zambia, que cayó de 1.455 dólares en 1976 a 892 dólares en 2000. Este declive económico tiene su fiel reflejo en el terreno de lo social. Por ejemplo, la proporción de la población desnutrida, con un consumo de calorías inferior a los requerimientos mínimos de energía, aumentó del 45 por ciento en 1990 al 50 por ciento en 2001.
Cuando se pregunta al FMI por todos estos casos, la cantinela de siempre es «consecuencias inesperadas». Y si hemos de poner un ejemplo de las «consecuencias inesperadas» del FMI el mejor es, sin lugar a dudas, Perú.