CAPÍTULO 8

—¿Qué hace por acá, comandante, y con esa traza? —Fulgencio había sido siempre uno de los soldados leales de Onofre, pero al verlo así, todo desaliñado y con semejante tufo a alcohol, tuvo miedo de que estuviera al borde de cometer una locura.

—Necesito su ayuda, Fulgencio.

—Depende de para qué… No sé si sabe, pero Zenón Báez, el que mandaron como su reemplazo, nos pidió que evitáramos problemas y enfrentamientos con la gente. Usted sabe que a partir de todo el lío que se armó con los Costa, Rojas y Gutiérrez…

—Por eso vengo, quiero acabar con la vida de ese desgraciado de Lorenzo Costa. Él destruyó mi carrera. Yo voy a tomar cartas en el asunto.

—No sé si le conviene —Fulgencio miraba de un lado al otro con nerviosismo. Si llegaba a aparecer Báez y lo veía allí, tendría problemas.

—Por los buenos tiempos, Fulgencio. Esta noche lo espero donde siempre, busque a dos o tres hombres, todavía me queda algo de dinero y puedo pagarles bien.

—No quiero meterme en líos, comandante —expresó Fulgencio, vacilante.

—Si no me ayuda, voy a hablar y le va a ir peor. A fin de cuentas, usted también carga con unos cuantos muertos… ¿Qué va a pensar el tal Zenón Báez cuando se entere de que ha andado por allí baleando hombres de bien o sobrepasándose con algunas mujeres?

—Está bien —respondió el otro, incómodo—. Yo le reúno algunos hombres, usted hace lo que tiene que hacer, pero no me molesta más. La deuda queda saldada.

—Perfecto —estrecharon el pacto con un apretón de manos.

Se fue dejando una estela de mal olor y peores augurios.

* * *

—Disculpe que lo haya hecho esperar, comandante Báez —Piedad apareció en la sala acompañada por Regina.

—No, el que se disculpa soy yo. Hace ya unas cuantas semanas que estoy en la región, pero la verdad es que los tiempos no me han dado y recién ahora hago un alto para pasar por aquí para saludarlos y presentarme formalmente.

—Se agradece. Tome asiento, por favor.

Era un hombre más bien joven, de no más de cuarenta años. A diferencia de Onofre, era bien parecido, una buena mezcla entre lo autóctono y lo europeo.

—Antes que nada quiero que sepa que su familia no correrá ningún riesgo, sé que pasaron muchas cosas indebidas. Lo siento y si de algo sirve, les pido perdón.

—Usted no tiene que pedir perdón por los desmanes ajenos —aclaró Piedad—. Es una pena que mis hijos anden por los campos, hay mucho trabajo en esta época, así que están desde hace varios días en la propiedad de don Cosme…

—Sí, ya anduve por aquellos lados y estuve con ellos. Muchachos trabajadores tiene.

—Dios me ha bendecido en eso. ¿Desea tomar algo fresco? —consultó Piedad.

—Se lo agradecería, hoy está realmente caluroso.

—Regina, traé algo al comandante —la muchacha se levantó y enfiló hacia la cocina.

—No me llame comandante, simplemente Zenón.

—Como diga. Entonces usted puede llamarle Piedad, y quedamos a mano.

Ella sonrió, él también.

El hombre se había dirigido allí no sólo para presentarse, sino porque había escuchado ciertos rumores y quería prevenir a la familia. Algo les había comentado a los hombres de la casa cuando se los cruzó en lo de don Cosme, y dudaba de si decírselo o no ahora a ellas. Consideró que esa mujer, aún joven y bella que estaba inválida en una silla de ruedas, era lo suficientemente inteligente como para manejar la información.

—Mire, Piedad, no quiero asustarla, pero también he venido a prevenir a su familia. Días atrás, algunos de mis soldados creyeron ver a don Onofre merodeando el puesto. Usted bien sabe qué clase de hombre es.

—Pensé que se había alejado de la región… —manifestó, preocupada.

—Sí, nosotros también, pero parece que ha vuelto. Y ese regreso, creo yo, tiene que ver con cierto revanchismo. Tal vez no con usted ni con las mujeres de la casa, pero sí con sus hijos, en especial con Lorenzo, que es con quien ha tenido más entreveros.

—Gracias por avisarnos, Zenón.

En ese momento Regina entró con un jugo de naranja y unas galletas.

—¿Está todo bien, Piedad?

—Sí, por ahora todo bien.

Luego cambiaron de tema. Zenón les contó que había nacido en una zona colindante al Bracho, la última frontera. Siendo un niño se había instalado con su familia en las afueras de Corrientes, donde creció.

Era un hombre instruido, muy agradable y atento. Cuando se marchó, Piedad y Regina no tardaron en preguntarse cómo alguien tan educado y bien parecido podía permanecer soltero a su edad.