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Sentado en el sillón del living, Pablo observa la situación con un dejo de extrañamiento. Está incómodo y le cuesta disimularlo. Verónica también lo está, pero a diferencia de él, ni siquiera intenta el disimulo. Paula, por el contrario, parece ser la única de los tres que tiene la situación bajo control.
—Sos aún más linda que en las fotos —dice Verónica a modo de saludo.
—No sabía que habías visto fotos mías.
—Sí. Alguna vez le dije a Roberto que me gustaría conocerte a vos y a tus hermanos. —Su boca dibuja una mueca que pretende parecer una sonrisa sin lograrlo—. Entonces él me trajo algunas fotos. Siempre supe de ustedes, en cambio para mí fue una sorpresa tu llamado. Jamás imaginé que te hubiera hablado de mí. No sabía que tuvieras idea de mi existencia.
—No la tenía.
—Lo supuse. Entonces, ¿cómo llegaste hasta mí?
—Cuando apareció el cuerpo de mi padre, la policía intentó reconstruir sus últimos momentos. Registraron cada una de sus cosas personales y tu teléfono aparecía repetidamente en su celular. Se ve que estuvo intentando contactarte. Por los horarios y las duraciones de las llamadas deduzco dos cosas: que se puso muy insistente y que no quisiste atenderlo. —Verónica asiente—. ¿Puedo saber por qué?
Mira a Paula y un escalofrío le recorre el cuerpo. Le recuerda tanto a Roberto. Hay algo en esos ojos, en la firmeza de su rostro, en su modo osado y seguro que le provoca una sensación desagradablemente conocida y, sin proponérselo, se pone a la defensiva.
—Yo ya hablé de eso con la policía. Supongo que la persona que tuvo acceso al expediente para darte mi número podrá mostrarte también mi declaración.
Paula advierte el cambio en el tono de su voz y le sonríe.
—Verónica, no vine a acusarte de nada. Yo sé bien que mi viejo era un hijo de puta. Y, por lo que veo, no sólo a nosotros nos jodió la vida. Supongo que te habrás enterado de todo lo sucedido por las noticias. Sabrás entonces que el principal sospechoso del crimen es mi hermano Javier.
—Hasta donde yo sé no sólo es el principal sospechoso sino el único imputado.
—Ése es el tema. —Mira a Pablo invitándolo a integrarse a la conversación, pero él no abre la boca. Luego de unos segundos, Paula continúa—. Tenemos muchas dudas acerca de su culpabilidad y por eso quisimos verte. Tal vez vos puedas aportarnos algún dato que nos sirva.
—Pero tengo entendido que Javier mismo confesó haber sido el autor del crimen —dice sorprendida.
—Es cierto. Pero mi hermano no es un chico normal. Puede que su confesión sea verdadera, pero también es posible que esté confundido y lo que dijo no sea más que un delirio fruto de su desequilibrio, algo así como un deseo inconsciente que ha ocurrido sólo en su fantasía pero que a él le parece verdad.
Verónica la mira.
—¿Estás queriendo decir que alguna vez pudo haber deseado matarlo?
Sonríe.
—¿Acaso vos no?
Silencio.
—Mi padre era una mierda que ensuciaba todo lo que tocaba. Era muy difícil no desearle lo peor en algunas ocasiones. Pero lo que tenía de perverso lo tenía también de inteligente. Sabía cuándo era el momento de detenerse para que el otro no se fuera o no hiciera algo que él no quería. Era un psicópata. Y así vivió, manejándonos a todos a su antojo. Hasta que, por lo que se ve, con alguna persona se le fue la mano. Alguien no dio más y dijo basta. Hasta ahora pensábamos que esa persona había sido mi hermano, pero tenemos dudas y por eso estamos acá.
—¿Creés que pude haber sido yo?
—No lo sé. Es posible, aunque no me parece. —La mira fijamente—. Te ves demasiado débil como para haber hecho algo así. Más das el estilo de aquellos a los que mi padre humillaba hasta el hartazgo. Probablemente te hayas cansado de eso y decidiste dejar de verlo y no atenderle más el teléfono, pero no creo que lo hayas asesinado. Matar a alguien no es algo fácil. Para eso hace falta una cuota de frialdad que no creo que tengas. Es más, si tenía alguna sospecha, ahora que estoy frente a vos, diría que lo que veo es a una mujer enamorada del hombre equivocado y nada más. —Percibe el brillo en la mirada de Verónica—. Espero no ofenderte con lo que digo.
—No te preocupes, ya estoy acostumbrada a la sinceridad cruel de los Vanussi. —Se hace un silencio prolongado que Verónica interrumpe mirando a Pablo—: ¿Tu novio?
—No —sonríe Paula—, Pablo es un amigo. El psicólogo que está evaluando la situación de mi hermano para representarlo ante un eventual juicio.
Él asiente sin saber muy bien por qué. No es ni un amigo ni aún ha aceptado representar a nadie, pero en medio de esa escena un poco surrealista no se anima a contradecirla.
Debe reconocer que la lectura que Paula ha hecho de Verónica en esos pocos minutos demuestra una gran agudeza. Comparte con ella que no parece alguien capaz de matar a nadie. Advierte, eso sí, que su vida no ha sido fácil. El gesto cerrado de su cuerpo con los brazos que parecen abrazarse a sí misma, habla de una profunda sensación de desprotección. Es una mujer hermosa y todavía muy joven. Sin embargo, la huella del horror salta a la vista.
Enumera en su mente todas estas características: la vida difícil, la actitud inocente, la juventud, el gesto temeroso y defensivo, y las emociones que trasluce su mirada. Paula tiene razón, Verónica es la víctima ideal para un psicópata como Vanussi.
En ese instante se da cuenta de que ni siquiera ha visto una foto de él y, sin embargo, lo odia de un modo casi visceral. Cada paso que da, cada nuevo dato, cada detalle que se agrega a su conocimiento de Roberto Vanussi lo llena de una sensación aún mayor de asco y de violencia. Jamás pudo evitar sentir eso por esas personas que aprovechan las habilidades que les confiere su estructura perversa para lastimar y abusar de los demás. Pero lo que lo enfurece aún más que sus actos es la ausencia de culpa. Esa característica que les permite andar por la vida relajados y felices destrozando a cada una de las personas con las que se relacionan sin sentir mortificación alguna.
Mientras las mujeres hablan, él no puede evitar percibir la voz cansada, la mirada triste y la actitud humilde de Verónica. Seguramente merecía un destino mejor. Pero de eso también está hecha la vida. Cada elección que hacemos tiene consecuencias. Y para ella, las consecuencias de haber elegido compartir un tiempo al lado de alguien como Vanussi van a dejarle huellas imborrables.
Hasta esa suerte tienen esa clase de hijos de puta. No sólo te hacen mierda. Además, son inolvidables.
Hace casi dos horas que están conversando y no hay mucho que ella pueda aportar. Apenas algunos nombres de personas con las que lo había escuchado hablar por teléfono alguna vez. Al parecer, él no hablaba mucho de su vida y casi siempre que salían lo hacían a solas. Era más que obvio que Vanussi la había dejado fuera del conocimiento de sus actividades. No para protegerla ni cuidarla —piensa Pablo—, sino por esa necesidad de manejarlo todo entre las sombras, sin que nadie pudiera cuestionar ni dar opiniones sobre sus actos.
Mira la escena y se da cuenta de que la charla se ha acabado. No hay mucho más que decir. Entonces se pone de pie y toma la iniciativa de terminar con el encuentro. No sabe por qué, pero al despedirse la mira y le acaricia el rostro. Ella agradece el gesto con la sombra de una sonrisa y los ojos conmovidos. Seguramente no ha hablado con nadie de estas cosas hasta ahora. Y, mientras Paula tomaba nota y preguntaba, él ha intentado hacerle sentir que a alguien le interesaba lo que le había pasado a ella en medio de esta historia.
Salen del departamento y caminan hasta el auto de Paula. Antes de subir lo mira a los ojos.
—¿Querés que cenemos juntos?
Lo piensa apenas un instante. En otra ocasión no hubiera dudado en aceptar la propuesta. Paula es realmente hermosa y tienen cosas por hablar. Sin embargo, esa noche, prefiere caminar un rato a solas.
—Te agradezco, pero hoy no.
—Bueno, ¿te acerco a algún lado?
Niega con la cabeza y la saluda con un beso. Ella da la vuelta para subir a su auto y él espera a que ponga el vehículo en marcha. De pronto, movido por un impulso, le golpea el vidrio. Ella lo baja y se queda mirándolo.
—Dos cosas, nada más. La primera es preguntarte si tenés alguna oposición a que tenga algunas charlas con Camila.
—¿Puedo saber por qué?
—Me parece que lo necesita.
Nada.
—¿Ella te lo pidió?
—A su manera.
Mueve afirmativamente la cabeza.
—Está bien, lo voy a pensar. ¿Y la otra cosa?
Él se agacha para quedar justo a la altura de sus ojos.
—Decime, ¿dónde estabas vos el día en que mataron a tu padre?
La pregunta la toma por sorpresa, pero ni siquiera desvía la mirada.
—No puedo responderte esa pregunta.
Se miran apenas unos segundos más. Después, ella sube el vidrio y arranca. Pablo se queda mirando las luces traseras del coche que se aleja. La noche ya ha caído sobre Buenos Aires y una horrible sensación de angustia le invade el pecho.