V
Dos horas después se despide de Paula en el salón. Ella debe ocuparse de otras cosas y él ya tiene unos cuantos datos en los que necesita pensar antes de tomar una decisión. Al salir de la casa mira el camino arbolado que conduce a la salida y se detiene. Intenta imaginar el recorrido que Roberto Vanussi realizó en el momento de su muerte. ¿Tropezando, arrastrándose, tal vez? No lo sabe, pero siente un escalofrío y su mente se llena de imágenes e interrogantes. ¿Hasta dónde habría llegado? ¿En qué sitio preciso habría quedado el cuerpo? ¿Cuál sería el cantero en el que se encontró la cuchilla con la que fue asesinado?
Se siente raro. Todo le resulta tan extraño. Porque si no conociera lo sucedido, el lugar le hubiera parecido un paraíso. El bosque, la casa, la belleza de Paula, la música de Camila. Todo tan perfecto. Pero él sabe que la perfección no existe y, mientras piensa en esto, una voz lo interrumpe.
—Es un lugar hermoso ¿no? —dice como si le estuviera leyendo el pensamiento.
Se sobresalta y gira la cabeza. Recostada en una mecedora, debajo del alero, unos ojos verdes lo miran. Él sonríe y se acerca.
—Sí, realmente.
Aunque su gesto es amistoso, se da cuenta de que Camila no está relajada y de que no deja de mirarlo ni un segundo. Pablo señala una silla que está frente a ella.
—¿Puedo sentarme?
Le parece notar un gesto de duda casi imperceptible en su mirada.
—Sí, claro.
Él agradece con una sonrisa. Camila se incorpora hasta quedar sentada, cruza sus piernas y apoya sus manos sobre las rodillas.
—¿Terminaste de estudiar?
—No, eso no termina nunca. Estoy descansando un rato antes de seguir. —Hace una pausa—. Yo sé quién sos vos.
—¿Ah, sí?
—Sí. Vos no sos un amigo… sos un psicólogo.
Pablo sonríe.
—Bueno, los psicólogos también tenemos amigos.
—Sí, claro. Pero vos no sos amigo de mi hermana. Aunque tampoco sos su psicólogo.
Él asiente.
—¿Paula te contó quién soy?
—No. Pero vi tu foto en varios de los libros que ella lee. Y alguna vez los hojeé un poco.
Él sonríe.
—¿De verdad? Ése sí es un halago. Por lo general no tengo lectores de tu edad. Son libros más bien teóricos.
—Y un poco aburridos. Me di cuenta ni bien empecé a leerlos. —Deja escapar una risita—. No te entendí nada.
Él también ríe.
—Bueno, me alegro.
—¿Por qué?
Siente la necesidad de ser sincero con ella.
—Porque ya me habría preocupado. Sabés que tenés una madurez algo excesiva para tu edad, pero haber entendido mis hipótesis acerca de la importancia del lugar de la madre en los trastornos esquizofrénicos me hubiera parecido demasiado. —Ella piensa un instante y pierde su mirada en dirección a la tranquera—. ¿En qué te quedaste pensando?
—En que yo no podría ser esquizofrénica, entonces.
—¿Por qué?
—Porque si la madre tiene que ver con eso, estoy a salvo. Mi mamá murió cuando yo tenía cuatro años. No tuvo siquiera tiempo de volverme loca.
Camila se equivoca. Cuatro años es un tiempo más que suficiente para que eso ocurra, pero no se lo dice. Pablo siente algo familiar en la situación. Le lleva apenas un segundo comprender de qué se trata. Es la presencia de la angustia. Camila se ha angustiado. No hay gestos que la denoten, pero puede sentirla. Ella ha abierto una compuerta y él se pregunta qué debe hacer, aunque la incertidumbre dura sólo un instante.
—¿La extrañás?
Asiente.
—Todos los días de mi vida. —Lo mira seriamente—. ¿Puedo contarte un secreto?
Sabe que ningún analista debe permitir que se movilicen cosas si no está dispuesto a quedarse a hacer algo con eso, que no puede generar con su escucha confesiones que dejen a alguien cara a cara ante la duda o el dolor e irse tranquilamente a su casa. Por eso lo piensa, pero se da cuenta de que esos ojos verdes, por un momento, han perdido su inteligencia y su agudeza. Ahora son los ojos de una nena que sufre. Lo miran de manera suplicante. Y no puede negarse a escuchar lo que tiene para decirle.
—Claro, contame.
Ella mueve los dedos nerviosamente jugando con los cordones de sus zapatillas.
—En el estuche de mi violín tengo una foto de mi mamá. Mirá que esto no lo sabe ni mi hermana. Es como un secreto de confesión.
—Quedate tranquila.
Pablo hace silencio. No fue una decisión consciente, pero ha actuado como lo hubiera hecho con un paciente. Le da tiempo a conectarse con su afecto y sus recuerdos.
—Es raro.
—¿Qué cosa es rara?
—Que a pesar de que murió hace nueve años aún tengo grabada su voz. Como si no hubiera pasado el tiempo.
Cierra los ojos. Seguramente un sinfín de imágenes están cruzando por su cabecita. De pronto algunas lágrimas le mojan la cara.
—Tengo recuerdos muy fuertes con ella. Era una mujer tan linda y tan cariñosa. Y además tenía un gran talento. Mamá pintaba, ¿sabías?
—No.
—Sí, era muy buena. Y amaba la música. Ella me contagió esa pasión. A veces, todavía siento el calor de su mano apretándome emocionada mientras escuchábamos juntas algún concierto.
—¿Te llevaba a los conciertos a los cuatro años?
—Sí, y aún antes. Fue nuestro mundo compartido. Un mundo que hoy vivo sola. Se calla pero vuelve a abrirse. —Claro que la extraño… más que eso… la necesito.
Para una chica como ella no debe ser fácil mostrarse débil. En apenas unas horas, Pablo ha comprendido el rol que ocupa en la familia. Camila es «la especial», «la diferente», la que va a tener que poder llegar hasta la cima y, como dijo su hermana, la única que hace las cosas bien. Demasiado peso para alguien que, más allá de sus potencialidades, no deja de estar apenas saliendo de la niñez.
—¿Sabés? A veces es bueno permitirse la angustia.
—Yo me la permito. Sólo que lo hago cuando nadie me ve.
—¿Por qué?
—Porque desde que mamá murió ya no hay quién me abrace cuando lloro.
Pablo acusa el golpe. Conoce muy bien esa sensación de desamparo. Lo que Camila acaba de decir lo remite directamente a su relación con su padre. Pero debe correrse rápidamente. No es su dolor el que está en juego en esta charla.
—¿Y Paula?
—Paula… —piensa—. Ella tenía dieciocho años cuando mamá murió. Ahora me doy cuenta de lo chica que era. Sin embargo yo siempre la vi como si fuera una persona mayor. Y sí… muchas veces me refugié y me sentí protegida por ella. Pero eso era cuando yo era una nena. Ahora ya soy grande. —Él sonríe—. Bueno… más grande, quiero decir, y me doy cuenta de que no pudo con todo. Conmigo todo andaba bien, en cambio Javier siempre tuvo problemas y por eso ella tuvo que dedicarle la mayor parte de su tiempo.
—¿Es un reproche?
—No. Me parece justo. Él estaba enfermo. Yo podía arreglármelas sola.
La mira.
—Camila, tenías cuatro años. ¿Cómo se te ocurre que ibas a poder arreglarte sola?
Niega con la cabeza.
—No lo sé… pero siempre lo sentí así.
Se hace un silencio. Pablo advierte que ella ha vuelto a reclinarse en la reposera y que, a pesar de la angustia, está más relajada. Con la cabeza apoyada en sus manos y las piernas estiradas le trae una imagen conocida. Camila parece estar recostada en el diván.
Cuidado —se dice a sí mismo—, pero no puede evitar seguir adelante.
—Bueno, no siempre lo que sentimos es cierto.
—Puede ser.
—¿Y Francisca?
—Francisca fue un poco la mamá de mis hermanos, y yo la quiero mucho, pero nunca pude relacionarme de la misma forma que ellos.
Lo piensa bien antes de preguntarlo.
—¿Y tu papá?
Ella lo mira y su mirada vuelve a endurecerse. Él puede sentir cómo sus defensas se levantan en un segundo y esa niña que había empezado a hablar queda oculta tras la máscara de la joven prodigio, la adolescente madura e inteligente. Se incorpora y lo mira.
—No tengo ganas de hablar de él en este momento. No te enojes.
—No, para nada.
Silencio.
—Está haciendo un poco de frío, así que mejor me voy adentro. Además, se acabó el recreo y debo seguir estudiando.
—Bueno, me encantó hablar con vos.
—Gracias, a mí también.
Se acerca y le da un beso. Se da vuelta y comienza a caminar hacia la salida. Siente la mirada de Camila clavada sobre él, pero no piensa darse vuelta a menos que…
—Pablo —lo llama.
Se detiene y la mira.
—¿Si?
—Vi que te gusta mucho la música. Si querés, otro día, puedo hacerte escuchar el concierto que estoy preparando.
Él comprende. Nadie puede abrirse totalmente en la primera charla. Le está pidiendo que vuelva, que no la abandone, y lo hace a su manera, como puede. Pero él necesita que dé un paso más.
—¿A vos te gustaría que volviera?
Duda. Baja su cabeza. Cuando vuelve a mirarlo, allí están, nuevamente, los ojos de la niña asustada. No puede hablar, pero mueve la cabeza en un gesto de aprobación.
—Me encantaría, entonces. —Ella le devuelve una sonrisa agradecida—. Pero antes debo pedirle permiso a Paula.
—¿Por qué? No entiendo.
—Me alegro una vez más. Pero no te preocupes que yo lo hablo con ella.
Se encoge de hombros.
—Como vos digas.
Cruza la tranquera y se detiene. Está movilizado. Camina hacia el remís y sube. El auto se pone en movimiento y él se queda mirando por la ventana mientras se aleja de la casa.
En ese mismo instante, Camila entra en su cuarto con una sonrisa.
Paula, confundida, toma el teléfono y hace una llamada.