II
Sentado en el asiento trasero del remís mira cómo la ciudad pasa a sus pies debajo de la autopista. El andar sereno y el ronroneo monótono del motor lo arrullan y sin darse cuenta se va quedando dormido. El cansancio del día anterior se le viene encima de golpe y de manera imperceptible la realidad deja paso al sueño.
Está en una vieja estación de tren y escucha el ruido producido por el viento patagónico. Es un viento frío, cruel.
Se sienta en un banco, respira y cierra los ojos. Le duele la sensación de soledad. Ha hecho este largo trayecto sólo para ir a buscarla, pero ella no quiso volver. Como en medio de una bruma lo envuelve el recuerdo de un abrazo, de un beso y la innegable sensación del olor de Alejandra en su piel.
Ésta es una de las cosas que más extraña de ella, su olor. Recuerda cuántas noches de insomnio se recostó sobre ella, no para buscar su cercanía, ni su calor, sino para sentir su olor.
Nunca pudo explicárselo con claridad pero lo tranquilizaba, lo hacía sentir seguro, en buenas manos. En esas ocasiones, luego de unos minutos, se iba relajando hasta que, sin darse cuenta, se quedaba dormido. En otras, en cambio, lo excitaba.
El silbato del tren lo saca de sus pensamientos y le indica la inminencia de la partida. Sube casi con urgencia aunque sabe que podría esperar algunos minutos más. Quiere terminar con esto cuanto antes. Quizá tiene miedo de arrepentirse. Ya en los escalones mira una vez más.
Nada.
Alejandra ha cumplido su palabra y no fue ni siquiera a despedirlo, quizá porque sabía que ése hubiera sido un modo de retenerlo.
Mira el pasaje, busca su ubicación y deja las cosas en el portaequipajes superior. Se acomoda en su asiento, lo reclina e intenta relajarse. ¿Por qué no fuma? Seguramente un cigarrillo le permitiría bajar un poco su ansiedad, pero ése es un vicio que jamás ha tenido. Desde la muerte de su padre a causa de un cáncer de pulmón odia, no sólo al cigarrillo, sino también a los fumadores.
El movimiento repentino del tren interrumpe sus pensamientos. Casi instintivamente se incorpora y mira hacia la ventana en busca de los ojos grandes y profundos de Alejandra, pero sólo se ve el aletear de manos desconocidas que saludan a seres desconocidos.
En un momento le parece descubrirla en medio de la gente y siente el impulso de saltar hacia el andén. Pero no está seguro, y mientras duda, el tren va tomando velocidad, se aleja cada vez más y se pierde en la oscuridad de la noche. El andén se va transformando en un minúsculo punto luminoso hasta que desaparece por completo.
Pablo se recuesta en su asiento nuevamente y siente que el corazón le golpea con fuerza. Cierra los ojos e intenta relajarse hasta que el sonido de una voz lo vuelve del letargo.
—Llegamos… señor… Despiértese que llegamos.
Abre los ojos y el impacto del sol lo lastima. De poco va tomando noción de dónde se encuentra.
—Disculpe que lo haya despertado, pero llegamos.
A Pablo la realidad se le viene encima. Agradece al chofer, le pide que lo espere, desciende y se queda unos segundos parado frente a la casa. Es una propiedad enorme. Una tranquera de madera hace las veces de entrada y desde allí nace el camino arbolado que conduce hasta la mansión. Toca el timbre y se anuncia.
—Pase, por favor —invita una voz dulce.
Una chicharra le indica que puede abrir la tranquera. Lo hace y entra en esa especie de túnel natural que forman los árboles. El canto de los pájaros y el aroma de las flores lo reconfortan y, por un momento, todo parece estar bien. Sólo por un momento. Hasta que comprende que, por ese mismo camino que ahora está recorriendo, Roberto Vanussi se arrastró agonizando y dejando rastros de su sangre hasta encontrar la muerte.
La realidad ha vuelto, pero la sensación de desazón y soledad no se han ido con el sueño.