CAPÍTULO 13
Luego de aquel incidente entre Lorenzo y Peter, las cosas fueron aplacándose lentamente. El irlandés no estaba tan a la defensiva, y el otro iba poco a poco incorporándose a las reuniones familiares, sin indirectas ni agresiones. Aunque entre ellos hablaban lo justo y necesario, las buenas formas se habían impuesto por encima de las diferencias. De todas maneras, Lorenzo se sintió aliviado cuando finalmente Felicitas, su marido e hijastro decidieron regresar a Corrientes con la intención de pasar allí las fiestas. El alejamiento de los Campbell bajó las tensiones, y los preparativos de la Navidad suscitaron en todos un entusiasmo que hacía tiempo no tenían.
Esa mañana, Piedad y Visitación compartían unos mates cuando Lorenzo se les unió a la ronda y a la charla.
—Con tu tía estamos organizando la cena de Nochebuena, ¿vas a traer a alguien? —consultó Piedad. Su hijo siempre llegaba con invitados a último momento.
—Si estás de acuerdo, había pensado en decirle a Arandú y a su hermano Karuguá. Viajó en estos días a La Cruz, pero está regresando para ayudarnos en la estancia de don Cosme.
—Por mí, no hay inconveniente. Ah, quería adelantarte que invité también a Margarita y a su padre.
Lorenzo no dijo nada, pero presintió que la presencia de la muchacha traería problemas.
—Otra cosa —añadió Piedad—: invitá al señor Azcuénaga. No me gusta que la gente se quede sola en las fiestas, y hasta ahora él se ha portado muy bien con nosotros.
—Ya lo invité, me agradeció, pero dice que prefiere no celebrar.
—Ese hombre carga alguna pena muy grande —aventuró Visitación.
—Algo de eso hay —Lorenzo conocía los pocos detalles que Salvador le había contado sobre su pasado, pero no quiso decirles a las mujeres. Si algo se imponía entre ellos era la discreción: no preguntaban, no comentaban, no decían. Así habían construido su amistad.
—¿Dónde está ahora? —consultó Visitación.
—Anda en el potrero, tiene don con los caballos. Los doma más con premios y palabras que con fuerza —comentó Lorenzo mientras comía con fruición las chipas recién horneadas por Sole.
—Ya vuelvo —Visitación se puso de pie y salió sin siquiera responder a su hermana que quería saber adónde iba.
Cuando ambos quedaron solos, Piedad consultó:
—Ya más tranquilo sin el irlandesito por aquí.
—Basta, Piedad, no empecemos con eso.
—Uy, cuando me decís Piedad, es evidente que no querés hablar del tema. En cambio, cuando venís de confidencia o necesitás algo, lanzás tu lisonjero “madre”, como para conmoverme.
Lorenzo se levantó, le besó la cabeza y, en tono burlón, le dijo en un susurro:
—No quiero hablar de ese tema, “madre”.
Ella lo abrazó con cariño. Lorenzo era su debilidad.
* * *
Salvador la vio avanzar hacia él. Al principio creyó que tal vez se dirigía hacia otro lado, pero era evidente que iba derecho hacia el potrero. Esa mujer lo inquietaba. Por un lado su belleza, por otro su simpleza, y por último esa manera tan directa de afrontarlo. Él no era un experto en mujeres, había tenido algunos amoríos y un solo gran amor… Pero la tal Visitación lo desencajaba.
Pese a ser un hombre ya maduro y curtido por los años y la vida, solía ponerse nervioso ante su presencia.
Al tenerla frente a él la saludó casi a media voz. Ella le respondió con soltura y, sin demasiados preámbulos, le aclaró el motivo de su presencia:
—Señor Azcuénaga, no quiero ser entrometida, pero dice mi sobrino que no desea pasar la Nochebuena junto con la familia. Si tuviera otros planes me parecería muy bien, pero elegir la soledad… no creo que sea bueno.
La declaración lo desconcertó, no esperaba que le saliera con eso.
—No quiero que lo tomen como desprecio o falta de respeto. Simplemente he perdido demasiado en este tiempo y no estoy de ánimo para festejos.
Ella le hizo una seña para que la siguiera. Él dejó el caballo que estaba amansando y alcanzó sus pasos. Visitación lo invitó a sentarse en unas piedras que estaban debajo de un aguaribay tupido. Salvador no entendía muy bien a qué iba todo aquello, pero se ubicó a su lado tratando de sortear la dulzura de sus ojos claros.
—En esta familia todos hemos perdido mucho. En los últimos años, la muerte de mi cuñado Benito y de mi hermana Lucía enlutaron la Navidad y todos los demás días de nuestra existencia. Hace mucho tiempo, incluso yo perdí a mi esposo. Sé lo que es el dolor, sé lo que es extrañar a alguien que sabemos que ya no va a volver, pero encerrarse y alejarse de todos no siempre es bueno.
—Le agradezco sus palabras, pero de todas maneras nunca me han gustado mucho las fiestas.
—¿Qué ha perdido? Si se puede saber, por supuesto —Visitación sentía curiosidad por conocer algo del pasado del Portugués. Era evidente que no se trataba de un peón; era culto, refinado, hablaba bien, y hasta había descubierto que leía, escribía y se manejaba a la perfección con los números. Le intrigaba profundamente por qué estaba allí haciendo una vida que no le calzaba del todo a su persona.
Salvador prefería no hablar del tema, su supervivencia dependía del silencio. Pero Visitación era diferente, parecía confiable, y desde hacía tiempo sentía la necesidad de sacar, al menos en parte, todo aquello que ocupaba día y noche su mente y su corazón.
—Hace más de un año perdí un hijo, y hace muy poco a mi mujer que estaba embarazada…
—¡Cuánto lo siento! —Visitación se conmovió e intuyó que había algo más detrás de eso, pero consideró que el hecho de que le confiara aquello ya era suficiente.
Tuvo la sensación de que no diría más, pero Salvador siguió:
—Pero lo peor es que he abandonado a mi hijo pequeño. Cuando murió Eunice, mi esposa, lo dejé al cuidado de unos parientes de ella.
—Entonces puede ir a buscarlo cuando quiera. Si lo ha hecho para cuidarlo, no es abandono.
—Lo he hecho por cobardía. Sentí que mi indignación ante la muerte de ella era tanta que no podía con él —Era la primera vez que lo admitía. Era cierto que había quedado a la deriva cuando le robaron y quemaron sus campos, era cierto que se había transformado en un forajido y que necesitaba proteger a Panchito, pero en lo más profundo de su ser era consciente de que había sucumbido ante el deseo de masticar su dolor e ira en soledad. Al niño lo sentía como un peso. El problema con los matones de Ramallo Chico había sido el pretexto para dejárselo a Cruz, pero ahora pensaba en la Nochebuena y en su pequeño. En pocos días había perdido a su madre y a su padre. Eso último no se lo perdonaba e intuía que La Parda tampoco lo haría.
Visitación lo observaba. Era evidente que Salvador estaba sumido en el remordimiento. Cuando lo vio reponerse un poco, le sugirió:
—Mire, tal vez le parezca una impertinencia de mi parte, pero le voy a proponer algo: pasadas las fiestas, yo regresaré a Corrientes. Allá tengo unos campos y el capataz de toda la vida está muy viejo y necesita ayuda. Si quiere trasladarse allí tendrá un trabajo asegurado, y no sólo por techo y comida como acá, sino con una buena paga. Pase la Nochebuena con nosotros y luego vaya a buscar a su hijo, yo los recibiré a los dos. Incluso, puede dejarlo en mi casa, lo cuidaré mientras usted se dedica al campo. ¿Qué le parece? Será muy bueno para él que usted esté cerca.
Él no respondió, y ella para alentarlo le contó:
—Cuando perdí a mi esposo no quería ni siquiera amamantar a mi Manuelita, que estaba recién nacida… Mi dolor era tanto que deseaba morirme junto con él —A Visitación los ojos se le llenaron de lágrimas.
—¿Y cómo logró salir de eso? —Salvador quería encontrar la forma de volver a conectarse con el mundo, con la gente, con los sentimientos.
—Lucía, mi hermana fallecida, me dijo que mi marido Gustavo me estaba mirando desde la otra vida y que seguramente sentiría vergüenza de mi accionar. Recuerdo otras palabras de ella que me despertaron de ese estado: “Los hijos pueden superar la muerte de un padre, pero no el abandono”. Piénselo.
Salvador sintió que de pronto las cosas se encarrilaban de una manera demasiado rápida y sencilla. Era una buena propuesta. Tener a Panchito cerca, ganar algo de dinero, hacer tareas en el campo, y… no quiso admitirlo, pero también lo seducía estar próximo a Visitación. Ella era una especie de puerto en el que se podía anclar después de una tempestad. Sintió culpa de sentir y pensar de esa manera.
—No hace falta que me responda ahora, ni hoy —aclaró Visitación, sacándolo de sus cavilaciones—. Me lo confirma en estos días. Pero la propuesta tiene una sola condición: debe pasar la Nochebuena con nosotros.
La mujer sonrió, se puso de pie, y no le dio tiempo ni siquiera para despedirse.
En ese momento no supo qué respondería, pero era una oferta tentadora. Volvió a enumerar los beneficios, aunque esta vez evitó que entre éstos se colaran el nombre y la imagen de Visitación. No estaba para enredos, aún tenía que vengar la muerte de La Parda, quitarle a Ramallo Chico lo más amado, dejarlo en la ruina. En eso pensaba todo el tiempo, su cabeza imaginaba un plan tras otro, una acción tras otra. Jamás había sentido algo así: un apetito tan voraz de sangre, de muerte…
Borró a Visitación casi al instante. Su aroma a rosas, su piel de mármol y su mirada pura no congeniaban con las imágenes sombrías que signaban su destino.
* * *
Cruz lo percibió en sus visiones. Fue un día después de que Panchito le preguntó por su padre. El niño casi no hablaba. Había elegido el silencio para sobreponerse a las pérdidas. Aún sufría la ausencia de su hermano; nadie le había explicado lo ocurrido con su madre; nadie le había preguntado sobre esa travesía tenebrosa; nadie le había expuesto por qué su padre había desaparecido dejándolo allí, solo con una cadena y un dije colgados del cuello.
Cruz, conocedora del alma humana, fue explicándole las cosas con simpleza. Le dijo que su madre se había ido al cielo, junto a Manolo. Que alguien debía cuidar a su hermano, y que él se había quedado aquí junto a su padre. Que a su momento, los cuatro volverían a juntarse en la tierra sagrada.
—Pero mi padre no me está cuidando ahora —dijo el pequeño, cuya inteligencia se traslucía en esa mirada intensa y penetrante, y en sus pocas palabras siempre precisas.
—Claro que te cuida, pero el pobre ha perdido todo: campos, animales… Así que debe buscarse algo con qué mantenerte. Cuando lo encuentre regresará por ti; mientras, disfruta de tu tía Cruz y de tus amigos del Cambá Cuá. Además, el padrino Ansina ha prometido visitarnos para las fiestas.
Unos días previos a la Nochebuena, Cruz observó con placer que Panchito había recuperado el entusiasmo. Aunque seguía sin decir demasiado, el niño se divertía jugando con otros de su edad, aprendía de todo lo que veía a su alrededor, y hasta se había entusiasmado con armar un pesebre de mazapán. Esa noche le había confesado a Cruz:
—Mi madre vino a visitar mi sueño.
—¿Sí? ¿Y qué te ha dicho?
—Que está bien, que ya vendrá mi padre a buscarme, y que me esperan cosas lindas. Me besó la frente, pero no como si fuera un sueño sino de verdad, yo lo sentí aquí —el pequeño marcó con su índice el entrecejo.
—Me alegro. Cuando los muertos se nos aparecen es porque algo bueno nos espera en el camino.
Panchito sonrió. Cruz creyó que tal vez se trataba de una fantasía de niños, pero esa misma noche, en sus visiones, divisó el regreso de Salvador. Y también la partida de ambos. El corazón se le contrajo porque extrañaría al pequeño y además porque intuía que El Portugués aún estaba atormentado.