CAPÍTULO 2
Regina nunca había vivido en la abundancia. Sin embargo, la llegada a Bella Unión la impactó. El pueblo se había consolidado, pero era evidente que nada quedaba de aquel entusiasmo impulsor de Fructuoso Rivera.
La abuela, la madre y la hermana de Arandú la recibieron con cariño. Trataron de darles el mejor sitio, pese a que todo estaba impregnado de pobreza. Karuguá se transformó en un buen protector, siguiéndola a sol y a sombra, pues sus cabellos rubios y su tez de mármol llamaban la atención de todos, en especial de los guaraníes más jóvenes que no le quitaban los ojos de encima.
Ella prefería quedarse con las mujeres, ayudar con tareas menores: la cocina, el telar, la huerta. Arandú se ausentaba bastante, trabajaba en el sembradío para la comunidad. Regresaba casi a la hora del atardecer, con preocupaciones que se le borraban en cuanto veía a su mujer.
Se habían instalado en un ranchito pequeño, pegado al de la familia. La idea era que Regina quedara acompañada durante el día, pero que por la noche tuvieran intimidad.
—Te veo preocupado.
—No tenemos semillas ni animales, la cosecha no está rindiendo… Además, Fructuoso Rivera está en otra cosa y nos ha dejado a la deriva. Voy a hablar con el cacique y su consejo; creo que debemos ir a plantear esta situación a las autoridades.
—Seguramente, ya se va a solucionar —manifestó Regina mientras le servía una taza humeante de mate cocido con unos trozos de pan. Era todo lo que había esa noche.
—¿Te estás alimentando bien? —consultó Arandú con preocupación.
—Sí, tomo leche, como pan, porotos… Estoy bien.
—Quería que conocieras a mi familia, pero creo que lo mejor es que te lleve de regreso a Loreto. La situación acá se está complicando.
—Arandú, dijimos que estaríamos juntos —replicó.
—No así —la instó a sentarse—. Las condiciones no van a mejorar, por el contrario. Don Cosme me dijo que recién pasado el mes de marzo podría trabajar para él, y hasta ese tiempo yo tengo que quedarme aquí, a colaborar con los míos. Pero no es necesario que vos te quedes…
—Voy a quedarme —Regina se sobresaltó—. El bebé se ha movido, es como tener una panambí en las entrañas —llevó la mano del hombre hacia su vientre, esperando expectantes a que el bebé se moviera nuevamente. Finalmente lo hizo, y los dos se rieron con emoción.
—Por eso quiero quedarme, para compartir estos momentos —le confesó Regina.
Arandú volvió a ponerse serio:
—Dada la situación, no podremos casarnos hasta que tenga confirmado el trabajo de don Cosme; para ese entonces, ya vas a estar barrigona.
—Podemos hacerlo después de que nazca el gurisito, no hay apuro. Pero quiero quedarme con vos.
—Está bien, pero si las cosas empeoran te llevo con Piedad.
Ella asintió convencida de que nada iba a desmejorar.
Sin embargo, a la mañana siguiente, unos soldados llegaron a primera hora a Bella Unión exigiendo ver al cacique y dispersando a la gente con autoritarismo.
—¿Qué pasa? —consultó Regina.
—Nada, quedate adentro y no salgas —le pidió Arandú.
Se escuchaban discusiones, griteríos, correría de mujeres y niños… Algo no estaba bien. Regina quería respetar la orden de su futuro marido, pero no pudo evitar la tentación de asomarse al alero para ver lo que ocurría.
—Buscamos a un tal Roque y a otros tantos que andaban con él. Ayer invadieron la estancia La Solitaria y se han llevado de todo, animales, comida, y hasta algunos objetos de valor. No vamos a tolerar más estos saqueos —dijo el hombre que estaba al frente de los uniformados.
Nadie respondió, hasta que el cacique se acercó:
—Soy el cacique a cargo de esta comunidad. No sé de qué nos acusan, y tampoco ésta es la manera de ingresar a un sitio en el que vive gente de bien.
—Si andan robando en las estancias vecinas, no creo que sean gente de bien —objetó el otro.
—Somos pobres, pero no ladrones.
—Les advierto a todos. Quiero al tal Roque, y a los que anduvieron con él, mañana mismo a más tardar, presentándose ante las autoridades. Si no, las cosas se pondrán más difíciles en Bella Unión.
A medida que los uniformados se alejaban, el murmullo iba creciendo entre los habitantes del pueblo.
Arandú se acercó al cacique y a algunos integrantes del consejo y sugirió:
—Hay que buscar a Roque. Conviene que se marche por un tiempo…
—Nos trajeron hasta aquí con promesas mentirosas —manifestó el cacique.
—Eso no justifica que andemos maloqueando por ahí. Se van a cansar de nosotros y va a ser peor.
—Si vuelven a atacarnos así, responderemos con la misma violencia —propuso un guaraní joven y fornido.
El resto apoyó la iniciativa con gritos. A Arandú le parecía una insensatez.
—No tenemos ni siquiera para comer, ¿y vamos a pelear? Tenemos todas las de perder.
—Parece que ahora que te rodeás de blancos, o más bien de blancas, te empezaste a olvidar de tu gente —le respondió, con intención, un muchachote al que llamaban Juan. Arandú se acercó a él hecho una fiera:
—Yo no me olvido de nada, he peleado por mi gente y por esta tierra mucho más que vos. Y la próxima vez que te refieras en esos términos a mi mujer, te despellejo.
El cacique intervino:
—Basta ya, no vamos a pelearnos entre nosotros, bastante tenemos con los estancieros y los uniformados que nos quieren lejos.
El tema quedó cerrado para todos los demás, menos para Arandú y Juan, que se midieron con desprecio.
* * *
Esa mañana diáfana Regina y Namarú, la hermana de Arandú, estaban a la vera del río lavando unas ropas. Namarú era una chica callada y delicada que no llegaba a los diecisiete años. Sin embargo, Regina presentía que era de las que estaban preparadas para todo, incluso para tomar las armas y pelear en caso de ser necesario.
La había visto manipular bien los cuchillos, y sus brazos y piernas eran fuertes. Era hábil y veloz. Detrás de su delicadeza se escondía una guerrera.
Juan se les apareció intempestivamente.
—Así que vos sos la mujer de Arandú —Era corpulento. No tenía la contextura física propia de los guaraníes, que eran más bien retacones.
—Sí, ¿por qué? —Regina se puso de pie, y le hizo un gesto a Namarú para que también se levantara. Debían estar preparadas, en caso de que necesitaran salir corriendo.
—¿Cómo es que una mujer blanca y hermosa se enamora de un indio? ¿Tal vez te robó? Porque yo podría regresarte con los tuyos.
—Claro que no —lo defendió—. Arandú no tiene la costumbre de andar robando ni mujeres… ni nada —eso último lo remarcó con intención.
Juan empezó a avanzar hacia ellas.
—Si te gusta la piel oscura, tenés en mí un servidor… También soy bueno, como Arandú.
A Regina le produjeron asco, no sólo las palabras, sino además la forma en que las dijo. Tomó a Namarú de la mano, dieron media vuelta y se fueron de allí con el paso firme y con el desprecio tatuado en los ojos.
Por la tarde, antes de ir a su rancho, Arandú pasó a visitar a las mujeres de la familia. Namarú estaba inquieta. Regina le había pedido que no le contara a su hermano lo ocurrido, pero ella no quería ocultarle algo así. Estaba segura de que Juan seguiría molestando a Regina.
Cuando él estaba yéndose, la muchacha le cortó el paso y le confió lo que habían vivido en el río. El rostro de su hermano se puso tenso.
—No quiero que vayas a pelear con Juan, por favor.
Pero Arandú no la escuchó y partió hacia las afueras del pueblo, donde los hombres solían hacer fogones nocturnos. Finalmente los encontró; Juan y Roque estaban juntos, era evidente que andaban en algo raro, tal vez planeando un nuevo ataque a otra estancia vecina.
—Vas a traer la desgracia a Bella Unión —dijo Arandú sin siquiera anunciarse.
—De algo hay que vivir. Ellos tienen mucho porque históricamente nos han quitado mucho; es hora de hacer justicia —replicó Roque.
—Robar, saquear, maloquear, no es justicia. Además, cuando fue lo del éxodo a estas tierras fuiste el primero en avalar a Fructuoso Rivera. Yo tenía mis reparos, pero vos los entusiasmaste.
—Ese Don Frutos de mierda nos ha dejado a la deriva —manifestó el otro.
—Y a esa deriva vos le estás sumando la tragedia. Los estancieros van a responder a esos ataques, y no tenemos siquiera armas para defendernos… Siempre hemos sido respetuosos el uno del otro, Roque, por eso te pido que pienses bien.
—¿Me parece a mí, o éste se nos está dando vuelta? —Juan fue agresivo.
—No me doy vuelta. Pero ya que saltás en el arroyo al que nadie te ha llamado, aprovecho para advertirte que nunca más vuelvas a acercarte a mi mujer.
—¿Y si la que se acerca es ella? —no terminó de decir eso que Arandú se le tiró encima y empezaron a golpearse.
Roque y otros los instigaron para que dejaran de pelear, pero los hombres giraban en el piso, descargando una rivalidad que no era nueva pero que encontraba en Regina su justificativo.
Arandú se impuso, más por la fuerza del odio que por la fuerza física. Se levantó y volvió a advertirle:
—Te quiero lejos de Regina.
Llegó al rancho más tarde que lo habitual. Su mujer lo esperaba inquieta, afuera. Lo vio avanzar con el rostro enrojecido y ensangrentado y salió a recibirlo, angustiada.
—¿Qué te pasó?
—Nada.
Entraron y ella se puso a buscar algo de agua y unos yuyos que había juntado, para empezar a curarlo.
Mientras lo hacía, él le remarcó:
—La próxima vez que alguien te moleste me lo hacés saber —Era evidente que Namarú había hablado.
—No quise generarte más problemas —se justificó Regina.
—Mañana mismo te llevo de regreso a Loreto.
—¿Por qué? —Regina lo miró confundida.
—Para protegerte. No quiero que te pase nada.
—Voy a estar bien.
—Acá nada va a estar bien —la acercó y la sentó sobre sus piernas. Había mutado del enojo y la preocupación a la ternura—. Hay muchas dificultades y tengo que cuidarlos.
—Por favor…
—Me es más fácil cuidarme solo, y serán unos pocos meses. Lo prometo —la besó, y no pudo evitar la tentación de que sus manos se colaran por el escote. Sus pechos estaban voluptuosos, el embarazo le sentaba…
La encaramó en la silla para hacerla suya. Se amaron con excitante dulzura.
Afuera, hasta el monte había enmudecido. Presagiaba desgracia.