Capítulo

34

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Cuando ya estaban lo suficientemente cerca el hombre las detuvo y les pidió esperar un poco, el artista estaba bien entretenido con algunas personas y reporteros a los que les había concedido unas palabras y cuando Ariadna lo miró sintió que su corazón se le iba a salir del pecho, no pudo disimular su respiración ni el temblor de su cuerpo, estando tan cerca de él quería salir corriendo en dirección contraria, una cosa era haberlo visto de largo cuando él subió al escenario a dar su pequeño discurso y otra era ya estar a escasos metros de él. Podía sentir claramente como su voz le erizaba hasta el último minúsculo vello de su cuerpo, guardó en su memoria cada gesto del hombre a pesar de no verlo de frente sino de lado, tenía un perfil perfecto, un cuerpo perfecto, una altura perfecta, en fin todo él enterito le pareció la perfección andante y al permitir que su mente se fuera por otro rumbo sintió su libido dispararse y sin saber cómo dio un brinco delatando sus nervios y excitación, bajó la cabeza y se mordió el labio, podía beber y sentir el aire que él respiraba, la fragancia que el hombre desprendía comenzaba a aturdirla y hacer que sus defensas la dejaran prefiriendo irse de vacaciones. La chica comenzó a sentirse una simple e insignificante mortal ante la perfecta deidad masculina que tenía casi en frente.

“¿Cómo sería una escultura de él?” —pensó mirándolo fijamente haciéndole caso a la diablita que le susurraba cochinadas en su hombro izquierdo—. “Y me refiero a una estilo griega, a él mostrando todo su esplendor.”

La chica sonrió con malicia escaneándolo de pies a cabeza.

“Sí… y cuando me refiero a todo su esplendor me refiero a todo lo que él implica, la hojita de parra sobra, lo quiero completamente desnudo.” —Ariadna no paraba de sonreír ante sus pensamientos.

—Es hermoso ¿verdad? —le preguntó Stephanía al notarla, la chica brincó reaccionando—. Sin duda uno de los hombres más bellos del planeta.

—Sí, está muy guapo, pero su hijo no se queda atrás —contestó la chica para no ser tan obvia en su interés.

—Oh gracias querida, lastimosamente la fábrica de estos especímenes parece haber salido del mercado, estos muñecos son difíciles de encontrar y si se encuentran cuesta una fortuna acercarse a ellos al menos para verlos, este producto lastimosamente no está disponible para todas las féminas.

—Si es una lástima.

—Pero tú eres muy afortunada esta noche, podrás conocerlo y cruzar unas palabras con él aprovecha al máximo tu tiempo.

—El señor Di Gennaro ya terminó con su tiempo de entrevistas, muchas gracias a todos por su amable atención —dijo uno de los managers que lo acompañaba, la prensa obedeció y desalojaron el espacio lentamente.

Las mujeres notaron como el ruso se acercó a él de nuevo y susurrándole al oído se giró firmemente para verlas, Ariadna sintió el mundo detenerse con esa mirada, era la misma, era igual a él, la perfección del tono azul de sus ojos iba a hacer que colapsara y sentía que ya no podía respirar a medida que él se acercaba, no podía disimular ni quitar sus ojos de él, su interés era muy evidente, le valía un pepino que él y los demás lo notaran, al tenerlo a pocos centímetros creyó que se iba a desmayar.

—Bonne nuit madame Richmond —saludó caballerosamente a Stephanía besando su mano, la mujer sonrió y procedió rápidamente a darse aire con el abanico que andaba.

—Buonanotte caro Ángelo e 'un piacere —la mujer evitaba derretirse ante su encanto y prefirió saludarlo en su idioma, Ariadna sentía su cerebro paralizado, el porte del hombre, su fragancia y su exquisitez en todos los sentidos le hacían palpitar con fuerza ya no solo su corazón sino algo más, tenía sed, tragaba en seco, necesitaba controlarse.

—Me alegra volver a verla —el hombre sonrió y Ariadna sentía que los fuegos artificiales habían estallado e iluminado el cielo de la noche.

—A mí también mi querido Ángelo y me hace muy feliz que me recuerdes. —Stephanía estaba feliz, el hombre bien podía ser su hijo también, eso lo tenía más que claro pero eso no evitaba que suspirara ante su galantería.

—Es imposible no recordar a una de mis más fieles benefactoras, además de ser mi amiga —le dijo el hombre sin dejar de reír, Ariadna ya no sabía quién era ella con sólo escucharlo hablar.

—Y por eso estoy hoy aquí, desde que supe que eras el invitado de honor me dije “Stephanía no puedes faltar a ese evento porque tienes que saludar a Ángelo” —la mujer sonreía con ganas también—. Además estoy en Francia no tenía excusa para no hacerlo y ha valido la pena, estás muy guapo querido, a decir verdad, te poner más guapo cada vez que te miro, ¿Cuál es el secreto eh?

—No hay ningún secreto solamente llevar una vida saludable, hacer mucho ejercicio y disfrutar la vida con alegría que aunque se ponga gris en nosotros mismos está pintarla de colores, ¿No le parece?

—Muy sabias tus palabras.

—Además yo creo que usted hace lo mismo, es una mujer muy hermosa y los años la favorecen, son benévolos con usted.

—Gracias por el halago, eres muy galante, creo que los vinos de tu familia tienen algo que ver ya que precisamente me siento como ellos, entre más pasan los años, mejor.

Ambos sonrieron con ganas y Ariadna ya no sabía que pito tocar en la escena, se sentía de más y un poco apenada.

—Ángelo querido quiero presentarte a una amiga que también es artista, creo que deben de tener mucho en común y no les ajustaría la noche para conocerse. —La mujer acercó a Ariadna haciendo que se parara a su lado, Ángelo le clavó la mirada y Ariadna sintió que de pronto todo el panorama lo miraba azul—. Se llama Ariadna y es norteamericana, viene representando al museo para el que trabaja.

El hombre la miró de pies a cabeza estudiándola cada centímetro y ella pudo sentirse así, temía no estar a la altura social de él, sabía que no lo estaba pero al menos esperaba un simple “hola” y habría pasado la prueba. Él le extendió la mano y ella en piloto automático la aceptó, sintió como la sangre en sus venas corría a mil por hora poniéndola colorada sin poder evitarlo, tragó en secó de nuevo, su cerebro amenazaba con desconectarse y temía hacer el ridículo desmayándose. Cuando él llevó su dorso a su boca Ariadna sentía que el corazón ya lo tenía en la garganta, toda ella temblaba y sabía que él lo había notado, depositó un casto beso sin dejar de mirarla, ambas miradas azules se clavaron en el otro y esos segundos de silencio provocaron la conexión más excitante que Ariadna había experimentado hasta el momento, nunca había sentido la sensación que la envolvía y no sabía a ciencia cierta qué era lo que pasaba, él era diferente, único, perfecto y condenadamente igual a su Cavill, la chica no sabía cómo actuar, sentía que su cerebro estaba en “off”

—Enchanté —dijo el hombre en su perfecto acento francés que hizo brincar a Ariadna quien no podía decir nada, fue un susurró cuyo cálido aliento se quedó en su mano y le envió la señal a todo su cuerpo como una pequeña prueba del poder del hombre que tenía en frente.

—¿Cavill? —susurró sin saber lo que había dicho hipnotizada por sus ojos.

—¿Perdón? —el hombre reaccionó desconcertado.

—Ah… uh… mmmm… —la chica volvió a tragar en seco, mirándolo con los ojos más abiertos que podía tener, fue un lapso de segundo y no supo lo que había dicho, no tuvo conciencia de eso y sintió que el encanto del momento se había roto. El hombre la miró frunciendo el ceño.

—Pe… pe… perdón, lo siento —tartamudeó como tonta bajando y sacudiendo la cabeza, quería desaparecer de allí o rebobinar la cinta de nuevo y comenzar desde el principio.

El hombre no dejaba de verla levantando una ceja, no era lo que quería escuchar de ella y Stephanía no podía creer lo que estaba pasando, la presentación no fue lo que esperaba.

—Ángelo querido disculpa a Ariadna, como puedes ver está muy nerviosa por conocerte, eres una persona muy importante, es normal tener nervios, ya sabes cómo son de traicioneros.

El hombre no dejaba de ver a Ariadna a la vez que no soltaba su mano, esperaba una explicación, su seriedad puso más nerviosa a la chica.

—Perdón señor Di Gennaro —dijo claramente cuando su cerebro se encendió de nuevo—. Es un enorme placer conocerlo, mi nombre es Ariadna Warren.

El hombre suavizó su expresión al escuchar con claridad la voz de la chica y curvó sus labios para evitar que le tuviera miedo, no quería verla más nerviosa.

—Disculpe mi torpeza —insistió la chica intentando desenvolverse con naturalidad como lo era ella—. Le prometo que no volverá a pasar.

—Sé que no —dijo él mirándola fijamente, Ariadna entendió ese “no” sabiendo que era porque nunca más volvería a tratarlo, sentía que se había vuelto a caer de la nube.

—Ariadna es artista también —dijo Stephanía para quitar la tensión que comenzaba a sentirse—. Además de amar su labor, si la vieras hablando en público lo desenvuelta que es te asombrarías, es muy buena representante.

—¿Ah sí? —preguntó el hombre soltando lentamente su mano, lo último que Ariadna sintió fue un roce en su palma por parte del índice de él como si hubiera sido una invitación que por poco la hace jadear, pero lo último dicho por Stephanía la había desconcertado.

—Claro que sí, la escuché en una breve conferencia que la delegación norteamericana dio en el d’Orsay de París.

—¿Estaba usted allí? —preguntó la chica sorprendida.

—Por supuesto que sí, lastimosamente no pude colarme en el Louvre cuando estuvieron allí pero en el d’Orsay sí.

La chica estaba más que sorprendida, creía que había sido el destino o la casualidad lo que la había hecho conocer a la mujer en Rouen, pero ahora ya lo dudaba.

—Pues es una lástima no haberla escuchado esta noche cuando subió al escenario —dijo Ángelo mirándola fijamente—. Su acompañante parecía no querer compartirla.

Ariadna lo miró asombrada también, pensar que él la había visto cuando toda la delegación subió para ser presentados le dio un poco de vergüenza, no sabía por qué, sólo sabía que se sentía así y más por lo último dicho.

—Ese hombre es sólo su jefe, ya tendrás la oportunidad de escucharla, espero —le dijo Stephanía.

—¿Jefe? —repitió exhalando y levantando una ceja de nuevo, no parecía creerlo, Ariadna volvió a sentir su cerebro indispuesto—. Para ir del brazo de él…

—Querido, ustedes los hombres también pueden mal interpretar las cosas —le dijo Stephanía interrumpiéndolo y notando que Ariadna no podía ni siquiera balbucear para defenderse—. Él le sirvió de apoyo al caminar, Ariadna tuvo un pequeño accidente y su rodilla sufrió las consecuencias.

El hombre la miró intentando suavizar su mirada y volvió a estudiarla de pies a cabeza, lastimosamente para él no podía dar su veredicto con respecto a la rodilla, el vestido le cubría hasta los zapatos.

—¿Accidente? ¿Dónde? —preguntó curioso.

—Fue precisamente en Rouen, lo que pasó fue que…

—Muchas gracias, gracias por todo —la chica la interrumpió sabiendo lo que la indiscreción podía decir, su semblante había cambiado—. Stephanía debo volver a mi mesa, mi equipo debe de preguntarse donde estoy, señor Di Gennaro… —se volvió a él extendiéndole con firmeza la mano como el tradicional saludo—. Ha sido un placer haberlo conocido, le deseo muchos más éxitos en su prestigiosa carrera.

—Lo mismo digo. —El hombre desconcertado por su actitud correspondió su saludo—. También le deseo lo mejor en su labor profesional.

—Gracias.

La chica asentó seria y respetuosamente y dando media vuelta se alejó, por alguna razón no se sentía bien y sintió que lo que había pasado fue un error.

Cuando se encaminaba por uno de los senderos a media luz, en un abrir y cerrar de ojos alguien se le atravesó en el camino dándole tremendo susto cuando la sujetó de la cintura y la escondió entre unos arbustos y unas columnas que servían de decoración.

—Tranquila, soy yo. —Jean la había sorprendido con su osadía.

—¡Dios! ¿Pero qué te pasa Jean? me asustaste, estoy muy nerviosa por favor nunca vuelvas hacer eso, es un error —la chica intentaba separarse de él pero él la sujetó con más fuerza para no dejarla ir.

—Lo siento tienes razón, después de lo que te pasó… perdón no debí, sé que pude parecer un bandido o algo así pero si quisiera robarte lo haría, Ariadna me gustas y mucho ¿No te das cuenta de eso?

—Jean ¿cuántas veces quieres que te lo diga? Tú y yo jamás…

—Sh… por favor no digas eso —suplicó poniendo un dedo en su boca—. Por favor no lo digas, esta noche estás deslumbrante y he ardido por no encontrar la manera de acercarme a ti, ahora te tengo aquí y así, tan cerca, sólo los dos.

—Jean mi estadía en Francia ya caducó, mañana se acaba todo, doy gracias por haberte conocido, el haber hecho un buen amigo aquí es una ganancia, pero sabes bien que no me llevo un buen recuerdo de tu país.

—Ariadna yo podía cambiar eso —acarició su cara para observarla con la poca luz que tenían—. Por favor déjame hacerlo.

Intentó besarla pero la chica lo detuvo, sabía que como mujer estaba vulnerable y deseaba sentirse amada, deseaba tener sexo, su cuerpo se lo exigía, con todo lo que había pasado se olvidó hasta de su querido vibro que aún no se estrenaba bajo en cielo francés, pero en ese momento tenía tanto al artista como a su Cavill en la cabeza y no sabía qué fregados sentir, estaba confundida, decepcionada, apenada y al tener una serie de sensaciones que ni ella misma sabía,

prefería controlarse y pensar con claridad, a pesar de sentir

de nuevo la erección del hombre saludándola.

—Ariadna por favor, s’il vous plaît —el chico quería sentirla por un momento, lo necesitaba, quería hacerla sentir especial.

Ella lo miró fijamente y él sin pedir permiso la besó con fuerza, quería demostrarle la pasión francesa, quería hacerle saber que él era un hombre diferente que estaba dispuesto a todo por ella, la devoró, su lengua hizo danzar a la de Ariadna haciendo que se entrelazaran, la hizo abrir la boca para que lo recibiera, estaba decidido a dejarla sin aliento, la respiración y los jadeos hablaban por ellos mismos. Ariadna quiso separarse pero él la pegó más haciendo que su erección se ensartara en su pelvis, él quería que la chica entrara en su cuerpo, quería detener el tiempo, quería que sólo existieran ellos dos y nada más alrededor, sentía que había bebido el aliento de la chica al corresponderle y sintió una esperanza. Cuando dejó de besarla Ariadna lo miró seriamente con una frialdad que lo desconcertó, él había sentido fuego pero ella no.

—Por respeto a lo que has sido hasta ahora y por tu ayuda no voy a bofetearte aunque debería —le dijo la chica muy molesta limpiando su boca—. Pero te advierto que la próxima vez que vuelvas a besarme no me voy a controlar y vas a conocerme.

—Pero Ariadna creí que…

—Simplemente no creas nada.

—Pero lo que sentimos…

—¿Sentimos? Excuse moi, pero yo no sentí nada, lo siento.

El hombre la miró con la boca abierta, no entendía la actitud de Ariadna después de un beso así.

—Ariadna yo…

—Adiós Jean, sigo llevándome un mal de sabor de Francia.

La chica no dijo nada más y salió del hueco en donde estaban, lo consideraba un atrevido, ni siquiera Alonso o Steve la besaron a la fuerza, el francés le robó un beso al no robársela a ella misma como lo había dicho y eso le molestó, caminando hacia la fiesta evitó refunfuñar, estaba molesta y deseaba desquitarse con algo, sentía todo pésimo en la noche y deseaba irse al hotel.

Antes de llegar a la mesa Frank la encontró mostrando una expresión de piedra pero se controló y prefirió disimular.

—Al fin apareces —le dijo delatando su molestia—. Creí encontrarte pidiendo ayuda.

Ariadna lo miró frunciendo el ceño por lo que había dicho, si a Jean no la había cacheteado con Frank si quería hacerlo por su comentario. Lo ignoró y llegando a la mesa se sentó.

—Perdón, discúlpame, es que estaba preocupado, te tardaste demasiado. —Frank sabía que había cometido una indiscreción, se sentó a su lado.

—No tenías porqué, sabías que estaba con Stephanía —contestó seriamente.

—Sí lo sé pero es que… lo siento por favor, no quise decir eso, es sólo que…

—Frank quiero irme al hotel, no me siento bien, me duele la rodilla y la cabeza.  —La chica sacó su polvera y se limpió los labios con la servilleta, se puso un poco más de brillo y se perfumó un poco.

—¿Irte? Pero si la fiesta aún no acaba y la cena…

—Voy a pedir algo en la habitación, yo me voy. —Ariadna se puso de pie secundada por Frank.

—¿Mademoiselle Warren? —Ariadna se asustó al ver al ruso de nuevo y abrió los ojos sin disimular, Frank también se desconcertó al ver al hombre de casi dos metros.

—Si soy yo —contestó con reservas.

—¿Me acompaña por favor?

—¿A dónde?

—El signore Di Gennaro la solicita.

Ariadna abrió los ojos aún más y la quijada le cayó al piso, no podía creer lo que escuchaba.

—¿Cómo? ¿Pero por qué? —preguntó Frank aún más desconcertado sin entender nada.

—Lo siento pero sólo sigo órdenes —contestó el hombre.

—Pero…

—¿Me acompaña por favor signorina? —insistió.

—¿Para qué me quiere? —preguntó la chica poniéndose nerviosa de nuevo.

—El señor se lo dirá, ¿Vamos?

Ariadna no sabía qué hacer, tragó en seco, miró una copa de agua fría y sin dudarlo la bebió, sus nervios habían regresado, por alguna razón sentía que el italiano la había intimidado y más que gustarle era miedo lo que sentía, esa sensación no le gustaba, pero prefirió obedecer y no parecer descortés.

—Está bien.

—Pero Ariadna tu rodilla… —Frank la quiso detener.

—Estoy bien Frank, soportaré.

—¿Tiene algún malestar signorina? —preguntó el hombre.

—No ninguno —negó frunciendo el ceño—. Vamos.

El hombre le hizo la invitación para que caminara adelante seguida por él y Frank no tuvo más remedio que ver alejarse de nuevo a su paloma, definitivamente las cosas no estaba saliendo como las había planeado.