Capítulo

18

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Frank tuvo que soportar la completa indiferencia de Ariadna durante todo el viaje, la amabilidad que mostraba a la chica a ella parecía no importarle y eso lo frustraba en gran manera, pensó que al menos intentarían una relación amistosa pero ella no soportaba ni siquiera tenerlo cerca y para evitar que le hablara durante el vuelo se tomó sus pastillas para relajarse y sacó uno de sus libros favoritos para perderse en la lectura de nuevo y desconectarse de la realidad que la humanidad de su jefe le recordaba. Frank por su parte torció la boca y exhaló frustrado cuando miró la portada del libro, estaba harto de ver eso por todas partes y la “famosa máscara” en la portada lo puso de mal humor.

—No entiendo qué demonios le ven las mujeres a eso —pensó en voz alta para que Ariadna lo escuchara, la chica tensó la mandíbula y levantó una ceja.

—Lo que nosotras miremos no es asunto de ningún hombre —le dijo sin mirarlo y sin dejar de leer—. Lo que nosotras deseamos sólo le compete al protagonista del mismo libro.

Frank puso los ojos en blanco y negó con la cabeza.

—Eso me parece totalmente ridículo, es una reverenda estupidez, el gusto por ese tipo de lectura sólo demuestra lo desesperadas que están las mujeres.

—No creo que sea desesperación, es más bien “insatisfacción” es una lástima que un personaje de libro sea más poderoso que los hombres reales, eso les demuestra a ustedes el terreno que han perdido, debe de ser un golpe bajo para ustedes que las mujeres tengamos más fantasías con un personaje ficticio que con un hombre real —lo miró fija y seriamente para terminar la conversación y remató con una estocada—. Creo que los personajes ficticios satisfacen más.

Frank la miró seriamente también tragando en seco su molestia, de haber estado solos y en otras circunstancias y escenario la hubiera sujetado con fuerza y le hubiera hecho ver que él era mucho más que un personaje de libro, le hubiera hecho ver a Ariadna Warren la satisfacción y el placer que era capaz de darle. Controló sus pensamientos por un momento y orgullosamente giró la cara para no verla, se sentía ofendido. Ella satisfecha por su maldad y riendo en sus adentros volvió a la lectura, prefería perderse en sus fantasías con el protagonista y hacer la tortura del viaje más llevadero.

—Una lástima por tu novio —dijo Frank tranquilamente atacando también—. Al parecer no fue lo suficientemente hombre y complaciente como para que tú prefieras a uno que no existe.

Ariadna sintió el comentario como agua fría y la sonrisa en su mente se le borró, por un momento no supo qué pensar y su silencio la delató, Frank creyó estar en lo cierto, ella se limitó a tragar en seco y a fruncir el ceño, no pudo pronunciar palabra, se sintió mal.

—Lo siento. —Frank se disculpó a la vez que cogía una revista sobre turismo francés—. Olvida lo que dije, deberías repasar lo que aprendiste en tus clases en vez de perder el tiempo con ese libro que no te beneficia en nada, es sólo una sugerencia. —El hombre exhaló seriamente intentando demostrar indiferencia hacia ella mientras se concentraba en la revista.

Llegaron al aeropuerto de París “Charles de Gaulle” la mañana del domingo, Ariadna no soportaba el dolor de su cuerpo y sólo deseaba dormir. Una vez registrados y listos salieron rumbo al hotel “Le Bristol” en el centro de la ciudad en donde ya tenían reservación junto con otras delegaciones de América que también habían llegado. Ariadna sólo esperaba llegar, ducharse y dormir en cambio Frank deseaba compartir una suite con ella, disfrutar un baño juntos y luego llevarla a la cama, hacerla su mujer en todas las formas posibles y estar junto a ella bajo el cielo de París.

Al subir por el ascensor junto con dos botones y el equipaje fue algo incómodo para Frank, Ariadna era muy ajena a todo, no mostraba el menor interés a nada pero no era sólo eso lo que le molestaba sino las miradas que los hombres le lanzaban a la chica, por lo general los franceses son muy lujuriosos y piensan en el sexo de manera pervertida era la mentalidad que Frank tenía y al notarlos lo constataba. Los hombres miraban sin disimular a la chica con deseo y Frank no sabía cómo actuar, le molestaba que se atrevieran a mirar a Ariadna como un objeto sexual, eso era algo que sólo lo deseaba hacer él pero sabía que no era ningún chico en sus veinte o treinta y esa desventaja lo atormentaba, tenía que hacerse a la idea de compartir parcialmente a Ariadna por donde sea que anduviese con ella y ese momento era sólo una muestra y el principio de su calvario. Les lanzó una mirada glacial a los hombres para que entendieran a qué terreno se estaban metiendo y que al menos respetaran un poco a la chica, los hombres al ver su seriedad o más bien su enojo e incomodidad se limitaron a bajar la cabeza y recordar cuál era su lugar en la cadena alimenticia, disimuladamente Frank se acercó a Ariadna y los miró de nuevo con aires de orgullo y soberbia, luego se dirigió a la chica susurrándole al oído:

—Si tienes hambre puedes pedir lo que quieras al servicio, tienen órdenes de cumplir todos tus caprichos.

Ariadna lo miró con desconfianza sin entender sus palabras.

—¿Cómo es que tienen órdenes de cumplir mis caprichos? ¿De quién es esa orden?

—Eso no importa, lo importante es que tu estadía sea muy placentera.

—Intentaré que sea placentera eso no lo dude, pero no creo que todo este “buen trato” sea por parte del museo.

—Ariadna tú sólo ordena que tus deseos se cumplirán.

La chica lo miró fija y seriamente, Frank deseaba que esa mirada fuera de otra manera, pero el que ella lo mirara con atención ya era ganancia, quería que lo observara y se fijara en él, en ese momento él deseaba gritarle que estaba dispuesto a todo por ella, quería ponerle la ciudad de París o el mundo a sus pies, quería complacerla de todas la formas posibles, quería que fuera sólo suya y de nadie más así como él era de ella de la manera en la que lo quisiera.

—Por ahora no necesito nada, gracias, sólo quiero ducharme y dormir —dijo firmemente pensando y sabiendo que él estaba detrás de toda la atención que podía recibir por parte del hotel.

—Bueno en ese caso descansa. —Frank suspiró con el deseo de acompañarla a la ducha y a la cama.

El ascensor se abrió y los botones le señalaron las habitaciones, estaban frente a frente, uno de ellos le mostró la recámara a Ariadna y el otro hizo lo mismo con Frank, los hombres acomodaron el equipaje mientras los protagonistas admiraban la habitación, Ariadna intentaba observar la suya pero Frank no, él miraba la de Ariadna y todos sus movimientos, salió de la suya para entrar en la de ella a la vez que le pagaba una propina al botones que le ayudaba a ella, el hombre agradecido salió de la recámara para encontrarse con su compañero y darles un poco de privacidad a los que ya consideraban “pareja” aunque estuvieran en habitaciones separadas, dedujeron que seguramente “ella” estaba molesta por algo y “él” deseaba reconquistarla.

—¿Te gusta? —preguntó Frank al notarla melancólica.

—Está bonita —contestó admirando la vista de la ciudad por la ventana—. Muy lujosa, no me esperaba algo así.

—Me alegra que te guste, ya te dije que puedes pedir lo que quieras, no repares en los precios.

Ariadna lo miró seriamente de nuevo y exhaló, reconocía la amabilidad de Frank pero también le daba mucha desconfianza y no sabía que pensar.

—Por ahora sólo quiero descansar, ¿Me permite? —le mostró la salida de la habitación y a Frank se le borró la sonrisa de la cara.

Y sin decir nada más obedeció, Ariadna se apresuró a cerrar la puerta y a reclinarse en ella, se sentó en el suelo llevándose las rodillas a su cara para enterrarla en ellas, sentía miedo, sentía tanto miedo como si fuera una niña, la tristeza la embargó, extrañaba a sus hermanas y a su mamá.

Frank por su parte le dio la propina al botones que lo atendió y cerrando la puerta molesto se encerró, no tenía idea de qué más hacer para ganarse la atención de Ariadna.

La chica se encerró y se apresuró a su equipaje, necesitaba un baño, quería refrescarse, se tomó una pastilla para el dolor de cabeza y luego se duchó, al salir corrió las cortinas, se vistió con un atuendo sport y se metió a la cama, estando sola pensó por un momento y estudió la recámara “¿habrán cámaras escondidas?” —pensó observando las esquinas, las plantas, el televisor, los cuadros, el techo, se sintió insegura ya que había salido sólo con la pequeña toalla del baño para luego quitársela y vestirse, sabía cómo eran los franceses y la sed de deseo y lujuria que tenían, le aterró la idea de saberse espiada y que medio hotel la hubiera visto completamente desnuda, frunció el ceño y abrazó las almohadas colocándose una en medio de las piernas como era su costumbre, a pesar de ser como era necesitaba sentirse protegida y querida, aún no perdía las esperanzas de encontrar a alguien que la amara a pesar de su última experiencia. Miró la hora que marcaba su reloj, eran casi las dos de la madrugada en Ontario pero tomando su móvil le mandó un mensaje a Aurora:

“Querida hermana puedes estar tranquila, hace poco llegué a París y ahora ya estoy en la cama lista para descansar un poco, aún no sé la agenda, me comunicaré cuando tenga un tiempo. Salúdame a Di y a Mina, besos.”

Colocó su móvil en la mesita y al momento le llegó un mensaje que le extrañó ya que sabía que no era la respuesta de su hermana:

“Espero no molestarte, como te dije tenemos un almuerzo social en el Louvre, pasaré por ti a las 12:30 p.m. ya que a las 13:00 hrs nos esperan allá, descansa lo que puedas.”

Ariadna frunció el ceño y levantó una ceja torciendo la boca, era Frank y no sabía si estaba molesta por él o por no poder descansar, sabía que su odisea apenas comenzaba. Negó con la cabeza y programó la alarma del móvil para levantarse a las 12:00 p.m. lo colocó en la mesita y se acurrucó de nuevo entre las almohadas, sentía un gran alivio para su espalda y sin querer pensar en nada más intentó dormir y desconectarse de todo.

Frank pasó puntual por su habitación.

—Hola, ¿dormiste bien? —preguntó.

—Hola, si logré descansar un poco.

—Me alegro. —Frank se limitó a decir cuando caminaban al ascensor, llegó rápido y subieron en él.

Ariadna lo miró notando que él la observaba con su atuendo de blusa celeste ceñida a sus pechos y pantalón de tela negro que marcaba su figura, le extrañaba que no la llenara de halagos, eso no le pareció nada bueno o tal vez sí, aunque estaba desconcertada, parecía que él se mordía la lengua para no decirle nada pero sabía que su mente gritaba. Llegaron al lobby y se presentaron con las delegaciones invitadas, habían supervisores representantes de los demás estados de la unión americana como Charles Morgan de New York, John Marshall de Boston, Richard Foster de Chicago, Douglas Meredith de Los Ángeles, Catherine McGuire de Miami así como también supervisores de Toronto, Otawa, Canadá y México D.F, todos ya pasando de los treinta y tantos a los casi cincuenta con sus respectivos asistentes por lo que sirvió para que todos pudieran conocerse e interactuar, Frank conocía a algunas personas y aprovechó para presentar o presumir a su asistente, pero mientras estaban en las presentaciones Ariadna escuchó su móvil sonar en tono de mensaje y disimuladamente lo sacó de su bolso para ver de quien era, su amiga le escribía y disculpándose un momento lo leyó:

“Ari necesito que te comuniques conmigo urgentemente, llámame cuando puedas, te envié un email, revísalo.”

Ariadna se asustó ya que era muy temprano en Ontario y un mensaje de ese tipo no podía ser nada bueno, pero prefirió disimular para que Frank no la notara y comenzara con sus fastidiosas preguntas, el problema fue que no pudo ni hablar ni contestar el mensaje al momento, el autobús dispuesto para ellos llegaba y todos se dirigieron hacia la salida.

—La maravilla del Louvre nos espera —dijo Charles de la delegación de New York mientras subían—. Allí nos tienen un cálido recibimiento en donde no sólo admiraremos todo el arte que se expone sino que también degustaremos un almuerzo, ¿Ya tienes tu discurso preparado Frank?

El hombre mirando a Ariadna reaccionó.

—Perdón ¿Qué decías?

—¿Qué te pasa? Parece que estás en la luna.

—No, nada, nada.

—Te decía que después del desayuno iremos al Louvre ¿Ya tienes tu discurso? Allá nos presentaremos.

—Si claro, claro, ya lo tengo listo.

Ariadna tragó en seco al escuchar y se sentó en su asiento secundada por Frank, estar en otro país y en la cuna de las artes la asustaba y excitaba a la vez. Notaba el respeto con los que los supervisores se trataban y conoció las influencias que Frank podía tener, no quería reconocerlo pero como sea era un hombre mayor que tenía presencia y generaba respeto y estando con él de igual forma la respetaban a ella también pero a pesar de todo, ese mensaje de Jackie le había quitado la paz y debía de aguantarse la curiosidad. El autobús arrancó y como buenos turistas —al menos ella— intentó disfrutar el paseo.