VI
Luciana abre el mueble de roble que guarda las historias clínicas de los pacientes de Rasseri. Siente que las piernas le tiemblan y el corazón se le acelera. ¿Qué está haciendo? ¿Se ha vuelto loca? Si Rasseri entrara en ese momento, no sólo la despediría sino que podría incluso denunciarla por tomar un documento privado de alta confidencialidad. Una mancha así arruinaría su carrera para siempre.
Es una mujer inteligente. Jamás permitió que las cosas se mezclaran. Pero esta vez algo se ha escapado de su control. Sus dedos recorren los lomos de las historias clínicas hasta dar con la que busca. Allí está, es fácil identificarla, por su tamaño. Es evidente que es un paciente de mucho tiempo que ha requerido de controles permanentes. Ésa es la historia clínica que está buscando, pero no puede sacarla de allí ni está dispuesta a arrancar las hojas.
Trata de aclarar la mente. A ver. El cuerpo apareció hace algunas semanas. Según leyó en las noticias llevaba entre seis y ocho meses de muerto. Piensa y deduce cuál es el lapso que le interesa. Por si hay algún error en el cálculo de los peritos decide ampliar un poco más la búsqueda, de modo que las anotaciones que tiene que rastrear son aquellas fechadas entre diez y cinco meses atrás.
Las encuentra.
Algo le llama la atención. Después de ese período hasta la aparición del cuerpo, las anotaciones son breves y los cambios casi nulos. Como si el paciente hubiera experimentado una notable mejoría durante los meses que precedieron a la crisis y el intento de suicidio. Pero no está allí para sacar conclusiones, ni tiene tiempo para hacerlo. Toma las hojas y las fotocopia en la impresora de Rasseri.
«Mierda… —piensa—. ¿Tiene que hacer tanto ruido?».
Si bien cada hoja parece tardar una eternidad en salir de la máquina, lo cierto es que el trámite no le lleva más de unos minutos. Una vez concluido, vuelve la carpeta a su lugar y sale del despacho.
Camina más rápido de lo que hubiera querido hasta llegar a su escritorio. Al llegar toma un sobre, pone en él las hojas, lo cierra y, apenas si escribe en el frente cuatro palabras: Me he vuelto loca.
Abre el cierre de su cartera y lo guarda. Ya está, ya pasó. Ahora es cuestión de recuperar la compostura y dejar que el tiempo pase hasta que se haga la hora de salir.
Pero, como si se tratara de una bomba a punto de explotar, el sobre en la cartera la atormenta como si fuera «un corazón delator».
No puede concentrarse ni trabajar. Por un momento piensa en ir al baño, a nadie le va a llamar la atención que lo haga con su cartera, beneficios de la feminidad. Una vez allí sólo tiene que romper el sobre en pedacitos, tirarlos al inodoro y apretar el botón. Listo. Adiós las pruebas de ese instante de locura. Pero no puede hacerlo, aunque tampoco puede quedarse allí. Debe deshacerse del sobre ahora mismo. Después de todo el lugar en el que debe dejarlo no queda tan lejos. Puede ir y volver en pocos minutos.
Rasseri no llegó aún y tal vez se demore un poco más, de hecho suele hacerlo sin avisarle. De todos modos, si llegara antes de que ella volviera, puede inventar alguna excusa. Un trámite inevitable o una cuenta que pagar en horario bancario.
Se pone su abrigo y va hacia el garaje. Quiere abrir la puerta del auto pero las llaves se le caen. Está demasiado nerviosa y las manos le transpiran. Es evidente que no nació para ser espía.
Se sube y arranca apresuradamente. Al llegar a la esquina le parece ver doblar el auto de Rasseri, pero intenta relajarse. En estas circunstancias, todos los autos son el auto de Rasseri.